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miércoles, 12 de abril de 2017

A vueltas con la alfombra roja para la LIJ

Mis queridas bibliotecarias de la bbltk han organizado una campaña fabulosa. #alfombrarojaparalaLIJ se llama. Aquí se lo explican con pelos, tacones y señales, pero básicamente es una campaña para dar visibilidad a la literatura infantil y juvenil.
Yo, al ver aquello, dije que si no es mejor el chiticallandismo que la visibilidad. Llevamos años pidiendo que nos hagan casito. Recuerdo aquel manifiesto a favor de la visibilidad de la LIJ impulsado, si mal no recuerdo, por nuestro añorado Agustín Fernández Paz. Es tan viejo aquello que ni he logrado encontrarlo en internet. Ha pasado a ser una inercia nuestra, esta de pedir visibilidad. Pero creo que a veces es bueno parar y replantearse las inercias, a ver si nos van a dar ganas de enrollar otra vez la alfombra y largarnos de puntillas y encogidos (esa es otra inercia a replantearse: la de encogerse para pasar desapercibido).
Pensemos por ejemplo en las últimas veces que la literatura infantil tuvo esa atención mediática que reclamamos: cuando lo de María Frisa, cuando lo de aquel libro de Anaya… Atención es vigilancia, y la vigilancia está muy bien siempre que se ejerza de forma cualificada, pero me temo que si es mediática no tiene por qué ser así. A mí me gusta sentir la vigilancia de mis lectores. La demás...
Pensemos otra cosa. Pensemos por ejemplo en un sector que haya pasado de no tener atención mediática ninguna a conocer un boom: la cocina. Eso ha traído cosas buenas, como niños que ahora te hacen la cena con gusto, y no tan buenas, como ciertas esferificaciones.
Nada, que estoy huraña.
Por supuesto que entre tener atención mediática y no tenerla, es mejor lo primero. Aunque, qué quieren que les diga, más que visibilidad, lo que yo quiero para la literatura infantil y juvenil es que divierta, que haga reír, que dé ganas de seguir leyendo más y mejor, y, si puede ser, que cambie, para bien, el mundo, como lo cambió –ya lo conté– con La cabaña del tío Tom, a la chita callando, Harriet Beecher Stowen, "la pequeña mujer que provocó una gran guerra" que acabó con la esclavitud. Y eso igual se puede hacer sin atención mediática, ¿no?
Salen hoy a la chita callando mis Cuentos bonitos para quedarse fritos y ni los presento ni se los mando a Antón Castro para que me saque en mi Heraldico ni van a cambiar el mundo, pero van a cambiar la vida de muchos padres e hijos (espero).
Dicho todo esto: me he agenciado un modelo ideal de Joanne Hynes para la fiesta del premio SM, por aquello de promocionar el diseño irlandés. Pero si algún diseñador español quiere que le luzca sus galas, soy la primera en hacerle ese favor. Bueno, la tercera. Las primeras son E. y S. Además, ellas son más jóvenes y bellas y se las lucirán mejor. Dónde van a parar.

En la imagen, E. ¿o es S.? llegando a la fiesta de los premios SM.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ser finalista

A la izquierda, Llanos Campos Martínez. A la derecha, La Oro.

Me lo habían comentado varios amigos escritores, que eso de ser finalista era peor que nada. Yo lo dudaba. Ahora lo sé. Sé si es peor o no. Y disiento de mis amigos. A mí no me lo parece. Me encanta ser finalista. Porque resulta que lo soy. Mejor dicho, lo fui. Finalista del Premio El Barco de Vapor. No este año, no. El año pasado, que se dice pronto y pasa lento.
Hoy, casi dos años después, sale aquel libro que casi-ganó en la serie naranja de El Barco de Vapor, El niño del carrito, con un sello en la cubierta donde pone "Finalista Premio El Barco de Vapor". No se imaginan lo orgullosa que estoy.
Lo cuento ahora por si le sirve a alguien, igual que en su día conté que había perdido. ¿Que qué se puede aprender de esto? Pues que para escribir y presentarse a un concurso hacen falta por lo menos cinco virtudes, a saber:
1. Esperanza. Porque si no, ¿para qué presentarse? Y porque, como decía mi admirado Emili Teixidor, "la esperanza es una piedra mágica que nos proporciona fuerza e ingenio para trabajar duro (...). Por eso es necesario guardarla bien y alimentarla con deseos altos e ilusiones, y procurar que no se nos escape nunca, porque sin esperanza no podríamos vivir".
2. Paciencia. Paciencia para escribir, paciencia para acabar, paciencia para releer, para corregir, para hacer la cola en Correos, para esperar el veredicto del jurado, para –manteniendo la esperanza– esperar a ver si uno es finalista, para que el libro encuentre un hueco en la programación editorial, si es que finalmente se publica...
3. Saber ganar. Si uno lo piensa bien, hay tanto factores, además del propio mérito, que determinan la decisión de un jurado... y ganar es tan improbable estadísticamente... Si uno gana, debe celebrarlo genuinamente y no apearse del asombro.
4. Saber perder. Si uno lo piensa... Por lo mismo de antes, es tan normal perder, a menudo tan justo, que uno no debería disgustarse, no más de cinco minutos.
5. Discreción. Si uno gana, o incluso si es finalista, tiene que mantenerlo en secreto durante meses. Me pasó con el premio Gran Angular y con el Premio Eurostars de Narrativa de Viajes. No se lo podía decir ni a mi madre (sobre todo, a mi madre). No se puede conceder un premio a un desbocarrado.
Ay, pero ahora que ya puedo hablar de ello, les aviso que voy a dar la tabarra con mi niño del carrito. ¿Saben las ganas que tenía yo de hablarles de este libro? Dejen de visitar este blog unos días si no quieren ni oír hablar de él. Advertidos quedan.

Imagen sacada de aquí.

lunes, 29 de junio de 2015

Expulsada

¡Ay, qué disgusto! ¡Que me expulsan del hotel Real en Santander, y del Reconquista en Oviedo, y del Madrid Tower, por no mencionar los hoteles de Nueva York, París, México, Praga…! Con lo que me gustaba a mí esperar ahí a los viajeros con mi ¡Buenas noches, Miami! junto a la cama, susurrándoles Voulez-vous coucher avec moi ce soir...
Y ahora resulta que ya no soy la ganadora del Premio Eurostars Narrativa de Viajes, que Luis Pancorbo me ha destronado al ganar la nueva edición y en cuanto impriman su Año nuevo en Sudán, en las habitaciones de los hoteles Eurostars, el que dará tres incitantes palmaditas en la cama a los viajeros será él y mi ¡Buenas noches, Miami! desaparecerá de las mesillas de noche.
Como tenía dos compromisos ineludibles a 617 kilómetros del hotel Grand Marina, desgraciadamente me perdí el fiestorro que se hizo para celebrar que a reina muerta (la Oro), rey puesto (el Pancorbo) pero leo que fue todo tan bonito como recuerdo del año pasado, y leo –y esto es nuevo y me encanta– que Amancio López, presidente del grupo Hotusa, anunció que ampliarán el concurso con una categoría para escritores jóvenes. No sé si Amancio sabe que en nuestro gremio, la categoría de «joven escritor» llega hasta los 45 años. Espero que no y que obre en justa ignorancia porque me consta que hay escritores jóvenes-jóvenes con mucho que ver y contar. A ver, Amancio, querido, dame otro disgusto: define «escritor joven».
En fin, ya que no nos encontraremos en la mesilla del Hotel Panorama en París, siempre nos quedará la edición de ¡Buenas noches, Miami! publicada por RBA, de venta en las mejores librerías. Y ustedes, jóvenes escritores, no olviden meter la capacidad de asombro, la libreta y el bolígrafo en la mochila. Yo, como Josep Pla, les recomendaría un viaje a pie.
Suya siempre, con y sin corona,
Esta vieja gloria

En la imagen, esta vieja gloria, aferradita a la tiara, antes de descubrir que la vida es más ligera sin ella. Allá voy. Me largo a ver si pillo una Vespa y un Gregory Peck.

domingo, 24 de mayo de 2015

Sorry not sorry, Edurne


Sorry, Edurne. No estuviste mal, pero claro. Lo de quitarse el vestido en el escenario, que parecía que era la superbaza de la actuación, ya está un poco visto, ¿no?
Mira, yo en este vídeo ya salgo haciéndolo (hacia el minuto 1:30), y delante de Javier Cercas, Almu... Espera. No, en rigor, detrás de Javier Cercas, Almudena Grandes, Espido Freire, Antonio Orejudo, Fernando Savater, Rosa Montero, Alberto Manguel, Gustavo Martín Garzo (que no sé cómo no se sonroja, tan Martín Garzo que es él), Rosa Huertas, mi amigo Pérez Reverte, Eduardo Mendoza... Y delante de Kiko Amat, César Mallorquí, Care Santos, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Juan Bonilla, Alfredo Gómez Cerdá, Manuel Rivas, David Fernández Sifres, Elvira Lindo... y un largo etcétera.
Todos estos nombres te los cito para darme pisto, que es una de las especialidades de este blog. Pero en realidad, mi desnudo fue ante cientos de jóvenes lectores, que es lo importante en este asunto.
Porque, claro, está el asunto, lo que defiendes, que en tu caso, perdona que te lo diga, era un mojón de canción. Pero el asunto de mi desnudo era otro, eran los premios Hache y Mandarache, unos premios que ponen en pie de lectura a toda una ciudad, Cartagena; una iniciativa emocionante, "disfrutona" y eficaz como pocas. ¡Y glamurosa, Edurne! Como muy bien explica aquí Roberto Soto, son "la alfombra roja de la lectura". Que te lo digan Javier Ruescas, Francesc Miralles y Fernando León de Aranoa, que lo acaban de ganar este año. De hecho, León de Aranoa no pudo acudir a la entrega porque estaba en Cannes presentando su nueva película, pero porque lo echó a cara y cruz y le salió la alfombra roja de Cannes, que si no, se planta en la de Cartagena por las mismas.
¿Has visto, Edurne? ¿Has visto qué fiestón? Ahí sí que gritan. No exactamente EEEEeEEEeO. Ahí los lectores rugen. Los oí cuando gané. Uy, perdón, Edurne, se me ha escapado. Yo no quería...
Pero, mujer, si lo de Eurovisión es como lo de estos premios, seguro que lo bonito, si no lo importante, es participar.
¡Hablando de participar! ¡Ya sé cómo se te puede pasar el disgusto! Los del premio Mandarache se han inventado una cosa bien chula, es una acción de lectura colectiva ¡y te puedes apuntar! Será el 3 de junio, de 12 a 12:15. La idea es [te copio y pego porque ellos lo explican muy bien] "que miles de lectores se pongan a leer en espacios públicos el mismo día y a la misma hora en una acción simultánea que manifieste el poder de los lectores y sirva de celebración de la lectura como un maravilloso acto de comunicación. El #MANDARACHEBOOKMOB pretende ser un encuentro entre lectores, una oportunidad para compartir, comentar y celebrar la lectura en público como un acto de participación social y un ejercicio simbólico de ciudadanía activa". Edurne, si conoces a un profesor, librero, bibliotecario, educador, maestro, club de fútbol o de lectura o a cualquier otro grupo que quiera participar como colectivo, pásales este enlace. Y para ti, si no sabes qué leer, te recomiendo este libro.
Hablando de participación social, me voy a votar. Supongo que tú lo habrás hecho por correo antes de irte a Viena.
Un besito. Y no te des mal, que también esto pasará.
La Oro

miércoles, 15 de abril de 2015

Trapos y literatura

Soy Begoña Oro, y soy escritora, y blablablablablá. Pero si escribo este artículo sobre moda, literatura y fiestas es porque una vez, cuando el escritor Jorge Gómez Soto me presentó en sociedad (literaria) en su blog, Carmen Pacheco, ¡Carmen Pacheco!, escritora y gurú de la moda y de todas las cosas que uno se pone para parecer más guapo de lo que es, dijo de mí (lo pueden leer aquí): “No has comentado lo más importante: ¡Lo elegante que va siempre [esta chica] a los premios SM!”. Desde entonces, incluyo esa frase en mi currículo y me lo he creído. Por eso ahora escribo… [Este "ahora" fue hace ya un tiempo, pero publico aquí hoy, cuando se acerca el premio SM, este artículo un poco petardo que apareció en la revista Off the record.]

TRAPOS Y LITERATURA: CUESTIÓN DE COMPROMISO 
De pequeña me enseñaron que cuando acudías a una fiesta, había que arreglarse. No sigo haciendo caso a todo lo que aprendí de pequeña, pero a eso sí, especialmente cuando se trata de actos relacionados con el mundo de la literatura infantil y juvenil. (Ahora es cuando pongo una túnica de trascendencia a este artículo frívolo sobre moda que incluye palabros como outfit o vintage y lo disfrazo de artículo sesudo literario.) No es solo una cuestión de imagen; es una cuestión de identidad. Ninguna actriz va a la entrega de los Óscars hecha una zarrapastrosa. De hecho, que todo el mundo acuda hecho un pincel, es una de las cosas que da categoría al acto. Tirarme varios días decidiendo qué me pondré para una fiesta relacionada con el mundo de la literatura infantil y/o juvenil no es una frivolidad sino parte de mi compromiso con la causa. Si creyera en la trascendencia de las naranjas, me pondría de tiros largos para acudir a la frutería. Como creo en la trascendencia de la literatura juvenil, me pongo… me pongo…

¿Qué me pongo? 
En las invitaciones a muchos actos, aparece esa orientativa frase final de “Se ruega etiqueta” o aquello de “Hombres: traje oscuro. Mujeres: traje de cóctel” (sea lo que sea un “traje de cóctel”). Jamás me he encontrado una indicación semejante en un acto literario [esto, claro, lo escribí antes de recibir por primera y única vez (snif) la invitación al Premio Cervantes]. Y ahí está la primera gran duda que atenaza a la invitada petarda, quiero decir, a la invitada-comprometida-con-la-literatura-que-opina-que-la-estética-subsume-la-ética. ¿Cómo de arreglada voy? ¿Como para una boda de día? ¿Como para una reunión? ¿De largo o de corto? ¿Y si, tan corto, tan corto, me quedo corta? ¿Y si –triple horror- me paso de arreglada? Lo que me lleva al primer consejo para invitadas petardas:
¿Traje largo de brilli-brilli con escote palabra de honor? ¡Error! 
Huevos 
Sí, aspirar al puesto de la más arreglada de la fiesta es hacer malabarismos en la cuerda floja del ridículo. Ganas dan de lanzarse al socorrido little black dress (yo pongo estas cosas así en inglés porque de esta manera parece que sabes más de moda). Como opción, no está mal. Pero ¿no merece nuestra causa un poco más de arrojo? No sé, un vestido algo más trendy, un complemento audaz… La primera vez que me puse un tocado para una entrega de los premios SM fue una decisión de última hora que condicionó el resto de complementos. Para ponérmelo tuve que comprarme a todo correr unas medias grises tupidas y un cinturón gris (en Stradivarius). Cuando conseguí los complementos, recuerdo que escribí a mi Amiga un mensaje: “Ya tengo las medias y el cinturón. Ahora solo me hacen falta los huevos”… para ponerme el tocado, se entiende. Y los reuní. Fue todo un éxito (me remito al comentario de Carmen Pacheco). Dos años después repetí, con otro tocado vintage, cedido gentilmente por mi hermana y agenciado en Brooklyn. Como espectadora, prefiero mil veces un invitado con una pajarita estrafalaria o una invitada con turbante que un hombre gris vestido de gris o una mujer que no sabrías decir cómo iba vestida, tan discreta tan discreta que resulta inmemorable. Y como invitada, me encanta arriesgar, lo que me lleva al segundo consejo de moda y compromiso:
 ¿Complemento arriesgado? ¡Acierto! O no. Pero se agradece el riesgo. (Y si resulta un desastre, ¡es fácil de quitar!) 
Los lunares de Messi 
¿Quién no recuerda el traje de lunares de Messi al recoger el balón o la bota o el no sé qué de oro? Del premio se puede uno olvidar, pero de ese polka dot outfit… Como para olvidarlo. Hay quien quiso ver en ese traje de Dolce & Gabbana un homenaje a Maradona, quien en su día lució otro similar. Podría ser. La ropa es también una manera de decir cosas. Cargar de sentido lo que uno se pone sobre lo piel no solo es una forma de comunicación sino una buena excusa para acotar la búsqueda y encontrar qué ponerse. Para ir a cenar a un ruso, me planto un gorro de piel; para un japonés, me alargo la raya del ojo… Hace unos meses, me pidieron que presentara las memorias literarias de Jordi Sierra i Fabra. Yo llevaba un corte imposible (me estaba creciendo el pelo a lo garçon y estaba en terreno de nadie). Entonces pensé: “haré un homenaje a Jordi, que se define como rockero”, y me puse tupé y leggings y cazadora de cuero. Asunto solucionado. Tercer consejo:
Si no sabes qué ponerte, busca inspiración en el propio evento. 

Mi ventaja 
Vale, lo admito: juego con ventaja. Mi hermana trabaja [trabajaba] en el mundo de la moda, y me hace de personal shopper, conseguidora de chollos, asesora de imagen, estilista y criticona implacable. Recuerdo una ocasión en la que me interceptó camino de una entrega de premios con un vestido monísimo de Amaya Arzuaga y me lo quitó alegando que iba hecha una maruja. Acabé con un conjunto suyo cogido de mala manera con cuatro imperdibles (mi hermana gasta dos tallas más que yo). Aprovecho la ocasión y el artículo para pedir disculpas a Agustín Fernández Paz, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, a quien dejé con la palabra en la boca a mitad de conversación en aquella fiesta. Agustín, querido, fue causa de fuerza mayor; si no llego a salir corriendo al baño a ajustarme el imperdible, me quedo en bragas delante de ti. Lo que me lleva al cuarto y último consejo:
No lo dejes para el último momento. 

Coda poética 
Hay un álbum precioso titulado Ser y parecer donde Isol ilustra un poema de Jorge Luján. El poema empieza diciendo: “Soy lo más distinta de mí / que te puedas imaginar”, y acaba: “Si tú quisieras conocerme / yo giraría sobre un pie / pero te esperaría un largo viaje / desde mi apariencia hasta mi ser”. Feliz viaje.

Hasta aquí, el artículo que apareció en Off the record. Ahora digo: consejos vendo que para mí no tengo. La semana que viene es el premio SM y aún no tengo ni idea de lo que me voy a poner. Solo sé una cosa que seguro que llevaré: un buen par de ojeras y un cansancio feliz porque esa misma mañana, la del día de la fiesta, a las 8 empiezo el primero de una serie de encuentros en mi querida Cartagena con mis queridísimos Jóvenes Lectores, y de ahí, corriendo a Albacete, y de Albacete a Atocha, y de Atocha a la fiesta. Este año no me juzguen. Este año no compito.

En la foto, de Garry Winogrand: a la derecha, Juan Muñoz, todo guapo para la fiesta. En el centro, yo, pensando: "¿Qué tendrá fray Perico que no tenga mi ardilla Rasi?". El del pelazo, el de la izquierda, no sé quién es. El que aparece de espaldas debe de ser un editor, porque le clarea la coronilla y no me extraña, con lo malita que está la cosa.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Miserias

Ayer, en la fiesta del premio RBA de novela negra, sobró queso y sushi. Ibérico, no. Cava, ginebra y mojitos, no sé, porque no me quedé hasta el final, y eso que estuve hasta casi las dos (a.m.).
En todo ese tiempo (la fiesta empezó a las ocho de la tarde) vi con estos dos ojitos que se achican a escritores tirar de lonchas de ibérico y, con la excusa de que estaban pegadas unas a otras, meterse 125 gramos de jamón de golpe en la boca.
Vi escritores modernos devorando jamón, editoras vestidas de bibliotecarias sexys, un president y un alcalde, un editor con copa y gafas, periodistas que son escritores, varios miembros del jurado elegantosos, un exministro, mejor dicho, filósofo que defiende la elegancia... y oí. Oí las cosas no siempre elegantes que nos contamos los escritores cuando nos juntamos en nuestras fiestas de escritores.
Hace poco leí ese relato de Benedetti en que se encuentran dos hombres en un bar y uno de ellos resulta ser escritor:
"Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir."
Recuerdo esto ahora porque, sí, la fiesta estuvo muy bien, pero faltaron señores cualesquiera. Faltaron hombres y mujeres que ante la afirmación: "Me dedico a escribir", dijeran "ah" y "oh" y "uh". Tomen nota, organizadores de saraos literarios. Tanto como el ibérico, los escritores necesitamos más señores y señoras cualesquiera ante los que crecernos, ante los que hablar incluso de libros.
El problema de una fiesta sin señores cualesquiera, el problema de una fiesta llena de flacos y hasta enflaquecidos escritores es que conocemos y hablamos de nuestras miserias, y que nos peleamos por el jamón.
 En la imagen, de Larry Fink, de espaldas, con escotazo, Itziar de Francisco, responsable de prensa de RBA en Madrid, contempla preocupada cómo empiezan a escasear las existencias de jamón. 

domingo, 29 de junio de 2014

Life is simple, mi amol (más o menos)

Tienen la fiesta del premio Eurostars en 15 segundos aquí.
Pero lo que quieren ustedes son los cotilleos, ¿no? Pues allá van:
Llegué histérica y tambaleante sobre unos tacones con plataforma y entré en la terraza del hotel Grand Marina, AKA Black Marina, con Héctor Oliva. Al entrar en el mismo lugar que la noche anterior pisaban los ministros del G-6, nos flanquearon dos camareros. Héctor cogió la copa de cava rosado de la bandeja a su derecha, yo cogí la copa de cava no rosado de la bandeja a mi izquierda, y seguimos andando cava en mano, con nuestros trajes de cóctel, como si no hiciéramos otra cosa en la vida que cazar champán al vuelo y fue como "Oh, yeah!".
Los míos me esperaban sentados en la esquina más venteada de toda la terraza porque habían decidido que iba demasiado bien peinada. También decidieron que estaba demasiado flaca y cada treinta segundos me ofrecían algo que comer. Mi hijo, no. Mi hijo cada treinta segundos decía: "Esto es un rollo, mamá. ¿Cuándo te van a dar el premio?". Aún tardarían.
De repente, tuve un déjà vu. Me vi ** años más joven, en un pasillo de la universidad, con mis gafas y mi timidez, cruzándome con un profesor también con gafas, también tan tímido: Manel Martos. Serendipias de la vida, Manel, que me dio Literatura Española en la Pompeu Fabra y un sobresaliente por ello, es ahora mi editor en RBA. Y sobre la terraza del hotel, de todo aquel recuento de gafas y timideces, solo parecían quedar las gafas de Manel, porque crecer es hacer una colecta de fingimientos que saltan por los aires en la vejez, que es donde verdaderamente quiero llegar, después del marido malo, del marido bueno, de la depresión... Pero me voy.
Conocí al equipo completo de RBA. Prometieron invitarme a la superfiesta del Premio Internacional de Novela Negra, cosa que anoto aquí con el único propósito de cursar una eventual reclamación.
Bossa nova, sushi, jamón ibérico, por fin llegan Marta y Óscar... y de repente, nada de bossa nova. Los músicos que apartan los trastos. Los grandes jefes que suben al estrado. Héctor Oliva que lee a Ana María Matute y a Gabriel García Márquez. Alfredo Conde, como portavoz del jurado, que lee el acta. El título del libro premiado que queda resonando en la terraza: "¡Buenas noches, Miami!". Yo que salgo y grito como una loca: "Bona nit, Barcelona!".
¿Que qué les dije para que me miraran con esas caritas? Bueno, pues comencé con un leve toque de humor monárquico que incluso el señor Rodrigo, R junior de RBA, aguantó estoicamente.
Dije, y era de justicia, que si mi madre no se hubiera quedado cuidando de mi hijo, yo no habría podido viajar a Miami, ni escribir el libro, ni ganar el premio, y que, claro, no me extrañaba que en diez ediciones del premio yo fuera la primera mujer en ganarlo, porque todo -viajar, escribir, ganar un premio, cualquier cosa- es más difícil subida a unos tacones. Dije que también era difícil encontrar una mujer que no citara a Virginia Woolf en su discurso y yo no iba a ser menos, así que lo hice, pero para enmendarle la plana, porque a eso que decía la Woolf de que una mujer necesita 500 libras al año y una habitación propia, yo diría que sí, que bien, pero que mejor que una habitación propia, sería tener una habitación de hotel, una donde solo preocuparse de deshacer la cama,  una donde te sirvan la comida en bandeja, la vida en bandeja, y cada noche elijas entre una carta de almohadas, elijas qué pájaros quieres tener en la cabeza.
Llegado este punto, no quise ni mirar hacia Sergio, que estaba ahí y que era el hombre del pinganillo que no sabía cómo deshacerse de mí el día anterior, cuando me metí a espía del G-6, y que es también, según descubrí después, un mandamás del Grand Marina. Sergio me había visto llegar con mi maletón de mudanza transoceánica, el maletón que tuvo que husmear la policía canina, el maletón que albergaba todos mis "qué-me-pongo", y yo creo que ya se veía un Can Vies en la habitación 605. Y no iría desencaminado, que con gusto la habría okupado para los restos.
Porque sí, la vida en un hotel de lujo debe de ser una cosa muy sencilla. Tanto como para dar por bueno lo que dijo un cobrador de peaje cubano en el Venetian Causeway que une Miami y Miami Beach. El sabio cubano decía: "Life is símpol, mi amol". Y llevaba razón. Bien pensado, la vida es sencilla (al menos cuando tienes cubiertas las dos primeras necesidades de la pirámide de Maslow, pero eso no lo dije porque estábamos en una fiesta y porque lo sabe cualquiera con dos dedos de frente). Sí, life is simple, la vida es muy sencilla, pero es un privilegio exclusivamente humano complicárnosla y hay formas maravillosas de hacerlo: viajar, leer, enamorarse, tener un hijo, un perro, tener gatos, tener carta de almohadas, convocar un concurso, organizar una fiesta...Y di las gracias, claro.
Ganar un premio es también una complicación maravillosa. No solo tienes que pensar qué ponerte, qué decir... Después del premio tienes que pasearte entre la gente como si fueras sobrada de amor pero deseando en el fondo de tu corazón siempre ávido de cariño que te digan, que te cuenten, que te feliciten.
Y entonces uno te dice: "Ha nacido una estrella", y tú parpadeas. Y el mismísimo Joaquim Palau se lleva la mano a la nariz y dice algo de su olfato y tu aura (traducido con consiguiente polémica al gallego por Alfredo Conde como "flor en el culo"). Y un organizador de viajes culturales te habla del Nilo. Y entre la florida representación de la Universitat de Barcelona te encuentras la sonrisa de la chica que preseleccionó tu obra y le quieres regalar algo pero el kleenex que llevas en el bolso no te parece suficiente. Y pides a otra chica que os haga una foto y la chica te suelta: "¿Te puedo decir algo de tu discurso? Ha sido horrible. No me ha gustado nada", y tú intentas entender lo que te quiere decir pero su discurso es errático como los andares del hijo de Gallardón aquel día, tanto que por un momento temes estar hablando con la sargento Margaret herself. Y te dice que ella lee a Bukowski y a Carver (o sea, que tiene carné de malota) y viene a criticar que hayas dado las gracias a quienes te han premiado (y a quienes llenan su copa), y te sigue agarrando del brazo pero entonces llega tu hermana que es como tú pero versión armario de tres puertas y se queda aguantando la chapa y todo eso te recuerda al episodio del desayuno, cuando un albatros bajó en picado sobre el plato de desayuno de un huésped y le cogió el jamón ibérico pero entonces un camarero lo espantó y al albatros se le cayó el jamón al suelo y el camarero le dijo al señor: "no se preocupe, ya le traigo un plato igual", y el albatros se fue de vacío mientras el señor se fue con una anécdota que contar.
Y vas junto a Amancio López, el presidente del Grupo Hotusa, que tiene nombre de rico pero campechanía a borbóntones, y junto a Álex Sàlmon, que lo mismo te habla del adiós de Rubalcaba como del sonido que hace el hielo al resquebrajarse, y te obligan a pensar en si se puede ser, o no, periodista y poeta, empresario y escritor, que Amancio dice que sí, pero tú en tu fuero interno piensas: "no". 
Y aún hay una encantadora mujer que te dice: "Sí que te pareces a Virginia Woolf". Y añade: "No te suicides".
Pero ¿cómo vas a hacerlo? ¿Y perderte días así, noches así?
 
Ya. Que todo fue el sueño de una noche de verano.
Que igual no voy al Nilo, ni de profesora asociada a la UB, ni a firmar libros en Sant Jordi, ni mis libros llegan a Miami, ni me invitan a la fiesta de novela negra, ni gano otro premio, ni oigo el sonido del Perito Moreno más que en Youtube, ni vuelvo a elegir en una carta de almohadas en la vida... 
Pero que me quiten lo bailado.
Y ustedes, disfruten, y complíquense la vida. Pero bien.
Y unas gracias muy especiales por haber llegado hasta el final de esta entrada tan larga y ombliguista.

En la imagen (perdón por la calidad), de izquierda a derecha: Amancio López (presidente del grupo Hotusa), Héctor Oliva (responsable de cultura del grupo Hotusa y ganador de MI premio en una edición anterior), la Oro, Dídac Ramírez (rector de la Universitat de Barcelona), Juan Manuel Rodrigo (consejero delegado de RBA editores) y Alfredo Conde (escritor y presidente del jurado del premio).

jueves, 26 de junio de 2014

¡¡¡¡¡HE GANADO!!!!!

Queridos, queridas:
Ahí me tienen, con mi chófer, en Miami, este noviembre pasado. Vista la foto, cualquiera diría que me dediqué a pasear en descapotable y poco más. Pero no. En solo ocho días hice un montón de cosas; entre otras, escribí un libro en mi cabeza.
Luego lo escribí en mi ordenador (ya avisé).
Luego lo presenté a un concurso.
Ahora...
Ahora por fin puedo contar que  
¡¡¡¡HE GANADO!!!!
El premio es el Eurostars Hotels Narrativa de Viajes. Lo convoca el Grupo Hotusa en colaboración con la Universitat de Barcelona y RBA Libros. El libro, que publicará RBA en septiembre, se titula ¡Buenas noches, Miami! que es el saludo rockero con el que empezó su discurso el entonces Príncipe de Asturias el día de la inauguración de la Feria del Libro de Miami.
Hace un rato yo también desfilaba en pie en el descapotable moviendo la manita, saludando a los millones de lectores que se agolpaban por toda La Rambla esperando verme camino a mi proclamación en el hotel Grand Marina. No me acompañaban una banda de cornetas y tambores pero llevaba Miami sonando a tope de power.
Ahora estoy dando un discursito y leyendo el mar desde la terraza del hotel, en medio de una fiesta que es un sueño de una noche de verano.
Mañana les cuento. O no, quizá mañana me ponga a escribir otro libro, que me han dicho -otra cosa que me ha hecho inmensamente feliz- que tengo que sacar un libro al mes.
De momento, dejo programada esta entrada y me voy pitando a hacer "pito pito gorgorito" ante mis Felipes Varelas: ¿vestido o mono?, ¿verde o negro?, ¿Conga o Me So Horny? Pero si refresca, me pongo el plateado. ¿O el añil? ¡¡¡¡AYYYYYYY!!!!

Edito: así lo cuenta La Vanguardia.

Foto realizada por mi colega y compañero de viaje Santiago García-Clairac. Y mi chófer no es mi chófer. Es Rodolfo Fernández, del Consulado de España en Miami. Sin él, no habría tenido casi nada que contar. Gracias, Rodolfo.

viernes, 18 de abril de 2014

¿Por qué? ¿¿Por qué??

"Más dura será la caída". Toda mi vida oyendo a mi madre este latiguillo. Pero lo que dicen las madres tiene la virtud de entrar por un oído, salir por el otro y ser recordado, ¡pim!, una vez que la cosa ya no tiene arreglo, solo por el gusto cojonero del "te lo dije". Porque, sí, la que ahora está estozolada contra el suelo, la de la dura caída, y desde bien alto, soy yo.
Hace justo un año me ufanaba aquí de haber llegado a la cima de mi carrera literaria. Y qué cima, señores y señoras: me habían invitado a la entrega del Premio Cervantes. La de poetas de mi pueblo que sueñan con un momento así. Anda que no fardé de aquello. Después del premio, escribí no una sino tres cosas: un post para para el ¡Hola!, una columna para el Heraldo, y una cosa transmedia, que dirían los modernos (una confesión, que diría yo). Y aún estiré la foto que me hice ese día con Ana María Matute para escribir otra gansada. Si todo eso hice así, sin pensarlo, este año, pensé, me escribo un libro. Porque yo me daba por invitada, no por la Poniatowska, con quien no tengo el gusto, como tampoco creo que el año pasado fuera invitada por Caballero Bonald, que una es dada a la fabulación, y más a la petulancia, pero de Caballero Bonald me separan no seis grados sino sesenta. Me separaban, porque meses después de la fiesta, en Miami, conocí a una mujer encantadora que era vecina de Caballero Bonald, vecina en Madrid, no en Jerez, ni en Miami, claro... Aunque Caballero Bonald escribió "vivo allá donde estuve". ¿Estuvo en Miami el poeta, ergo vive allí? ¿Tuvo vecinas en Miami, "junto al mar delirante"? ¿O solo lo vio desde la otra orilla, desde Cuba? Miami y Cuba, vecinos de bronca segura...
En fin, a lo que voy, que a mí los vecinos me pierden: digo que me daba por invitada institucional, y creía que la cima de mi carrera se transformaría en valle en altura y que mi presencia en esa base de datos de invitados al Cervantes era como la de las palabras en los diccionarios o la de los funcionarios en el Cuerpo, que entrar, cuesta entrar, pero que una vez dentro, no te saca ni Dios. Y...
¡Catacroc! Este año no he sido invitada.
¿Por qué me han borrado de la lista? ¿Fue por lo de quitarle una florecilla del pelo a Manuel Rodríguez Rivero? Lo hice por su bien. Llega a quedarse ahí y a echar semilla en aquel esponjoso humus y hoy en vez de rizos, ese hombre luciría zarcillos y flores de calabaza. ¿Fue porque comí demasiado? Pero si me comporté con la elegancia de una invitada a la embajada francesa. Si lo único que me faltó fue llevar unos Ferrero Rocher. ¿Fue porque apenas hablé? Llevo todo el año ensayando charleta insustancial.
Querida persona que me metió y me sacó de la lista (suponiendo que sea la misma): dime, ¿qué hice mal? Ahora ya es tarde para invitarme, lo sé; además tengo otros planes, pero ¿acaso no merezco algo?

En la imagen, de Man Ray: yo, estas semanas, cada vez que subía del buzón, y hoy un poco por lo de García Márquez, aunque el momento de empezar a llorar a un escritor es cuando deja de escribir, que es cuando se nos muere a todos.

martes, 1 de abril de 2014

Desierto

Conocí a una mujer que viajaba por los desiertos. Iba a China, Egipto, Chile, la India... Daba igual el continente. Lo que ella quería era verse inmersa en ese abismo de la soledad.
Puedo entender aquella fascinación. Un desierto debe de ser un lugar fuera del mundo, al menos del mundo que solemos habitar. En un lugar donde no puedes ir de aquí para allá porque el aquí y el allá son prácticamente iguales, en un lugar donde no puedes ni comprar un souvenir, no te queda otra que mirar y reflexionar.
Pero lo que define a un desierto, por encima de la ausencia de tiendas de recuerdos y la arena (el de Atacama es de piedra), son sus condiciones extremas de vida. En un desierto lo fácil es morir, ya sea de sed o por la picadura de un escorpión. En un desierto apenas viven cuatro cactus, una palmera y dos jerbos, y un escorpión.
¿Que qué opino de que el premio Gran Angular, el premio de novela juvenil mejor dotado económicamente, el premio que gané hace tres años, haya quedado desierto este año? Pues eso mismo. En el plano teórico, me resulta interesante, fascinante incluso. En el plano práctico, desolador.
Donde pone sed, únase el hambre; donde dice picadura de escorpión, piénsese en la picadura letal en la autoestima de todos los que se presentaron.

La imagen, tan obvia (perdonen, las prisas), es de Salgado.

jueves, 27 de febrero de 2014

Asesina a un escritor

Me piden a menudo consejos para llegar a ser escritor. Nunca he dicho: “mata a otro escritor”. Pero estoy empezando a dudar si no será ese el consejo definitivo. Definitivo lo es, desde luego.
Empecé a pensarlo al leer una entrevista al editor Claudio López de Lamadrid donde exponía una suerte de darwinismo literario, una evolución literaria por selección en mesa de novedades. Decía:
  "para que pueda entrar un autor nuevo necesitas que se vaya otro."
Los hay que se han tomado esto muy en serio. Lynn Shepherd, por ejemplo. Esta autora de novela de crimen victoriano (sic) escribía un artículo en el Huffington Post invitando a J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, a que disfrutara de su vasta fortuna y dejara de publicar libros para adultos, porque, compitiendo con ella, era imposible hacerse hueco en la mesa de novedades del Waterstone’s. La Shepherd le daba permiso a la Rowling para que siguiera escribiendo para niños (se ve que la Shepherd no le da a eso) y decía unas cuantas cosas más sobre literatura infantil y juvenil que no me molestaré en comentar porque ya las huestes de fans de Harry Potter han hundido en la miseria, y en las valoraciones de goodreads, a esta pobre mujer.
Y luego está lo del premio La Caixa / Plataforma, el premio que convoca Plataforma Neo para jóvenes escritores de entre 14 y 25 años. Se falló ayer. Lo ganó Andrea Tomé, de 19 años, con Corazón de mariposa. Estoy deseando leerlo para ver si me quedo con la boca abierta como me quedé al leer el que ganó el año pasado. Me alegré por la señorita Tomé, y eso que, ya solo por su edad, podría odiarla como odia la madrastra de Blancanieves. Pero, a lo que voy, cuando se anunció el fallo del premio, la red se llenó de comentarios asesinos al respecto. Que si la chica ya había sido finalista el año pasado, que si ya había publicado otras novelas y que estaba “robando” el sitio a alguien que no hubiera publicado… Los comentarios los hacían jóvenes como ella, jóvenes que, al parecer, igual que Lynn Shepherd, han asumido que para hacerte hueco como escritor antes debes matar a otro. A ver si va a ser un efecto secundario de tanto juego del hambre…
Un consejo os daré: chicos, chicas, jóvenes… para escribir no hace falta matar a nadie.
He dicho “para escribir”. Para vivir de la escritura… Bueno, sí, lo concedo, quizás para vivir de la escritura haya que matar.

En la imagen, de Lewis Hine, dos blogueros enzarzados en tuiter a santo del premio Neo mientras otros tantos miran en espera de su turno.

sábado, 22 de febrero de 2014

Crónica sin (apenas) peloteo

Ayer fui a la entrega de premios de la revista de literatura juvenil El templo de las mil puertas. (Toda la frase anterior se resume en: ¡¡TEMPLIS!!)
Mis Croquetas y wasaps eran finalistas a mejor novela nacional del año.
La de la foto soy yo a la salida de la fiesta.
Como ven, no llevo un premio en la mano. Llevo una sonrisa en la cara y un helado, porque eso es lo que me llevé, todo lo que da un helado, que no es poco: un rato de dicha, la sensación de que el tiempo se te escurre entre los dedos (ya sea en forma de churretones derretidos o de años que ya no cumplirás), frescura, mucha frescura, y alegría de vivir, o alegría de escribir, que en mi caso cada vez resulta más lo mismo.
Yo, que soy una ingenua, no sabía que antes del premio contactaban con el ganador para avisarle y que acudiera o mandara un bonito vídeo. Aun así, vistos los otros finalistas, no tenía muchas esperanzas de ganar. Ni me había preparado discurso, con lo que me gustan a mí los discursos. Además, esta entrega de premios no tenía nada que envidiar a la gala de los Goya: tampoco venía Wert, así que no había ante quien reclamar.
Las pocas esperanzas que pudiera albergar se esfumaron del todo cuando dieron el premio a mejor novela extranjera de saga a Reconexión. Comprenderán que entre abortos retroactivos de hijos llegados a la adolescencia, que es de lo que trata Reconexión, y adolescentes idiotizadas por el enamoramiento media un océano insalvable. "Cotrina", pensé entonces. Y así fue: ganó Cotrina, y no me extraña porque La canción secreta del mundo es un pedazo de novela y la mejor forma de quedarse sin uñas, sin falanges y sin dulces sueños, y además empieza con un saco de niños muertos y a partir de ahí es un no parar.
Cotrina no estaba, pero sí estaba, presumiendo de ser el más viejo de la sala, Jordi Sierra i Fabra, que ganó el premio a mejor novela nacional perteneciente a saga. Y también había editores. Pero sobre todo, en esa sala de FNAC Callao, había jóvenes, más de cien jóvenes que se muerden las uñas leyendo, que lo cuentan en sus blogs, jóvenes que han hecho, con iniciativas como la revista templaria, que la literatura juvenil tenga una entidad que no tenía hace unos años. Es también gracias a ellos que ahora -lo cito como síntoma- la sección juvenil de FNAC esté más cerca de adultos y de cómic que de infantil, en otra planta incluso. Pero esto empieza a parecer peloteo, y acabo de leer un artículo magnífico de Marta Sanz que va a regir mi vida a partir de ahora y que es un inhibidor de la adulación, así que si sois jóvenes y hacéis crítica de literatura juvenil, no os esponjéis todavía porque aún no he terminado con vosotros. Es importante lo que hacéis. Es muy importante para el género. Antes, hace no tantos años, no había crítica de literatura juvenil. Si hoy la literatura juvenil es mejor (¿lo es?), es en parte gracias a vosotros. Y a nosotros, los autores. Nosotros tenemos que escribir bien. Vosotros tenéis que leer bien. Y ahora, si no lo habéis hecho antes, pinchad en este enlace para leer el artículo de Marta Sanz. En literatura juvenil también necesitamos escritores impertinentes e intrépidos, y necesitamos lectores impertinentes e intrépidos, intrépidos como los templarios.

Imagen de Garry Winogrand.

viernes, 17 de enero de 2014

He perdido un premio

Se suele contar más cuando se gana. Y entre exclamaciones: "¡He ganado el premio Patatín Patatán!". Pero cuando estuve en Estados Unidos, los mismos alumnos que viven inmersos en la cultura del éxito, esos chavales para los que el peor insulto es loser, no dejaban de preguntarme por mis fracasos: por los libros que me rechazaron o aquellos que no llegué a terminar. ¿Acaso resulta reconfortante o aleccionador conocer los fiascos ajenos? Espero que sí, y con esa esperanza lo cuento: he perdido el premio El Barco de Vapor.
Ni siquiera sé si es correcto decir que lo he perdido. No sé si se puede perder algo que no se tenía. Solo sé que me había presentado al premio El Barco de Vapor y que no lo he ganado. 
Leo aquí, en los comentarios, que ya han llamado al ganador. Me encantaría que fuera un autor desconocido. O una autora. Aunque, dado como está el patio, tampoco me importaría que lo ganara un buen escritor profesional y que ese premio le permitiera no tener que dejar de serlo.
Leo también que al premio El Barco de Vapor se habían presentado 244 originales y al Gran Angular, 143, o sea que hay 385 humanos a los que acompaño en el sentimiento.
A esos 385, besis.

En la imagen, de Dorothea Lange: yo, pensando: "¡Dios mío! ¿Cómo voy a sacar ahora tiempo para escribir otra novela si tengo que coger, y buscar, trabajitos como una loca? ¿Cómo voy a alimentar a mis pobres hijos?"
Ejem, Oro, tu propósito de Año Nuevo, tu único propósito, fue no quejarte. Y además tú solo tienes un hijo. Y tienes los tápers de tu madre.
Ah, bueno, pues... En la imagen, de Dorothea Lange: yo, pensando: "Cachis la mar. A ver qué hago ahora con la novela que presenté al premio. Tan especial que era esa historia..."
Querrás decir que "es".
"Tan especial que es..."

Actualización: unos pierden y otros ganan, y yo que me alegro (18/1/2014)
Aunque este no es un blog de actualidad literaria, no puedo reprimir las ganas de editar este post al enterarme por un blog que sí informa de verdad sobre la LIJ de una noticia que me parece maravillosa: Paloma Muiña, que se parece más a la imagen de Dorothea Lange que yo misma, al menos en número de churumbeles, ha ganado el premio Ala Delta (y Elena Alonso, el premio Alandar, pero es que con Elena Alonso no tengo el gusto). ¡¡Enhorabuena!! Y... ¿cómo lo haces, Paloma Muiña?

sábado, 27 de abril de 2013

Cervantes versión "¡Hola!"

Ya, que no les he contado ningún chascarrillo de la entrega del Premio Cervantes. Bueno, es que la columna de mañana va, en parte, sobre eso. Pero sí, les contaré algunas cosillas, y mañana en el Heraldo, o pasado mañana aquí, si quieren, ya leen esa otra crónica un poco menos personal, solo un poco menos, porque ya saben que mi ombligo es mi centro, y no se imaginan lo mucho que practico con la Wii Fit para que siga siendo así (es una tabla de ejercicios que se llama Diignity Plus, o algo parecido; y por cierto, habrán visto ya MI vídeo, ¿no?).
Bien, salí hacia el Cervantes de la guisa que ven en la foto. En la invitación ponía que los señores debían llevar traje oscuro, chaqué o traje académico; y las señoras, vestido corto o traje académico. Yo, que aspiro a pequeña infractora, aunque no soy señor, me puse chaqueta de chaqué (en la foto puede apreciarse el nacimiento de la cola) y, en honor a Ignacio González y su pequeño discurso renacentista sobre la LIJ, un vestido corto, pero bien corto, de Rinascimento. El pelo no era como se ve en la foto, que eran unas ondas al agua muy rancias para compensar el corto de la falda; así me lo puso el viento.
Llegué bien pronto, avancé hacia la entrada de la universidad sin apenas tambalearme sobre el enguijarrado, me identifiqué sin tener que enseñar el carné, pasé el control de seguridad sin tener que quitarme las joyas y entré. Crucé un patio, dos patios, tres patios. (La gloria es un patio que se me escapó.) Y entré en el paraninfo.
La sala aún estaba casi vacía. Me senté abajo, en un lateral, en primerísima fila. Ya me ufanaba de lo bien situada que estaba cuando un amable caballero me dijo que “por motivos de seguridad” blablablá. Que le estaba calentando el asiento a un escolta, vaya. Pero entonces, oh, entonces, descubrí el mejor asiento de todos, y no estaba reservado ni ocupado. Era arriba, primera fila (no había segunda, de hecho), frente a las autoridades y con vista privilegiada de la cátedra desde donde Caballero Bonald discursearía. Con decirles que justo a mi lado estaba la cámara de televisión, se lo digo todo.
Estaba entretenida mirando la llegada de los invitados cuando vi que estaban libres los asientos junto a los nietos de Caballero Bonald y pensé cambiarme porque me gusta más hablar con los niños que con los representantes de las instituciones, que era lo que más abundaba ahí, pero justo en el momento de la genial idea, se me sentó al lado uno que parecía representante de una institución, y me pareció feo levantarme. El representante se puso a hablar por teléfono de unas donaciones y unos líos fiscales. Luego comentó con otro que se sentó a su lado: “Lo que pasa es que a este acto suelen venir pocos escritores”. Yo no me atreví a decirle ni que era escritora ni mi teoría de que todos los escritores que firman no están en el Cervantes porque están firmando en Sant Jordi, y la prueba es que ahí, en el paraninfo, estaba también Benjamín Prado, con el que compartí mesa de no-firmas aquel 23 de abril que coincidimos con Mariló Montero, tal como conté ya aquí. Y la otra prueba de que mi teoría es cierta es que Mariló Montero no estaba en el paraninfo.
Y empezó el acto. Del acto no les contaré mucho porque ya lo hago un poco en la columna, y además lo han hecho otros mucho mejor que yo.
Paso entonces al cotilleo del cóctel. Servido por Paradores.
No conocía a nadie. Bueno, conocer, conocía a casi todos, pero el conocimiento no era mutuo. Sí besé a tres personas amabilísimas y poderosísimas con las que coincido cada año en la fiesta de los premios SM, y estuve, menos mal, con Sara Moreno, Presidenta del Consejo General del Libro Infantil y Juvenil (la única de esto de la LIJ a quien vi) y con Pilar Gallego, de Cegal. Pero estuve mucho tiempo sola y sin hablar con nadie. ¿Colgada? No. “Ese largo silencio literario no es el silencio de quien ha elegido no hablar, sino de quien ha hecho del soliloquio un método de maduración previa de la palabra. Es el mutismo del que lo observa todo para no olvidar nada.” Bueno, eso acababa de decir Caballero Bonald en su discurso. Solo que de Cervantes.
En fin, que esto está quedando larguísimo, por acabar, les enumero mis hitos del día: que le quité a Manuel Rodríguez Rivero, famoso en el mundo entero, una florecilla que le había caído en la cabeza sin que él se diera cuenta porque estaba de espaldas y porque tiene una cabeza bien acolchada a base de rizos, que no vean lo que me costó liberar a la florecilla de aquella ensortijada trampa; que me hice esta fotazo, que para mí, es la foto del día, o del año; que besé a la princesa y ninguna de las dos nos convertimos en ranas; que salí detrás de los príncipes y de Wert y recibí sus abucheos porque no había una mampara insonorizadora que limitara el campo de actuación de los gritos; que vi cómo los príncipes saludaban sonrientes y principescos a los abucheadores y a los demás; que yo no supe saludar así… Que estuve cerca del poder, sí.
Y luego me fui corriendo a dar una charla a un colegio donde me recibieron como a una princesa. Pero sin abucheos.

Más y más íntimo Cervantes, aquí.

domingo, 24 de febrero de 2013

No soy lo que parezco

Ya pasó el 14 de febrero, pero si aún les quedan ganas de amor, no dejen de leer el último número de la revista online Off the record, "dedicada en su mayoría a la literatura juvenil". Además, entre libros y películas de amor, encontrarán un artículo mío que no es de amor y que se titula Trapos y literatura; no les digo más.  
Bueno, sí, les digo cómo empieza:
"Soy Begoña Oro, y soy escritora, y blablablablablá. Pero si escribo este artículo sobre moda, literatura y fiestas es porque una vez, cuando el escritor Jorge Gómez Soto me presentó en sociedad (literaria) en su blog, Carmen Pacheco, ¡Carmen Pacheco!, escritora y gurú de la moda y de todas las cosas que uno se pone para parecer más guapo de lo que es, dijo (lo puedes leer aquí): “No has comentado lo más importante: ¡Lo elegante que va siempre [esta chica] a los premios SM!”. Desde entonces, incluyo esa frase en mi currículo y me lo he creído. Por eso ahora escribo…"
Ah, sí, y les digo cómo termina, porque la fotografía mía que acompaña el artículo es terrorífica y necesito que sepan que yo no soy así, porque -así acaban mis Trapos y literatura-:
"“Soy lo más distinta de mí / que te puedas imaginar” (...) “Si tú quisieras conocerme / yo giraría sobre un pie / pero te esperaría un largo viaje / desde mi apariencia hasta mi ser”. Feliz viaje."
Eso tan bonito que aparece entrecomillado no es mío, es de Jorge Luján, conste.

En la imagen: yo, con mis trapos, preparándome para protagonizar una cubierta de Kate Morton.

Ah, y sigo por aquí

martes, 8 de mayo de 2012

De novia

Ayer Carlos Salem se vistió de pirata para recibir el premio Mandarache y yo me vestí de novia para recoger el premio Hache.
Iba a poner aquí parte de las palabras que dije. Pero si algo te enseña el proyecto Mandarache -y qué gusto da que te enseñen de esta forma- es a no ensimismarte. Este proyecto está hecho por y para los jóvenes. No hay complacencia, no hay discursos de autoridades... solo lectores que rugen y que participan en un proyecto de fomento de la lectura con devoción punky. Eso y no domadores sino leones un poco más viejos que les animan a rugir más fuerte.
Qué suerte tienen Lola Beccaria, David Fernández Sifres y Alfredo Gómez Cerdá que van a vivirlo el año que viene. Ellos -se lo cuento en primicia- son los finalistas del premio Hache 2013.
Pueden leer, y ver, algo más sobre el evento de ayer aquí, por ejemplo. Yo seguiría hablando de esta historia eternamente, y no sería peloteo porque ya no tengo nada (más) que ganar. Pero tengo que escribir una historia (este es el mejor de los efectos secundarios del Hache: la inyección de adrenalina, responsabilidad y ganas de seguir escribiendo).
En la foto, de Fernando Sancho, mi premio Hache y yo. Lo mejor de la foto (que puede ampliarse pinchando en ella, ¡toma ensimismamiento!) es lo que no sale pero se refleja por mi gesto: los cientos de lectores que bajan por una escalera, sonriendo y saludando, y a los que devuelvo el saludo.
Edito en plan informativo: Y también envidio, digo... Y también qué suerte tienen Vicente Luis Mora, Manuel Rivas y Clara Sánchez, que lo vivirán como finalistas del premio Mandarache 2013. (Quizá sí que me ensimismé un pelín con lo del premio Hache...)

lunes, 23 de abril de 2012

Oro se escribe con Hache


"Estoy hablando en serio. Las cosas importantes, las únicas cosas importantes que existen en el mundo, se escriben con hache, y, por el contrario, se escriben sin hache las infinitas cosas que no tienen importancia."
No lo digo yo. Lo dijo Enrique Jardiel Poncela. Y seguía:
"No hace falta explicarlo. Basta con repasar el diccionario. Busca las cosas trascendentales, y solo las hallarás en la H. Los "hijos", con hache; el "honor", la "honra", con hache; Dios ("Hacedor Supremo"), con hache; "hombre", con hache (...) Os hago reír, ¿verdad? Reír es lo más importante del mundo: y "humorismo" se escribe con hache..."
Y aún dice Jardiel Poncela:
"Por eso, el amor, que no tiene importancia ninguna, se escribe sin hache. No debe tomarse en serio el amor... ¡Amor se escribe sin hache!... Hay que reírse de las cosas escritas sin hache."
Ríanse de la Oro si quieren. Pero hoy lo tendrán más difícil. Porque hoy, 23 de abril, Día del Libro, mi novela Pomelo y limón ha ganado el premio más importante que se puede ganar, el más emocionante, el premio que ya antes de ganarlo me hizo tan feliz, el premio que conceden quienes tienen que concederlo -los lectores-, el premio Hache de Literatura Juvenil. Lo recogeré en Cartagena el 7 de mayo. Pero desde ya, Oro se escribe con Hache.
Mírenme en la fotito que me acaba de hacer Phillipe Halsman. Hoy no me caben más alegrías en el cuerpo. Si tienen alguna que darme, déjenla para mañana, por favor.
Gracias, lectores. Os besaría a todos.
La Horo

viernes, 16 de marzo de 2012

Sunrise

Esto va sobre la fiesta de los premios SM. Bueno, vale, y un poco sobre doña Letizia, que tampoco voy a ir a estas alturas disimulando mi obsesión por las princesas.
Además, unos disimularán mejor que otros, pero todos estabámos ahí por la princesa. Esperanza Aguirre prácticamente le dedicó el discurso enterito: Su Alteza por aquí, Su Alteza por allí... Los premiados solo querían besarla a ella, como puede verse aquí. La mujer de la embajada mexicana que sacó el mago de entre el público, vino para verla, como se vio obligada a confesar. Y es que resulta que el presentador de la fiesta, el genial mago More, quiso hacer un truco con dos ayudantes, una de cuerpo presente, la sin par mexicana escogida entre el público, y otra a la que llamarían por teléfono. La mexicana eligió llamar a su amiga, también sin par, también mexicana, Paty. Y le dijo, a micrófono abierto: "Paty, ¿te acuerdas que te conté que esta tarde iba a un evento con Su Alteza?".
Y ahí estábamos, en un evento con Su Alteza.
Tanta Alteza, tanta Alteza, estuve a punto de olvidar que a lo que íbamos era precisamente a destronarme. Porque sí, hasta este martes, yo era la premio Gran Angular. Y ahora lo es Jesús Díez de Palma con El festín de la muerte. Y al amigo Nesquens lo ha destronado Catalina González Vilar con El secreto del huevo azul. Y a Arlet Hinojosa la destronó Alba Quintas, como ganadora del premio Jordi Sierra i Fabra.
En fin. Lo que sucede es que el mago More, en uno de sus trucos, sacó mi libro Pomelo y limón, aquel con el que gané el premio, y yo me puse a pegar saltitos en la silla, y pensé: "Begoña, tú siempre serás premio Gran Angular". Y entonces todo aquello que veía desde la silla y que parecía tan importante y tan lejano, los discursos, los premiados, los aplausos, se volvió real-real. Y cuando llegó el momento de la foto de autoridades y premiados, ese bonito momento en que hubo una confusión aún mayor que con los besos, sonó Sunrise, de Norah Jones, y yo me puse a sonreír como una maniquí francesa acordándome de aquella historia que me contó mi vecino de abajo, de un fotógrafo no muy políglota que intentaba hacer sonreír a una modelo extranjera diciéndole, convencido de la traducción: "¡sanrais, sanrais!" (lo que viene a ser "sunrise, sunrise", o sea "amanece, amanece"). Desde entonces es oír sunrise y ponerme a sonreír como una modelo extranjera. Se puede comprobar en la foto, en la que estoy rodeada de maño power: David Lozano, que es y siempre será también premio Gran Angular; Ana Alcolea, que es y siempre será premio Anaya; y Nerea Marco, que aun siendo insultantemente joven, ya ha sido y dejado de ser cosas, como por ejemplo ladynere. Yo soy la de la izquierda, esa a la que, de tanto sunrise, no se le ven los ojos. El joven escritor que asoma por detrás es Jorge Gómez Soto.
Luego, en el cóctel me harté de dar besos, pero me fui con la sensación de que me había dejado un montón de besos que dar. Lo siento. Ya dije que esa noche la gente se lió mucho con lo de los besos. Pero lo mismo que dicen por ahí que da suerte que alguien se olvide de nombrarte en una crónica de la fiesta del premio SM, también da suerte que Begoña Oro no te bese en una fiesta del premio SM. Como quiero que mucha gente tenga suerte, además de los no besados, quiero que haya muchos no nombrados, pero no puedo dejar de mencionar el estilismo tan ideal de Alba Úriz y de Lorena Moreno, el pelo bicarbonatado y el traje sin mancha de Carmen Pacheco, las barbas sospechosas de Miguel Ángel Mendo y de Emilio Urberuaga, la forma de abrir los ojos de la princesa al detallarme el argumento de El festín de la muerte y la consiguiente punzada de celos que sentí (el año pasado me hablaba con ese entusiasmo de MI libro), las gafas de Mar Peris que me impidieron reconocerla como la @marcipf  a la que sigo y seguiría hasta el fin de twitter, y la mirada de cervatillo ante unas fresas salvajes de Jesús Díez de Palma que tanto me recordó a la mía hace un año. Me dieron ganas de pintarle los labios de bonheur, porque, lo que es a mí, todavía me dura.
Sunrise, sunrise. Amanece, que no es poco.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Lo real


[Aviso: esta entrada también parece una película de Frank Capra. Si son más bien Mr. Scrooge o si necesitan una palangana virtual cada vez que leen una terneza, no sigan leyendo. O vayan a por la palangana.]
Ayer vi "Kiseki" en el FICC. "Kiseki" significa milagro en japonés. La película habla de deseos que se cumplen aun cuando no se cumplen, aun cuando no hay milagro. Es como un cuento de hadas sin hadas. Te deja ese poso de satisfacción, íntima alegría y orden que da un cuento (los cuentos fantásticos están para ordenar el mundo), pero todo todo sucede sin arte de magia, por arte de realidad y fuerza de la alegría, la bondad, la voluntad y la esperanza de las personas.
(Palangana.)
"Kiseki" fue el colofón perfecto para un día Kiseki. Un día milagro. De esos días, y no son tantos en la vida (yo recuerdo seis), en los que bailas entre la sensación de irrealidad y la poderosa consciencia de estar viviendo algo absolutamente excepcional. Ayer participé en los encuentros del Premio Hache en Cartagena, como finalista. Los premios los suele dar un jurado, y este también. Pero, frente a la aristocracia de los jurados literarios, este es un premio democrático. El jurado lo componen los lectores, miles de lectores. "Tú lees, tú decides". Como debería ser.
No abulto mucho. Y ya, en un imponente Paraninfo y ante 600 adolescentes, no se hacen idea de lo pequeña que resulto. Pero hay cosas que te ensanchan. Como que una chica marroquí te dé las gracias porque -me dijo-: "aunque no entiendo bien tu idioma, este libro sí lo he entendido". O que un chico, un tiarrón guapo de unos catorce años, te diga: "Me ha encantado tu libro porque he estado enamorado y es como lo que cuentas". O que una chica te diga... No te diga apenas, porque se echa a llorar, y te pide un abrazo. Y se lo das pensando: ¿pero quién soy yo?
(Pañuelo.)
Este blog empezó hablando de premios y princesas. Durante un tiempo estuvo centrado en la realeza. Hoy este blog se muda a la casa de al lado, al lugar donde quiero vivir: los premios, claro, y lo real, solo que este "real" no tiene que ver con la realeza sino con la realidad, y con los milagros que se hacen por arte de la alegría, la bondad, el saber hacer y la esperanza de personas como Alberto Soler, Patricio Hernández o Miguel Villora.
Me regalaron una camiseta del premio Mandarache, el hermano mayor del premio Hache. En la camiseta dice: "La verdad está en los números pero el secreto en las palabras"*. Yo soy muy de secretos, pero esto he querido contarlo porque no debería serlo. Debería ser un secreto a voces. Debería ocupar quince minutos de Informe Semanal, para que todo el mundo sepa que en Cartagena hay gladiadores que pelean a muerte por defender la candidatura de un libro, hay miles de jóvenes que leen y que reciben a los escritores como si fueran lady Gaga y hay cuentos de hadas sin hadas ni princesas que empiezan leyendo y acaban entre abrazos y lágrimas de emoción diciendo: "Y fueron felices y comieron caldero".
Un último secreto, que ya vale por hoy. En Cartagena compré el número que va a salir premiado con el Gordo. Es el 07413. Luego no digan que no avisé. De todas maneras, la felicidad es casi gratis. Ayer vi "Kiseki" gratis, me dieron abrazos gratis, me reí gratis, repartí y recibí cariño gratis...

En la imagen (y retomando nuestro lema "a lo sesudo por lo baladí"): una lectora y Alberto Soler me besan, y yo, en el centro, ya me siento ganadora. (A Alberto ayer unos jóvenes lectores, unos jóvenes jurados, le dijeron que era igualito a Jorge Javier Vázquez, pero en guapo. Él hoy también flota en una nube de felicidad.)

*Esta frase -debe saberse, y querrán saberlo- es del poeta Alberto Soler.