Son varios los motivos de mi exilio irlandés. Uno es la publicación de este artículo. Me lo pidieron del Heraldo. Ellos: "Que vamos a hacer un anuario celebrando nuestros 150 años, que nos escribas 4.200 caracteres sobre la literatura infantil y juvenil en Aragón". Yo: "Que no, que lo haga otro, qué sé yo, Rosa Tabernero, de la universidad de Zaragoza, que yo solo soy (intento ser) una escritora, que no doy para más". Ellos: "Que no, que lo hagas tú"...
Para cuando me puse a escribir, con lo que me cuesta a mí llenar una página, tenía 6.660 caracteres, una cantidad endemoniadamente difícil de reducir a 4.200. Pero lo hice. Y ahora, meses después, ha salido publicado.
Claro, un artículo de estas características no puede sino granjearme enemistades porque no hay artista que se sienta tratado con justicia, y si no, es que no es artista. Pero si algún afectado por mi artículo quiere tirarme al paso del tranvía, tendrá que esperar a que pase el Luas. ¡Ja!
Amparada por la distancia, cuelgo aquí el dichoso artículo. Yo propuse como título alternativo ¿Qué más quieres, Tabernero?, pero, como era de esperar, acabó apareciendo bajo el título No es normal.
NO ES NORMAL
Los escritores de literatura infantil y juvenil (LIJ) vamos con nuestra maletita en misión pedagógica de colegio en colegio, de pueblo en ciudad, y volvemos a casa llenos de dibujos de niños, de portalápices de cerámica, de cansancio, y si la cosa se da bien, de felicidad. Para muchos, «casa» es un lugar en Aragón.
Me lo recordaron hace poco al juntarnos varios escritores de LIJ en Madrid. Andábamos quejándonos de nuestra invisibilidad (los medios nos ignoran, no hay crítica de literatura infantil…) cuando aproveché para presumir:
–Pues en Aragón –dije–, los miércoles el Heraldo Escolar dedica un espacio a la LIJ, y los jueves, Artes & Letras también.
Y eso que no fardé de los muchos días en que Antón Castro entrevista a un autor de lo nuestro, cuando no es él el entrevistado por haber publicado un álbum.
Comentó entonces un escritor madrileño:
–¡Pero es que lo de Aragón no es normal! ¡Está lleno de autores de LIJ!
No siempre fue así. Dice la Gran Enciclopedia Aragonesa acerca de «literatura infantil»: «No ha sido muy abundante (…) la dedicación de los escritores aragoneses a esta literatura». Romualdo Nogués, Miguel Buñuel en los 60, y poco más.
Durante los 80, los 90, un manuscrito infantil en un sobre con matasellos de Zaragoza apenas podía significar una cosa: Fernando Lalana. Bueno, si el sobre era grande y la letra preciosa, podía ser del genial artista Francisco Meléndez. Pero Meléndez fue un caso aparte, tan aparte que quiso apartarse de esto y de todo.
Lalana debía de sentirse tan solo que algunos de sus títulos los escribió a cuatro manos: con Puente, con Almárcegui, ahora con Videgaín… Durante un tiempo, Fernando Lalana lo ganó todo: el premio Gran Angular, el Barco de Vapor, el Nacional de LIJ, el Cervantes Chico… Y sigue. Pero ya no está solo en esto.
Hete aquí que en el año 2000, Ana Lartitegui y Sergio Lairla, artistas y residentes en Zaragoza, ganan el Premio de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de México, y ese mismo premio, en el 2004, lo gana el oscense Javier Sáenz Castán. Y antes, en el 2002, José María Latorre gana el premio Gran Angular. Y mientras, Daniel Nesquens empieza y no para de escribir y los editores miran y remiran el remite, porque lo de Nesquens no parece ni aragonés ni holandés, ni siquiera de este mundo, pero sí, esos sobres del tal Nesquens vienen de Zaragoza y el Nesquens gana el premio Anaya, y el Barco de Vapor, y... Y Ana Alcolea, que viene de Torrero y de Noruega, que pule su obra con maestría nórdica y gusto veneciano, después de varias novelas juveniles, gana el premio Anaya en el 2011; y David Lozano, también zaragozano, recoge el premio Gran Angular de manos de los entonces Príncipes de Asturias y en México, en Argentina, los adolescentes hacen kilómetros de fila para conseguir su firma; y dice mi madre que diga lo mío, que sí, que también yo gano el premio Gran Angular, y el Hache, y que me traducen al coreano, al alemán, hasta al valenciano; y las ‘Fábulas morales para jóvenes’ de Grassa Toro, que manda sus cartas desde Chodes, son elegidas Mejor Libro del Banco del Libro; y el rodariano Pepe Serrano gana el Vila d’Ibi; por no hablar de que Isidro Ferrer y Elisa Arguilé dan categoría al Premio Nacional de Ilustración al ganarlo, y Antonio Santos, al quedar segundo, y Tàssies, de Barbastro, recibe el Internacional de Ilustración de SM, y Jesús Cisneros, el Lazarillo; que en esto de la literatura infantil hay dos tipos de autores, escritores e ilustradores, y de todo, y excelente, tenemos en Aragón; y eso que solo cito a los que tienen premio, porque a algo hay que aferrarse para que los ausentes, que los hay, no me manden a sus madres o un maleficio, como hizo el hada a la que no invitaron al bautizo.
Porque miren que he citado a gente y aún me dejo nombres (Cano, Alberto Gamón, David Guirao, Ana Lóbez, Roberto Malo… Apila, Nalvay, Comuniter…; me sigo dejando). Para que vean que, sí, lo de Aragón no es normal. Por eso Antón Castro dice que aquí vivimos una Edad de Oro de la literatura infantil y juvenil, cosa que Rosa Tabernero, de la universidad de Zaragoza, matiza –«de Plata, Edad de Plata»–, que ya se sabe cómo son los académicos. En fin, no sé a qué espera la Tabernero para llamar a esto Edad de Oro, ¿a que Félix Teira escriba otra novela juvenil?, ¿a que Nesquens caiga en la melancolía total?, ¿a que María Frisa, exitosísima autora de los famosos libros de 75 consejos…, sume mil consejos?, ¿a que la editorial sinPretensiones publique un libro con texto de Chus Juste? Vamos, Tabernero, ¿qué más quieres?
En la imagen: ilustradora aragonesa consternada por no haber aparecido en mi artículo comenta a escritor aragonés: "A mí no mi ha sacao", a lo que el escritor responde: "Para cuenta que a mí tampoco".
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lunes, 21 de septiembre de 2015
martes, 2 de junio de 2015
Leer en el museo
En el retrato del cartel, aparece un fragmento de un cuadro. En el cuadro, hay un rey, Alfonso V de Aragón, y una mesita. Sobre la mesita que no se ve en el cartel, hay un libro abierto, una corona y un yelmo. En la corona y en el yelmo también hay, grabados, libros; libros para gobernarse y gobernar, libros para protegerse. El rey empuña una espada y en el pomo de la espada también hay grabado un libro; libros para atacar y defenderse.
El cuadro está en el Museo de Zaragoza, en la plaza de Los Sitios, y sirve ahora para anunciar la presentación-yincana más bonita que se ha programado en esta ciudad, ideada por Pepe Trívez. La presentación será en el propio museo y lo de "marco incomparable" se le queda corto.
Los que presentaremos, los que leeremos en el museo somos Andrés Chueca, David Guirao, Sandra Andrés, David Lozano, María Frisa, Pepe Serrano y yo, los siete. Ninguno se presenta ni se lee a sí mismo. Quienes esperamos que vengan, los invitados de lujo: chicos y chicas a partir de diez-once años. Seremos felices si vienen muchos adolescentes.
Sí, preadolescentes y adolescentes, al museo, de sala en sala, para que siete escritores, convenientemente agrupados en dúos cómicos, dúos terroríficos o tríos loquísimos, les presentemos nuestras obras, les hagamos reír, pensar, sentir. Una tarde de junio, la del miércoles 3, a las 17:30. Sí, repito, adolescentes, museos, lectura, junio. Impossible is Nothing.
Vente, Nicolás. Tráete a tus amigos. Yo voy a dar consejos para sobrevivir a los exámenes. Te garantizo que no os vais a aburrir.
miércoles, 22 de abril de 2015
Pelo corto y dientes largos en los premios SM
Querida Patricia (García-Rojo):
Dijiste que lo harías pero... ¡NO LO HAGAS! ¡No te gastes la pasta que acaban de darte por el premio Gran Angular en hacer un viaje con tu marido! ¡Pero, mujer, si vives en Fuengirola! ¡Que media Europa sueña cada noche desde camas suecas, futones alemanes, colchones de lana inglesa con pasar las vacaciones donde tú vives! Pero si tú misma reconociste la felicidad que has encontrado en ese mar...
Mira, si quieres cambiar de aires, intercambias casa con Pedro Mañas, el ganador del premio El Barco de Vapor. Os marcáis un homeforhome con tu casa y la suya. Él se pasea junto al mar con su camiseta de rayas y respira un poco de yodo, y tú respiras un poco de CO2.
Os lo pido como lectora, Pedro, Patricia. Os lo aconsejo como escritora y como “magnífica autora que ha conseguido [en el 2011] este Gallardón”, como dijo Ignacio González (14:50). Ni viajes ni caprichos: metro, tapas nuevas para zapatos viejos y patatas. Estirad el dinero, usadlo para escribir, para ser felices escribiendo (Patricia, tú dijiste que lo eras, “la persona más feliz del mundo” cuando escribes). Si puede ser, intentad solo escribir. Se te escapó, Patricia, aquello tan genial y tan políticamente incorrecto de que te gustaba mucho el colegio de pequeña pero que ahora que eres profesora, no estás tan segura de que te guste tanto. Normal. Si yo estoy segura de que tus alumnos también te hacen muy feliz, a ratos, pero es difícil dar clase, y prepararla, y corregir exámenes, y… y escribir a la vez. A mí me parece una heroicidad. Ni te cuento si tenéis hijos (Patricia, Pedro, cada uno por su lado, se entiende).
Pero, claro, ya lo decía unas pocas horas antes A., el chófer del ayuntamiento de Cartagena que me llevó de Cartagena a Albacete: “Me parece a mí que es muy difícil vivir solo de la escritura. Yo llevo a muchos escritores para esto del Hache y el Mandarache y unos son profesores, otros trabajan en Tráfico…” Yo a A., que me preguntó, le dije que me dedicaba solo a escribir, que es una mentira que me cuento a menudo para ver si algún día se hace realidad.
Cuentan los viejos del lugar que hubo un tiempo en que las cosas eran distintas, que hace unos años, no tantos, se podía vivir, y no mal, de la escritura. Pero vamos, aquello –lo siento, Pedro; lo siento, Patricia; lo siento, Terenci–, os digo que fue un sueño. Miren si no la larga tradición de artistas que mueren más flacos que una reina, consumidos no por el nervio sino por la malnutrición. Y eso tiene pinta de no cambiar, al menos aquí. Ayer, al escritor que trabaja en Tráfico y a mí se nos pusieron los dientes largos oyendo hablar a Juan Carlos Quezadas de ayudas gubernamentales a la creación literaria allá en México. Ganas daban de ir a conquistar, descubrir o mendigar a América. No, si ya lo dijo ayer Ignacio González que decía Ray Bradbury (o algo así, 14:50): “No es necesario quemar libros para destruir una cultura; basta con que los jóvenes dejen de leerlos”… y, añado yo, que los escritores dejen de escribirlos. O que se vayan de viaje.
Querida Patricia, querido Pedro, decía John Steinbeck que “la literatura practicada como profesión hace que las apuestas hípicas parezcan una ocupación sólida y estable”. Vosotros ya tenéis una trayectoria en esto, habéis publicado varios títulos. Ahora aparecen los premiados El mar y La vida secreta de Rebecca Paradise. Qué buena pinta tienen, qué ganas de leerlos. Lo que ahora os deseo de corazón es que estos premios sean el comienzo de una larga, sólida y estable carrera literaria. Y ya puestos, que vuestra carrera literaria os lleve un día hasta Cartagena, con Alberto Soler, con los jóvenes lectores.
Un beso,
La Oro
PD: Que no he dicho nada de la reina porque ya se ha dicho todo de su pelo corto. Se ha dicho menos –y lo merece más– de su tolkienismo recién confesado, de ese mono tan mono y del final de su discurso, que pueden leer aquí. Yo sigo pensando qué serán esas "otras cosas" a las que aludía cuando dijo: "Leer sí es imprescindible –no sé si otras cosas lo son tanto– para aprender a pensar". Ese inciso me tiene loca.
PD2: Si quieren, nos vemos mañana 23 de abril, Día del Libro. Estaré en el paseo Independencia, en Zaragoza, firmado libros, intentando hacer de la literatura mi profesión. De 12 a 14:30 en el puesto de la librería Cálamo y de 18 a 19:30 en el puesto de El gato de Cheshire. Besis.
Dijiste que lo harías pero... ¡NO LO HAGAS! ¡No te gastes la pasta que acaban de darte por el premio Gran Angular en hacer un viaje con tu marido! ¡Pero, mujer, si vives en Fuengirola! ¡Que media Europa sueña cada noche desde camas suecas, futones alemanes, colchones de lana inglesa con pasar las vacaciones donde tú vives! Pero si tú misma reconociste la felicidad que has encontrado en ese mar...
Mira, si quieres cambiar de aires, intercambias casa con Pedro Mañas, el ganador del premio El Barco de Vapor. Os marcáis un homeforhome con tu casa y la suya. Él se pasea junto al mar con su camiseta de rayas y respira un poco de yodo, y tú respiras un poco de CO2.
Os lo pido como lectora, Pedro, Patricia. Os lo aconsejo como escritora y como “magnífica autora que ha conseguido [en el 2011] este Gallardón”, como dijo Ignacio González (14:50). Ni viajes ni caprichos: metro, tapas nuevas para zapatos viejos y patatas. Estirad el dinero, usadlo para escribir, para ser felices escribiendo (Patricia, tú dijiste que lo eras, “la persona más feliz del mundo” cuando escribes). Si puede ser, intentad solo escribir. Se te escapó, Patricia, aquello tan genial y tan políticamente incorrecto de que te gustaba mucho el colegio de pequeña pero que ahora que eres profesora, no estás tan segura de que te guste tanto. Normal. Si yo estoy segura de que tus alumnos también te hacen muy feliz, a ratos, pero es difícil dar clase, y prepararla, y corregir exámenes, y… y escribir a la vez. A mí me parece una heroicidad. Ni te cuento si tenéis hijos (Patricia, Pedro, cada uno por su lado, se entiende).
Pero, claro, ya lo decía unas pocas horas antes A., el chófer del ayuntamiento de Cartagena que me llevó de Cartagena a Albacete: “Me parece a mí que es muy difícil vivir solo de la escritura. Yo llevo a muchos escritores para esto del Hache y el Mandarache y unos son profesores, otros trabajan en Tráfico…” Yo a A., que me preguntó, le dije que me dedicaba solo a escribir, que es una mentira que me cuento a menudo para ver si algún día se hace realidad.
Cuentan los viejos del lugar que hubo un tiempo en que las cosas eran distintas, que hace unos años, no tantos, se podía vivir, y no mal, de la escritura. Pero vamos, aquello –lo siento, Pedro; lo siento, Patricia; lo siento, Terenci–, os digo que fue un sueño. Miren si no la larga tradición de artistas que mueren más flacos que una reina, consumidos no por el nervio sino por la malnutrición. Y eso tiene pinta de no cambiar, al menos aquí. Ayer, al escritor que trabaja en Tráfico y a mí se nos pusieron los dientes largos oyendo hablar a Juan Carlos Quezadas de ayudas gubernamentales a la creación literaria allá en México. Ganas daban de ir a conquistar, descubrir o mendigar a América. No, si ya lo dijo ayer Ignacio González que decía Ray Bradbury (o algo así, 14:50): “No es necesario quemar libros para destruir una cultura; basta con que los jóvenes dejen de leerlos”… y, añado yo, que los escritores dejen de escribirlos. O que se vayan de viaje.
Querida Patricia, querido Pedro, decía John Steinbeck que “la literatura practicada como profesión hace que las apuestas hípicas parezcan una ocupación sólida y estable”. Vosotros ya tenéis una trayectoria en esto, habéis publicado varios títulos. Ahora aparecen los premiados El mar y La vida secreta de Rebecca Paradise. Qué buena pinta tienen, qué ganas de leerlos. Lo que ahora os deseo de corazón es que estos premios sean el comienzo de una larga, sólida y estable carrera literaria. Y ya puestos, que vuestra carrera literaria os lleve un día hasta Cartagena, con Alberto Soler, con los jóvenes lectores.
Un beso,
La Oro
PD: Que no he dicho nada de la reina porque ya se ha dicho todo de su pelo corto. Se ha dicho menos –y lo merece más– de su tolkienismo recién confesado, de ese mono tan mono y del final de su discurso, que pueden leer aquí. Yo sigo pensando qué serán esas "otras cosas" a las que aludía cuando dijo: "Leer sí es imprescindible –no sé si otras cosas lo son tanto– para aprender a pensar". Ese inciso me tiene loca.
PD2: Si quieren, nos vemos mañana 23 de abril, Día del Libro. Estaré en el paseo Independencia, en Zaragoza, firmado libros, intentando hacer de la literatura mi profesión. De 12 a 14:30 en el puesto de la librería Cálamo y de 18 a 19:30 en el puesto de El gato de Cheshire. Besis.
miércoles, 15 de abril de 2015
Trapos y literatura
Soy Begoña Oro, y soy escritora, y blablablablablá. Pero si escribo este artículo sobre moda, literatura y fiestas es porque una vez, cuando el escritor Jorge Gómez Soto me presentó en sociedad (literaria) en su blog, Carmen Pacheco, ¡Carmen Pacheco!, escritora y gurú de la moda y de todas las cosas que uno se pone para parecer más guapo de lo que es, dijo de mí (lo pueden leer aquí): “No has comentado lo más importante: ¡Lo elegante que va siempre [esta chica] a los premios SM!”. Desde entonces, incluyo esa frase en mi currículo y me lo he creído. Por eso ahora escribo… [Este "ahora" fue hace ya un tiempo, pero publico aquí hoy, cuando se acerca el premio SM, este artículo un poco petardo que apareció en la revista Off the record.]
TRAPOS Y LITERATURA: CUESTIÓN DE COMPROMISO
De pequeña me enseñaron que cuando acudías a una fiesta, había que arreglarse. No sigo haciendo caso a todo lo que aprendí de pequeña, pero a eso sí, especialmente cuando se trata de actos relacionados con el mundo de la literatura infantil y juvenil. (Ahora es cuando pongo una túnica de trascendencia a este artículo frívolo sobre moda que incluye palabros como outfit o vintage y lo disfrazo de artículo sesudo literario.) No es solo una cuestión de imagen; es una cuestión de identidad. Ninguna actriz va a la entrega de los Óscars hecha una zarrapastrosa. De hecho, que todo el mundo acuda hecho un pincel, es una de las cosas que da categoría al acto. Tirarme varios días decidiendo qué me pondré para una fiesta relacionada con el mundo de la literatura infantil y/o juvenil no es una frivolidad sino parte de mi compromiso con la causa. Si creyera en la trascendencia de las naranjas, me pondría de tiros largos para acudir a la frutería. Como creo en la trascendencia de la literatura juvenil, me pongo… me pongo…
¿Qué me pongo?
En las invitaciones a muchos actos, aparece esa orientativa frase final de “Se ruega etiqueta” o aquello de “Hombres: traje oscuro. Mujeres: traje de cóctel” (sea lo que sea un “traje de cóctel”). Jamás me he encontrado una indicación semejante en un acto literario [esto, claro, lo escribí antes de recibir por primera y única vez (snif) la invitación al Premio Cervantes]. Y ahí está la primera gran duda que atenaza a la invitada petarda, quiero decir, a la invitada-comprometida-con-la-literatura-que-opina-que-la-estética-subsume-la-ética. ¿Cómo de arreglada voy? ¿Como para una boda de día? ¿Como para una reunión? ¿De largo o de corto? ¿Y si, tan corto, tan corto, me quedo corta? ¿Y si –triple horror- me paso de arreglada? Lo que me lleva al primer consejo para invitadas petardas:
Sí, aspirar al puesto de la más arreglada de la fiesta es hacer malabarismos en la cuerda floja del ridículo. Ganas dan de lanzarse al socorrido little black dress (yo pongo estas cosas así en inglés porque de esta manera parece que sabes más de moda). Como opción, no está mal. Pero ¿no merece nuestra causa un poco más de arrojo? No sé, un vestido algo más trendy, un complemento audaz… La primera vez que me puse un tocado para una entrega de los premios SM fue una decisión de última hora que condicionó el resto de complementos. Para ponérmelo tuve que comprarme a todo correr unas medias grises tupidas y un cinturón gris (en Stradivarius). Cuando conseguí los complementos, recuerdo que escribí a mi Amiga un mensaje: “Ya tengo las medias y el cinturón. Ahora solo me hacen falta los huevos”… para ponerme el tocado, se entiende. Y los reuní. Fue todo un éxito (me remito al comentario de Carmen Pacheco). Dos años después repetí, con otro tocado vintage, cedido gentilmente por mi hermana y agenciado en Brooklyn. Como espectadora, prefiero mil veces un invitado con una pajarita estrafalaria o una invitada con turbante que un hombre gris vestido de gris o una mujer que no sabrías decir cómo iba vestida, tan discreta tan discreta que resulta inmemorable. Y como invitada, me encanta arriesgar, lo que me lleva al segundo consejo de moda y compromiso:
¿Quién no recuerda el traje de lunares de Messi al recoger el balón o la bota o el no sé qué de oro? Del premio se puede uno olvidar, pero de ese polka dot outfit… Como para olvidarlo. Hay quien quiso ver en ese traje de Dolce & Gabbana un homenaje a Maradona, quien en su día lució otro similar. Podría ser. La ropa es también una manera de decir cosas. Cargar de sentido lo que uno se pone sobre lo piel no solo es una forma de comunicación sino una buena excusa para acotar la búsqueda y encontrar qué ponerse. Para ir a cenar a un ruso, me planto un gorro de piel; para un japonés, me alargo la raya del ojo… Hace unos meses, me pidieron que presentara las memorias literarias de Jordi Sierra i Fabra. Yo llevaba un corte imposible (me estaba creciendo el pelo a lo garçon y estaba en terreno de nadie). Entonces pensé: “haré un homenaje a Jordi, que se define como rockero”, y me puse tupé y leggings y cazadora de cuero. Asunto solucionado. Tercer consejo:
Mi ventaja
Vale, lo admito: juego con ventaja. Mi hermana trabaja [trabajaba] en el mundo de la moda, y me hace de personal shopper, conseguidora de chollos, asesora de imagen, estilista y criticona implacable. Recuerdo una ocasión en la que me interceptó camino de una entrega de premios con un vestido monísimo de Amaya Arzuaga y me lo quitó alegando que iba hecha una maruja. Acabé con un conjunto suyo cogido de mala manera con cuatro imperdibles (mi hermana gasta dos tallas más que yo). Aprovecho la ocasión y el artículo para pedir disculpas a Agustín Fernández Paz, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, a quien dejé con la palabra en la boca a mitad de conversación en aquella fiesta. Agustín, querido, fue causa de fuerza mayor; si no llego a salir corriendo al baño a ajustarme el imperdible, me quedo en bragas delante de ti. Lo que me lleva al cuarto y último consejo:
Coda poética
Hay un álbum precioso titulado Ser y parecer donde Isol ilustra un poema de Jorge Luján. El poema empieza diciendo: “Soy lo más distinta de mí / que te puedas imaginar”, y acaba: “Si tú quisieras conocerme / yo giraría sobre un pie / pero te esperaría un largo viaje / desde mi apariencia hasta mi ser”. Feliz viaje.
Hasta aquí, el artículo que apareció en Off the record. Ahora digo: consejos vendo que para mí no tengo. La semana que viene es el premio SM y aún no tengo ni idea de lo que me voy a poner. Solo sé una cosa que seguro que llevaré: un buen par de ojeras y un cansancio feliz porque esa misma mañana, la del día de la fiesta, a las 8 empiezo el primero de una serie de encuentros en mi querida Cartagena con mis queridísimos Jóvenes Lectores, y de ahí, corriendo a Albacete, y de Albacete a Atocha, y de Atocha a la fiesta. Este año no me juzguen. Este año no compito.
En la foto, de Garry Winogrand: a la derecha, Juan Muñoz, todo guapo para la fiesta. En el centro, yo, pensando: "¿Qué tendrá fray Perico que no tenga mi ardilla Rasi?". El del pelazo, el de la izquierda, no sé quién es. El que aparece de espaldas debe de ser un editor, porque le clarea la coronilla y no me extraña, con lo malita que está la cosa.
TRAPOS Y LITERATURA: CUESTIÓN DE COMPROMISO
De pequeña me enseñaron que cuando acudías a una fiesta, había que arreglarse. No sigo haciendo caso a todo lo que aprendí de pequeña, pero a eso sí, especialmente cuando se trata de actos relacionados con el mundo de la literatura infantil y juvenil. (Ahora es cuando pongo una túnica de trascendencia a este artículo frívolo sobre moda que incluye palabros como outfit o vintage y lo disfrazo de artículo sesudo literario.) No es solo una cuestión de imagen; es una cuestión de identidad. Ninguna actriz va a la entrega de los Óscars hecha una zarrapastrosa. De hecho, que todo el mundo acuda hecho un pincel, es una de las cosas que da categoría al acto. Tirarme varios días decidiendo qué me pondré para una fiesta relacionada con el mundo de la literatura infantil y/o juvenil no es una frivolidad sino parte de mi compromiso con la causa. Si creyera en la trascendencia de las naranjas, me pondría de tiros largos para acudir a la frutería. Como creo en la trascendencia de la literatura juvenil, me pongo… me pongo…
¿Qué me pongo?
En las invitaciones a muchos actos, aparece esa orientativa frase final de “Se ruega etiqueta” o aquello de “Hombres: traje oscuro. Mujeres: traje de cóctel” (sea lo que sea un “traje de cóctel”). Jamás me he encontrado una indicación semejante en un acto literario [esto, claro, lo escribí antes de recibir por primera y única vez (snif) la invitación al Premio Cervantes]. Y ahí está la primera gran duda que atenaza a la invitada petarda, quiero decir, a la invitada-comprometida-con-la-literatura-que-opina-que-la-estética-subsume-la-ética. ¿Cómo de arreglada voy? ¿Como para una boda de día? ¿Como para una reunión? ¿De largo o de corto? ¿Y si, tan corto, tan corto, me quedo corta? ¿Y si –triple horror- me paso de arreglada? Lo que me lleva al primer consejo para invitadas petardas:
¿Traje largo de brilli-brilli con escote palabra de honor? ¡Error!Huevos
Sí, aspirar al puesto de la más arreglada de la fiesta es hacer malabarismos en la cuerda floja del ridículo. Ganas dan de lanzarse al socorrido little black dress (yo pongo estas cosas así en inglés porque de esta manera parece que sabes más de moda). Como opción, no está mal. Pero ¿no merece nuestra causa un poco más de arrojo? No sé, un vestido algo más trendy, un complemento audaz… La primera vez que me puse un tocado para una entrega de los premios SM fue una decisión de última hora que condicionó el resto de complementos. Para ponérmelo tuve que comprarme a todo correr unas medias grises tupidas y un cinturón gris (en Stradivarius). Cuando conseguí los complementos, recuerdo que escribí a mi Amiga un mensaje: “Ya tengo las medias y el cinturón. Ahora solo me hacen falta los huevos”… para ponerme el tocado, se entiende. Y los reuní. Fue todo un éxito (me remito al comentario de Carmen Pacheco). Dos años después repetí, con otro tocado vintage, cedido gentilmente por mi hermana y agenciado en Brooklyn. Como espectadora, prefiero mil veces un invitado con una pajarita estrafalaria o una invitada con turbante que un hombre gris vestido de gris o una mujer que no sabrías decir cómo iba vestida, tan discreta tan discreta que resulta inmemorable. Y como invitada, me encanta arriesgar, lo que me lleva al segundo consejo de moda y compromiso:
¿Complemento arriesgado? ¡Acierto! O no. Pero se agradece el riesgo. (Y si resulta un desastre, ¡es fácil de quitar!)Los lunares de Messi
¿Quién no recuerda el traje de lunares de Messi al recoger el balón o la bota o el no sé qué de oro? Del premio se puede uno olvidar, pero de ese polka dot outfit… Como para olvidarlo. Hay quien quiso ver en ese traje de Dolce & Gabbana un homenaje a Maradona, quien en su día lució otro similar. Podría ser. La ropa es también una manera de decir cosas. Cargar de sentido lo que uno se pone sobre lo piel no solo es una forma de comunicación sino una buena excusa para acotar la búsqueda y encontrar qué ponerse. Para ir a cenar a un ruso, me planto un gorro de piel; para un japonés, me alargo la raya del ojo… Hace unos meses, me pidieron que presentara las memorias literarias de Jordi Sierra i Fabra. Yo llevaba un corte imposible (me estaba creciendo el pelo a lo garçon y estaba en terreno de nadie). Entonces pensé: “haré un homenaje a Jordi, que se define como rockero”, y me puse tupé y leggings y cazadora de cuero. Asunto solucionado. Tercer consejo:
Si no sabes qué ponerte, busca inspiración en el propio evento.
Mi ventaja
Vale, lo admito: juego con ventaja. Mi hermana trabaja [trabajaba] en el mundo de la moda, y me hace de personal shopper, conseguidora de chollos, asesora de imagen, estilista y criticona implacable. Recuerdo una ocasión en la que me interceptó camino de una entrega de premios con un vestido monísimo de Amaya Arzuaga y me lo quitó alegando que iba hecha una maruja. Acabé con un conjunto suyo cogido de mala manera con cuatro imperdibles (mi hermana gasta dos tallas más que yo). Aprovecho la ocasión y el artículo para pedir disculpas a Agustín Fernández Paz, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, a quien dejé con la palabra en la boca a mitad de conversación en aquella fiesta. Agustín, querido, fue causa de fuerza mayor; si no llego a salir corriendo al baño a ajustarme el imperdible, me quedo en bragas delante de ti. Lo que me lleva al cuarto y último consejo:
No lo dejes para el último momento.
Coda poética
Hay un álbum precioso titulado Ser y parecer donde Isol ilustra un poema de Jorge Luján. El poema empieza diciendo: “Soy lo más distinta de mí / que te puedas imaginar”, y acaba: “Si tú quisieras conocerme / yo giraría sobre un pie / pero te esperaría un largo viaje / desde mi apariencia hasta mi ser”. Feliz viaje.
Hasta aquí, el artículo que apareció en Off the record. Ahora digo: consejos vendo que para mí no tengo. La semana que viene es el premio SM y aún no tengo ni idea de lo que me voy a poner. Solo sé una cosa que seguro que llevaré: un buen par de ojeras y un cansancio feliz porque esa misma mañana, la del día de la fiesta, a las 8 empiezo el primero de una serie de encuentros en mi querida Cartagena con mis queridísimos Jóvenes Lectores, y de ahí, corriendo a Albacete, y de Albacete a Atocha, y de Atocha a la fiesta. Este año no me juzguen. Este año no compito.
En la foto, de Garry Winogrand: a la derecha, Juan Muñoz, todo guapo para la fiesta. En el centro, yo, pensando: "¿Qué tendrá fray Perico que no tenga mi ardilla Rasi?". El del pelazo, el de la izquierda, no sé quién es. El que aparece de espaldas debe de ser un editor, porque le clarea la coronilla y no me extraña, con lo malita que está la cosa.
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domingo, 5 de abril de 2015
Nuevo milagro LIJ
—Los privilegiados que asisten a mis apariciones suelen recibirme con un «¡Alabado sea Andersen!». O, como mínimo, con un respetuoso silencio.
—Bueno, sí, ya. Eso será la primera vez. Reconoce que cuando te me apareciste en forma de cisne en el lago de Eriste hace tres años, te recibí con un recogimiento que ni Bernadette Soubirous. Pero es que otra vez… Y aquí… ¡Que me has perseguido hasta Dublín! ¡Ya sé! Te me apareces, y el 2 de abril, el día de tu santo, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, porque sabes que he estado trabajando en un libro para adultos. Para que vuelva al redil. ¡Pero tú no sabes la que estoy preparando! ¡Y es infantil! Y que conste que lo de adultos era solo por tomarme un recreo…
—A ver, Oro, no te emociones. Que estamos en St. Stephen’s Green, que aquí, si no aparecen un cisne y algunos patos, la gente es capaz de pedir la hoja de reclamaciones.
—Sí, sí. Tú dirás lo que te salga de los cañones de las plumas, pero tú y yo sabemos que no eres un cisne cualquiera. Tú eres el patito feo. ¡Tú eres San Andersen! Alabado sea Andersen.
—Esa es la actitud. Ahí ahí. Repite aquella jaculatoria mía.
—"Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento. Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento."
—No lo olvides, Oro.
Y San Andersen se dio la vuelta y se alejó de mí. En ese momento, cogí el teléfono y le saqué la foto que encabeza esta entrada. Eso pasó el 2 de abril. Luego volví de Dublín. Luego pasó una cosa que no me atrevo a contar y entonces, solo entonces, supe calibrar el milagro. Obviamente, la he contado en un cuento que acabo de escribir.
San Andersen me asista ahora en la búsqueda de editor.
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