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jueves, 4 de mayo de 2017

Una estrella estrellada

Cuando se publicó Pistas apestosas, el primer libro de Misterios a domicilio, dije aquí que podría recomendarlo a ciegas a cualquier niño sabiendo que no solo no me odiaría sino que me pediría más. Alguien podría pensar que fue la euforia del momento, o que pequé de optimista. Pero no.
Fue un placer comprobarlo el Día del Libro. Perdí la cuenta de los niños que, después de haber leído Pistas apestosas, se acercaban a pedir ¡O-TRO! ¡O-TRO! Unos padres me contaron que el problema que tenía su hija ahora era que comparaba todos los libros con Misterios a domicilio y ninguno le gustaba. Casi muero de emoción.
Y la cosa, las cosas –la emoción y la colección–, no para:
Me acaban de decir que mis Misterios a domicilio se van a traducir al turco. Y además hoy aparece publicado el segundo título, Una estrella estrellada. En él encontrarán ¡más risas!, ¡más misterio!, ¡más vecinos! Y una dedicatoria que me hace especial ilusión. ¿Que a quién está dedicado? ¡Ja! Eso tendrán que cotillearlo.
Solo espero que el título no sea premonitorio y no me convierta yo también en una estrella estrellada porque me he ofrecido a tocar el piano en una superproducción escolar del musical Wicked y... Dos cosas les diré:
1. Es muy difícil ensayar una obra de piano sin piano.
2. Nadar y montar en bicicleta no sé, pero tocar el piano sí se olvida. Vaya si se olvida.
Préstenme un piano o deséenme suerte.

PD: Ya perdonarán que últimamente les dé la turra con mis libros. Volveré a poner fotos bonitas. Pero cómo no voy a enseñarles esto. En MI blog.

jueves, 27 de abril de 2017

Así es la vida (soviética)

Entro en clase de mi hijo para hablar con su profesor. Jolgorio infantil. Mr. F. no está pero sí está A., la profesora de apoyo, que enseguida me saluda ("Hi, Piconia") y aprovecha para preguntarme, en inglés, claro, cómo se dice "soviet" en español. Es para ponerlo en la pared, me explica.
Yo recorro entonces una circunvalación mental de las mías: "Vaya, "soviet". Bueno, que el trimestre pasado hicieron un proyecto sobre la Segunda Guerra Mundial. Y como son tan modernos... ¿Será que van a hacerlo ahora sobre la Revolución Rusa? Claro, como se cumple ahora el aniversario. Pero entonces, si me pregunta por los sóviets la traducción sería "sóviet", que es igual que en inglés, como que será una palabra rusa. Bueno, voy a decirle "soviético" como en "Unión Soviética", que ellos dicen "Soviet Union", que vean así que el español es una lengua sofisticada, y encima "soviético" es una palabra esdrújula, con lo que me gustan a mí. Ale, soviético."
No se extrañen. Soy la reina de la sobreinterpretación. Cuando mi padre recibió el Premio Nacional de Química en el Palacio Real, la entonces reina Sofía miró a mi entonces marido, que iba, claro, en  silla de ruedas, y me preguntó: "¿Físico?". Yo pensé entonces: "Ajá, me lo ha preguntado a mí y no a él directamente porque lo que quiere saber, tan profesional ella, es si mi marido es un discapacitado físico o psíquico para dirigirse a él convenientemente", y le dije: "Sí, sí, físico, físico". A partir de ahí, la entonces reina se puso hablar con mi entonces marido, que tenía de físico lo que yo de fontanera, como si fuera el mismísimo Albert Einstein. Y es que en mi circunvalación mental se me olvidó tener en cuenta que ese día, además del Premio Nacional de Química, se entregaba también el de Física y la sala estaba llena de físicos, químicos o familiares. Yo los dejé hablando de física medioambiental y me sumé al corrillo en el que otro miembro de mi familia decía al entonces rey Don Juan Carlos que estaba más guapo al natural que en las fotos. No sé por qué no hemos vuelto a palacio.
En fin, vuelvo a la clase de mi hijo. Tras mi profunda reflexión rusa, resumo mi desbarre mental en un:
–Soviético. "Soviet" se dice "soviético".
–Aaah. Espera que me lo apunte –me dice A. Y de camino hacia la mesa me cuenta–: Es que ya lo tenemos en varios idiomas y haremos un mural. Pondremos C'est la vie...
Y yo:
–¿C'est la vie
C'est la vie es en francés. Como that's life.
Y yo:
–Pero lo que me has preguntado...
Y ella, ya en la mesa, escribe en un papel lo que yo había entendido como "soviet":
So be it –Y me explica–: Como para aceptar que así son las cosas. That's life. C'est la vie...
"Soviético".

Me he echado a reír a carcajadas y le he escrito en su papel "Así es la vida", pero cuanto más lo pienso, más me apena no haber seguido en mis trece para ver cada mañana, en la próximas semanas, un mural que dijera:
That's life      C'est la vie    So ist das leben     Soviético


En la imagen, de Alexander Rodchenko, pone claramente "Así es la vida" en ruso.

lunes, 17 de abril de 2017

Encuentros

Empiezo por el final: estaré firmando en la Feria del Libro de Alcalá de Henares el 22 de abril por la mañana (y un poquito de la tarde) y el Día del Libro, 23 de abril, en Zaragoza, mañana (librería París) y tarde (librería Central).
Y ahora el principio:
Hace unas semanas les contaba nuestro encuentro fortuito y mágico con una poeta inadvertida (lo pueden leer aquí).
El pasado lunes mi hijo y yo fuimos a hacer un último recado antes de coger el vuelo de Dublín a Barcelona. Anduvimos hasta el Tesco más cercano para comprar el cacao soluble de Cadbury (sí, E., te lo he traído). Y allí, en la puerta del Tesco, estaba ella, la poeta. Ni nos dimos cuenta hasta que se dirigió a nosotros. Iba sin perrito, sin abrigo rojo. Llevaba una camisa azul clara desabotonada y se le entreveía la camiseta interior blanca. Solo la reconocimos cuando nos dijo exactamente las mismas palabras de aquel primer encuentro. "¿Es usted la madre de este niño?". Incluso cuando le preguntó a mi hijo su edad, como la otra vez, se equivocó en el mismo número de años al aventurarla. (Le dio tres años menos de los que tiene, que para un niño debe de ser tan ofensivo como que a mí me echen diez más.) Y nos recitó un poema, exactamente el mismo que la otra vez.
Cuando la poeta acabó –el niño solo fingía sonreír–, se despidió exactamente con las mismas palabras: "Cuando vuelvas a verme, me dices: "Hola, Siobhán. Recítame un poema" o "No, Siobhán, ya estoy harto de tus poemas".
Le dimos las gracias y nos metimos en Tesco sin hablar.
A la altura de los plátanos mi hijo me miró con la cara de quien ha pillado in fraganti al ratoncito Pérez. "Creía que éramos especiales para ella", dijo. La poeta no nos había reconocido. Es más, la poeta había pasado de ser un personaje mágico a una pobre majareta. Le acabábamos de ver las costuras. Pensé entonces que yo tenía bastantes papeletas para acabar así en un futuro y me pregunté qué cuento o anecdotilla acabaría contando desnortada, una y otra vez, al primero que se me acercara.
Qué lástima este segundo encuentro.
Sí, hay veces en que es mejor no conocer demasiado a los artistas o los que dicen serlo. Y sin embargo, se montan festiverios para eso: ferias del libro, días del libro... Y allí estamos.
Prometo que si vienen a verme a Alcalá de Henares o a Zaragoza, yo intentaré que nuestro encuentro sea mágico. Eso sí, si se acercan a la caseta y no les reconozco o he olvidado sus nombres, no es que no sean especiales. Ustedes son especiales; es solo que yo tengo la cabeza a componer.
Pónganme a prueba. Me encantará verlos, o volverlos a ver, antes de regresar a la isla Esmeralda.

Imagen de Vivian Maier     

miércoles, 22 de marzo de 2017

"Yo tenía una granja en África" y mi abuela tenía una lechuza

 
Al final de cada libro de El Barco de Vapor, las editoras nos invitan a los autores a contar algo sobre nosotros. Tiene que ser algo relacionado con el libro. Es nuestro momento "abuelo Cebolleta".
A mí me divierte redactar ese "Te cuento que..." (así se llama la sección) y me encanta cotillear lo que escriben otros autores e ilustradores, empezando por las batallitas que cuenta Dani Montero, el ilustrador de La pandilla de la ardilla, en nuestros libros conjuntos.
En El descubrimiento de Rasi, uno de los últimos títulos de La pandilla de la ardilla, cuento la historia de la lechuza de mi abuela. Sí, mi abuela tenía una lechuza. No se crean que vivía en el campo o en una granja en África. La lechuza, y mi abuela, vivían en el centro de Zaragoza, a dos aletadas de El Corte Inglés. La lechuza Félix murió de amor, o, mejor dicho, fue víctima del amor. Ahora mismo no recuerdo si el primo homicida fue Pedro o Jesús, pero, ey, primos, fue uno de vosotros seguro.
Así lo conté en aquel "Te cuento que...". Así también conté, porque el "Te cuento que..." es un discreto confesionario, lo peligrosos que somos algunos cuando nos da por querer.

(Lo siento, les explicaría lo del caparazón pero entonces destriparía la historia.)

En la imagen: Karen Blixen, que tenía una granja en África, con su búho (Kenia, 1923). Fue esta maravillosa fotografía la que me llevó a recordar todo esto. La tuiteó @gloriafortun y la retuiteó @la_libritos. Gracias a ambas.

viernes, 3 de marzo de 2017

La intensa

Hoy cambio de biblioteca porque hasta a las personas conformes nos gusta tentar a la vida con pequeños sobresaltos.
Esta biblioteca, la Central Library, es enorme y está llena de libros, sí, pero también de gente. Encuentro un sitio donde rematar la historia que ando escribiendo. Abro el ordenador, abro Word, abro internet (porque hasta a las personas disciplinadas nos gusta distraernos de vez en cuando) y me pongo a ello.
Al poco rato, se sienta enfrente un señor mayor. Tiene la piel como la corteza de un árbol centenario. Este sí que parece un poeta, o un mendigo, o las dos cosas. Se pone a leer el New York Times, que es una cosa muy de mendigo poeta en Dublín.
Yo sigo a lo mío, que es escribir, y zascandilear en internet, y mirar a ese chico ¿o es una chica? que está en diagonal a la derecha, y ver por qué página del New York Times va el mendigo poeta de enfrente, y controlar cuántos donuts le quedan por comer al de mi izquierda (sí, esta bibioteca es muy laxa), y admirar la barba diría que recién cortada del pelirrojo (lo juro; no es cliché) que estudia economía a la izquierda en diagonal, y mirar si los zapatos que lleva aquella señora junto a las revistas le hacen juego con su boina roja...
Pero nada de eso, ninguna de mis distracciones, parece ver el mendigo poeta porque cuando recojo el ordenador, me llama discretamente y me dice:
–Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
–Sí, claro.
–He estado mirándola y... ¿Podría decirme qué ha estado haciendo todo este rato?
Y yo resumo:
–Escribir.
–Escribir... –rumia el mendigo poeta–. ¿Escribir qué? ¿Un libro?
Y yo:
–Un libro.
Y el mendigo poeta:
–Ya decía yo. Es que notaba algo... Tenía usted una... intensidad. Disculpe, se lo preguntaba solo por curiosidad.
Y antes de irme, el mendigo poeta, que ve que la necesito, me desea buena suerte.

Ya ven, soy la intensa que escribe en las bibliotecas. Me reconocerán por eso, por mi intenseness.
Eso si no me pillan mirando al barbudo de enfrente.

En la imagen, de Patrick Redmond, Catherine Walker interpretando a Maeve Brennan en la obra The Talk of the Town, de Emma Donoghue.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El asalto de la poeta inadvertida

El niño tiene catarro y, a falta de nuestra farmacia del Parque Roma, nos vamos al Boots más cercano a por respuestos de Nurofen, y para que el niño se despeje un poco.
Nada más salir de casa, de frente, vemos acercarse a una señora con perrito. La señora es normal y el perrito es medio feo pero es un perrito y ya lo estamos mirando y diciendo "uy uy uy" cuando la señora se para a nuestro lado y me dice:
–¿Es usted la madre de este niño?
Y yo pienso:
1. A ver qué ha hecho.
2. Qué bien. Esta señora me ha confundido con una jovenzuela au-pair.
–Sí, sí, soy yo.
Y ella, que viste de rojo, nos dice:
–Soy una poeta.
Ya, ya. Y mi abuela, motorista.
Aquí en Irlanda se creen que los versos crecen en los árboles.
La poeta del perrito me pide permiso para recitar un poema a mi hijo y –permiso concedido– le pregunta a él cuántos años tiene. A partir de ahí se pone a recitar un poema sobre un niño que tiene su edad.
¡El poema es buenísimo!
La poeta es una poeta.
–Pues ya sabes –le dice a mi hijo cuando termina de recitar su largo poema sobre la condescendencia de los adultos con los niños–. Cuando vuelvas a verme, me dices: "Hola, Siobhán. Recítame un poema" o "No, Siobhán, ya estoy harto de tus poemas". 
Y antes de que yo pueda cerrar la boca, que lleva cinco minutos abierta, la poeta desaparece con su perro, como por arte de magia.
Ni tiempo he tenido de preguntarle por su apellido.
He puesto en google "Siobhán poet" y "Siobhán poet Dublin". Hay cientos. ¿No les digo que aquí salen poetas como setas? Pero ninguna de las poetas de google es la nuestra. Mejor.
Esperaremos a que nos vuelva a asaltar.

Imagen de Ruth Jacobi.

domingo, 12 de febrero de 2017

Intenté quererte

Yo intenté quererte, te lo juro.
Primero porque parecía casi obligado.
Claro que quizá ese no sea el mejor modo de empezar un amor. Dichosos los que eligen a quién querer.
Todos a mi alrededor te querían. No quererte habría sido ir a contrapié. 
Quererte era un mandato, y yo era muy obediente.
Te dedicaba dibujos y poemas malos. Me obligaban. Y a mí me gustaba obedecer.
Sí, supongo que te quise.
Quizás fue mi culpa. Quizá no intenté conocerte a fondo. Lo sé por quienes te quieren mejor que yo. Eres mejor de lo que pareces. Pero yo no te recorrí por entero, perdona.
Tampoco lo ponías fácil.
Cuando me fui, no fue por ti. Pero el caso es que me alejé de ti. Y todo, lejos de ti, era más divertido, más libre, y había agua y sal y risas y el viento no me arrancaba lágrimas y la única niebla aparecía en mis gafas cuando entraba en el Luz de Gas y aquel otro sol se podía soportar tumbada en una azotea, y me ponía morena y fui una versión mejor de mí de la que era a tu lado. No dudo que si fui más feliz lejos de ti, fue también, fue sobre todo porque yo era joven y corría tanto que más bien volaba, y porque de vez en cuando volvía a ti.
Cuando quise formar una familia, pensé que podría volver y quedarme para siempre a tu lado. "¿Dónde iba a estar mejor?" fue una pregunta retórica. Si hubiera intentado responderla seriamente, quizá habría acabado a cientos de kilómetros de ti. Seguramente habría podido hacer una lista con más de quinientos lugares mejores que tú. Pero no lo hice. Lo di por hecho, y volví a ti. Y entonces me metí, me metiste en una jaula que ni siquiera era de oro, una jaula herrumbrosa, con la fealdad de las cosas que pretendieron modernas y se quedaron antiguas, con hojas sucias del Heraldo de Aragón pinzadas en el suelo de la jaula, con el cuenquito del agua siempre vacío, con un comedero con cuatro granos de alpiste mezclados con restos resecos de excrementos. Y allí languidecí unos años. ¿No me oías cuando piaba? ¿No escuchabas cómo te pedía un poco de agua o una caricia o algo?
¿Qué otra cosa te ocupaba?
Más desesperada que harta (porque sí, te quiero), un día volé, volé a un lugar donde el clima me parece bueno, comparado con el tuyo. Volé a un lugar que es un calco exacto del dibujo que de niña hacía cuando me pedían que dibujara "una casa". Casas de ladrillos, con tejado a dos aguas, con chimeneas, con un caminito de entrada rodeado de verde, mucho verde, y colinas suaves verdes, muy verdes, pintadas detrás de la casa, y árboles verdes, grandes, desesforzados, árboles que no son pinos, y flores, y pájaros, y nubes algodonosas en un cielo que a veces, muchas más de las que tú te crees, es azul.
No creas que te echo de menos. Y esto, este desapego, me hace a mí peor que a ti. Pero me hace libre.
Llevo mucho tiempo acariciando una idea y hoy he tomado la decisión definitiva: voy a vender el piso.
No eres tú, Zaragoza, no eres tú; soy yo.
Yo te quiero, claro, cómo no voy a quererte (y prefiero que esta sea también una pregunta retórica).
Pero adiós, Zaragoza. 

Todo sea que en unos años me vean protagonizando el Volverás.

Imagen: fotograma de Nobleza baturra.
Y todo esta llorera viene del Cuaderno italiano de Goya que enseño Jesús Cuartero aquí.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Libros, pijamas y viajes en el tiempo

He leído la novela Basada en hechos reales y ahora ya tengo coartada para intentar publicar lo siguiente. Entre los mil fragmentos que tengo subrayados, hay uno que no tiene que ver con mi propia novela de adultos sino con la literatura infantil. Por eso lo traigo aquí, porque a veces este blog parece un blog de literatura infantil (no se engañen; es un blog de una mujer que escribe, es el blog de la Oro). Sea como fuere, lean esto de Delphine de Vigan:
"Creo que fue por aquella época cuando releí los libros ilustrados que Louise y Paul habían conservado. En varias ocasiones hablamos de bajarlos al sótano, pero ninguno de nosotros se decidió a hacerlo, y todavía ahora, cuando tienen veinte años, los libros siguen en su cuarto. En medio de la noche, pasaba las páginas con precaución, feliz de volver a ver los dibujos que habían marcado su infancia y los textos que yo les había leído cien veces en voz alta. El poder evocativo de aquellos libros me dejaba atónita. Cada una de las historias hacía resurgir el preciado momento que precedía el momento de acostarse, la sensación de sus cuerpecitos pegados al mío, la suavidad del velludillo de sus pijamas. Rememoraba la entonación que daba a cada frase, las palabras que tanto le gustaban y que había que repetir diez, veinte veces, todo salía, intacto, a la superficie.
Casi todas las noches, entre las 4 y las 5 de la mañana, releía historias de osos, de conejos, de dragones, del perro azul y de la vaca que amaba la música."
No me sean tiquismiquis con aquello del "preciado momento que precedía el momento".... Céntrense en lo importante: la sensación de esos cuerpecitos, la entonación, el velludillo, todo, intacto, a la superficie.
Y esto, mujeres insomnes que vuelven a sentir cuerpecitos que ya han volado del nido, niños no tan niños que cruzan un océano entero nada más ver la cubierta de un libro, un billete para un viaje en el tiempo que ríase usted de la magdalena de Proust, el giratiempo, la Tardis y el Delorean DMC-12, todo esto es también la literatura infantil. No hay otra con semejantes efectos secundarios. Como para tomársela a la ligera.

En la imagen, de El túnel del tiempo, el doctor Newman comenta al doctor Phillips: "Tú verás, Douglas, pero estamos haciendo el ridículo. Tanta palanquita y tanta mandanga y esto sigue sin furular. Yo que tú sacaba los Poemas de la Oca Loca y a tomar por saco".

Mi hijo y yo nos hemos comprado unos pijamas de velludillo. Fluffy, decimos nosotros. Nos abrazamos como peluches. Sé que esto lo recordaré toda la vida. Pero me lo recuerdo aquí por si acaso. El pijama de él tiene estrellitas.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Mucha mierda indeed

Cuando vine a Dublín, me dio por hacer teatro. En el instituto Cervantes. Me dije que era para aprender a contar mejor cuentos, pero qué va. Lo hice por socializar y por sentirme lista hablando en mi lengua materna, para variar. Lo que pasa es que en teatro me encontré con gente como Mary, gente más lista que una misma, que eso siempre da gusto, incluso en una lengua que no es la suya, que eso ya da hasta rabia. Y además, y sobre todo, estaba nuestra directora, Sandra.
Sandra trabajó en Broadway y estaría en Hollywood si no fuera porque su físico la encasilla como puta o limpiadora (eso dice ella, lo del físico de puta o limpiadora; yo, la verdad, le veo un corte de mandíbula de marquesa).
Sandra, que es bien chistosa, dio en juntarme el año pasado con Plata (Oro-Plata, ¿lo pillan?), un venezolano que tira de espaldas, para hacer una obra en la que él al principio solo me pegaba, pero al final me besaba apasionadamente (o igual fue al revés). Y estuvo bien.
Este año Sandra podría haberme juntado con alguna irlandesa, una rumana, un brasileño, una ucraniana o incluso una gallega, pero no. Anda que no hay gente en Dublín y me junta con una moza de un pueblo de Teruel que hasta sabía dónde estaba el Parque Roma. Y esta vez me pone a hacer seis personajes diferentes en quince minutos con una máscara que me aprieta la nariz y hace que se me caigan los mocos. Solo por eso he descubierto que jamás robaré un banco.
Pero ha estado muy bien.
Digo "ha estado" porque estrenamos la obra, o lo que fuera ("bosquejos brechtianos" lo llamaba Sandra), ayer. Y eso que la cosa no pudo empezar peor para mí.
Castigo divino por mendigar amor en tuiter.
Yo dije por la mañana: "Deséenme mucha mierda." Y @eslosiguiente dijo: "Pártase ambos meniscos, señora", que es lo que se estila en inglés, el break a leg. Y Jorge Gómez Soto (@lij_jg) dijo: "Te deseo toda la mierda que te mereces, jajaja".
Pues bien. Mi hijo tenía que volver de Herbert Park, del entrenamiento de fútbol, antes de que yo saliera corriendo para el estreno. Y no llegaba. Y ya era la hora de salir, y seguía sin llegar. Y yo pensando: "A que se ha roto la pierna de verdad".
Y cuando llega... Mierda. Pero mierda literal. Ja ja ja.
Deja caer al suelo la bolsa de fútbol y la chaqueta, que huelen como recién salidas de una cochiquera. Las había dejado en el suelo, en el parque, durante el entrenamiento, y un perro se había cagado encima. A juzgar por el tamaño y textura de la mierda, yo diría que fue el san bernardo que solemos ver los domingos en el mercado. Y que iba suelto. Castigo divino por tanto hablar de zurullos, zurretas y cagarros de perro en mi último libro.
Y yo, ya vestida con la ropa que debía llevar en la obra, recogiendo las prendas cagadas y trasladándolas con sumo cuidado (nunca he tenido los brazos tan largos) a la lavadora, porque no tenía tiempo ni de frotar primero a mano ni leches, poniendo el programa eterno a mil grados y rezando para que aquello desapareciera. Y el niño lavándose las manos con toneladas de jabón y "mamá, sigue oliendo a mierda" y le miro, y el pantalón también lleno de caca de perro, del roce de la bolsa por el camino. Y se quita el pantalón, y lo llevo como si fuera material radioactivo a la lavadora, que ya estaba en marcha, y espero los siglos que tarda en decidir que sí, que ya la he apagado, porque "eternidad" es el tiempo que tarda una lavadora en darte permiso para abrir la portezuela.
Y salgo corriendo al instituto Cervantes, con mucha mierda.
Todo para que, al empezar la función, Sandra nos diga al oído (estábamos de espaldas al público): "Cucha, solo hay tres personas".
Bueno, al final fueron unas pocas más.
Igual el resto estaba poniendo lavadoras.
¿Que qué hicimos en la obra?
Bah, no les aburro con eso, que ya bastante me he extendido. Además, lo que pasa en el teatro no se puede contar. Eso hay que verlo. Y si no se lo creen, acudan a cualquier obra de Wajdi Mouawad y luego prueben a explicarlo. Vayan al teatro, vayan.

En la imagen: yo, en mi desesperación, esperando que se abra la puerta de la lavadora.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El día que me abandonó el desodorante

Sudo. Soy humana, como Chenoa.
Mi familia, no. Mi familia, que es un poco inhumana, lleva muy a gala que ellos no sudan. Yo sí, aunque solo cuando me pongo nerviosa. Y el otro día, el día de la presentación de Pistas apestosas, me puse nerviosa, muy nerviosa.
Primero -ya verán qué fruslería– porque me veía fatal. Yo, que voy por ahí escribiendo artículos sobre cómo vestirse para un evento literario, como si fuera una bloguera de moda cualquiera, no sabía qué ponerme para mi propia presentación. O sí, pero cuando me lo puse y me vio mi madre, me miró con tal cara de pena (o así me pareció) que acabé buscando otra cosa. Y yo que creía que estaba curada de esta necesidad de aprobación materna... Pero es que me veía fatal con todo y echaba de menos lo que Dublín hace por mi pelo y por mi piel. ¿No les pasa que hay ciudades, lugares, que les sientan bien y otros que no?
Me equivoqué también al dejarme en Dublín mi desodorante antes-expiras-que-transpiras. Y hasta mi colonia. Yo normalmente huelo a limpio y a Cristalle, o a limpio y Happy. Pero ese día...
Porque me equivoqué también al optar por una blusa de tejido sintético. Pero yo solo sabía que quería llevar el collar que me hizo mi hijo en aquellos campamentos y necesitaba algo que pegara con el collar. En fin.
Después de un día loco de radio-comida-tranvía-radio-tranvía, llegué a la presentación apestando como un runner enfundado en poliéster.
Y se acercaba la hora y llovía y no llegaba nadie, y yo venga a sudar.
Y de repente, tres minutos antes, empiezan a llegar a la Casa del Libro hordas de niños, padres, familiares, amigos, vecinos, exvecinos, lectores..., y yo venga a sudar de calor humano.
Y empieza la presentación, y Pepe Trívez, al que nunca podré agradecer lo suficiente lo que hizo junto al equipo de BBLTK, reparte juego entre los niños. Y lo primero que sale en el juego son unas cartas con el dibujo de una caca apestosa.
Y yo, con los brazos bien pegados al cuerpo, como sujetando un termómetro a cada lado, que si ven las fotos de la presentación podrán comprobarlo. No crean que estaba encogida de frío; estaba intentando inútilmente impedir la expansión de mi propio hedor.
Y David Lozano, pegado a mi izquierda, aguantando estoicamente, claro que él prefiere ir a la morgue que a un McDonald's.
Y mi hijo, a mi derecha.
Y luego hablamos nosotros.
Y luego la gente se acerca a las firmas. Y yo, poniendo las preciosas flores que me habían regalado entre la gente y yo, y rezando por que mis lectores pensaran, al acercarse a mí, que esa peste que les llegaba era un efecto del libro, como esos de Stilton que rascas y huele, que habría estado bien traído dado que el libro se titula Pistas apestosas.
Y se acerca la delicada y siempre bienoliente Ana Alcolea y nos hacemos una foto con David Guirao, David Lozano, Nerea Marco, Pepe Trívez y Susana. Y yo le digo mentalmente a Ana: "Ana, que yo te he traído cremas de Estée Lauder; que tú sabes que no soy así".
Y aún se acerca por detrás, sin el parapeto de las flores ni la mesa, Blanca, una lectora, que luego me regala una entrada en su blog que enlazo aquí para recordarla cuando ya no recuerde casi nada. Y ella habla de mi cercanía con los lectores como una cualidad, como si realmente fuera mejor estar cerca que lejos de mí (que ya les digo yo que no).
Y están Mar, y Luisa, y Júlia, de RBA, que me dicen que no se quedan a tomar algo porque temen perder el tren y yo digo que las entiendo porque soy igual con eso, pero también pienso: "Idos, idos, que yo también me iría, si pudiera, de este apestoso cuerpo mío".
Pero antes de irse, mi querida editora Mar Peris me dice: "Está claro que la gente te quiere". Y estaría claro, pero yo no lo sabía, o no lo sabía tanto, y por eso no podía parar de sonreír y me sentía como un cruce entre Pepe Le Pew, Popeye y Wonder Woman y al día siguiente descubrí por qué.
Al día siguiente de la presentación, tuve el privilegio de ejercer de presentadora en el Congreso contra el cáncer y pude escuchar otra vez al doctor Marcos Gómez, que nos enseñó –ahí es nada– a morir en paz y dejar morir en paz. En su presentación incluyó una cita de JW Goethe que decía: "Saberse querido te hace más fuerte que saberte fuerte". Pero yo te digo, Johann Wolfgang, que saberse apestoso y aun así querido, te hace fuerte no, lo siguiente, que habrá que preguntar a @eslosiguiente, esa genialidad de tuiter, qué demonios es. Quizá sea invencible.
Y todo esto les cuento, esto tan poco elegante que quizá no debería contar. Pero si no es para esto –para contar lo que no se cuenta pero está ahí, persistente–, ya me dirán para qué estamos los escritores.

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Bueno, yo con Misterios a Domicilio, la colección que se inicia con Pistas apestosas, me he impuesto una misión extraordinaria: estoy para hacer reír en alto a un niño mientras pasa las páginas de un libro que no puede soltar. Y estoy feliz no, lo siguiente (¿pletórica?), porque lo he conseguido. Tengo pruebas.

En la imagen, lector esperando a que termine de firmarle su ejemplar de Pistas apestosas.

sábado, 22 de octubre de 2016

Asunto: Vecina

Recibo un mensaje. "Asunto: Vecina", dice.
La última vez que recibí un mensaje parecido acabé enamorándome del remitente.
Lo abro con cuidado.
El mensaje es un viaje al pasado.
"Hola Begoña, soy L. C., la vecina de V., ¿te acuerdas de mí? Estaba en una de las pocas librerías del barrio y he visto un libro tuyo y me he acordado de la biblioteca 9 y 3/4 con mucha ilusión."
Y entonces la recuerdo yo también, aquella biblioteca que monté en casa.
Hará más de quince años de aquello. Ya tenía la casa abarrotada de libros infantiles. Vivía en Madrid, en una urbanización llena de niños, L.C. y su hermana entre ellos. L. tendría entonces unos siete años.
Decidí abrir mi casa una vez a la semana para que los niños y niñas de la urbanización vinieran y se llevaran los libros en préstamo. Ese día poníamos la alfombra de los cuentos, leíamos, hacíamos tonterías... Elegimos el nombre de la biblioteca por votación popular. Hicimos carnés de socios. Qué bonito fue aquello, sí. Los mayores tomaban cervezas en el banco de la urbanización. Los niños trasteaban con los cuentos en el pequeño salón de casa. A veces dos niños querían coger el mismo libro y discutían. A menudo nos reíamos a carcajadas. Si hacía bueno, salíamos al jardín. No era nada silenciosa aquella biblioteca.
Seguramente el libro que L. ha visto es el primero de Misterios a domicilio, que es la historia de un vecindario, el de La Pera 24. Cómo me alegro de que los vecinos de La Pera 24 me hayan traído de vuelta a esta otra vecina de quien prefiero no calcular la edad actual. Para mí será siempre esa niña pizpireta de pelo largo a la que su padre tenía que llamar cien veces para que saliera de la piscina.
Dentro de poco, me iré a cenar con G., que vive al otro lado de la pared.
El mundo será ancho y ajeno, pero la vida de cada cual es un vecindario.
Gracias, L.C.

jueves, 13 de octubre de 2016

Yupi

Miren qué contenta estoy.
Ha estado cuatro días seguidos sin llover. Y aunque lloviera.
Aquí, en Dublín, los parques están preciosos, y sientes que los árboles se toman su tiempo, que se enorgullecen de su sonrojo o de su ictericia, que no tienen prisa por desnudarse y que el otoño será largo. Mejor así. Cada mañana recogemos castañas.
He vuelto a teatro y al teatro.
Nos abandonaron los piojos ¿definitivamente?
Mis Croquetas y wasaps han salido fritas publicadas en alemán, por la editorial dtv nada menos, la misma que publica a John Green, a Henning Mankell, a Raquel J. Palacio, a Kate DiCamillo. Y dice un tal Elmar Weihsmann, a quien desde aquí mando un beso, que es una auténtica perla. (También mando desde aquí besos y abrazos fortísimos a Katharina Diestelmeier, mi fantástica traductora, y a Carla Nagel, que hizo que el libro quedara así de bonito.)
En nuestra heladería han vuelto a hacer helado de Maltesers. Sí, llueve; sí, tomamos helado. Apostamos salvajemente por la felicidad y las manchas. Parecemos un anuncio de detergente.
Me han dado una noticia sobre mi niño del carrito que me muero por contar pero aún no me dejan.
Rasi, mi ardilla, ha conseguido volar. ¿O no? Y gracias a ella, sigo recibiendo papelitos que no merezco, solo que ahora por correo electrónico.
Estoy escribiendo cosas que me gustan. No siempre puedo decir lo mismo.
Y estoy esperando al cartero, que aquí llega en bicicleta, llueva o llueva, porque siempre llueve (menos estos cuatro días pasados), y él, que es igual que Pat el cartero, pero sin gato, me traerá a esta casa otra casa.
Y entonces volveré a escribir aquí para contárselo, porque ¿cómo iba a callarme todo esto?
Ah, sí, y otro motivo de alegría: el 4 de noviembre, si andan por Zaragoza, igual nos vemos. Espero poder repartirles entonces un poco de esta alegría porque casi me siento mal. (Qué mundo este en que da apuro mostrarse feliz.)
Besos.

En la imagen, de Helmut Newton: yo y Pantalones, el gato de mi hermana, después de recibir una llamada de una editora.

sábado, 10 de octubre de 2015

Leyendo con mi madre

Vienen mis padres a vernos. Les pido que me traigan de España El comensal, de Gabriela Ybarra. Les pago menos aún que a un empleado de amazon. Mi madre llega al aeropuerto con el libro, tan rojo, bajo el brazo. En el mismo vuelo –veo– llega Elvira Navarro, que lo ha editado, y me la imagino sonriendo (no parece tan fácil) cuando, de camino a su asiento en el avión, haya visto a una mujer leyendo ese libro que en cierto modo es suyo. (Luego haré cola ante el baño con Elvira Navarro en el festival Isla, pero esa es otra historia).
La historia es que mi madre ha empezado a leer El comensal antes que yo. Y eso que no se lo recomendé. Pero ella ha leído en la contra:
"En esta novela autobiográfica, Gabriela Ybarra trata de comprender su relación con la muerte y la familia a través del análisis de dos sucesos: el asesinato de su abuelo en 1977 a manos de la banda terrorista ETA y el fallecimiento de su madre en 2011 por un cáncer."
Mi madre es vasca, entre otras cosas.
–Está bien –me dice cuando acaba. Es el "está bien" del "no me ha gustado" que conozco tan bien. Solo que esta vez acaba confesándolo–: Pero ese estilo... No sé, a mí no me gusta. Es... No sé. Como  enumeraciones.
Leo mal el libro. Mi madre ya ha vuelto a España, ya no está conmigo, pero yo leo El comensal con mi madre encima. Soy incapaz de hacer la lectura sola. Hago la suya y la mía. Es como cuando voy al cine acompañada. Por eso me gusta ir al cine sola.
Aunque está a dos mil kilómetros, mi madre me acompaña en el banco donde termino de leer el libro. Levanto la vista y veo jugar a rugby a mi hijo. Esta vez no lo jaleo. El libro, tan parco, tan despojado, tan seco, me ha dejado clavada.
El niño y yo volvemos de Herbert Park pisando las hojas, que ya están cayendo. El suelo está mullido. Creo saber qué ha echado en falta mi madre en este libro: el amortiguamiento de la hojarasca.

La próxima vez encargo los libros en International Books.

Imagen de Eve Arnold. La de detrás es mi madre leyendo El comensal, ¿o es Elvira Navarro? La de delante me parece que es otra lectora.

viernes, 17 de julio de 2015

Cómo querer a un niño

"Escribo mejor desde que escribo para mi hijo", dije en la charla de El Chupete.
Dejen que me explique.
Si ustedes son almas puras, les sobrarán las explicaciones. Las explicaciones para algo así solo las necesitan los resabiados, los listillos como yo, que, cuando era editora y alguien –un tierno abuelito, una madre reciente– se me presentaba con un cuento "escrito para mi hijo/nieto/lo-que-más-quiero-en-este-mundo", activaba todas mis reservas, miraba desde lo alto de mi desdén (el desdén es una atalaya cegada) y me preparaba para lo peor ante una presentación que juzgaba ridícula.
¿Ridícula? Ridícula era yo, que me diría Pessoa. Ridículo es escribir para editores, críticos, mediadores de todo pelaje: padres, madres, bibliotecarias, docentes...  ¿Acaso puede haber un comienzo mejor que escribir para un hijo? Empezar a escribir por amor, por puro y simple amor, como una forma de querer. ¿No empezaron así Astrid Lindgren, que inventó Pippi Calzaslargas para su hija enferma; Kenneth Grahame, que creó El viento entre los sauces para su hijo Alistair; Robert Louis Stevenson, que fue escribiendo La isla del tesoro un verano para entretener a la familia, incorporando sus sugerencias a la historia... y tantos otros? Es bien conocido que Peter Pan y Alicia fueron creados para niños "de verdad", destinatarios concretos del cariño, o lo que fuera, de sus autores.
Sin ir tan lejos, acaba de decir Pete Docter, el de Up, Monstruos S.A...: "En Pixar no hacemos películas pensando en lo que les gusta a los niños" para después revelar que la idea de Inside Out, protagonizada por una niña de once años, surgió cuando su hija, la hija del señor Docter, cumplió esa edad y  dejó de ser el cascabel que había sido hasta entonces.
¿Hace falta tener niños (propios o postizos) para escribir bien para niños? Pues seguramente no, pero creo que hace falta querer y atender a un niño, por lo menos a un niño, aunque sea al niño que uno fue, como hacían Gloria Fuertes o Maurice Sendak. Igual lo absurdo es pensar en "los niños", como si todos fueran iguales. Igual hay que pensar en un niño al que se ame.
No basta con el amor, claro. Sé de varias historias, no solo de ficción, que el amor solo no pudo sostener. Para escribir una buena historia, no solo hay que querer, hay que poder. Cada uno hace lo que puede, quiere como puede.
A los niños, a los niños que uno quiere, habría que darles lo mejor que uno tenga. Si lo que mejor hace uno son croquetas, eso es lo que debería dar a sus niños y dejarse de cuentos.
Lo que yo intento hacer mejor es escribir, y en particular escribir para niños y jóvenes. Lo intento tanto que he apostado por hacer de esto mi profesión (y ni se imaginan lo privilegiada que me siento por ello). Por eso escribo para mi hijo. Por eso no le hago croquetas, ni mucho menos se me pasa por la cabeza montar un restaurante. Si me abstengo de hacerlo es por amor a la humanidad.
¿Y ustedes? ¿Qué es lo que mejor hacen? ¿A quién quieren? ¿Qué le dan?

En la imagen hay un padre con su hijo. Pero además, al otro lado de la cámara, hay otro padre haciendo lo que mejor sabe hacer, fotografías. Es Jacques-Henri Lartigue retratando a su hijo y a su nieto, queriéndolos como buenamente puede.

sábado, 4 de julio de 2015

Las demasiadas cosas (En defensa del hatillo)

Lo que uno no calcula cuando decide decidir su destino (así, una decisión al cuadrado, la decisión de las decisiones) es que, si esa decisión implica una mudanza (y si no la implica, ¿qué decisión decisiva es esa donde no hay movimiento?), si esa decisión implica una mudanza, digo, y si la mudanza se hace bien, lo siguiente que toca es decidir el destino de cientos, millares, decenas de miles de cosas.
En eso ando: decidiendo si guardo, tiro o doy ese gorro, ese papel, aquel libro, aquel tiburón con el que jugaba mi hijo de bebé..., intentando meter mi vida y la de mi hijo en dos maletas de 23 kilos sin sucumbir a la nostalgia o al derretimiento.
Tenemos demasiadas cosas. Guardamos demasiadas cosas. Demasiadas de plástico. Ni les cuento los niños.
Los niños de los cuentos salían de casa con un hatillo. Ahora tendrían que hacerlo con una Samsonite Cosmolite de cuatro ruedas. Pobres los pobres y pobres estos que tienen tanto.

¿Quieren un consejo? Se lo daré igual: no cojan los jabones de los hoteles. A la que se despisten, se morirán y su mayor legado será en glicerina. Sé lo que me digo.

Imagen de Dorothea Lange.

jueves, 4 de junio de 2015

Besar a un hombre con barba

Sé de un piano blanco varado en una cabina del garaje del Parque Roma. Cerca del piano, a veces, apoyados hay bastones, botas, esquís y crampones.
El piano tiene un acabado mate. No imaginen un piano satinado brillante, no piensen en el cursi del Richard Clayderman. Este piano del garaje es un piano que se sabe viejo.
Las arañas se pasean por sus teclas de marfil. Desdeñan los crampones, vulgares imitaciones de sí mismas. Las arañas se cuelan por la caja del piano y acarician sus cuerdas como si tocaran el arpa.
El piano perteneció a un joven tenor alemán. Lo tenía en Barcelona mientras vivió ahí. Lo necesitaba para ensayar. Luego se fue.
Dos días antes de dejar Barcelona, en una fiesta de unos vecinos peruanos, ya de paso una fiesta de despedida, el tenor conoció a una chica.
La chica era estudiante universitaria. Había ido a la fiesta con Gladys, que se encargaba de la limpieza en la residencia donde vivía la estudiante. Gladys y ella se habían hecho amigas. Aquel día, en la fiesta, hubo ceviche, cerveza y música, no de ópera, música latina. El tenor y la estudiante no bailaban. No habrían sabido cómo. Hablaron. La estudiante no sabía bailar cumbia pero sabía tocar el piano, y un poco de alemán.
El tenor le dijo a la estudiante que se volvía a Alemania. Quiso regalarle el piano.
Dos días después, en la estación de autobuses de Sants, la estudiante fue a recoger la llave del piso donde estaba el piano. Pensó más que sintió que tenía que darle un beso de despedida al tenor.
Él tenía barba.
Nunca he vuelto a besar a un hombre con barba.
Con lo fácil que parece ahora.
Hay un piano en el garaje. Y nadie lo toca.


Esto que acaban de leer es el texto que corresponde a la séptima de las 10 cosas que aprendí bajo tierra, que es "Que lo que no se usa, no sirve, pero existe". Si quieren leer las otras nueve cosas que aprendí en el garaje del Parque Roma, pueden leerlas en el último número de la revista Rolde, que habla de Buñuel, de Viola, de un maestro freinetiano en Las Hurdes a comienzos de los años 30, de Fernando Sancho... En realidad, mis textos no son más que el acompañamiento a las impresionantes fotografías de Fernando Sancho, del que es un honor seguir siendo pareja artística.
Dice Víctor Juan, que es el que nos lio en todo esto y el responsable de que haya quedado tan bonito, que mi texto es muy divertido. Y a mí que este punto en particular, el 7, me parece profundamente triste... Ríanse de mi existencia si quieren. Se darán con el callo de mi adolescencia. Además, a quién quiero engañar, me encanta que mis letras les hagan reír. O lo que sea.

Ahora que lo pienso, diez cosas ya forman una lista, ¿no?

sábado, 30 de mayo de 2015

Elsa

Habíamos presentado un libro, Mis (primeros) 400 libros, de Jordi Sierra i Fabra. Mi vecino había hecho una serie de fotos preciosas de aquel día. Las mandé.
"Y a mí que me gusta esa foto borrosa en la que tú, Elsa, dejas a Jordi cariacontecido a las puertas del hotel, negándole tu compañía en la suite, esa foto donde un hilo invisible une vuestras miradas (oh), esa foto que es casi como un fotograma de una película neorrealista italiana... :-)", le escribía yo en un correo.
Elsa, Elsa Aguiar, respondía: "Ya, toda yo tengo algo de película neorrealista italiana. Me pasa desde siempre :)"
La primera persona a la que vi utilizar un emoticono, la persona de la que aprendí qué demonios era eso, fue Elsa. Elsa fue la primera en muchas cosas. De su boca oí por primera vez, hace ya siglos, aquello de "nativo digital". Creo que el primero en decirlo fue Marc Prensky. Pero la segunda fue Elsa. No se limitaba a estar por delante. Andaba desesperada, yendo a buscar a los autores y empujándonos, como esas madres que dan varios pasos atrás para coger de la mano al hijo que se queda rezagado. ¿Quieren una lista de temas para actualizar la literatura infantil y juvenil? Ella la escribió. ¿Un curso de geolocalización para escritores, no para llegar a las presentaciones sin perdernos sino para pincharnos y que escribamos una novela geolocalizada? Ella lo hizo.
Claro que luego no le bastaba con cualquier novela por muy geolocalizada que estuviera. Elsa, como los neorrealistas italianos, quería una revolución ética y estética. En su imprescindible blog Editar en voz alta se lee con su voz:
"Basta de decir que la realidad es así. La realidad es amplia y compleja, y cada uno decide con qué partes de ella construye sus modelos. Lo demás es escurrir el bulto."
Elsa no escurría el bulto. Elsa era una lianta. Tenía que serlo. Lo decía aquí:
"Quizá para los tiempos que vienen, el editor, además de ser una esponja, debería tener una marcada dimensión “conseguidora”. Y para conseguir cosas, el editor, además de muy educado, tiene que ser un poco “liante”: alguien capaz de embarcarse y embarcar a todo el que haga falta en proyectos ilusionantes y prometedores, incluso algunos de resultado incierto. Por ahí va mi definición de la esencia del editor: un editor que, además de todo lo demás, sea alguien que hace que pasen cosas en el terreno de lo literario."
Elsa fue todo eso y más. Gracias, Elsa, por no escurrir el bulto, por hacer que pasaran tantas cosas, por hacer que nos diéramos cuenta.
Hoy nos has dejado a todos tristes, pero hay hilos invisibles, y no tan invisibles, que nos siguen uniendo a esa tu exigente, brillante y hermosa mirada.

Fotografía de Fernando Sancho. Aquí hay otra foto preciosa de ese mismo día donde aparece Elsa antes de despedirse, a mi lado, sonriendo, rodeada de buena gente. Me gusta recordarla así.

domingo, 26 de abril de 2015

Y volamos juntos

Me esperaban en la biblioteca, como pajarillos posados en cables de electricidad. Parecían con ganas de escuchar. Aposté fuerte. Saqué un libro con el poema de Prévert Para hacer el retrato de un pájaro. Se lo bebieron como pájaros sedientos. Les leí luego el principio de una novela mía. Las suyas eran las primeras orejas que lo escuchaban. No salieron en desbandada. Escuchaban tan bien que pensé ¿y si traemos aquí a un poeta persa del siglo XII? Y allá que leímos después El coloquio de los pájaros de Attar, en versión de Sís. El cuento habla de unos pájaros que emprenden el vuelo para encontrar al rey que tiene todas las respuestas. El viaje es duro y largo. Pero al final –déjenme que se lo chafe–: “Al final, treinta pájaros, unidos por su búsqueda común, encuentran a su rey. Y descubren que ellos son el rey Simurg y que el rey Simurg es cada uno de ellos y todos ellos”. Calculo que allí estábamos treinta, treinta que, durante una hora, volamos juntos. No sé contarles lo bonito que fue.

Este texto se publicó el 22 de abril en el Heraldo Escolar. Apareció junto al testimonio de otros autores e ilustradores que también tuvieron el privilegio de participar en el Maratón de Cuentos del CEIP San José de Calasanz, en Zaragoza. Yo estuve con los alumnos y alumnas de cuarto de Primaria, y fue como les cuento. Se me quedaban cortos los caracteres y las palabras para expresarlo bien.
La imagen, obviamente, no es de mi participación en el maratón. Es de otra ocasión para la que tampoco encuentro palabras, de otra vez que volé. Tampoco iba sola. Éramos menos de treinta pero también volamos juntos. Fue en Nepal. Déjenme que presuma ahora de aquella bandada.


Dear Dawa, I hope you are all well.

Ilustración de Peter Sís para El coloquio de los pájaros


Edito (4/5/2015) para quien pueda alegrar esta noticia, dentro de la tristeza general: Dawa, que estaba en ese momento en la montaña, y los suyos están bien. Su casa en Katmandú sigue en pie.

viernes, 17 de abril de 2015

La vida por delante

 
Querida S:
Te veía de vez en cuando. Siempre sonreías cuando nos cruzábamos. Supongo que es una convención entre vecinos. Como la de responder "Bien" cuando se pregunta "¿Qué tal?", aunque uno esté hecho pedazos.
El domingo di por cerrado un texto sobre ese Parque Roma donde nos veíamos. En la última versión del texto suprimí un fragmento que había añadido en la penúltima. Decía algo así como:
Hay una fuerza de gravedad especialmente poderosa en el Parque Roma, un ávido deseo de llegar a tierra, de abajo a arriba, de arriba a abajo. Los coches suben disparados por las rampas hacia el exterior, como peces boqueantes; algunos vecinos se han tirado por la ventana. 
Lo quité porque no estaba segura de querer hacer ni medio chiste con los suicidas del Parque Roma, que los ha habido. Siempre hay gente a quien puede molestar lo que uno escriba, pero las últimas personas a quienes quisiera fastidiar son los familiares de un suicida, porque ya bastante molesta les resultará seguramente la vida.
Hoy me entero de que eras tú una de las dos chicas que murieron tras caer de la azotea del museo Pablo Serrano y no sé qué decirte. Solo sé que necesito escribirte y me consta que este es un impulso egoísta. Los escritores escribimos por la necesidad de decir cosas a un destinatario improbable. Estamos acostumbrados a que nuestro mensaje se quede en el limbo.
Necesito escribirte porque escribo para gente como tú, para adolescentes a los que digo que se lancen a la piscina, que sean felices. Intento no decirlo en plan Mr. Wonderful porque sé que para ser feliz no basta con querer serlo.
Pienso a menudo por qué escribo para jóvenes, aunque me cuesta pensar en los jóvenes como categoría porque cada persona es diferente, y eso no cambia a los 5 años, ni a los 15, ni a los 65. Pero buscando respuesta a las preguntas "¿qué tiene de especial escribir para jóvenes?, ¿qué diferencia a un adolescente de un adulto?", he dado con distintas respuestas, respuestas tontas, como que a los adolescentes os crecen pelos donde antes no teníais, y respuestas llenas de ruido y polvo, como que los jóvenes estáis under construction, en ese momento de la posibilidad, el estrépito y la esperanza. La esperanza.
Hoy tú me has hecho darme cuenta de otra diferencia que debería existir entre un adolescente y un adulto, y es que los adolescentes tienen toda la vida por delante.
Pero hasta en eso no todos los adolescentes sois iguales.
Y no sabes cuánto lo siento.

Termino de escribirte y me entra un correo de un lector desconocido, un joven como tú, que me hace feliz diciendo: "también tu novela me ha hecho ver que hay que arriesgarse en la vida y lo más importante VIVIR, ahora siempre que puedo disfruto más de la vida bajo más a la calle y me atrevo a hacer todas las cosas nuevas que pueda hacer, como se dice en tu libro 'lanzarse a la piscina' y no sé ni cómo agradecerte todo lo que conseguido hacer con tu novela".
Pero a mí me gustaría haber podido seguir escribiendo para ti.
Solo soy una escritora. Sé que no voy a salvar a nadie. Seguiré escribiendo para jóvenes. No puedo hacer otra cosa.

Fotografía de Imogen Cunningham.

domingo, 5 de abril de 2015

Nuevo milagro LIJ

—¡No fastidies! ¡San Andersen! ¡Otra vez!
—Los privilegiados que asisten a mis apariciones suelen recibirme con un «¡Alabado sea Andersen!». O, como mínimo, con un respetuoso silencio.
—Bueno, sí, ya. Eso será la primera vez. Reconoce que cuando te me apareciste en forma de cisne en el lago de Eriste hace tres años, te recibí con un recogimiento que ni Bernadette Soubirous. Pero es que otra vez… Y aquí… ¡Que me has perseguido hasta Dublín! ¡Ya sé! Te me apareces, y el 2 de abril, el día de tu santo, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, porque sabes que he estado trabajando en un libro para adultos. Para que vuelva al redil. ¡Pero tú no sabes la que estoy preparando! ¡Y es infantil! Y que conste que lo de adultos era solo por tomarme un recreo…
—A ver, Oro, no te emociones. Que estamos en St. Stephen’s Green, que aquí, si no aparecen un cisne y algunos patos, la gente es capaz de pedir la hoja de reclamaciones.
—Sí, sí. Tú dirás lo que te salga de los cañones de las plumas, pero tú y yo sabemos que no eres un cisne cualquiera. Tú eres el patito feo. ¡Tú eres San Andersen! Alabado sea Andersen.
—Esa es la actitud. Ahí ahí. Repite aquella jaculatoria mía.
—"Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento. Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento."
—No lo olvides, Oro.
Y San Andersen se dio la vuelta y se alejó de mí. En ese momento, cogí el teléfono y le saqué la foto que encabeza esta entrada. Eso pasó el 2 de abril. Luego volví de Dublín. Luego pasó una cosa que no me atrevo a contar y entonces, solo entonces, supe calibrar el milagro. Obviamente, la he contado en un cuento que acabo de escribir.
San Andersen me asista ahora en la búsqueda de editor.