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domingo, 5 de abril de 2015

Nuevo milagro LIJ

—¡No fastidies! ¡San Andersen! ¡Otra vez!
—Los privilegiados que asisten a mis apariciones suelen recibirme con un «¡Alabado sea Andersen!». O, como mínimo, con un respetuoso silencio.
—Bueno, sí, ya. Eso será la primera vez. Reconoce que cuando te me apareciste en forma de cisne en el lago de Eriste hace tres años, te recibí con un recogimiento que ni Bernadette Soubirous. Pero es que otra vez… Y aquí… ¡Que me has perseguido hasta Dublín! ¡Ya sé! Te me apareces, y el 2 de abril, el día de tu santo, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, porque sabes que he estado trabajando en un libro para adultos. Para que vuelva al redil. ¡Pero tú no sabes la que estoy preparando! ¡Y es infantil! Y que conste que lo de adultos era solo por tomarme un recreo…
—A ver, Oro, no te emociones. Que estamos en St. Stephen’s Green, que aquí, si no aparecen un cisne y algunos patos, la gente es capaz de pedir la hoja de reclamaciones.
—Sí, sí. Tú dirás lo que te salga de los cañones de las plumas, pero tú y yo sabemos que no eres un cisne cualquiera. Tú eres el patito feo. ¡Tú eres San Andersen! Alabado sea Andersen.
—Esa es la actitud. Ahí ahí. Repite aquella jaculatoria mía.
—"Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento. Siempre se debe llamar a cada cosa por su nombre, pero, si uno no se atreve, debe poder hacerlo en el cuento."
—No lo olvides, Oro.
Y San Andersen se dio la vuelta y se alejó de mí. En ese momento, cogí el teléfono y le saqué la foto que encabeza esta entrada. Eso pasó el 2 de abril. Luego volví de Dublín. Luego pasó una cosa que no me atrevo a contar y entonces, solo entonces, supe calibrar el milagro. Obviamente, la he contado en un cuento que acabo de escribir.
San Andersen me asista ahora en la búsqueda de editor.

domingo, 11 de mayo de 2014

Pérez-Reverte, Mendoza, Marías y compañía

-Oro, tengo un proyecto precioso para ti. Quiero que nos hagas... ¡un libro de cocina!
-¿Yo? ¡Pero si no tengo ni pajolera idea de cocinar!
-Mujer, es un libro lo que te pido, y tú sabes escribir. Qué bien escribes, Oro. Eres la más grande.
-Pero me pides un libro de cocina. ¡Y yo cocino fatal! 
-A ver, Oro, cocinar, cocinamos todos.
-Hombre, la verdad... La crema de calabacín me sale bien rica, y los garbanzos me quedan de rechupete. Y el otro día, no veas qué bien empané los gallos, que mi hijo me dijo "qué rico te ha quedado, mamá".
-¿Lo ves? ¿Lo ves? Ya te vas animando, ¿a que sí?
-Mmm... Es que... Es que, mira, a mí no me gusta cocinar.
-Mujer, eso qué más da. Piensa en lo importante que es. ¡Es vital! Si no comes, te mueres. ¿Y tú sabes la de gente a la que le gusta eso de la cocina?
-Sí, las maris. Pero mi público es otro. ¡Anda voy a escribir yo para cuatro maris que no sabrán apreciar mi excelsa prosa!
-¿Cuatro? ¡Que no son cuatro! Estamos hablando de cientos de miles de ejemplares.
-De cientos de miles de maris.
-Que no, que ahora se está sofisticando ese mundo una barbaridad. Ya no son solo marujas. Mira Masterchef. Mira el Adrià, ¡objeto de museo! Además, dedicaremos una página entera del periódico a contarlo.
-Peor me lo pones. Y que se entere todo el mundo de que yo, que soy la más grande, he descendido al subgénero de los cocinillas.
-Pero tú lo dignificarás. Tras tu paso, ya no será un subgénero. Será un género tan grande como tú.
-Ya, pero...
-Haremos una colección preciosa.
-Ya, pero...
-Estarás con los mejores del mundo mundial, los más grandes. Nada de mindundis. Estoy yo, con eso te lo digo todo.
-Ya, pero...
-Y eso tú lo escribes en un pispás. ¿No ves que es para marujas?
-Pero no has dicho antes que...
-Te pagaremos bien.
-¿Se lo puedo dedicar a mi hijo?
-¡Por supuesto, querida!
-Entonces... ¡trato hecho!
-¡Brindemos!
-¡Chin chin! Qué ilusión le va a hacer a mi hijo...

¿Qué les parece?
Pues lo mismito me ha parecido a mí cuando he leído la presentación del relanzamiento (ahora con EL PAÍS) de la colección de literatura infantil "Mi primer..." dirigida por Arturo Pérez-Reverte (Mi primer Pérez-Reverte, Mi primer Vargas Llosa, Mi primer Eduardo Mendoza, Mi primer Javier Marías...). Una página entera, oigan, la 46; más dos de publicidad, la 34 y la 35. Lean, lean: "Un debut infantil para los grandes". A ver si es así o estoy yo acomplejada y paranoica, que no lo descarto.
Arturito, cariño, que va a parecer que te tengo tirria, pero nada de eso, que lo que yo siento por ti es admiración, respeto, envidia... Será por eso último. 

En la imagen, de Garry Winogrand, mi editor y yo brindando por mi nuevo libro de cocina.

viernes, 18 de octubre de 2013

Twiter era una fiesta

Entraste un día en medio de una canción. Deberías saber ya que la música no espera por nadie. Tampoco por ti.
Abrumado, te fuiste a un discreto rincón de la barra y los viste bailar. Ya no lo recuerdas, pero esa visión posiblemente es la más certera que nunca tendrás de ellos. Desde esa esquina de la barra, aquella primera vez, viste el ahuecar de sus plumas, el nervioso aleteo, el planear carroñero, el furibundo zarpazo, oíste el lastimero piar, los alegres trinos, el monótono zureo, el inconfundible crotorar... Todo lo viste y oíste aquella vez. Lástima que no pudieras verte a ti mismo.
Todo lo viste y todo lo olvidaste -ya te he dicho- cuando empezaste a salir a bailar. Al principio con timidez, sin apenas mover los brazos. Revoloteaste alrededor de alguien. De repente tus ojos se cruzaron con los de un bailarín, le alzaste la copa y las cejas. Te encontraste con algún conocido, con algún amigo, le lanzaste un favorito como quien manda un beso. Te alegraste de encontrarlo. Te alegraste tanto que, cuando te sacó a bailar, te dejaste llevar. Diste una vuelta de su mano. Le miraste a los ojos un momento, meneaste las caderas. Volviste a la barra más animado. Alguien te llevó a un sitio donde nunca habrías llegado solo. Te hicieron reír. De repente sonó esa canción que te gustaba y te olvidaste de todo. Te hicieron corro. You are the dancing queen... Alguien te cogió de la mano, te hizo girar sobre un pie y los reflejos de la bola de espejos te cegaron y qué gusto da bailar, es el momento de tu vida, o como quiera que se traduzca eso. Aún seguías al ritmo de la pandereta cuando ya no había rastro de ella porque era otra la canción que sonaba, y esa no, no te hacía mover los pies, así que volviste a acodarte en la barra y miraste un rato, otro rato. Pensaste que igual volvería a sonar ese tema, pero no, ya no. Incluso hubo un día en que te quedaste de guardia, toda la noche despierto, para ver si tenías suerte y volvías a vivir el momento de tu vida. De vez en cuando sales a bailar, ríes, te enteras de cosas, disfrutas de la compañía. Pero siempre, en algún momento que no siempre coincide con una canción tristona, un momento que bien podría ser bailable, te alcanza como una epifanía la certeza de que estás solo. Rodeado de gente y solo. Lo que pasa es que esa certeza llega acompañada de otra certeza gemela: que todos los demás también están solos. Y eso es bastante parecido a la compañía. Y por eso vuelves.

En la imagen, de Larry Fink, tuitstar soltando una perla de humo. A su alrededor, tres seguidoras prestas a darle RT. Si quieren ver más fotos de la fiesta, no se pierdan la exposición Body and soul ahora en el museo Pablo Gargallo.

jueves, 3 de octubre de 2013

Viaje gratis a Italia

¿Pero han visto la foto? ¿Se les ocurre algo más italiano? Y tal cual estaba la pared. L'Italia è così!
Mi vecino lleva un tiempo allí. Me manda fotos, como esta. Yo no sabía qué hacer con ellas porque no se me ocurría nada a la altura.
Cuando mi vecino estaba en Conil de la Frontera, creamos la Venta El Maestro.
Cuando se fue a Nueva York, quedamos, él y yo, sus fotos y mis textos, en whoooosh.
He guardado las fotos italianas en la nevera, pero cualquiera diría que las he tenido en el horno, porque lo que finalmente ha salido, lo que está saliendo, es una cosa nada fría, una colección de postales muy italiana y vocinglera, muy de espera-que-me-quito-el-tacón-y-te-lo-lanzo-a-la-cabeza (¿o eso era más bien vedetero?).
Los textos son cortísimos y normalitos, una prueba de voz. Además esta vez lo que importa no es tanto la voz como la historia, que -ya verán si quieren- puede deparar muchas sorpresas. En cualquier caso, las fotos... Las fotos no tienen desperdicio, así que no se las pierdan. Con todos ustedes...
Un cordial saludo.
(Es que se llama así el blog de la cita: "un cordial saludo", y de cordial, y de educado, solo tiene el nombre.)
Y, ahora sí, mi despedida: un beso a la italiana.

viernes, 23 de agosto de 2013

Una piedra en el corazón (Té con Ana María Matute)

¡Ay, Ana María! ¡Qué ilusion saber que tú también temes sonar cursi!
¿Yo? ¿Por qué lo dices, Oro?
Por lo de la entrevista esa que te hizo Jesús Ruiz Mantilla para El País donde comentabas que habías tenido un día malo, que no se te ocurría nada, cosa que, por cierto, también me hizo ilusión...
Gracias, maja.
—¡No, no!, perdón. Me refiero a que me hizo ilusión saber que no solo me pasaba a mí. Y luego contabas que cuando te pasaba eso, sentías que estabas acabada y era como si se te pusiera una piedra en el corazón. Y entonces decías: "Qué cursi, ¿no?".
Bueno, es que me quedó un poco cursi, ¿no?
Pues a mí más que cursi me pareció tristísimo. Una piedra en el corazón... Aunque luego me puse a pensar que igual no era tan triste porque... ¿Y si la piedra es una pirita? ¿O una rosa del desierto? ¿O un cuarzo que va creciendo y abriéndose paso en el pecho?
Cómo se nota que de pequeña coleccionaste minerales, hija mía.
Yo no. Mi hermano.
Ana María asiente y, con gesto de personaje de Jane Austen, dedica una mirada a su hijo por encima de la taza de té antes de dar un sorbo.
¿Y si la piedra fuera un rubí? pregunto. Un rubí rojo y resplandeciente en lugar del corazón.
Ay, Begoñita. Sí que eres un poco cursi tú...
¡O una esmeralda!
Mira, eso ya me parece mejor. O igual no. Igual es que sencillamente a mí me gustan las esmeraldas.
Ya. Sencillamente. Las esmeraldas.
Ana María suelta una risita antes de aleccionarme:
Mujer, decir "una piedra" es decir algo gris, sin vida, un peso con el que se escachan las hormigas y los saltamontes.
Verdes.
Ana María ignora mi comentario de fan.
Entonces, entonces... insisto. Una piedra en el corazón no solo es tristísimo, ¡es algo contra natura! Porque un corazón es rojo, palpitante... ¡es la vida! Y la piedra...
Pero yo no dije una piedra en lugar del corazón. Yo dije una piedra dentro del corazón.
¿En serio?
Lee, lee.
Busco la entrevista y localizo rápidamente el fragmento. Efectivamente, ahí pone: "Cuando pasa eso, es como si se te colocara una piedra dentro del corazón".
¿Una piedra dentro del corazón? ¿Una piedrecita molesta? ¿Como quien dice "una piedra en el zapato"? pregunto—. Pero entonces, no es tan grave. ¡Y no es nada cursi!
Ana María no me escucha. Está mirando unas hierbas que crecen a pocos metros.
¿Qué es eso? ¿Hierbabuena?
Esmeralda bromeo.
Anda, tráeme una hojita, por favor.
¿Para el té?
No es té, tontuela me dice bajando la voz.
Pero...
Me inclino para asomarme al interior de la taza de porcelana pero la Matute se me adelanta:
Bebe, bebe dice sonriendo mientras me la acerca como quien ofrece una poción.
Bebo. Donde esperaba un earl grey, me encuentro un gin-tonic. Procuro no toser. Ana María me guiña un ojo.
Sí quedará bien con hierbabuena, sí logro decir con voz ronca mientras dedico mi mejor sonrisa al hijo de Ana María Matute.

Y todo esto créanselo porque me lo he inventado.

En la imagen, tomada este día: la Matute y la Oro oteando la hierbabuena.