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lunes, 14 de noviembre de 2016

Libros en televisión

Estrenó la Milá Convénzeme, un programa de televisión sobre libros donde quienes tienen la palabra son los lectores porque, según dice la Milá, bastante se ha oído ya a editores, escritores y críticos.
He visto el programa, claro. Me interesa, sí. Me interesa el fomento de la lectura; un programa así en principio podría servir para eso. En este programa, la lectura no parece tan alejada de la vida y las historias de los libros se entrelazan con las de los lectores (la hermana lesbiana, la enferma en el hospital, la mudanza...). Aún no sé si es ese es su mayor defecto o su mayor virtud. Lo que tengo claro es que me interesa y que seguiré viéndolo. Por eso me deja de piedra lo que leo en este artículo sobre el programa:
"a juzgar por la breve pesquisa, al menos en lo que al sector editorial y del periodismo cultural respecta, nadie se ha dignado a verlo. "No soy muy de esa señora", han dicho algunos. Al menos una docena de los consultados –escritores, editores y periodistas- dijo ni haberse planteado tal cosa como ver el programa."
Dice el artículo: "Entre el esnobismo que Milá atribuye a los que se dedican profesionalmente a escribir, editar y analizar libros y la ñoñez, previsibilidad y pobreza de su propuesta queda entremedias, una vez más, la ocasión perdida." ¿Ocasión perdida? Ocasión perdida es salir a ver la superluna y que esté nublado, que es lo que me acaba de pasar.
Que sí, que desde luego que el programa podría ser mejor, pero el artículo me parece en sí mismo una prueba más de ese esnobismo que parece intentar negar porque ¿cómo puede ser uno escritor o editor y no interesarse por la opinión de los lectores?
Vale, sí, muchas de las opiniones están escasamente argumentadas. De acuerdo, la mayoría de los lectores que opinan en Convénzeme no tienen un gran bagaje de lecturas. Pero es que se trata precisamente de eso, y basta con oírlos esos minutos para que el espectador sepa si, estando ante la monja, la estafada por el libro de autoayuda, el de Guerra y paz o la propia Milá, les invitaría a tomar un café o se pondría los cascos; si se dejaría convencer o, por el contrario, daría por bueno el libro que ellos dan por malo y viceversa. No son críticos ni lo pretenden. Pero son lectores. Se supone que escribimos para ellos, editamos para ellos.
Qué quieren que les diga, como autora me parece un lujazo tener una ventana desde la que poder ver a los lectores así, sin apenas filtro, como sucede con los booktubers o con plataformas como goodreads. Ya veré yo luego si les hago caso o no.
A mayor abundamiento, me encantaba la ventana que abría sobre la literatura infantil Página 2 con su sección protagonizada por niños. Por ahí discurrían también títulos "sin ningún orden ni criterio", desde best-sellers hasta libros descatalogados, elegidos por los propios niños, que hablaban como les daba la gana sobre ellos. En esta última temporada, Página 2, que por lo demás me parece un programa ejemplar, dedica menos espacio a la literatura infantil y en él supuestos niños recomiendan novedades, solo que ahora da la impresión de estar completamente guionizado y por alguien no demasiado familiarizado con el lenguaje infantil, por cierto.
En fin, que me gusta que exista Convénzeme, que me gustaba el caos de aquellos niños en Página 2.
Bah, igual es solo que me gusta cotillear. O que me merezco que me lea cualquiera.

Edito y añado estas palabras de Lorca que acabo de releer en este fantástico artículo y que vienen tan a propósito:
“Y ¡lectores!, ¡muchos lectores! Yo sé que todos no tienen igual inteligencia, como no tienen la misma cara; que hay inteligencias magníficas y que hay inteligencias pobrísimas, como hay caras feas y caras bellas, pero cada uno sacará del libro lo que pueda, que siempre le será provechoso”.
Pues eso, ¡lectores!, ¡muchos lectores!, ¡en televisión, en el vecindario, en Andalucía y en Nueva York!

En la imagen, de Annie Leibovitz, escritora preguntándose: "¿Qué? ¿Ya ha terminado la cosa esa de Convénzeme?"


miércoles, 22 de julio de 2015

La poesía es un arma cargada de oxitocina, feniletilamina, etc.

Me pone de mal humor ver a la presentadora de cierto telediario desde que sé que es novia de cierto poeta.
Leo con rabia el nombre de A. al final de la Vida secreta.
Me cago en la tal B. (que no es B de Begoña) que nombra David Mayor en "Refugio" (acaba así el poema):
"Creo que escribir esto es escribir la serenidad a la que quiero volver cuando otro día también lo lea".
Pues sí, muy sereno y muy bonito el poema, pero –llámenme megalómana– la que querría aparecer nombrada en ese, en aquel, en todos los poemas de todos los poetas, soy yo.
Será que, de todos los géneros, la poesía es el que se escribe para enamorar y se lee para encontrar amor (y ese pozo espejeante y...). Normal que arrase entre los jóvenes. La de gonadotropinas (por ser fina) que se atisban en esta última hornada de poetas de éxito.

Siempre se ha oído que a ciertos cantantes se les obliga a negar noviazgos para no decepcionar a sus fans. Poetas, aplíquense el cuento. Es sencillo. No pongan nombres propios. Ahórrennos los desengaños. Qué poco les cuesta. Si ya lo decía Cyrano de Bergerac: "La credulidad del amor propio es tan grande que Rosana [Begoña, Fulana, Jaimito, Mengana...] creerá que [la carta, el poema, el halago, la declaración, lo que sea] está escrita para ella".
Escriban para mí.

En la imagen: grupo de fans ante la llegada de Vilas

jueves, 4 de junio de 2015

Besar a un hombre con barba

Sé de un piano blanco varado en una cabina del garaje del Parque Roma. Cerca del piano, a veces, apoyados hay bastones, botas, esquís y crampones.
El piano tiene un acabado mate. No imaginen un piano satinado brillante, no piensen en el cursi del Richard Clayderman. Este piano del garaje es un piano que se sabe viejo.
Las arañas se pasean por sus teclas de marfil. Desdeñan los crampones, vulgares imitaciones de sí mismas. Las arañas se cuelan por la caja del piano y acarician sus cuerdas como si tocaran el arpa.
El piano perteneció a un joven tenor alemán. Lo tenía en Barcelona mientras vivió ahí. Lo necesitaba para ensayar. Luego se fue.
Dos días antes de dejar Barcelona, en una fiesta de unos vecinos peruanos, ya de paso una fiesta de despedida, el tenor conoció a una chica.
La chica era estudiante universitaria. Había ido a la fiesta con Gladys, que se encargaba de la limpieza en la residencia donde vivía la estudiante. Gladys y ella se habían hecho amigas. Aquel día, en la fiesta, hubo ceviche, cerveza y música, no de ópera, música latina. El tenor y la estudiante no bailaban. No habrían sabido cómo. Hablaron. La estudiante no sabía bailar cumbia pero sabía tocar el piano, y un poco de alemán.
El tenor le dijo a la estudiante que se volvía a Alemania. Quiso regalarle el piano.
Dos días después, en la estación de autobuses de Sants, la estudiante fue a recoger la llave del piso donde estaba el piano. Pensó más que sintió que tenía que darle un beso de despedida al tenor.
Él tenía barba.
Nunca he vuelto a besar a un hombre con barba.
Con lo fácil que parece ahora.
Hay un piano en el garaje. Y nadie lo toca.


Esto que acaban de leer es el texto que corresponde a la séptima de las 10 cosas que aprendí bajo tierra, que es "Que lo que no se usa, no sirve, pero existe". Si quieren leer las otras nueve cosas que aprendí en el garaje del Parque Roma, pueden leerlas en el último número de la revista Rolde, que habla de Buñuel, de Viola, de un maestro freinetiano en Las Hurdes a comienzos de los años 30, de Fernando Sancho... En realidad, mis textos no son más que el acompañamiento a las impresionantes fotografías de Fernando Sancho, del que es un honor seguir siendo pareja artística.
Dice Víctor Juan, que es el que nos lio en todo esto y el responsable de que haya quedado tan bonito, que mi texto es muy divertido. Y a mí que este punto en particular, el 7, me parece profundamente triste... Ríanse de mi existencia si quieren. Se darán con el callo de mi adolescencia. Además, a quién quiero engañar, me encanta que mis letras les hagan reír. O lo que sea.

Ahora que lo pienso, diez cosas ya forman una lista, ¿no?

lunes, 11 de mayo de 2015

Alegría alegría

Ha sido un flechazo. Me ha gustado tanto el cartel de la Feria del Libro de Madrid de Fernando Vicente que estoy por teñirme el pelo de negro para lucir el pintalabios rojo igual que ella, porque el rojo no queda tan bien con el pelirrojo y porque ¿qué sentido tiene ser pelirroja en Irlanda? y en agosto me voy a vivir a Dublín.
No me digan que no es precioso. "Ya es hora de la alegría, que llega la Feria del Libro", dice Fernando Vicente con más razón que un santo. Leo que dice también: "Estaba preocupado porque pensaba que en el mundo de la cultura habría quien podía considerar banal el cartel, por mostrar a alguien tan alegre". Mira, Fernando, si a alguien no le gusta tu cartel porque considera que la alegría está de más, que no pega con la cultura, que es una banalidad –como se leería en un libro de García Márquez, de Héctor Abad Faciolince–, "que se friegue". 
Ole tú, Fernando Vicente.

¿Hace falta que les recuerde que podemos alegrarnos de vernos en la Feria del Libro de Madrid, el sábado 6 de junio, de 11:30-14h en la caseta de SM y de 18-21h, en la caseta de Kirikú y la Bruja? 

miércoles, 22 de abril de 2015

Pelo corto y dientes largos en los premios SM

Querida Patricia (García-Rojo):
Dijiste que lo harías pero... ¡NO LO HAGAS! ¡No te gastes la pasta que acaban de darte por el premio Gran Angular en hacer un viaje con tu marido! ¡Pero, mujer, si vives en Fuengirola! ¡Que media Europa sueña cada noche desde camas suecas, futones alemanes, colchones de lana inglesa con pasar las vacaciones donde tú vives! Pero si tú misma reconociste la felicidad que has encontrado en ese mar...
Mira, si quieres cambiar de aires, intercambias casa con Pedro Mañas, el ganador del premio El Barco de Vapor. Os marcáis un homeforhome con tu casa y la suya. Él se pasea junto al mar con su camiseta de rayas y respira un poco de yodo, y tú respiras un poco de CO2.
Os lo pido como lectora, Pedro, Patricia. Os lo aconsejo como escritora y como “magnífica autora que ha conseguido [en el 2011] este Gallardón”, como dijo Ignacio González (14:50). Ni viajes ni caprichos: metro, tapas nuevas para zapatos viejos y patatas. Estirad el dinero, usadlo para escribir, para ser felices escribiendo (Patricia, tú dijiste que lo eras, “la persona más feliz del mundo” cuando escribes). Si puede ser, intentad solo escribir. Se te escapó, Patricia, aquello tan genial y tan políticamente incorrecto de que te gustaba mucho el colegio de pequeña pero que ahora que eres profesora, no estás tan segura de que te guste tanto. Normal. Si yo estoy segura de que tus alumnos también te hacen muy feliz, a ratos, pero es difícil dar clase, y prepararla, y corregir exámenes, y… y escribir a la vez. A mí me parece una heroicidad. Ni te cuento si tenéis hijos (Patricia, Pedro, cada uno por su lado, se entiende).
Pero, claro, ya lo decía unas pocas horas antes A., el chófer del ayuntamiento de Cartagena que me llevó de Cartagena a Albacete: “Me parece a mí que es muy difícil vivir solo de la escritura. Yo llevo a muchos escritores para esto del Hache y el Mandarache y unos son profesores, otros trabajan en Tráfico…” Yo a A., que me preguntó, le dije que me dedicaba solo a escribir, que es una mentira que me cuento a menudo para ver si algún día se hace realidad.
Cuentan los viejos del lugar que hubo un tiempo en que las cosas eran distintas, que hace unos años, no tantos, se podía vivir, y no mal, de la escritura. Pero vamos, aquello –lo siento, Pedro; lo siento, Patricia; lo siento, Terenci–, os digo que fue un sueño. Miren si no la larga tradición de artistas que mueren más flacos que una reina, consumidos no por el nervio sino por la malnutrición. Y eso tiene pinta de no cambiar, al menos aquí. Ayer, al escritor que trabaja en Tráfico y a mí se nos pusieron los dientes largos oyendo hablar a Juan Carlos Quezadas de ayudas gubernamentales a la creación literaria allá en México. Ganas daban de ir a conquistar, descubrir o mendigar a América. No, si ya lo dijo ayer Ignacio González que decía Ray Bradbury (o algo así, 14:50): “No es necesario quemar libros para destruir una cultura; basta con que los jóvenes dejen de leerlos”… y, añado yo, que los escritores dejen de escribirlos. O que se vayan de viaje.
Querida Patricia, querido Pedro, decía John Steinbeck que “la literatura practicada como profesión hace que las apuestas hípicas parezcan una ocupación sólida y estable”. Vosotros ya tenéis una trayectoria en esto, habéis publicado varios títulos. Ahora aparecen los premiados El mar y La vida secreta de Rebecca Paradise. Qué buena pinta tienen, qué ganas de leerlos. Lo que ahora os deseo de corazón es que estos premios sean el comienzo de una larga, sólida y estable carrera literaria. Y ya puestos, que vuestra carrera literaria os lleve un día hasta Cartagena, con Alberto Soler, con los jóvenes lectores.
Un beso,
La Oro
PD: Que no he dicho nada de la reina porque ya se ha dicho todo de su pelo corto. Se ha dicho menos –y lo merece más– de su tolkienismo recién confesado, de ese mono tan mono y del final de su discurso, que pueden leer aquí. Yo sigo pensando qué serán esas "otras cosas" a las que aludía cuando dijo: "Leer sí es imprescindible –no sé si otras cosas lo son tanto– para aprender a pensar". Ese inciso me tiene loca.
PD2: Si quieren, nos vemos mañana 23 de abril, Día del Libro. Estaré en el paseo Independencia, en Zaragoza, firmado libros, intentando hacer de la literatura mi profesión. De 12 a 14:30 en el puesto de la librería Cálamo y de 18 a 19:30 en el puesto de El gato de Cheshire. Besis.

domingo, 15 de febrero de 2015

Vida social de una escritora (outsider) de provincias

Cuando no estoy atroncada por la fiebre, leo Blitz, de David Trueba. Es un libro que me habla a mí, y eso que no soy paisajista treintañero ni intérprete alemana de más de sesenta años. Me siento incapaz de trabajar con este dolor así que cuando termino de leer Blitz, me dedico a buscar mi opinión en otras opiniones y topo con una entrevista donde David Trueba dice:
"No estoy enamorado y lo siento: es el mejor estado del ser humano."
Yo estoy igual.
Fantaseo con la idea de ir a la presentación de Blitz en mi ciudad, el viernes, en Los Portadores de Sueños. Podríamos conocernos y podríamos enamorarnos, David Trueba y yo. Parece un hombre bueno. Le regalaré un ejemplar de mi ¡Buenas noches, Miami!, meteré mi tarjeta dentro. Busco en Google "David Trueba Miami". Sí, él también estuvo en Miami. Pondré en la dedicatoria: "Para David, esta otra historia, nada japonesa, sobre el paso del tiempo". Podría meter el libro en un sobre, para que nadie lo viera. Me daría vergüenza. Me dará vergüenza seguro. No creo que lo haga en realidad. A la presentación irá toda la casta literaria aragonesa. Lo presenta Ismael Grasa; es David Trueba. Yo no pertenezco a ese mundo, o no me siento parte de él. Yo escribo literatura infantil y juvenil. Los escritores de literatura infantil y juvenil formamos nuestra propia casta.
A ellos, a esos otros escritores zaragozanos, los veo en las pocas presentaciones a las que puedo escaparme mientras dejo al niño colocado una o dos horas. Siempre salgo corriendo. Desde hace un tiempo, veo que me saludan levemente con la cabeza. Igual me conocen porque durante un tiempo heredé la columna de Félix Romeo en el Heraldo de Aragón. Ellos son sus huérfanos, los huérfanos de Félix Romeo. Al grupo se han ido sumando algunos jóvenes escritores. No todos publican en pequeñas editoriales.
Creo que los mayores no me recuerdan. Yo sí, y eso que he olvidado la mitad de mi vida. Yo apenas tenía dieciocho años entonces, pocos menos que mi amiga M.. M. intentaba que la medicación contra la locura no se le llevara de paso su genialidad, y yo me fingía loca, creyendo que así me acercaba a la genialidad. M. era descendiente de Luis Buñuel; ese fue nuestro pase de entrada al alegre grupo de Félix Romeo. Nos recuerdo como pequeñas mascotas, bailando (M. era bailarina) y admirándolos. La primera vez que fuimos tras ellos, estaba precisamente Ariadna Gil. Creo que entonces todavía no era mujer ni exmujer de David Trueba. No recuerdo para qué había ido a Zaragoza. Recuerdo que dijo lo mucho que le gustaban los cuentos de Ignacio Martínez de Pisón.
Aquella noche, en el Bambalinas -estábamos muy locas- M. y yo cogimos la agenda telefónica de Luis Alegre sin que él se diera cuenta y fuimos al baño con aquel grial. Ahí estaba todo, estaban todos: Penélope Cruz, Trueba (que entonces, para nosotras, solo era Fernando), Jorge Sanz cuando nadie se preguntaba ¿Qué fue de Jorge Sanz?... Salimos del baño y volvimos a dejar la agenda en el bolsillo de la chaqueta de Luis Alegre. Creo que M. memorizó el número de teléfono de alguien.
Una noche, otra, Luis Alegre y Félix Romeo nos hicieron ese chiste-apuesta tonto al que, con mi insultante candidez, no encontré maldita la gracia. "Me apuesto cien pesetas a que te toco las tetas sin mover las manos" (o algo así), y luego nos tocó las tetas, con las manos, y nos dio cien pesetas. Yo me sentí una fulanilla. Además, llevaba una peluca lisa, rubia y con flequillo. La había comprado en la sección de Oportunidades de El Corte Inglés. Quería fingirme extravagante. Me salía con bastante naturalidad, la extravagancia, digo.
Luego me fui a estudiar fuera, a Barcelona, y acabé trabajando en Madrid. Cuando volví a Zaragoza, lo hice como cantaban Sergio y Estíbaliz, "vestida de olvido". 
Ahora tengo buenos amigos escritores e ilustradores, del mundo de la literatura infantil y juvenil, sobre todo. Ahora hay letraheridos que se me acercan en la feria del libro y me traen sus libros autoeditados con la esperanza de que los lea. Hay escritoras jóvenes que dicen que han cumplido en este mundo porque las he mencionado en mi blog. Al tío que en tuiter me ofrece su servicio de publicaciones para autores noveles, le suelto una chulería digna de Esperanza Aguirre. Pero ya ven, yo, que a veces soy presentada como "una escritora de éxito", sigo exactamente en el mismo lugar de aquellos que se me acercan con palabras entrecortadas, aquellos a los que me he jurado mirar siempre con interés.
Solo soy una chica que quiere que David Trueba la lea.
¿Y ahora qué?

En la imagen, de Larry Fink: yo, en mi tierna juventud, trastabillando por el Bambalinas con mis primeros tacones en pos de los prohombres y las promujeres (¿las había, o solo había musas?) del mundo cultural zaragozano de finales del siglo XX.

viernes, 23 de enero de 2015

Tapices del revés y cerveza de jengibre (Por qué #LeoAutoresEspañoles)

Hace unas semanas una autora asquerosamente joven, Iria G. Parente, a la que -vergüenza infinita- tengo pendiente leer, inició un movimiento llamado #LeoAutoresEspañoles. Las redes se llenaron de lectores que presumían de leer autores españoles, y de autores españoles -cómo somos- que venían a hablar de su libro. Qué le vamos a hacer. La vida del escritor es asín.
Reconozco que, por un momento, todo este rollo de defender el producto literario nacional me recordó a los agricultores franceses volcando camiones de naranjas valencianas y melocotones fragatinos en la frontera, y también un poco al burrito de Shrek en modo "elígeme a mí". Pero bien mirada, si no la pervertimos, la iniciativa es muy chula. No consiste en  quemar best-sellers estadounidenses sino en abandonar libros españoles, dejar una obra nuestra en un lugar secreto e ir dando pistas. (Ya se lo contaré mejor cuando se acerque la fecha, que es el 18 de abril). De hecho, me he apuntado, como tantos otros autores (¿por qué casi todos de juvenil o de género fantástico?). Y me he apuntado convencida, porque creo que sí tenemos grandes motivos para leer autores españoles, y no solo nuestra propia supervivencia como autores, que esa nos importará a nosotros pero a los demás, plin.
Yo leo autores españoles, claro. ¿Qué si no? Pero ¿por qué? Pues por encontrar cosas como ese "plin". Me temo que me faltan finura y conocimientos para explicar esto. Pediré refuerzos. ¡La caballería (andante) a mí!
Dice el Quijote:
"me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz."
Y yo diría que la literatura en lengua española, más que la la literatura de autor español, es, para los hispanohablantes, nuestro tapiz del derecho. It's all about language. ¿Lo ven? Hay cosas que no hay forma de traducir. Y eso que hay fantásticos traductores, incluso de lenguas que no son el griego y el latín, que hacen que casi olvidemos que estamos viendo un tapiz del revés, pero, me parece a mí, que también traduzco, que hay palabras, estructuras y expresiones que salen en el Quijote que nunca, jamás, encontraremos en una traducción.
Vale que hay muchísimos libros escritos en lengua española donde tampoco encontramos mucho vocabulario cervantino. Pero incluso esos, incluso los libros con más historias que literatura, tienen un valor especial si están escritos por -ahora sí- autores españoles. Se lo intentaría explicar, pero no llegaría a hacerlo mejor de lo que ya lo hizo, mutatis mutandis, Chimamanda Adichie en El peligro de la historia única. Chimamanda creció en Nigeria leyendo historias de personajes blancos de ojos azules que bebían cerveza de jengibre y que se ponían locos de contento cuando salía el sol. Cuando aquella niña negra rodeada de personas negras hartas de ver días soleados, cuando la niña empezó a escribir, con siete años, también sus personajes (blancos) bebían cerveza de jengibre. Normal. ¿Cómo puedes llegar a explicarte a ti mismo, que es comprenderte a ti mismo, sin referentes próximos a tu realidad? Yo acabo de comprender el grupo de wasap de la clase de mi hijo, y las madres que lo habitamos, leyendo a María Frisa, y desternillándome de paso. Imposible que una Mary Freezer lo clavara así.
Y por todo esto, porque me gustan los tapices del derecho y el anís del mono, que es el mejor, la ciencia lo dijo y yo no miento, creo que hay que leer autores españoles.

Y autores mexicanos, y autores argentinos, y cubanos, y peruanos, y residentes en Miami.

Y hay que leer autores sudafricanos, portugueses, japoneses, estadounidenses. Hay que leer escritoras húngaras, poetas polacas, periodistas argentinas, dramaturgos canadienses nacidos en el Líbano.

Hay que leer a Tahar Ben Jelloun. Hay que leer, mucho, a David Grossman. Para no matar a nadie.

Leer, como nos recordaba Julia, de la librería Antígona, a Foster Wallace -qué cosas- para "llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza".

En la imagen (tan española), de la serie España Oculta de la fotógrafa (española) Cristina García-Rodero: autores españoles cargando con nuestra cruz.

domingo, 11 de enero de 2015

Resumen de "Croquetas y wasaps"

Esta es una entrada trampa, similar a la página trampa que creé en mi web. Allí, si alguien pincha en el enlace "¿Necesitas un resumen?", llega a este texto:

Lo que quiero ahora es que quienes busquen en internet un resumen de Croquetas y wasaps, seguramente porque se lo ha mandado redactar su profe de Lengua y Literatura, encuentren esto:

¿Que qué es esto? Véanlo, disfrútenlo, en este enlace. Es el "trabajo colaborativo cocinado por alumnos geniales del instituto José Manuel Blecua", en el barrio de La Paz, en Zaragoza.
Ellos, y sus profesores (mi rendida admiración, Ana Moliné y Elena Arrazola), han trabajado una barbaridad, pero lo mejor es que se nota que han disfrutado dos barbaridades. Si ellos han disfrutado, imaginen lo que he disfrutado yo al ver crecer así mi novela, ¡qué digo mi novela! Este trabajo es la prueba de que por fortuna esa novela ya no es mía; los lectores la han hecho suya, y grande, y libre (pero no "una", desde luego).


Les sugiero que empiecen picoteando las croquetas pix-heladas. No querrán parar.

Y tú, que has llegado aquí porque tienes que entregar un resumen o hacer un examen de Croquetas y wasaps, ese libro mío que ahora se espera que sea tuyo, haz a tu profe una oferta que no podrá rechazar: cambia ese soso resumen o aquel examen por un trabajo diferente, un trabajo en el que vas a demostrar que has leído el libro (porque lo vas a leer, ¿sí?), pero además vas a mostrar que el libro no ha pasado por ti de lado a lado, de oreja a oreja, "por un oído me entra y por otro me sale", sino que te ha cruzado de arriba a abajo, que ha recorrido tus tripas, que las ha removido, que quizá te ha dado acidez, o gases, o diarrea, o que lo has asimilado en forma de grasas, de proteínas, de vitaminas...  Por supuesto que es una currada, monumental, pero es que las cosas buenas, como las croquetas buenas, llevan siempre trabajo. Seguro que a estas alturas ya lo sabes. Es algo que uno aprende de pequeño, pieza a pieza de Lego.

sábado, 10 de enero de 2015

A favor del poder de las novelas (Un ejemplo para monsieur Houellebecq)

Una nota rápida.
Acabo de leer que dijo el escritor Michel Houellebecq, ahora esfumado tras el atentado contra el Charlie Hebdo:
"No sé de ningún ejemplo de una novela que haya cambiado el curso de la historia. Son otras cosas las que cambian el curso de la historia: ensayos, el Manifiesto del Partido Comunista, pero nunca novelas". 
A bote pronto se me ocurre uno: La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Publicada cuando la esclavitud era aún legal en Estados Unidos, se convirtió en un best-seller. Dicen que fue el libro más vendido en Estados Unidos en el siglo XIX tras la Biblia. Es de suponer que, a raíz de la lectura de esta novela, lectores que veían a algunos de sus semejantes como simples arados o cacerolas, empezaran a verlos como personas que además de más melanina, también tenían sentimientos. Su autora era una buena mujer no especialmente contestataria, hija y esposa de ministros religiosos, un ser que medía 1,50 m., como mi abuela María. Cuenta la leyenda que el presidente Lincoln, cuando la conoció, en plena Guerra de Secesión, le dijo:
"De manera que es usted la pequeña mujer que escribió el libro que provocó esta gran guerra".
Me gusta pensar que no solo los ensayos sino también las novelas, incluso las novelas escritas por pequeñas mujeres, pueden provocar grandes cosas.

En la imagen: Harriet Beecher Stowe.

martes, 11 de noviembre de 2014

Que te crean o que no te crean, esa es la ficción

Hace poco comentaba con una editora mi fracaso como creadora de ficciones para I., mi hijo. No supe mantenerle la ficción monárquica-mágica más allá de los siete años. Como comprenderán, los roedores de apellido común y los barbudos rechonchos de rojo y blanco cayeron detrás. Ya ven, como madre literata soy un fiasco.
Ayer me llama la madre de M., un compañero de clase de I., para contarme que mi hijo ha preparado una tinta venenosa y tiene un plan criminal. "Va a matar a alguien, mamá", se ve que ha advertido M. en casa. Me salva del soponcio el hecho de que I. ya me había comentado la semana pasada lo de la tinta y lo de que M. se lo había creído. Los planes criminales la verdad es que no me los había detallado. La madre de M. y yo nos reímos del asunto y acordamos que los niños hablen entre ellos. I. explica que todo era mentira para que M. pueda dormir y comer tranquilo. Al parecer, el miedo a ser envenenado le hacía mirar la comida con desconfianza últimamente. (Me temo que esto no es mérito exclusivo de mi hijo; se ve que M. es un experto en generales cartagineses y emperadores romanos.)
"¡Cómo voy a matar a alguien, M.! ¡Con nueve años!", oigo que dice I. Por un lado pienso que I. no ha oído hablar de Sierra Leona y por otro, me entra la duda de si acaso le parecerá que a partir de, pongamos, los dieciocho años es un plan plausible.
"Lo que pasa", sigue explicando, "es que te dije lo del veneno, y yo no pensaba inventar nada más, pero como te lo creíste, lo saqué adelante". Así dice: "lo saqué adelante".
Y yo inventando diálogos de la pandilla de la ardilla y contando palabritas en NaNoWriMo.
Me retiro.
Que escriba mi hijo.

Imagen de Vivian Maier.

lunes, 27 de octubre de 2014

¡¡Ese público maravilloso!!

En resumen:
¿Nos vemos? El miércoles 19 de noviembre a las seis y media doy una charla abierta al público en la biblioteca Cubit. Me han dicho que hable de escribir y eso, a gente que está escribiendo contrarreloj, o a usted que pasaba por ahí y vino a pasar un buen rato. Yo, supongo, hablaré de esa contrarreloj que es la vida.

En extenso:
A mí, que me llaman a menudo para hablar en público, me gusta ser público. Me gusta más estar en la platea que sobre el estrado. Y me gusta ese ir y venir del estrado a la platea, de la platea al estrado. Creo que obligatoriamente, quienes damos charlas, debemos recibirlas. Nos vuelve más exigentes. Quienes reciben charlas, también deberían darlas alguna vez. Se volverían más indulgentes.
En realidad creo que nadie debería morirse sin haber disfrutado de un público, aunque sea el público que jalea un eructo a un bebé, la parroquia de un bar que te hace silencio cuando cuentas un chiste o esa madre que atiende al "¡mírame!" de su hijo. No concibo epitafio más triste que: "Pasó por la vida sin público", que es como decir sin que te hagan caso, y si "caso" es suceso, acontecimiento, es como pasar por la vida sin haber sucedido.
Yo soy muy de preparar. Me gusta saber qué público tendré delante. Entiendo que es lo mínimo si uno pretende comunicar, que es de lo que trata todo esto. Por eso fui de público a la presentación de Nanowrimo, porque semanas después, me iba a tocar a mí estar ante ellos, ante ese público que se ha comprometido a escribir una novela de 50.000 palabras en el mes de noviembre. En el marco del Nanowrimo, cada miércoles, a las seis y media de la tarde, en la biblioteca Cubit, va a haber una charla motivadora (Pep Talks las llaman). Las charlas las imparten cuatro de los autores más mejores del universo, que son, que son y que somos:
-Ana Alcolea, el 5 de noviembre.
-David Lozano, el 12 de noviembre.
-Yomisma, el 19 de noviembre.
-Daniel Nesquens, el 26 de noviembre.
Total, que el otro día fui de público para prepararme mejor para ser ponente y ahora (ya lo conté aquí) he acabado de ponente y de público wrimo a la vez. Vaya, que me he apuntado a escribir la dichosa novela de 50.000 palabras en un mes, y uno de los motivos para hacerlo, y no menor, ha sido entender mejor al público que tendré delante el 19 de noviembre, saber cómo se sienten / nos sentimos, a qué dificultades se enfrentan / nos enfrentamos. Ya. Lo sé. Padezco empatitis. Es posible que en mi epitafio ponga algo así como: "Murió por ponerse en el lugar de los muertos". 
Antes de que eso suceda, les espero ese día, sean o no sean wrimos (puede asistir cualquiera, igual que a las supercharlas de Alcolea, Lozano y Nesquens). Me encontrarán dando saltitos entre el estrado y el público.
¡Ey! Y no olviden que aún están a tiempo de inscribirse en el Nanowrimo de este año. Yo, desde que lo he hecho, ya he cambiado tres veces de opinión sobre qué novela empezar Y TERMINAR, ¡pero estoy teniendo más ideas que nunca! ¿Ven cómo no está tan mal eso de que le pongan a uno un pincho en el culo para ponerse manos a la obra?

En la imagen, de Alfred Eisenstaedt, la que viene siendo una pesadilla recurrente: llega el 19 de noviembre y la única persona que tengo ante mí es la misma que viene haciéndome harto caso desde que nací, ese público incondicional y atolondrado: mi madre, haciendo sus labores.

sábado, 25 de octubre de 2014

Saltar al ruedo

Ahí me tienen retratada, en la biblioteca Cubit, ayer mismo, viendo los toros desde la barrera. Había ido a la kick-off de Nanowrimo; dicho en cristiano, al arranque del programa internacional de escritura que consiste en escribir una novela de 50.000 palabras en un mes, el de noviembre. Bueno, eso es dicho en cristiano sin alma. Lo del Nanowrimo es un proyecto alucinante que ha ido ganando adeptos año tras año, como el running. En el Nanowrimo de este año ya van por 400.000 inscritos. Como dicen en su página:
Debido al tiempo limitado para escribir, lo ÚNICO que importa en NaNoWriMo es la producción. Es cantidad sobre calidad. Este enfoque suicida te obliga a bajar tus expectativas, tomar riesgos y a escribir sobre la marcha. No te engañes: vas a escribir mucha basura y eso es algo positivo. Al obligarte a escribir tan intensamente te permites cometer errores. Te permites olvidarte de hacer interminables ajustes y ediciones, y sólo crear. Te permites construir sin derribar.
La cara que pongo en la foto es la que se me quedó al oír eso. Jorge Gonzalvo en la presentación dijo algo así como que tenías que desactivar tu corrector interior. Y yo, que escribo, corrijo, corrijo, escribo, corrijo, corrijo, corrijo, pensé: "¡OLÉ!".
Jorge, que debía de estar viendo la carita que ponía, dijo al final, delante de todo el público, algo así como:
—¿Por qué no te animas a hacerlo, Begoña? Serías la única autora consagrada, al menos en España, que lo ha hecho.
Ante lo que yo dije "¡¡SÍ!!" y luego pensé:
1. ¿Es "consagrada" una forma de decir "vieja con algún premio"? ¡Jorge Gonzalvo, es usted más viejo que yo!
2. Por algo será que ningún autor "consagrado" lo ha hecho.
Pero las razones que se me ocurren para no hacerlo no terminan de apagar el brillo de la meta, esa novela ya escrita de 50.000 palabras, aunque brillar, brilla poco, porque está sin pulir. Es un montón enorme de basura, pero me juego mi largo cuello a que entre ese montón de basura, habría muchas cosas de valor.
Otra de las cosas que dijeron en la presentación es que Nanowrimo es una comunidad. Hay hasta un hombre en una base de la Antártida apuntado al Nanowrimo. Un hombre en la soledad más absoluta escribiendo para no sentirse solo; el mundo al revés, vaya. Pero es que Nanowrimo te une a gente tan loca como tú, y luego hay foros donde llorar juntos y darse palmaditas... Para mí que esto es un poco como el camino de Santiago o la maratón de Nueva York, algo en lo que te embarcas sabiendo que lo vas a pasar regular tirando a mal, algo en lo que no estás solo del todo, algo que necesariamente te pone en forma, algo que tira de ti y te hace mejor, algo en lo que solo está comprometido tu propio orgullo (nadie lee al final tu novela), pero que, si logras terminar, te da un subidón que vale por cien chutes de heroína.
Anden, bajen conmigo al ruedo. No estarán solos. Somos un montón de espontáneos dispuestos a lidiar a esos enormes toros de la pereza y la distracción. Apúntense. Que ya sé que están muy liados. Yo también. Tengo muchas otras cosas que escribir y con unos plazos terribles, y un hijo, y... Además, será la única forma de vernos durante el mes de noviembre. A partir del día 1, desaparezco de los bancos del parque, de las calles, del blog, de tuiter, del wasap ("desconectarse de internet" y "esconder el móvil" son los primeros consejos que te dan)... Se admiten jóvenes a partir de 13 años, jubilados, autores consagrados, sinsagrados, desangrados, personas humanas dispuestas a superarse... Cambien el running por la escritura. Aunque sea por un mes.
 #tuhistoriaimporta
(Eso de #tuhistoriaimporta es el lema de Nanowrimo. Aquí, en este blog, que ustedamos al personal, se diría #suhistoriadeustedimporta.)

Imagen de Henri Cartier-Bresson

jueves, 2 de octubre de 2014

Manual de instrucciones para tratar con escritores

1. Si cree que un escritor prefiere que no le hable de su libro, se equivoca. Mientras usted habla de trompetas amarillas, del Tribunal Constitucional, de Alberto Isla, de lo último de Kundera o del cambio de armario, una sola cosa ocupa la mente del escritor: "a ver cuándo me dice algo de mi libro".
2. Si cree que un escritor quiere que usted le hable de su libro, se equivoca también, y la prueba es que en cuanto usted intente iniciar una conversación con él sobre su obra, el autor, si, pongamos, está en Zaragoza, señalará hacia la otra acera y dirá: "¡Mira, un urbano multando a un ciclista!", o: "¿Qué es eso que han abierto ahí? ¿El Rincón? ¿Un Martín Martín? ¡Ah, no! Es otro Bakery". O cualquier cosa similar. No es que el autor no desee conocer su opinión (nada desea más); es que le aterra la perspectiva de escuchar lo que usted pueda decir y no decir (v. punto 3).
3. Si usted lograra iniciar una conversación sobre un libro con su autor —enhorabuena—, sepa que el escritor oirá tanto lo que dice como lo que no dice. Si, por ejemplo, usted afirma sobre su libro: "Me ha gustado", el escritor verá junto a esa frase el hueco refulgente, como iluminado con luces de neón, de la palabra no pronunciada "mucho".
4. Ante un silencio pertinaz como una sequía, el escritor tendrá la certeza absoluta de que usted ha leído su libro y lo ha considerado el peor de toda su carrera; no, el peor escrito en su lengua; no, el peor libro de la Historia... pero que no se lo dice por delicadeza.
5. No se moleste en mentir ni en exagerar un entusiasmo que no siente. El escritor lee la verdad en su cara como impresa en Arial 48. Puede que en otros aspectos se haya caído del nido, pero en esto, ¡ah, en esto! Al escritor le cuesta pillar una mentira piadosa sobre su libro lo mismo que a un halcón avistar una vaca de Milka paciendo en una pradera.    
5. Hay listillos que creen haber dado con la solución ideal: no leen el libro para así no tener que emitir un veredicto que pudiera ser negativo (eso, o mentir). No se engañen: los escritores conocen este truco. Es más, un escritor nunca achacará la no lectura de su libro a la falta de tiempo, la ruina caracolera, la narcolepsia, el robo del libro por parte de una banda de albanokosovares, el puro desinterés o la prioridad de la crianza, el running, el Minecraft o la vida social. Si usted dice no haber leído el libro, el autor dará por hecho que está usted escudándose en esa ignominiosa estrategia, indigna hasta para un avestruz.
Supongo que es innecesario rematar esta lista de instrucciones con un consejo que cae por su propio peso: si usted conoce a un escritor que acaba de publicar un libro, solo le queda una opción... ¡huya! (O lea el libro y luego, si le ha gustado de verdad porque CÓMO NO LE VA A GUSTAR, escríbale un mensaje como el que me escribió a mí Marta, o tuits como los de Víctor Juan o un post como el de Antonia, o el de Vicente. [Edito 7/11/2014: O los dos posts (uno y dos) de Pepe.)

En la imagen, de Inge Morath con máscaras de Saul Steinberg: un grupito de amigos que se me presentó de esta guisa a la cena que organicé después de haberles regalado a cada uno un ejemplar de ¡Buenas noches, Miami! En realidad, había invitado a veintinueve personas. No sé por qué, veintidós no aparecieron. Les mando wasaps pero no me responden. Sin embargo, he visto que han estado conectados recientemente. A mí no me engañan. Sé que evitan hablarme de mi libro.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Las cosas de Ana María Matute

Este post es solo un breve pasillo que lleva a las cosas de Ana María Matute. Lo escribo porque me daría pena que se las perdieran. No es que haya estado en su casa y se las haya birlado. Mucho mejor que eso: estuvieron mi vecino y su cámara, preparando un reportaje -este- que apareció en XL Semanal, haciendo fotos y escuchando a aquel "niño de los sabaditos" de la Matute. En el reportaje aparecen unas pocas fotos hechas en casa de la escritora pero, al final de este pasillo, les esperan seis más. Se hicieron al día siguiente, en otra localización.
Podría alargar este pasillo y comunicarlo con el de la casa de mi abuela, aquel por donde se enseñoreaba un gato, para hablar de esa retórica de la ausencia, de esa mirada cariñosa del fotógrafo que comunica las dos casas como una moqueta verde, pero mejor enrollo la alfombra. Al fin y al cabo, ya bastantes puertas a otras estancias les he abierto con tanto enlace cuando lo que deberíamos estar leyendo ahora son esos Demonios familiares.
Pasen, pasen. Por aquí.

En la imagen, de Fernando Sancho: La sirenita de Ana María Matute, uno de sus personajes favoritos, lo que dice mucho a favor de la tristeza, el silencio y las piernas.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Vilas y yo

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"Es directo, apasionado, fresco, muy bueno."
No se refería a un yogur de mango, ni a Andrés Velencoso, ni a Live at the Apollo. Se refería a ¡Buenas noches, Miami! Y lo decía Vilas, Manuel Vilas, en un correo electrónico que me mandaba a mitad de lectura.
Entonces respiré, cosa que a menudo olvido hacer.
Mira que le había mandado el libro en pdf para que tomara una decisión informada pero, antes de leerlo, Vilas ya me había dicho que sí, que lo presentaría encantado. Hacía unos meses, Vilas y yo habíamos acabado encerrados juntos en un baño de un bar de Bujaraloz, pero eso Vilas no lo sabía. Lo que recordaba, y por lo que me dijo que sí, es que yo, hacía unos cuantos siglos, había dado clase a su hijo. Además Vilas, así me lo dijo, era un gran admirador de mi tío. Pero yo estaba temblando. Porque quería que si presentaba mi libro fuera porque le gustaba el libro, no porque le gustara mi tío.
Menos mal que le gustó (mi libro). Le gustó más que a mi padre.
El otro día, en la presentación, dijo cosas muy bonitas. Dijo que yo era "una narradora brillante", que escribía "con la difícil sencillez de los buenos narradores". Dijo que transmitía alegría y que mi libro "daba alegría de vivir". Dijo que mi mirada era "muy luminosa, y muy humana". Y dijo, y no sonaba cínico, que en épocas de crisis estaba muy bien que alguien mirara la vida así.
Me hizo gracia que dijera esto.
El mes pasado hice un interesantísimo curso de enseñanza de ELE (español como lengua extranjera). Al final del curso, por grupos, teníamos que preparar una clase. En mi grupo ideamos una clase de presentación basada en un fragmento del poema Yo soy así, de mi Gloria Fuertes. Al final, les pedíamos a los alumnos que escribieran su propio Yo soy así. Nosotros, que íbamos de profes, no hicimos el ejercicio. Hoy lo puedo hacer y sale así:
Soy tímida, y no lo parece.
Me cuesta escribir, y no lo parece
(pero los escritores y los lectores avispados sí se dan cuenta).
Soy humana, y sí lo parece.
Soy triste, y no lo parece. (Y me alegro.)
Soy así...
pero no me dejan.
Y ustedes, ¿cómo son?

Gracias, Vilas, y gracias a los muchos que no dejasteis que estuviera sola ante el peligro. Gracias a quienes trajisteis cámaras de fotos, escayolas, ganas de reír, flores y carteras llenas dispuestas a vaciarse (hubo incluso una booktuber que compró el libro, y eso que es carísimo y finísimo y no es fantástico ni va a tener adaptación cinematográfica pero ¡ey! ¡dijo Vilas que su ritmo era trepidante!).
Fue muy bonito, fue luminoso. Fue alegre.

En la imagen: Vilas y yo, un divino y una humana, un oscuro y una luminosa, together, ni tristes ni alegres, solemnes, camino del éxito. O de la salida. Es que nos hacemos un lío con el inglés.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Miserias

Ayer, en la fiesta del premio RBA de novela negra, sobró queso y sushi. Ibérico, no. Cava, ginebra y mojitos, no sé, porque no me quedé hasta el final, y eso que estuve hasta casi las dos (a.m.).
En todo ese tiempo (la fiesta empezó a las ocho de la tarde) vi con estos dos ojitos que se achican a escritores tirar de lonchas de ibérico y, con la excusa de que estaban pegadas unas a otras, meterse 125 gramos de jamón de golpe en la boca.
Vi escritores modernos devorando jamón, editoras vestidas de bibliotecarias sexys, un president y un alcalde, un editor con copa y gafas, periodistas que son escritores, varios miembros del jurado elegantosos, un exministro, mejor dicho, filósofo que defiende la elegancia... y oí. Oí las cosas no siempre elegantes que nos contamos los escritores cuando nos juntamos en nuestras fiestas de escritores.
Hace poco leí ese relato de Benedetti en que se encuentran dos hombres en un bar y uno de ellos resulta ser escritor:
"Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir."
Recuerdo esto ahora porque, sí, la fiesta estuvo muy bien, pero faltaron señores cualesquiera. Faltaron hombres y mujeres que ante la afirmación: "Me dedico a escribir", dijeran "ah" y "oh" y "uh". Tomen nota, organizadores de saraos literarios. Tanto como el ibérico, los escritores necesitamos más señores y señoras cualesquiera ante los que crecernos, ante los que hablar incluso de libros.
El problema de una fiesta sin señores cualesquiera, el problema de una fiesta llena de flacos y hasta enflaquecidos escritores es que conocemos y hablamos de nuestras miserias, y que nos peleamos por el jamón.
 En la imagen, de Larry Fink, de espaldas, con escotazo, Itziar de Francisco, responsable de prensa de RBA en Madrid, contempla preocupada cómo empiezan a escasear las existencias de jamón. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi último libro y mi último ex

 
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Promocionar una novela es como hablar con entusiasmo de un ex; adolece de la mismita extemporaneidad. Los escritores en la sala me comprenderán. ¿A que esto de la promoción editorial está mal organizado?
El problema está en los tiempos. Uno acaba de escribir la novela o lo que sea que haya escrito y se muere de ganas de contarlo al mundo, como al comienzo de un enamoramiento. Podría estar horas, días, semanas enteras hablando de su obra, de esa obra. Pero en ese momento, uno tiene que callar y esperar.
Supongo que pasará algo parecido con las películas, los discos... Con los libros lo normal es que, para cuando la obra, con suerte, se publique, después de meses e incluso años de espera a ser leída, aceptada, encajonada en un programa editorial siempre lleno y finalmente publicada, para entonces, digo, el escritor ya está a otra cosa, mariposa, y lo que le late es otro libro, el que tiene entre manos. Pero toca hablar de aquella obra que ya es como un ex, algo que formó parte de tu vida pero que ya no la ocupa como antes. Y lo normal con los ex, es encontrar cierto solaz en hablar de ellos, sí, pero en hablar mal. No siempre es fácil hablar bien de un ex. Los separados en la sala me comprenderán.
Pero yo tengo mucha suerte con mi vecino, que es mi último ex, y con mi último libro, ¡Buenas noches, Miami! De ninguno de los dos me cuesta hablar bien. Al contrario. Además, libro y ex tienen mucho que ver. Mi ex, que es fotógrafo, va a menudo a Miami y la fotografía de cubierta de ¡Buenas noches, Miami!, ese mágico skyline de la ciudad, la hizo y cedió generosamente él. Me hizo una ilusión tremenda que en RBA les pareciera apropiada y que hayamos acabado publicando algo juntos después de tantos proyectos virtuales conjuntos, que si la Venta El Maestro , que si whoooosh, que si Un cordial saludo. Pero no es solo la cubierta. El libro entero está dedicado a él: “¡A Fernando Sancho!”. Qué menos. Cuando gané el premio Eurostars con el libro, Picos Laguna publicó una columna preciosa en el Heraldo en la que decía entre otras cosas:
“Vivir de lo que uno quiere es complicado y muchos se quedan en el camino o ni siquiera lo intentan por falta de aliento, de apoyos; de quienes apuesten por su vocación y le acompañen en su personalidad”. 
Qué razón tiene Picos, qué necesario es ese acompañamiento. Si alguien me ha acompañado en esto, si alguien ha hecho que me creyera de verdad que puedo ser escritora, si alguien ha soportado e incluso alentado el engreimiento inherente a quien debe considerarse digno de ser leído, ese es mi vecino, mi último ex. Y ha sido muy generoso al hacerlo, porque él también sabe demasiado bien lo complicado que es vivir de lo que uno quiere, aun estando sobrado de talento. En fin, podría decir muchas cosas buenas de mi vecino. Pero no teman. No les daré más el tostón con mi último ex.
No puedo prometerles lo mismo sobre mi último libro.
Quedan 10 días para que llegue a las librerías.

viernes, 1 de agosto de 2014

La entrevista (Camino a Movistar)

Fui lectora antes que editora, editora antes que escritora... He comenzado una cadena trófica inversa; en vez de comer al siguiente de la cadena, devuelvo al anterior, lo restauro. Intento ejercer la profesión de la que fui víctima. Redimo así mis pecados y procuro hacerlo mejor toda vez que he sufrido en mis carnes las incomprensiones del estadio anterior. Si todos hiciéramos algo así, quizá pelearíamos menos. Lo malo es que todos acabaríamos siendo teleoperadores.
Antes de llegar a ser teleoperadora, yo aún tengo varios estadios intermedios que aún puedo ocupar. Posiblemente lo siguiente en esta cadena sea ejercer de periodista, de entrevistadora en particular. Como escritora, he sufrido varias entrevistas, aunque debo reconocer que la mayoría de las tonterías que constan en ellas son exclusivamente achacables a mí. Pero cuanto más te entrevistan, más consciente eres de que quien tiene el mando no eres tú. Quien hace buena, o mala, una entrevista no es tanto el entrevistado como el entrevistador.
Hace poco me han hecho una entrevista que me ha gustado mucho. La entrevista, que apareció en el suplemento cultural del diario Información de Alicante y que pueden leer aquí, no está exenta de mis tonterías, pero me gusta porque es como si el entrevistador, Óscar Mora, confiara más que yo misma en que tuviera algo interesante que decir, y ese es un gran punto de partida. Intentaré recordarlo cuando deje de ser escritora para pasar a ser entrevistadora en este camino de expiación con destino a Movistar. Esperen mi llamada. La recibirán cuando más la deseen, nunca a la hora de la siesta. Les regalaré megas, compañía y esperanza. No les pediré el número de cuenta, no grabaré la llamada, les pondré música bonita, nos reiremos.

En la imagen: Óscar Mora y yo misma, en plena entrevista.

sábado, 26 de julio de 2014

Lujo y glamour

Circula por ahí un vídeo que no pienso enlazar pero que ha sido la risa de alguna que otra persona. En él salgo yo diciendo tonterías varias a propósito de mi último premio y remato contando lo mucho que me gustan los hoteles cinco estrellas Gran Lujo, y eso, en estos tiempos de conlaquestácayendismo, queda fatal. Pero, miren, ese es el personaje que he escogido. Soy @granduquesa en tuiter. Grabo vídeos en casas bonitas. Prefiero que me vean glamurosa que zarrapastrosa. "Ética y estética son lo mismo", dijo Wittgenstein.
Hace ya unos días me mandaba mi amiga Marta esta maravillosa cita extraída de aquí:
"Dice Peter Sloterdijk, en Normas para el parque humano, que la palabra glamour viene en realidad de grammar, es decir, que antes, el glamouroso era el que hablaba bien, el que conocía bien la gramática y el lenguaje, aunque para muchos, haya derivado justamente en lo contrario." 
Mi glamourfilia tiene que ver con eso, con mi inquebrantable fe en que es posible un mundo más bello y también con otra cosa. Defiendo la literatura, el arte. Podría defenderlo como algo tan necesario, tan básico como el pan, los garbanzos o la vitamina C. Es una opción. La otra es defender el arte como un lujo y defender la necesidad universal de ese lujo. Un lujo que lo es no porque no esté al alcance de todos, que debería estar, sino porque es inútil, maravillosamente innecesario.
¿La necesidad de lo innecesario?... Vaya, no me hagan mucho caso; igual es que me ha dado mucho sol en la cabeza. O que necesitaba un poco de glamour para compensar la franqueza fisiológica de la entrada anterior.

Imagen de Lillian Bassman, visitable (solo si se dan prisa) dentro de Photoespaña2014 en Madrid, en el Loewe de Serrano.

jueves, 24 de julio de 2014

Me senté y lloré

[Rescato aquí una columna perdida que se publicó en la desaparecida revista El Tiramilla, una columna que trata de escritura, montaña y ataques de ansiedad. Es, en fin, una aventurilla que me sucedió nada más terminar de escribir Croquetas y wasaps. Y no me enrollo más, que estoy escribiendo. Ya perdonarán lo abandonadillo que tengo el blog.]

Hay gente que tiende a engordar. Yo tiendo a las metáforas. Aunque me digo que eso es lo mismo que tender a la poesía, la realidad es otra, me temo. Lo que sucede es que no soy capaz de contar la realidad tal cual, y lo intento hacer, lo intento hacer desesperadamente, a través de otras realidades.
Cuando digo que tiendo a las metáforas, no me refiero solo a mi escritura. No es solo que “escriba” metáforas, es que me “suceden”. Les contaré la última.
¡¡¡¡¡He acabado una novela!!!!! Así, entre infinitos signos de exclamación. Pero esa no es la metáfora. La metáfora vital me sucedió al día siguiente de poner el punto final a la novela.
Llevaba días encerrada escribiendo. En Benasque. Es un crimen encerrarse en un lugar como Benasque, un valle en los Pirineos que pide a gritos roces de espinos, chapoteos en los ríos, sol en la piel y ampollas en los pies. Así que, al día siguiente de acabar la novela, decidí darme el paseo que me había negado durante todo ese tiempo. ¿Saben ese día de agosto, en plena ola de calor, ese en que anunciaron las máximas temperaturas, ese día en que incluso en los Pirineos el termómetro superó los 38ºC? Pues ese día fue. A partir de aquí, pueden leer una batallita de montañera –un auténtico manual de lo que no hay que hacer, dicho sea de paso– o el proceso de escritura de un libro, como gusten.
La cosa empezó regular, porque no encontraba mis botas de montaña, esas que tengo tan bien entrenadas. Pero como iba a ser una excursión no muy larga pensé que no pasaría nada por llevar las zapatillas deportivas de mi hermana, que solo me iban medio pie más pequeñas. Como sé que son muy inteligentes, no me molestaré en desvelarles el correlato real de cada elemento de la metáfora, pero este sí, porque no tienen por qué saberlo. Me fui de excursión con las zapatillas de mi hermana igual que decidí escribir mi novela con una voz que no era mía ni la de un cómodo narrador, como en Pomelo y limón, sino la del personaje protagonista. Está escrita en primera persona, vaya. Y no es una autobiografía.
Quería ir al valle de Estós. Lo tenía claro. A la excursión me acompañaban mi vecino, una rama gruesa a modo de bastón, un botellín de agua y unas nueces, porque, total, seguramente volveríamos a la hora de comer y tampoco íbamos a afrontar grandes pendientes como para necesitar bastones. Empezamos a andar por el valle. Oh, qué bonito el camino. No es nada empinado. Los árboles nos dan sombra. El bosque está precioso. ¿Por qué no seguir? Sí, mira, ya puestos, vamos hasta el refugio de Estós, ese refugio donde la gente sensata hace noche para luego seguir al día siguiente de excursión.
Al llegar al refugio, bajo un sol de justicia, rellenamos la botella con agua de la fuente, paramos un rato y seguimos. Teníamos previsto volver dando un pequeño rodeo para pasar por el ibón de Batisielles, un lago precioso, y allá que fuimos. Pero, oh, qué extraño, llevamos dos horas caminando y aún no hemos llegado, y los árboles han quedado atrás y hay que adivinar la casi invisible senda que no hace más que ascender y ascender y que nos arroja a un desamparado paisaje de alta montaña. Es agosto y el valle está lleno de excursionistas, pero nadie, ni una sola persona, ha tomado este camino. Por algo será, me digo. Mis zapatillas, que cada vez se revelan más inapropiadas, resbalan en la gravera. La pendiente es cada vez más empinada. Hago como que no estoy cansada. En realidad no lo estoy; estoy exhausta. Y seguimos subiendo dos horas más. Está claro. No estamos camino del ibón. Estamos subiendo el Posets, el segundo pico más alto de los Pirineos. Seguramente estamos ya a tres mil metros y yo, que llevo meses apoltronada, no puedo más. Esta excursión es demasiado grande para mí y estas zapatillas son demasiado pequeñas. Me quito la zapatilla derecha y me muerdo la uña del pie que me estaba clavando en el dedo contiguo. Demasiado tarde. Ya está sangrando. No puedo más. Temo no tener fuerzas para volver. “Necesito sentir que he llegado a alguna parte”, le digo a mi vecino, y, vencida, me dejó caer sobre una roca. Él, que está más fuerte que yo, se adelanta y sigue subiendo para valorar cuánto nos faltaría para alcanzar la cima una vez que llegáramos a la cresta. Lo pierdo de vista.
Y me quedo sola, sin vecino, ni nueces, ni agua, ni el móvil que nunca llegué a llevar. Sola con mi rama y mis zapatillas pequeñas. Estoy en pleno glaciar. Miro alrededor y pienso que podría estar en el año 1.750, en el 2.304 o en el 25.000 a. C. y todo lo que me rodea –los montes, las nubes y nada más, porque no hay absolutamente nada más a mi alrededor–, todo estaría exactamente igual. Me ha dado mucho el sol. Debería beber pero no tengo agua. No tengo nada. Por un momento me arrepiento de haber comenzado esta excursión. Desde el refugio, hace ya cuatro horas, no hemos visto a una sola persona y me pregunto si volveré a ver a alguien alguna vez. Me siento una astronauta flotando en el universo. En ese momento recuerdo un dibujo que hice a los quince años. Lo pinté con tippex blanco sobre una carpeta azul marino. Era un universo lleno de estrellas con un astronauta suspendido en aquella oscuridad azul marino. Lo titulé Soledad cósmica.
En mi lista de “pendientes de leer” hay un libro con un título fascinante: En Grand Central Station me senté y lloré. Desde que lo leí, di por hecho que no habría imagen mejor de la soledad que aquella, la de una mujer llorando en medio de la estación principal de Nueva York, uno de los lugares más concurridos del planeta. Sin embargo, ahora que estoy en ese lugar salvaje, sola como un astronauta a la deriva, sola de verdad, cambio de opinión. Además me he dado cuenta de algo que me resulta insoportable, y es lo siguiente. Cuando tengo insomnio y estoy a punto de sufrir un ataque de ansiedad, lo único que me alivia es abrir la ventana, mirar las estrellas si las hay y sentir el fresco de la noche. En casos desesperados incluso necesito salir al exterior. Pero cuando pienso en la posibilidad de pasar la noche ahí fuera, bajo las estrellas, al fresco de la noche, me doy cuenta de que si oscurece no habrá consuelo posible para mí. Cuando tu único consuelo se ha convertido en la fuente de tu miedo, solo te queda una cosa por hacer, llorar. Y eso es lo que hago: En medio del Posets me senté y lloré.
(Si no entienden muy bien estos párrafos de la soledad cósmica, el insomnio, la ansiedad y el miedo, no se preocupen; mejor así. Si lo entienden, uf, les mando un abrazo de corazón.)
Pero mi vecino regresó, y me dio un abrazo y me dijo “volvemos”, y aún quedaba un hilillo de agua en la botella, y, aunque en la bajada lo de llevar unas zapatillas que no eran de mi pie se reveló una idea peor aún de lo que ya parecía, conseguí afrontar el camino de vuelta. Y cuando, pasado el refugio, ya de vuelta al bosque, vi filtrarse entre las ramas la luz del atardecer, esa que no habría visto de haber acabado la excursión seis horas antes, tal como había previsto, cuando vi esa luz prodigiosa que bañaba el camino y lo hacía distinto –mucho más bello, mucho más cargado de sentido, mucho mejor–, esa luz que sale en las fotos de los libros de religión porque es tan bella que Dios podría ser eso, esa luz, supe que no me había perdido. El propio camino me había conducido a ese lugar más alto, me había enfrentado a lo más profundo de mi miedo y había sacado las fuerzas para volver de ahí, y estaba bien. No había llegado a la cima del Posets, y eso también estaba bien, porque así podría seguir intentándolo.
Esa misma noche aún me sucedió otra metáfora más y fue que, no sé si por el agua no tratada que bebí, a las dos de la madrugada empecé a descomponerme (“descomposición” no solo es más fino que otros sustantivos sino también, en su amplitud, más exacto). Pasé casi toda la noche en el baño volviéndome del revés como un calcetín, reseteando todo mi aparato digestivo de todas las formas posibles. Una violenta arcada me desencajó la mandíbula y durante un buen rato no pude cerrar la boca. En fin, no ahondaré en más detalles. Baste decir que perdí cuatro kilos y que en todo el día siguiente solo tomé suero. Me había vaciado por completo. Como en mi novela.
Aún me queda un kilo por recuperar y todavía tengo las uñas de los dedos gordos de los pies moradas. No me las quiero pintar porque me recuerdan a diario que… ¡¡¡¡¡he sobrevivido a mi novela!!!!!

En la imagen, de Hal Morey: gente sola y Dios en Grand Central Station allá por 1929.  

P.D: Escojan bien su calzado. De esto hace ya dos veranos, pero recuerdo que aquellas uñas moradas de los dedos gordos acabaron cayéndose enteritas, con ayuda de un podólogo. Un año entero tardé en recuperarlas. Cuídense.