Hay gente que tiende a engordar. Yo tiendo a las metáforas. Aunque me digo que eso es lo mismo que tender a la poesía, la realidad es otra, me temo. Lo que sucede es que no soy capaz de contar la realidad tal cual, y lo intento hacer, lo intento hacer desesperadamente, a través de otras realidades.
Cuando
digo que tiendo a las metáforas, no me refiero solo a mi escritura. No
es solo que “escriba” metáforas, es que me “suceden”. Les contaré la
última.
¡¡¡¡¡He acabado una
novela!!!!! Así, entre infinitos signos de exclamación. Pero esa no es
la metáfora. La metáfora vital me sucedió al día siguiente de poner el
punto final a la novela.
Llevaba
días encerrada escribiendo. En Benasque. Es un crimen encerrarse en un
lugar como Benasque, un valle en los Pirineos que pide a gritos roces de
espinos, chapoteos en los ríos, sol en la piel y ampollas en los pies.
Así que, al día siguiente de acabar la novela, decidí darme el paseo que
me había negado durante todo ese tiempo. ¿Saben ese día de agosto, en
plena ola de calor, ese en que anunciaron las máximas temperaturas, ese
día en que incluso en los Pirineos el termómetro superó los 38ºC? Pues
ese día fue. A partir de aquí, pueden leer una batallita de montañera
–un auténtico manual de lo que no hay que hacer, dicho sea de paso– o el
proceso de escritura de un libro, como gusten.
La
cosa empezó regular, porque no encontraba mis botas de montaña, esas
que tengo tan bien entrenadas. Pero como iba a ser una excursión no muy
larga pensé que no pasaría nada por llevar las zapatillas deportivas de
mi hermana, que solo me iban medio pie más pequeñas. Como sé que son muy
inteligentes, no me molestaré en desvelarles el correlato real de cada
elemento de la metáfora, pero este sí, porque no tienen por qué saberlo.
Me fui de excursión con las zapatillas de mi hermana igual que decidí
escribir mi novela con una voz que no era mía ni la de un cómodo
narrador, como en Pomelo y limón, sino la del personaje protagonista. Está escrita en primera persona, vaya. Y no es una autobiografía.
Quería
ir al valle de Estós. Lo tenía claro. A la excursión me acompañaban mi
vecino, una rama gruesa a modo de bastón, un botellín de agua y unas
nueces, porque, total, seguramente volveríamos a la hora de comer y
tampoco íbamos a afrontar grandes pendientes como para necesitar
bastones. Empezamos a andar por el valle. Oh, qué bonito el camino. No
es nada empinado. Los árboles nos dan sombra. El bosque está precioso.
¿Por qué no seguir? Sí, mira, ya puestos, vamos hasta el refugio de
Estós, ese refugio donde la gente sensata hace noche para luego seguir
al día siguiente de excursión.
Al
llegar al refugio, bajo un sol de justicia, rellenamos la botella con
agua de la fuente, paramos un rato y seguimos. Teníamos previsto volver
dando un pequeño rodeo para pasar por el ibón de Batisielles, un lago
precioso, y allá que fuimos. Pero, oh, qué extraño, llevamos dos horas
caminando y aún no hemos llegado, y los árboles han quedado atrás y hay
que adivinar la casi invisible senda que no hace más que ascender y
ascender y que nos arroja a un desamparado paisaje de alta montaña. Es
agosto y el valle está lleno de excursionistas, pero nadie, ni una sola
persona, ha tomado este camino. Por algo será, me digo. Mis zapatillas,
que cada vez se revelan más inapropiadas, resbalan en la gravera. La
pendiente es cada vez más empinada. Hago como que no estoy cansada. En
realidad no lo estoy; estoy exhausta. Y seguimos subiendo dos horas más.
Está claro. No estamos camino del ibón. Estamos subiendo el Posets, el
segundo pico más alto de los Pirineos. Seguramente estamos ya a tres mil
metros y yo, que llevo meses apoltronada, no puedo más. Esta excursión
es demasiado grande para mí y estas zapatillas son demasiado pequeñas.
Me quito la zapatilla derecha y me muerdo la uña del pie que me estaba
clavando en el dedo contiguo. Demasiado tarde. Ya está sangrando. No
puedo más. Temo no tener fuerzas para volver. “Necesito sentir que he
llegado a alguna parte”, le digo a mi vecino, y, vencida, me dejó caer
sobre una roca. Él, que está más fuerte que yo, se adelanta y sigue
subiendo para valorar cuánto nos faltaría para alcanzar la cima una vez
que llegáramos a la cresta. Lo pierdo de vista.
Y
me quedo sola, sin vecino, ni nueces, ni agua, ni el móvil que nunca
llegué a llevar. Sola con mi rama y mis zapatillas pequeñas. Estoy en
pleno glaciar. Miro alrededor y pienso que podría estar en el año 1.750,
en el 2.304 o en el 25.000 a. C. y todo lo que me rodea –los montes,
las nubes y nada más, porque no hay absolutamente nada más a mi
alrededor–, todo estaría exactamente igual. Me ha dado mucho el sol.
Debería beber pero no tengo agua. No tengo nada. Por un momento me
arrepiento de haber comenzado esta excursión. Desde el refugio, hace ya
cuatro horas, no hemos visto a una sola persona y me pregunto si volveré
a ver a alguien alguna vez. Me siento una astronauta flotando en el
universo. En ese momento recuerdo un dibujo que hice a los quince años.
Lo pinté con tippex blanco sobre una carpeta azul marino. Era
un universo lleno de estrellas con un astronauta suspendido en aquella
oscuridad azul marino. Lo titulé Soledad cósmica.
En mi lista de “pendientes de leer” hay un libro con un título fascinante: En Grand Central Station me senté y lloré.
Desde que lo leí, di por hecho que no habría imagen mejor de la soledad
que aquella, la de una mujer llorando en medio de la estación principal
de Nueva York, uno de los lugares más concurridos del planeta. Sin
embargo, ahora que estoy en ese lugar salvaje, sola como un astronauta a
la deriva, sola de verdad, cambio de opinión. Además me he dado cuenta
de algo que me resulta insoportable, y es lo siguiente. Cuando tengo
insomnio y estoy a punto de sufrir un ataque de ansiedad, lo único que
me alivia es abrir la ventana, mirar las estrellas si las hay y sentir
el fresco de la noche. En casos desesperados incluso necesito salir al
exterior. Pero cuando pienso en la posibilidad de pasar la noche ahí
fuera, bajo las estrellas, al fresco de la noche, me doy cuenta de que
si oscurece no habrá consuelo posible para mí. Cuando tu único consuelo
se ha convertido en la fuente de tu miedo, solo te queda una cosa por
hacer, llorar. Y eso es lo que hago: En medio del Posets me senté y lloré.
(Si
no entienden muy bien estos párrafos de la soledad cósmica, el
insomnio, la ansiedad y el miedo, no se preocupen; mejor así. Si lo
entienden, uf, les mando un abrazo de corazón.)
Pero
mi vecino regresó, y me dio un abrazo y me dijo “volvemos”, y aún
quedaba un hilillo de agua en la botella, y, aunque en la bajada lo de
llevar unas zapatillas que no eran de mi pie se reveló una idea peor aún
de lo que ya parecía, conseguí afrontar el camino de vuelta. Y cuando,
pasado el refugio, ya de vuelta al bosque, vi filtrarse entre las ramas
la luz del atardecer, esa que no habría visto de haber acabado la
excursión seis horas antes, tal como había previsto, cuando vi esa luz
prodigiosa que bañaba el camino y lo hacía distinto –mucho más bello,
mucho más cargado de sentido, mucho mejor–, esa luz que sale en las
fotos de los libros de religión porque es tan bella que Dios podría ser
eso, esa luz, supe que no me había perdido. El propio camino me había
conducido a ese lugar más alto, me había enfrentado a lo más profundo de
mi miedo y había sacado las fuerzas para volver de ahí, y estaba bien.
No había llegado a la cima del Posets, y eso también estaba bien, porque
así podría seguir intentándolo.
Esa
misma noche aún me sucedió otra metáfora más y fue que, no sé si por el
agua no tratada que bebí, a las dos de la madrugada empecé a
descomponerme (“descomposición” no solo es más fino que otros
sustantivos sino también, en su amplitud, más exacto). Pasé casi toda la
noche en el baño volviéndome del revés como un calcetín, reseteando
todo mi aparato digestivo de todas las formas posibles. Una violenta
arcada me desencajó la mandíbula y durante un buen rato no pude cerrar
la boca. En fin, no ahondaré en más detalles. Baste decir que perdí
cuatro kilos y que en todo el día siguiente solo tomé suero. Me había
vaciado por completo. Como en mi novela.
Aún
me queda un kilo por recuperar y todavía tengo las uñas de los dedos
gordos de los pies moradas. No me las quiero pintar porque me recuerdan a
diario que… ¡¡¡¡¡he sobrevivido a mi novela!!!!!
En la imagen, de Hal Morey: gente sola y Dios en Grand Central Station allá por 1929.
P.D: Escojan bien su calzado. De esto hace ya dos veranos, pero recuerdo que aquellas uñas moradas de los dedos gordos acabaron cayéndose enteritas, con ayuda de un podólogo. Un año entero tardé en recuperarlas. Cuídense.
1 comentario:
Jajajajajaja. Por Diorrrrr, mi imaginación se ha disparado.
¡Qué bueno! Enhorabuena, me encanta tu forma de escribir.
Saludos!
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