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jueves, 27 de abril de 2017

Así es la vida (soviética)

Entro en clase de mi hijo para hablar con su profesor. Jolgorio infantil. Mr. F. no está pero sí está A., la profesora de apoyo, que enseguida me saluda ("Hi, Piconia") y aprovecha para preguntarme, en inglés, claro, cómo se dice "soviet" en español. Es para ponerlo en la pared, me explica.
Yo recorro entonces una circunvalación mental de las mías: "Vaya, "soviet". Bueno, que el trimestre pasado hicieron un proyecto sobre la Segunda Guerra Mundial. Y como son tan modernos... ¿Será que van a hacerlo ahora sobre la Revolución Rusa? Claro, como se cumple ahora el aniversario. Pero entonces, si me pregunta por los sóviets la traducción sería "sóviet", que es igual que en inglés, como que será una palabra rusa. Bueno, voy a decirle "soviético" como en "Unión Soviética", que ellos dicen "Soviet Union", que vean así que el español es una lengua sofisticada, y encima "soviético" es una palabra esdrújula, con lo que me gustan a mí. Ale, soviético."
No se extrañen. Soy la reina de la sobreinterpretación. Cuando mi padre recibió el Premio Nacional de Química en el Palacio Real, la entonces reina Sofía miró a mi entonces marido, que iba, claro, en  silla de ruedas, y me preguntó: "¿Físico?". Yo pensé entonces: "Ajá, me lo ha preguntado a mí y no a él directamente porque lo que quiere saber, tan profesional ella, es si mi marido es un discapacitado físico o psíquico para dirigirse a él convenientemente", y le dije: "Sí, sí, físico, físico". A partir de ahí, la entonces reina se puso hablar con mi entonces marido, que tenía de físico lo que yo de fontanera, como si fuera el mismísimo Albert Einstein. Y es que en mi circunvalación mental se me olvidó tener en cuenta que ese día, además del Premio Nacional de Química, se entregaba también el de Física y la sala estaba llena de físicos, químicos o familiares. Yo los dejé hablando de física medioambiental y me sumé al corrillo en el que otro miembro de mi familia decía al entonces rey Don Juan Carlos que estaba más guapo al natural que en las fotos. No sé por qué no hemos vuelto a palacio.
En fin, vuelvo a la clase de mi hijo. Tras mi profunda reflexión rusa, resumo mi desbarre mental en un:
–Soviético. "Soviet" se dice "soviético".
–Aaah. Espera que me lo apunte –me dice A. Y de camino hacia la mesa me cuenta–: Es que ya lo tenemos en varios idiomas y haremos un mural. Pondremos C'est la vie...
Y yo:
–¿C'est la vie? 
–C'est la vie es en francés. Como that's life.
Y yo:
–Pero lo que me has preguntado...
Y ella, ya en la mesa, escribe en un papel lo que yo había entendido como "soviet":
–So be it –Y me explica–: Como para aceptar que así son las cosas. That's life. C'est la vie...
"Soviético".

Me he echado a reír a carcajadas y le he escrito en su papel "Así es la vida", pero cuanto más lo pienso, más me apena no haber seguido en mis trece para ver cada mañana, en la próximas semanas, un mural que dijera:
That's life      C'est la vie    So ist das leben     Soviético


En la imagen, de Alexander Rodchenko, pone claramente "Así es la vida" en ruso.

lunes, 4 de mayo de 2015

Carta de Mamá Enfurecida

Odiada Mafalda:
Soy una madre, una de tantas. Da igual cómo me llame. Sé que hablo en nombre de muchas madres y padres cuando digo: basta ya, Mafalda.
Basta ya de poner en apuros a tus padres. Todo el día con las preguntitas, con las peligrosas preguntitas. ¿Qué es eso de preguntar a tu padre qué es la filosofía, o “el derecho de autodeterminación de los pueblos” o preguntar a tu madre para qué estamos todos en este mundo o por qué hay gente pobre? ¿No te da vergüenza?
Por no hablar de lo que la machacas a la pobre, que bastante tiene con lo que tiene —un intenso trabajo doméstico— y con lo que no tiene —estudios y un trabajo—, como para que encima, cuando la veas planchando, limpiando, fregando… vayas y le sueltes: “Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?” o “Mamá, la capacidad para triunfar o fracasar en la vida… ¿es hereditaria?”.
Contenta estarás, que, desde que empezaste a decir esas cosas, los hombres han invadido las cocinas y las mujeres hemos invadido la universidad y el mundo laboral. Hablando de mujeres trabajadoras, ya me gustaría ver a Supernanny contigo. Conductistas a Mafalda. ¡Ja!
Enfurecidamente,
Mamá Enfurecida

[Ayer fue el Día de la Madre. Ayer Eva Orúe publicó un artículo sobre madres en la literatura encabezado con esta misma viñeta de Mafalda. Me acordé entonces de que no había publicado aquí esta carta que forma parte de la correspondencia hater secreta que destapé para el Heraldo Escolar. Aquí queda. Yo, si viviera, querría ser escritora.] 

martes, 24 de marzo de 2015

La medida del dolor

Hay días en que el dolor se hace visible y hasta oficial. En días así, una no deja de preguntarse por qué ese dolor sí y otros no. Para lo primero suele encontrar respuestas; para lo segundo, no tantas.
Lo cierto es que hay dolores y dolores. Dolores que cobran una dimensión pública -banderas a media asta, crespones, suspensión de programas y actos- y dolores que solo se lloran en privado, o en secreto.
A raíz de cierta herida, decía Clara, la protagonista de mis Croquetas y wasaps (104 formas de engañarse en México):
...era como comparar una herida mortal con una raspadura que no merece ni una tirita. Pero prueba a estar dentro de un dolor, prueba a quitar importancia a un dolor cuando estás dentro de él. Prueba a medir el sufrimiento. ¿En qué unidad de medida? ¿En número de punzadas? ¿En litros de lágrimas? (...) No hay lugar más alejado del Museo de Pesas y Medidas de París que el interior de un dolor.
Sin embargo, lo hacemos. Competimos hasta en eso. Sopesamos las penas. Lo hizo de otra forma -midió el peso-, Gianni Rodari, al que dedico la sección de mañana del Heraldo escolar. Dice Rodari en Inventando números:
-¿Cuánto pesa una lágrima?
-Depende: la lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, y la de un niño hambriento pesa más que toda la tierra.  
Al final, me temo, las lágrimas que más pesan a cada uno son las que nos salen de los mismísimos y propios lacrimales. El "me duele más a ti que a mí" que acompañaba al guantazo siempre fue un cuento. Y por eso el dolor de los hijos nos deja así, inermes, descolocados. Porque en el fondo sabemos que, por más que quisiéramos que fuera de otra manera, su dolor a quien más les duele es a ellos. Como a nosotros el nuestro.

Imagen de Don McCullin.

jueves, 5 de marzo de 2015

Tengo trabajo

Cuando mi hijo empezó a hablar, lo hacía exclusivamente en segunda persona.
"Tienes sueño", decía para decir: "tengo sueño". "Tienes hambre", decía cuando quería decir: "tengo hambre". "Te has caído", informaba, en vez de: "me he caído".
Pronto comprendí que a la pobre criatura, centro del universo familiar, le faltaban modelos de uso de la primera persona. Ahórrense los presagios sobre mi pequeño Kim Jong-un. Lo sé. El caso es que, suspendida la vida propia por una vivencia de la maternidad tan volcada como abrumada, a mi hijo no le hablaba de mí. Tampoco los demás pronunciaban el "yo".
Había una única frase que mi hijo conjugaba en primera persona. Al parecer, era la única que me oía decir. Me recuerdo diciéndola una y otra vez con desesperación a aquel bebé que solo quería jugar, y esa frase, la única frase que mi hijo me oía decir en primera persona, la única que él decía en primera persona, cuando jugaba a sentarse ante un ordenador imaginario, era:
"Tengo trabajo."
Esta, que es una historia real, es también una historia de terror. Posiblemente, la más terrorífica de nuestros tiempos. Bueno, la segunda más terrorífica. La primera es una que empieza exactamente igual pero que acaba con otra frase, una frase que repiten con desesperación muchas madres, una frase que no pueden dejar de pronunciar porque ocupa tanto espacio mental que impide disfrutar de la vida, y más de un bebé, que es una vida anexa concentrada en unos pocos gramos, y esa frase es:
"No tengo trabajo."
El domingo, en fin, es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
¿Felicidades?

La imagen del más-difícil-todavía desgraciadamente no sé de quién es, ni quién la hizo. La saqué de aquí.

martes, 9 de diciembre de 2014

La Oro y su historial preamoroso (Croquetas en México)

Hay niños que se acercan al amor con la prudencia, la reverencia y el miedo con que se acerca uno a un misterio. Y va el mundo y se les ríe a la cara.
Ahí están todos esos adultos que preguntan al niño con media sonrisa: "¿Y qué? ¿Ya tienes novia?", y el niño detecta que hay algo en eso de estar enamorado que es motivo de burla, y reproduce ese comportamiento y se pitorrea del compañero que canta Desde cuándo te estaré esperando a su enamorada en el patio del recreo. Quizá sea porque esto del amor es tan tan tanto que hay que rebajarlo un poco para soportarlo.
La primera vez que en mi familia se rieron de mí por una historia (falsa) de noviecitos fue cuando A. empezó a escribirme. A. era mexicano. Sus padres habían venido a España por algo de trabajo relacionado con mi padre, y pasamos unos días con ellos, con A. y con J., su hermano. Recuerdo que éramos niños y que fuimos juntos al parque de atracciones y nos montamos en el Amor Exprés. Recuerdo que en el coche, A. me contó la que sin duda era la mayor aventura de su corta vida entonces, que era que le habían operado de apendicitis y me quiso enseñar la cicatriz y yo, que era boba, pudorosa y no tenía ni idea de dónde estaba ese apéndice, pensé mientras él se desabrochaba la cinturilla: "ay, madre, ¿hasta dónde se va a bajar este niño los pantalones?". Luego nos escribimos, y cada vez que recibía carta de A., mi hermana, que es más mala que arrancada, revoloteaba a mi alrededor cantando la canción de Candy Candy, que era una serie de anime (entonces decíamos que era de dibujos animados) con una prota casi tan cursi como yo que estaba enamorada de un A. (y sí, quizá esté dando ya demasiadas pistas). En fin, que ese fue mi primer novio que no fue novio mexicano.
Años más tarde, la primera persona a la que quise con la intensidad de querer que fuera también la última (¡ay!), se fue a vivir a México, a la colonia Cuauhtémoc, recuerdo, y el buzón de casa de mis padres volvió a llenarse de cartas con los bordes rojos, blancos y azules (sí, queridos niños, antes nos escribíamos a mano, perfumábamos las cartas y las metíamos en sobres como este, aunque algunos de los que llegaban de México, no sé si por mexicanidad, tenían los bordes verdes, blancos y rojos). En fin, que volví a correr al buzón para ser yo quien recogiera la correspondencia mexicana y ahorrarme las risitas de mi familia. (¡Ah!, pero el escarnio es un disfraz de la envidia.) A falta de mi enamorado, yo rastreaba cualquier referencia a México, porque era una referencia a él. Se me activó entonces un radar por todo lo mexicano que no he querido apagar.
México ha sido para mí amor y temblor, medido en grados Richter.
Quizá por eso cuando vi la vídeo-reseña de Croquetas y wasaps del booktuber mexicano Alberto Villarreal, esa que titula "Alberto y su historial amoroso", esa en la que se emociona (y yo con él) y habla de cómo mi libro habla de su vida amorosa y le da "cachetadas", que es lo máximo a lo que puede aspirar un escritor, cuando vi aquello, morí de amor. De amor y un poco de pena, porque mi libro, como yo, no estaba en México.
Nunca he estado en México, pero como ven por mi historial preamoroso, no ha habido país en el que haya deseado estar con más intensidad. Y por fin voy a estar. En cierto modo. SM México está a puntito de publicar Croquetas y wasaps. Parafraseándome a mí misma en el final de mi ¡Buenas noches, Miami!: no he estado en México, no. Pero ahora jóvenes del DF, de Mérida, de Guadalajara, chicas y chicos de Oaxaca, de Monterrey, de Querétaro... van a poder leer mi libro y conocer el historial amoroso de Clara, la protagonista de Croquetas y wasaps y, al saberme leída, será como recibir otra vez amor de México, que es para dar amor para lo que una escribe y es amor lo que recibe de vuelta cuando es leída (a veces).
Y algún día, ALGÚN DÍA, también yo iré a México.

En la imagen, de Garry Winogrand: yo, feliz, con mi primer amor mexicano.

domingo, 8 de junio de 2014

Mi hijo ya no me ve igual

Mi hijo dice que tener una madre escritora es lo peor del mundo. "Es que siempre estás trabajando", se queja.
Sí, señores y señoras. Eso es escribir: estar todo el día trabajando, y sufrir y fracasar y engordar. Bueno, creo que hay algo que estoy haciendo mal. En fin.
PERO.
Este año mi hijo me ha acompañado a la Feria del Libro de Madrid. Y me ha visto entre lectores, en la blogger lit con, el encuentro de blogueros, ese evento que reunió a más de 400 jóvenes y que debiera aparecer en la prensa en vez de tanta noticia apocalíptica sobre jóvenes que no leen y pantallas que les alejan de la lectura. Mi hijo estuvo ahí, el más joven entre los jóvenes, y es una lástima que no se quedara en la caseta de SM por la tarde para verme firmar hasta la tendinitis o, mejor, para ver cuando Jennifer se echó a llorar (y yo casi también) o cuando llegaron esas Croquetas ya leídas, llenitas de post-its, de lugares donde ya nos habíamos abrazado, porque eso son los post-its en un libro, los subrayados, las marcas, las citas apuntadas: un encuentro de dos almas, la de quien lee y la de quien escribe, y juro que he buscado una manera menos cursi de expresarlo pero eso es así y ya está. Tampoco estuvo mi hijo el domingo en el camarote de los hermanos Marx la caseta de Kirikú y la bruja, donde su admirado Roberto Santiago y yo nos turnamos para firmar, sacar bolsas, bajar libros de Divergente de las alturas, pasar tarjetas de crédito, hacernos fotos con lectores, decir "9 euros", hacer risas con Esther y Ana, y abanicarnos.
Aun así, mi hijo ha visto lo suficiente como para saber ahora que su madre no solo escribe sino que su madre es escritora.
Soy escritora porque tengo lectores. Me siento muy afortunada porque... (y ahora les suelto un lema que me he inventado y que no quiero perder nunca de vista:)
hay tanta gente que escribe; tanta que lo hace bien, tanta que lo hace mal...
Y -no busquen un paralelismo exacto con la frase anterior- hay tanta gente que publica, tanta que no llega a publicar, gente, en fin, que no tiene oportunidad de ser escritor...
Solo espero que la próxima vez que ande yo escribiendo, mi hijo sea un poco más comprensivo.
<¡¡¡Mamáaaa!!!>
Ah, no, que me reclama.
<Ahora voy>
A esos lectores que me reclamaban más libros, ya ven: no culpen a Paloma, no culpen a mi vagancia, no culpen a mis dudas... culpen a mi hijo.

En la foto, de Alexander Rodchenko: yo, gritando a los cuatro vientos: "¿Que no leen? ¿Que no leen? ¡Vengan a verlos, que están aquí!" 
    

lunes, 17 de marzo de 2014

Mi abuela y yo

Yo tenía dos abuelas. Mi abuela Ángela nació en San Sebastián; mi abuela María -doña María Teresa para sus alumnas- nació en un pueblo del Pirineo que ya no existe. Mi abuela Ángela era blandita y me daba apurruchones; mi abuela María era huesuda y si me abrazó, no me acuerdo. Si pasabas la tarde con ella, la abuela Ángela te hacía croquetas; la abuela María te hacía dictados. Las dos cosas me encantaban. A mis dos abuelas quise mucho, y eso que la abuela María tenía un carácter del demonio que la hacía más difícil de querer; eso, y no muy buena mano para la cocina.
Las croquetas de mi abuela Ángela eran las mejores croquetas del universo sin exagerar, pero en las croquetas que hacía la abuela María a menudo encontrabas trocitos de cartílago. El arroz de la abuela María, pastoso como me suele quedar a mí, también solía incluir sorpresas. Eran cositas negras que siempre tomé por bichos, pero nunca le dije nada por miedo a que aprovechara la ocasión para explicarme la diferencia entre los coleópteros y los homópteros.
Recuerdo todo esto ahora tras leer en el blog de Marinella Terzi sus no-recuerdos sobre quién le enseñó a leer.
Yo tampoco recuerdo quién me enseñó a leer, pero cuenta la leyenda familiar que, antes de que me enseñaran en el colegio, a los tres años, ya leía de corrido el periódico. Justo así es como recuerdo a mi abuela: sempiterna ante un periódico. Quizá por eso siempre he pensado que fue ella quien me enseñó a leer. Nunca lo he preguntado ni pienso hacerlo porque cada uno se construye sus mitos familiares a su gusto y este es el que voy a creer a pies juntillas y a transmitir: a mí me enseñó a leer mi abuela María.
Dicen quienes la conocieron que me parezco mucho a ella, a la maestra, la que siempre estaba leyendo, la que enseñó a leer a cientos de niños, la que no cocinaba demasiado bien, la que cantaba como un gato cuando le pisas la cola, la que no sabía dar muy bien abrazos, la que se reía más "ji ji" que "ja ja", la que era más difícil de querer.

En la foto, mi abuela, María Teresa Giral Pérez, en la escuela de Montañana.

martes, 1 de octubre de 2013

Una experiencia de dinosauria

Leo sobre esos nuevos dinosaurios que son los padres que leen a sus hijos todas las noches. Dicen que están en peligro de extinción, al menos en Gran Bretaña.
Leo también que "los jóvenes tuitean, escuchan música y ven la televisión al tiempo que intentan leer un libro. Los estímulos son demasiados y llevan a la falta de concentración sobre una sola tarea". Lo dice el psicopedagogo Juan Planas en un artículo tan old-fashioned que solo se puede leer en papel, en el Heraldo del 15 de septiembre de 2013.
Yo, que soy madre, pero que tuiteo, veo la televisión, me pinto las uñas y contesto correos a un tiempo, ni le quito ni le doy la razón. Pero con ustedes compartiré una confesión que bien podría ser un truco. Allá va:
Mi hijo es adicto a la Nintendo, la televisión, el ordenador y la tableta como el que más. Cuando se le agota la batería, es capaz de jugar tirado en el suelo junto a cualquier enchufe mientras se le carga el cacharro que sea. Y también es lector. Faltaría plus (y que yo perdiera mi trabajo como predicadora de la lectura).
De un tiempo a esta parte, hemos adelantado la hora del cuento. Aunque él lee perfectamente de forma autónoma, y le gusta, yo sigo leyéndole, y le encanta. ¿Cuándo? Ya no esperamos a que él esté en la cama y yo, más que él, me caiga de sueño. Ahora le leo mientras está en la bañera.
Cada día sale de allí más limpio, más sabio, más arrugado y más feliz. Sé que es una práctica no muy ecológica (agua, papel...) pero reciclamos mucho para compensar.
¿Que qué tiene que ver esto con lo de la tecnología? Si se hacen esta pregunta es que pertenecen a ese pequeño y feliz porcentaje de la población que no ha visto caer su teléfono por la taza del váter. Y además, ¿les suena la palabra electrocución?
Como dice Bernat Ruiz Domènech, entre otras cosas (estas sí, a favor de la tecnología, posible aliada de la lectura): "cada cosa tiene su lugar y su momento". En casa guardamos un lugar a los libros junto a los patitos de goma.

En la imagen, de Bill Brandt: nuestra querida Tinette asegurándose de que mi hijo se enriquece pero no se cuece. Y como vuelva a pillarla pisando con los zapatos la alfombra blanca de rizo, a esta... a esta lo que le leo es la cartilla.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Nuevas maneras de matar a tu suegra

Publico otra de las columnas veraniegas. En Heraldo me entrecomillaron lo de "matar". No entiendo por qué. ¿Les parece a ustedes que hablo con ironía?

Me pilla mi hijo con un nuevo libro y fisgonea el título. “¡Quieres matar a la abuela!”, grita horrorizado. Lo que leo es Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Tóibín, y lo peor no es que mi hijo no descarte mi plan parricida; lo peor es que, pasado el primer susto, suelta El doctor Proctor y los polvos tirapedos, me quita mi libro y se pone a leerlo con fruición.
No tarda en abandonarlo decepcionado. “No entiendo nada”, dice. En realidad, en el ensayo de Tóibín no iba a encontrar una sola idea para liquidarme y sí un montón de lecciones de literatura, pero convendrán conmigo que Nuevas maneras de matar a tu madre llama mucho más que Relaciones familiares de una panda de escritores y cómo estas lastraron (o inspiraron) su obra. Es como el título de esta columna. No me negarán que empezaron a leerla con ciertas expectativas, ya fueran asesinas o de supervivencia (y las suegras que leen son las más peligrosas).
Quédense conmigo unas líneas, pero no esperen que les diga cómo aniquilar a su suegra. Además, seguro que ideas no les faltan. Espero que cobardía y paciencia tampoco. Como mucho, les podría recomendar que busquen y vean El encantador de suegras, ese cruce oregonés entre Supernanny y El encantador de perros, para echar unas risas más que nada, porque, en realidad, no hay adiestrador que valga: las suegras son indomeñables. Son cimarrones, animales que en su día fueron domésticos pero que se volvieron salvajes en cuanto vieron deslizar un anillo por el dedo anular de su cachorro.
Así que paciencia o, en su defecto, tierra de por medio. Pero tierra en apaisado, no tierra a paladas hasta completar dos metros de profundidad. No merece la pena. Y a saber qué compañías encontrarían en la cárcel.

En la imagen, de Fernando Sancho, suegra pensando: "¡Ay, este hijo mío! ¿Qué le habrá visto a esa?".

viernes, 3 de mayo de 2013

Ay, madre

Por diversos y en algunos casos muy enjundiosos motivos, no he publicado aquí todas las columnas que han aparecido en el Heraldo. La que cuelgo hoy, que va sobre mi madre, se publicó el 31 de marzo de 2013, en medio de una lluviosa Semana Santa. Si no la puse aquí fue porque me pareció floja. Pero luego, María Frisa, que tiene más gracia que todas las cosas (y si tienen la desgracia de no poder comprobarlo personalmente, tienen la suerte de poder comprobarlo en sus libros), me felicitó por la columna. Y si María Frisa la da por buena... Igual lo que sucede es que para mi madre, dedicado a mi madre, todo me parece poco y malo. (Para mi madre, en opinión de mi madre, todo está "muy bien, hija".) Sea floja, buena, mala o regular, allá va, por si haciendo un corta y pega, les sirve para felicitar a sus madres este domingo, por si ellas también juegan a ser adivinas. En ese caso, les felicito y compadezco a partes iguales.

Si pudiera predecir qué es lo que quisieran leer hoy… Me paso la vida intentando hacerlo. Voy para adivina. No soy la única.
El otro día iba a ir al club de lectura de la ONCE y, como me pareció tan buen plan, invité a mi hijo a acompañarme. “Verás cómo leen en braille”, le dije. “Y además, ellos no te verán”. Era el argumento imbatible para vencer su timidez. Y me dijo que sí. Pero cuando se acercaba el momento, supe sin necesidad de que me lo dijera (soy adivina) que prefería quedarse en casa.
Prefería quedarse pero no quería dejar de ir conmigo y andaba hecho un lío, partido entre la voluntad de hacer mi voluntad y cumplir con la suya propia. “Es que si tú prefieres que yo vaya, entonces voy. Pero si no… Pero lo que tú quieras, mamá”, acabó diciendo (aún es un adivino bastante transparente).
“Mecachis”, me dije (y no pongo “mierda” porque adivino que mi padre preferiría que no lo hiciera). Han bastado unos pocos años para crear otro adivino de pacotilla con problemas para identificar su voluntad. Eso me alarmó, porque tenemos unos antecedentes familiares muy peligrosos. Como uno se despiste, acaba como mi madre.
Mi madre se desvive literalmente por hacer lo que adivina que esperan de ella los demás. No es como yo. Yo, si no hago lo que adivino que se espera de mí, siento que estoy decepcionando a alguien; pero si lo hago… ah, si lo hago, entonces también me siento mal por haber arrumbado mi santa voluntad, que yo sí tengo de eso, que aún no soy como mi madre… Ya, que esto es una columna tumbada y no un diván. Pero dejen que les cuente lo de mi madre, que igual se parece a la suya o a usted: le pregunté dónde querría que tiráramos sus cenizas (dentro de cien años, claro) y ¿saben qué respondió?: “Ay, hija, donde os sea más cómodo.” ¿Pero qué voluntad de “mecachis” es esa?
La he llamado y le he preguntado si me daba permiso para contar esta anécdota y ya se figurarán lo que ha contestado. “Lo que quieras, hija”.
¿Lo que quiera? Lo que quiero es que seas como la lluvia, que hace lo que le da la gana, que no tiene en cuenta lo que quieren de ella los demás, que le da por caer en Semana Santa. Que se hace esperar, que se hace desear; que tiene su origen en la evaporación de lo que está en la tierra, pero que vive un poco en las nubes; que a veces es chirimiri y otras, chuzos; que se presenta cuando menos se la espera y que a veces no aparece cuando hace falta; que lo mismo se la echa de menos, lo mismo, que se la echa de más; que limpia, que cala, que hace crecer… Bien pensado, mamá, ya eres un poco lluvia tú.
Sean lluvia: hagan lo que quieran. Yo escribiré lo que me dé la gana. Es la única forma de no acabar hasta el gorro. Si, total, nunca llueve a gusto de todos.


Sally Mann, la autora de la foto que he elegido para acompañar esta columna, tuvo, como mi madre, tres hijos muy seguidos: un chico y dos chicas. Creo que ahí acaba el parecido entre mi madre y ella. Pero el parecido de sus hijos en esa foto con mis hermanos y yo es asombroso. Ahí está, a la izquierda, el mayor, subido a unos zancos. (Mi hermano, que por lo demás es un hombre cabal, pidió hace dos años a los Reyes estos zancos y ahora se lo pueden cruzar cualquier fin de semana paseando con ellos.) A la derecha, de espaldas y con esa suficiencia del estar en jarras, está la pequeña, tan comestible, seguramente esperando su turno para montarse en los zancos. De frente, desafiante, está la mediana. Su cigarro es de chocolate pero ella mira a su madre, que es quien hace la foto, como si estuviera ingiriendo toda la nicotina del planeta, fingiendo ser más peligrosa, más osada, más rebelde de lo que en realidad es. Así era yo, me temo, que me plantaba delante de mis padres a leer libros de Escohotado.
Pero basta por hoy, que al final tendré que pagarles en concepto de terapia por leer mis líneas.
Feliz Día de la Madre. Y si lo prefieren, regalen flores.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El Papa y yo

Me llama mi madre para decirme que si ya he visto lo del Papa. Le pregunto que qué del Papa. Me dice que eso de que ha dicho lo mismito lo mismito que yo.
-Hija, es que igual. Lo que decías tú de la terneza.
El Papa ha dicho ternura. En concreto, esto: “No debemos tener miedo de la bondad ni de la ternura”. Y lo que yo dije, hace ya tres domingos, fue que "nos harían falta cien Machados y mil Mimosines para devolver el prestigio a la bondad y a la ternura", y que a los tiernos dan ganas de comérselos, y todo esto.
Desde que empecé a escribir los domingos en el Heraldo, he tenido un complejo creciente de estar soltando homilías. Pero esto ya...
Creo que me voy a poner al servicio del Vaticano. Me da que se necesita también un cambio en la retórica. Díganme si no habría tenido mucho más exitazo el Papa aludiendo a Mimosín.

En la imagen: el Papa, con su cruz, y yo, con mis perlas, poco después de consensuar de qué tratará su próxima homilía y mi próxima columna.

lunes, 4 de febrero de 2013

Empujar el coche

Hace tiempo que no veo a gente empujando un coche, y sin embargo, recuerdo perfectamente esa imagen, y el sonido con el que empezaba todo: ese estertor voluntarioso del motor al girar la llave, esa forma suya de decir “lo intento”, “más quisiera yo”. Y luego el desalojo del vehículo: un pelotón de niños kamikazes y de madres parricidas que nos llevaban a algún lugar sin elevadores, sin cinturones, sin triángulos alertando “bebé a bordo”; un pelotón que se baja del coche y se despliega por la trasera, por los laterales, y que invita a cualquiera que pase por ahí a sumarse a la juerga. Y ahí estamos niños y mayores, los ocupantes del coche más los espontáneos reclutados en la calle, con las palmas de las manos sobre una carrocería recalentada por el sol. Los niños empujan con toda su alma, porque empujar algo treinta veces más pesado es una heroicidad y todo niño tiene alma de Supermán. Los mayores empujan con todos sus kilos, porque la grasa les pesa más que el alma. Todos echan el resto, todos menos uno. Uno hace play back: se apoya sin más y sobreactúa el gesto de esfuerzo. Luego llegan la cuesta abajo, el victorioso sonido del motor que dice “ya”, y la carrerita para subirse al coche en marcha e instalarse bullangueramente, unos encima de otros, como piojos en costura. Y el limpiar de palmas y la sonrisa de los espontáneos, que contemplan cómo se pierde en el horizonte ese coche, su buena obra del día.
En aquel tiempo también oíamos contar en voz baja historias de madres que habían sido capaces de detener un coche con sus manos o levantar ellas solas el peso de un camión para salvar a sus hijos. Las madres parricidas, esas mismas que nos hacían beber agua del grifo, y a morro, eran capaces de transformarse en El Increíble Hulk si sentían que sus crías estaban en peligro. ¿Cómo iban a dejar que nos matara otro?
Ahora son otros tiempos. A ver quién arranca un coche de inyección que no quiere arrancar. Ya no hay buenas obras sino grúas. Pero sigue siendo tiempo de empujar, y de soltar, tiempo de progenitores convertidos a ratos en Hulk, a ratos en gente dispuesta a escogorciar a sus hijos para dejarlos vivir, padres y madres que se sitúan tras las bicicletas sin ruedines de sus hijos y juran sujetarlos eternamente para, cuando menos se lo esperan, soltarlos y abocarlos a ese tándem indisoluble que forman el batacazo y la autonomía.
Hay cosas que nunca cambian. Es solo que ahora se hacen con casco. Sobreprotectores nos llaman. Igual es que nos ponen multas, o que somos menos jóvenes, o que estamos más asustados, o que tenemos un sistema tan complicado que ni se nos pasa por la cabeza que vaya a funcionar algo tan sencillo como aquello de empujar el coche.

En la imagen, madre parricida fotografiada por Helen Levitt. (Si quieren regodearse en la nostalgia del peligro, no dejen de pinchar en el enlace.)

Este texto apareció publicado en Heraldo el domingo 3 de febrero de 2013.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Ser jamón de york



Hay un gato persa enseñoreándose por el pasillo de una casa vacía. El gato se llama Pirracas; la casa es de mi abuela. Desde ayer mi abuela ya no está ahí, en esa casa que ya no reconocía como su casa. Mi abuela está en una residencia, pero no sé si ella lo sabe.
Quienes lo saben con toda seguridad son sus hijos. Una de ellas es mi madre. Estos días no ha parado de llorar. Mi madre, su hija.
Lo que en biología resulta tan natural, tan sencillo, es extraordinariamente complicado en la vida. Es agotador ese estar ahí, aprisionados entre ser hijos y ser padres, sin apenas tiempo de ser una sola cosa, espachurrados entre dos roles, como el jamón de york en un sándwich, un sándwich, con suerte, con queso, un sándwich de varios pisos. Aquellos que son hijos, y padres, y abuelos, se duelen con los dolores de sus padres, se preocupan con las preocupaciones de sus hijos, se ocupan de sus nietos, que les quitan y les dan el oxígeno al hacerles correr tras ellos. Dieron su aval, darán hasta su piso. Toman la tensión, se toman una aspirina, ponen el termómetro. Van al médico, acompañan a la revisión. Hacen gimnasia, llevan a rehabilitación, recogen de natación. Discuten con los padres, reprenden a los hijos, los defienden ante quienes les atacan, atacan a los que les defienden, miman a los nietos, reciben la bronca de los hijos. Y en algún secreto momento, se sueñan sin apellidos, libres de ese peso aparentemente liviano del pan de molde, para después sentirse culpables por el repudio. Es difícil ser jamón de york.
Pero el pan con pan es comida de tontos. Y ser pan no parece más fácil. No hay más que ver la desesperación de los que quieren ser padres y no lo son, la desazón de los que quieren ser hijos y ya no lo son, como mi abuela. Mi abuela tiene hijos, nietos y biznietos. Hace tiempo que no tiene padres. Y sin embargo, desgarra las noches gritando: “¡Papá! ¡Mamá!”. Será que echa de menos ser hija, ser jamón de york, y ese cobijo de la miga. Sí, es agotador estar en medio, pero ahí dentro, entre pan y pan, por lo menos hace calor. No me puedo imaginar el frío que se siente al dejar de ser hijo; no me quiero imaginar, el de dejar de ser padre.
Quizá por eso, porque ahora es solo pan a la intemperie, la tapa superior de un sándwich de tres pisos, mi abuela siempre tiene frío, y se envuelve en un chal y por las noches llama a sus padres. Solo espero que en ese momento, alguien en la residencia –una madre, una nieta, un hijo…- la arrope y le mienta y le diga: “duerme, hija”. Y ella siga soñando que es jamón de york. Solo espero eso, y que mi madre deje de llorar, y que mi hijo no vuelva a pedirme que nos quedemos con Pirracas. Y seguir siendo yo misma jamón de york.

En la imagen, el sándwich sin jamón de york. El jamón de york no es dado a aparecer en las fotos. El jamón de york siempre está haciendo algo. El jamón de york no posa ni reposa.  De hecho, en esta foto, el jamón de york hacía la foto: Sally Mann. Si quieren ver más de su Immediate Family, pinchen aquí.

Este texto apareció publicado en Heraldo de Aragón el 25 de noviembre de 2012.

martes, 7 de agosto de 2012

Días con la tribu


“Cuando seas padre, comerás huevos”. Yo abogo por “cuando seas madre, sabrás lo que es la democracia”. Al fin y al cabo, tiene esa fatalidad, ese tocar de narices típico de los refranes, ese decir lo que uno ignorará por más que le avisen, aunque sea en verso, y que total acabará sabiendo sí o sí. Así son los refranes, tan inútiles como las cremas antiarrugas. Aun sabiéndolo, me he impuesto como cruzada personal e inútil de estas líneas prevenir a quienes no son madres y ofrecer consuelo (tonto) a quienes lo son.
Democracia es cuando todos tienen derecho a opinar, como cuando nace un bebé. Todo el mundo sabe qué hacer con él, menos tú. Las de la liga de la leche, el doctor Estivill, el González, tu madre, la suegra, los vecinos… Como cada uno tiene una idea distinta y a menudo opuesta de cómo criar al bebé, sabes seguro que te equivocarás a ojos de alguien. Y si no lo sabes, ya se encargarán de decírtelo. Nadie se guarda su opinión ante un bebé. Los bebés son como la comida en los banquetes de boda, especialmente elaborada para hacernos a todos críticos gastronómicos. Una acallaría a esos críticos sabiondos que lo mismo saben cómo salir de la crisis que por qué llora el niño, los acallaría o los condenaría a no dormir diez noches seguidas con ese bebé insomne. Pero aún hay que sonreír y agradecer las ideas, tal que en una democracia. Y, conforme el bebé crece, hacerlo lo mejor que se puede, sin ninguna garantía de éxito, claro, y rodeada de los más negros augurios: “tú deja que se ponga tu bata, y acabará como Norman Bates, o como Falete", “¿cómo lo dejas ir solo?”, “lo proteges demasiado”, “trabajas demasiado”, “lo mimas demasiado”, “le exiges demasiado”, “estás demasiado pendiente”… Y haciendo lo mismo, una sube y baja en la balanza de la opinión ajena como si estuviera en el Shambhala de Port Aventura.
“Para educar a un niño, hace falta la tribu entera”, dicen. ¿Pero qué tribu, si cada uno dice una cosa? Para educar a un niño, hacen falta ganas, amor, un arsenal de noes, una fuente con autollenado de serenidad, una planta de reciclaje de errores, cuentos… y posiblemente, sí, la tribu entera. Eso sí, para aguantar a la tribu, hace falta una de paciencia...
Educar a un niño de forma tribal dista mucho de ser un método perfecto. Pero en este momento parece el mejor de los métodos posibles. ¿No era eso la democracia?
(Estas líneas no habrían podido escribirse sin la colaboración de varios miembros de la tribu que jugaron con mi hijo mientras su madre ignoraba olímpicamente a su retoño y se concentraba en escribir, lo que, a ojos de algún experto miembro de la tribu, fomenta la autonomía del niño, y a ojos de otro, lo aboca a un futuro seguro de asesino en serie.)

[Sobre la imagen: si quieren vivir instantes extraordinarios y plácidos a costa de instantáneas ordinarias, háganse con el juego de cartas de la imagen. Es el juego de familias de toda la vida (el de la familia india, la esquimal, perdón, inuit, la china...) pero en bonito, con fotos antiguas e imágenes de la familia en la playa, en la nieve, en el balcón, en bicicleta... No me digan que no prefieren oír a un retaco pedir "el grand père de la famille à vélo" a que pida "la niña china"  (sí, soy una snob). Y qué me dicen de esa sensación que produce escuchar gritar a un hijo alborozado: "¡Tengo una familia! ¡¡TENGO UNA FAMILIA!!"]

lunes, 27 de febrero de 2012

El táper

Es imposible sacarse a una madre de encima. Y mira que derrochamos energía intentándolo, eso sí, energía renovable, natural, inagotable, pues está en nuestra naturaleza de rama vivir esa fantasía de separarnos del tronco al crecer. Eso, y negar rabiosamente el parecido. Qué empeño más inútil, si las madres se nos incrustan desde pequeños, si acabamos siendo iguales.
Yo menos, porque mi madre es inimitable.
“Me pasé el primer año del colegio convencido de que todas y cada una de mis profesoras era mi madre disfrazada. Echaba a correr en cuanto sonaba el timbre de salida, e iba todo el camino preguntándome si llegaría a casa con tiempo para pillar a mi madre antes de que volviera a transformarse. Pero siempre, invariablemente, la encontraba ya en la cocina, poniéndome el vaso de leche con galletas. Su proeza, sin embargo, en lugar de empujarme a renunciar al engaño, lo que hacía era intensificar el respeto que me inspiraban sus poderes.” Eso decía el protagonista de El mal de Portnoy, de Philip Roth. Bueno, pues a mi madre le habría dado tiempo a ser la maestra, la autobusera, la vaquera... Mi madre es así: supersónica, llena de poderes. Está aun cuando no está, como aquella madre de Woody Allen que se aparecía a su hijo en el cielo de Manhattan.
Mi madre no invade cielos, ni falta que le hace. Tiene sus propios métodos. Por ejemplo, ella no hace albóndigas; hace ambientadores. Llegan en un táper y cuando se calientan, la casa huele a sus albóndigas durante días. De esta forma asegura su presencia en esta casa mía que ya no es la suya.
Es un método de conquista del mundo. No es la única en practicarlo. Lo vengo observando desde hace tiempo, ese tráfico silencioso de tápers.
“La mano que mece la cuna es la mano que gobierna el mundo”, dijo un tal Wallace. Pero eso fue en 1865, cuando el plástico aún no había entrado en nuestra vida, cuando aún no nos dejaban trabajar como locas, cuando aún no mendigábamos a nuestras madres que se quedaran con nuestros hijos ni ellas, tan desmesuradas en su amor como en sus cocidos, decidieran aprovisionarnos “por si acaso”. Hoy la mano que llena el táper es la mano que gobierna el mundo.
Podrían envenenarnos a todos, o matarnos de hambre. No hay mes que no les demos motivos para hacerlo. Y sin embargo, ahí están engordándonos, cuidándonos, cuidando a nuestros hijos. Si hay algo bueno y necesario en esta vida, son ellas. Y los tápers.

Esta columna apareció publicada el 26 de febrero en el Heraldo.
Perdón por no escribir más, pero sigo de gira. Ahora mismo estoy en Galicia. Me da que aquí lograré sobrevivir sin los tápers de mamá.

martes, 31 de enero de 2012

La sorpresa


Pocas cosas me gustan más que el roscón.
-¿Qué trozo quieres? –le pregunto a mi hijo blandiendo el cuchillo.
Mi hijo mira, remira, inclina la cabeza, examina el borde exterior del roscón, luego el interior y, por fin, echa una desdentada sonrisa y señala con decisión hacia la fruta roja.
-¿Este? –le pregunto extrañada-. Pero si a ti no te gustan las frutas.
(A mí tampoco. Pasteleros del mundo, ¿se han preguntado alguna vez si a alguien le gustan las frutas escarchadas?)
-Este –dice mi hijo convencido.
Practico la cirugía al roscón con resultado de pérdida dramática de nata. Pero eso a mi hijo le da igual. Nada más tener el trozo delante, lo abre y antes de ver nada, con delatora asincronía, abre los ojos como platos y exclama emocionado: “¡Me ha tocado la sorpresa!”.
La sorpresa resulta ser una oveja horrenda de apenas dos centímetros. Contemplo ese nuevo trasto que tendré que tirar a escondidas de mi hijo y me debato entre si afearle la conducta o no, porque, aunque me haga la tonta, sé perfectamente que él había visto asomar entre la nata el celofán de la sorpresa. No sé si él sabe que lo sé, pero en cualquier caso ha hecho una actuación magistral. ¿A qué edad aprendió a fingir sorpresa? ¿Cuándo dejará de sorprenderse? Es cuestión de tiempo.
No concibo sorpresa mayor que la del recién nacido al venir al mundo. Luego al bebé le sorprenden sus propias manos, las llaves, las gafas, las vacas… Pero llega un momento en que las vacas solo sorprenden a un niño cuando se esconden en roscones envueltas en celofán. Parece que conforme crecemos vamos perdiendo capacidad de sorpresa mientras ganamos maestría para fingirla. Desde los primeros Reyes en los que ya no se cree, pasando por el “¡no me digas!” y el “oh, ¿para mí?”, vamos haciendo pequeños ensayos que nos preparan para la fiesta sorpresa de los cuarenta años, la de la jubilación o la de las bodas de oro. “No me lo podía ni imaginar”, dicen los homenajeados casualmente recién salidos de la peluquería.
Pero al final, circulares como un roscón que somos, uno puede llegar a ser como mi abuela. Mi abuela, como mi hijo, tampoco tiene dientes, y se sorprende varias veces al día. Se sorprende de estar en Zaragoza, de que un objeto siga ahí diez segundos después, o de que sea enero. “¿De veras, hija?”, pregunta con su vestido de verano.
Mi abuela tiene los cabellos de nata. Mi abuela tiene un agujero en la memoria. Mi abuela vive instalada en la sorpresa genuina. Mi abuela es un roscón.
Pocas cosas me gustan más que el roscón.

Esta columna se publicó en el Heraldo el 29 de enero de 2012, día de San Valero, santo que en Zaragoza celebramos curtiéndonos la piel en la cola de la pastelería y comiendo roscón, de ahí que sea conocido como San Valero ventolero y rosconero.
En la imagen: mi abuela la primera vez que perdió los dientes.

domingo, 1 de enero de 2012

Mi padre


[No sé si esto es lo mejor que he escrito, pero es lo que más orgullosa me siento de haber publicado. Apareció el 31 de diciembre de 2011 en el Heraldo, el mismo día en que mi padre salía en el especial de Año Nuevo.]

Hola, papá.
Perdonen que aproveche para saludar a mi padre. Es que está a unas páginas de mí, hablando con el bailarín Miguel Ángel Berna.
Es curioso esto de reunirnos aquí, en las páginas de Heraldo, en distintas secciones. Como en la realidad.
Mi padre y yo hemos convivido siempre en secciones, en cuartos diferentes, a varios abrazos de distancia. Hemos establecido una distancia de seguridad desde la que mirarnos de reojo, constantemente, mientras parece que hacemos nuestra vida, una intensa vida profesional. De tanto mirarnos de reojo, nos ha ido creciendo la distancia interpupilar y ahora tenemos los ojos separados como peces, como Julio Cortázar, como Jacqueline Kennedy.
Mi padre tiene apellido y textura de metal.
Mi padre tiene un mensaje en el contestador de su despacho grabado con su voz. Parece la voz de un robot y dice: “Luis Oro. Puede dejar un mensaje. Please, leave your message”. Piii. El pitido que sigue suena más humano que él.
A veces se diría que mi padre no tiene corazón.
Pero no es así. Igual que en los mandos a distancia hay un botón que enmudece el sonido de la tele (pero los diálogos están ahí), hay toda una generación que mantiene en sordina sus afectos. Incapaces de decir o hacer nada abiertamente afectuoso, van buscando excusas tontas para derramar el cariño. Parapetados tras un periódico, una maqueta de tren, una baraja o un ordenador, ponen la vida entera en una pregunta tonta sobre tu trabajo, ellos (suelen ser ellos) que han trabajado tanto. Preguntan por tu cuenta corriente para saber de ti. Porque “cuenta corriente” es cuéntame qué es de ti ahora y los números no son ambiguos. Hacen pasar el pudor por discreción pero no es que respeten tu intimidad, es que no soportan la desnudez. Y te dejan ese pudor en herencia. ¿Cómo dices “te quiero” a alguien que nunca te lo ha dicho?
Así. En una columna. Porque esto es esta columna: una incómoda declaración de amor a toda una generación que no sabe dejarse querer; impensable hacerla en persona.
Y es también una manualidad. Recórtenla. Donde pone “mi padre”, pongan el nombre o el lugar que ocupa en sus vidas ese ser querido que no invita a declarar ningún afecto. Igual es su padre y les sirve tal cual.
Piii. Déjenle un mensaje. Y tú, Luis Oro o como quiera que te llames, capta el mensaje.
Ah, y no me vengan con propósitos de Año Nuevo. Si son así, no cambien. Me muero del susto si mi padre me dice “te quiero”. Y los demás, no pretendan cambiarlos. Es imposible. Además, los queremos así. Aun así.

[En la imagen, Luis Oro, que es, entre otras cosas, mi padre. Foto de Pedro Etura.]

martes, 14 de junio de 2011

Shiny happy people tap dancing


[Aviso: en esta entrada incumplo por enésima vez mi sacrosanta norma de no hablar de asuntos personales y hago desfilar a varias personas que me son muy queridas. Espero que me perdonen (las personas queridas, sobre todo).]

Nueva York, 1996 o quizá 2001 o 2008, no sé. Solo sé que yo era muy joven. Aún más joven de lo que soy, quiero decir.
Acompañaba a mi padre a un congreso en la universidad de Princeton. Una de las actividades del congreso consistía en un paseo en barco por el Hudson. Era un precioso atardecer y en la cubierta del barco, todos departíamos alegremente. ¿Alegremente? ¿Todos?
Ejem. Yo hablaba con un químico californiano. De música (es que de química tengo muy poquita conversación). Y él me preguntó si me gustaban los musicales. Yo, que entonces era una emo avant la lettre, lo miré con olímpico y juvenil desdén y le dije muy seria: "I hate them. Too many happy people". Y luego miré ceñuda a la Estatua de la Libertad.
Ayyy... Qué mala es la arrogancia. Qué arrogante es ser siniestro. ¿Cómo se puede pensar que hay "demasiada gente feliz"? ¡Hay demasiada poca!
Por eso, para intentar remediarlo y para redimirme de haber sido tan ceniza en el pasado, hoy traigo un dos por uno de la felicidad, ambos cortesía de mis queridos hermanos.
El uno es el libro La tía Mame, de Patrick Dennis, una lectura absolutamente feliz y deliciosa (cuántas veces se desgasta esta palabra en otros libros, pero aquí es precisa) de la que me habló por primera vez mi hermano, el ingeniero más y mejor leído a esta orilla del Ebro.
El dos es la actuación de la escuela de claqué Contaptoe el 19 de junio en la Casa de Vacas a las 12:30. Ahora que se han ido los libros del Retiro, llegan los bailarines. ¡Esto es un no parar de felicidad! Ah, y si van, verán este número de, precisamente, La tía Mame. En esa actuación no podrán evitar fijarse en una chica que destaca entre las demás, porque se nota que es la más feliz de todas, y la más guapa, con diferencia. Aplaúndanla hasta que les duelan las manos. Y luego salúdenla de mi parte.
Es mi hermana.
Mandamiento del día: improvisen unos pasos de claqué. Sean felices, vaya.
En la imagen, Roselind Russell en la adaptación de Auntie Mame para el cine, dirigida por Morton Da Costa.