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lunes, 27 de marzo de 2017

Mi niño en persa

Vengo a fardar.
A fardar de farsi.
Oh, yeah.
Hasta ahora me habían traducido al alemán, al coreano, al portugués y a todas las lenguas cooficiales del Estado. La novedad es que una selecta editorial iraní ha flipado con El niño del carrito y lo va a traducir al persa (farsi). Y por lo legal. Lo especifico porque lo normal, según me cuentan, es tirar por la calle de en medio y publicar a lo loco, sin contratos ni historias. Me dice M.P.:
"En contra de lo que es habitual en el país, que no ha firmado ningún tratado internacional en relación con la protección de los derechos de autor y donde el pirateo campa a sus anchas como la cosa más normal del mundo, hay un grupo de editoriales, entre la que se encuentra esta, que quieren hacer las cosas bien y suscribir los contratos correspondientes. (...) Y hasta aquí, todo estupendo… Otra cosa es la oferta económica.
Llevo un tiempo de tira y afloja con ellos. La oferta inicial era un 3% por los derechos del texto y los de las ilustraciones. Ni contarte hacerles entender que algo debían pagar como anticipo… Finalmente, y me dicen que no pueden llegar a más porque tienen que competir con otros editores que no tienen coste de derechos alguno porque directamente piratean, ofrecen un 4% (derechos del texto + derechos de las ilustraciones), con un anticipo de 400€. Una vez deducida la comisión de la agente iraní (10%) y la participación de nuestra editorial, distribuiríamos entre ti y la ilustradora en función de vuestros correspondiente porcentajes de derechos. (...) Ya sé que la oferta no es precisamente florida, pero podrías presumir de ser uno de los poquísimos autores españoles de literatura infantil con libros traducidos al persa, y encima de forma legal, sin pirateo."
Y en eso estoy ahora mismo, en lo de presumir. Bueno, y también en lo de educar, por esa vis pedagógica que al parecer llevo en la sangre. Si no, a santo de qué les copio este mensaje y detallo estas miserias; a santo de qué les pongo la posdata que verán al final. Para que vean con qué tienen que lidiar autores y editores.
Por eso, por lo heroico de esta actitud de la editorial iraní, estoy aún más feliz.
Acabo de firmar una factura por 137,70 euritos netos que me sabe a gloria persa.
Acabo de plantar una pica en Irán.
Ya me parezco un poco más a Elvira Lindo.  

PD: Si es usted un docente y quiere hablar con sus alumnos del tema de la piratería, no deje de ponerles esta pillow talk en la que Sebas G. Mouret y Jorge (@iampopez) hablan de las descargas ilegales.

Imagen de la fotógrafa iraní Shadi Ghadirian.

jueves, 13 de octubre de 2016

Yupi

Miren qué contenta estoy.
Ha estado cuatro días seguidos sin llover. Y aunque lloviera.
Aquí, en Dublín, los parques están preciosos, y sientes que los árboles se toman su tiempo, que se enorgullecen de su sonrojo o de su ictericia, que no tienen prisa por desnudarse y que el otoño será largo. Mejor así. Cada mañana recogemos castañas.
He vuelto a teatro y al teatro.
Nos abandonaron los piojos ¿definitivamente?
Mis Croquetas y wasaps han salido fritas publicadas en alemán, por la editorial dtv nada menos, la misma que publica a John Green, a Henning Mankell, a Raquel J. Palacio, a Kate DiCamillo. Y dice un tal Elmar Weihsmann, a quien desde aquí mando un beso, que es una auténtica perla. (También mando desde aquí besos y abrazos fortísimos a Katharina Diestelmeier, mi fantástica traductora, y a Carla Nagel, que hizo que el libro quedara así de bonito.)
En nuestra heladería han vuelto a hacer helado de Maltesers. Sí, llueve; sí, tomamos helado. Apostamos salvajemente por la felicidad y las manchas. Parecemos un anuncio de detergente.
Me han dado una noticia sobre mi niño del carrito que me muero por contar pero aún no me dejan.
Rasi, mi ardilla, ha conseguido volar. ¿O no? Y gracias a ella, sigo recibiendo papelitos que no merezco, solo que ahora por correo electrónico.
Estoy escribiendo cosas que me gustan. No siempre puedo decir lo mismo.
Y estoy esperando al cartero, que aquí llega en bicicleta, llueva o llueva, porque siempre llueve (menos estos cuatro días pasados), y él, que es igual que Pat el cartero, pero sin gato, me traerá a esta casa otra casa.
Y entonces volveré a escribir aquí para contárselo, porque ¿cómo iba a callarme todo esto?
Ah, sí, y otro motivo de alegría: el 4 de noviembre, si andan por Zaragoza, igual nos vemos. Espero poder repartirles entonces un poco de esta alegría porque casi me siento mal. (Qué mundo este en que da apuro mostrarse feliz.)
Besos.

En la imagen, de Helmut Newton: yo y Pantalones, el gato de mi hermana, después de recibir una llamada de una editora.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Pasadas


Miren, yo hoy iba a desperezarme después de más de un mes de ausencia y contarles una cosa importante.
Pero he llegado de dejar al niño en el colegio y me he encontrado una foto en el grupo de wasap de "La familia es la familia" y ahora solo quiero hablar de eso. La foto es la que ven encima de estas líneas (pinchen, pinchen en la imagen). Me la ha mandado mi hermana, la misma que cuando terminó de leer el libro dijo: "Está bien.", punto final. Menos mal que además de hermanas, tengo amigos.
El niño del carrito es un libro muy importante para mí. Gracias, Pepe, por recordarme por qué. Y por pasarte. Y gracias al Heraldo Escolar por publicar esta pasada. Aún pueden leer más al respecto aquí.
Y ahora me voy a llorar un ratito.
Ya si eso, mañana les cuento esa cosa.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Para abrir el apetito


Y así comienzan las aventuras de... 
¿Qué? ¿Se les ha abierto el apetito?

El primer capítulo completo se puede leer aquí.
El libro entero se puede comprar aquí.
Su horóscopo y el de su vecina los puede leer aquí. Personalmente acabo de enterarme de que hoy mi paisaje astral presenta un dinamismo sui generis. Suerte con el suyo.

[Ahora que lo pienso, esta coda es muy "niño del carrito".]

Maravillosa ilustración de Ana Pez. Pero de las ilustraciones ya les hablo otro día.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ser finalista

A la izquierda, Llanos Campos Martínez. A la derecha, La Oro.

Me lo habían comentado varios amigos escritores, que eso de ser finalista era peor que nada. Yo lo dudaba. Ahora lo sé. Sé si es peor o no. Y disiento de mis amigos. A mí no me lo parece. Me encanta ser finalista. Porque resulta que lo soy. Mejor dicho, lo fui. Finalista del Premio El Barco de Vapor. No este año, no. El año pasado, que se dice pronto y pasa lento.
Hoy, casi dos años después, sale aquel libro que casi-ganó en la serie naranja de El Barco de Vapor, El niño del carrito, con un sello en la cubierta donde pone "Finalista Premio El Barco de Vapor". No se imaginan lo orgullosa que estoy.
Lo cuento ahora por si le sirve a alguien, igual que en su día conté que había perdido. ¿Que qué se puede aprender de esto? Pues que para escribir y presentarse a un concurso hacen falta por lo menos cinco virtudes, a saber:
1. Esperanza. Porque si no, ¿para qué presentarse? Y porque, como decía mi admirado Emili Teixidor, "la esperanza es una piedra mágica que nos proporciona fuerza e ingenio para trabajar duro (...). Por eso es necesario guardarla bien y alimentarla con deseos altos e ilusiones, y procurar que no se nos escape nunca, porque sin esperanza no podríamos vivir".
2. Paciencia. Paciencia para escribir, paciencia para acabar, paciencia para releer, para corregir, para hacer la cola en Correos, para esperar el veredicto del jurado, para –manteniendo la esperanza– esperar a ver si uno es finalista, para que el libro encuentre un hueco en la programación editorial, si es que finalmente se publica...
3. Saber ganar. Si uno lo piensa bien, hay tanto factores, además del propio mérito, que determinan la decisión de un jurado... y ganar es tan improbable estadísticamente... Si uno gana, debe celebrarlo genuinamente y no apearse del asombro.
4. Saber perder. Si uno lo piensa... Por lo mismo de antes, es tan normal perder, a menudo tan justo, que uno no debería disgustarse, no más de cinco minutos.
5. Discreción. Si uno gana, o incluso si es finalista, tiene que mantenerlo en secreto durante meses. Me pasó con el premio Gran Angular y con el Premio Eurostars de Narrativa de Viajes. No se lo podía decir ni a mi madre (sobre todo, a mi madre). No se puede conceder un premio a un desbocarrado.
Ay, pero ahora que ya puedo hablar de ello, les aviso que voy a dar la tabarra con mi niño del carrito. ¿Saben las ganas que tenía yo de hablarles de este libro? Dejen de visitar este blog unos días si no quieren ni oír hablar de él. Advertidos quedan.

Imagen sacada de aquí.