Sé de un piano blanco varado en una cabina del garaje del Parque Roma. Cerca del piano, a veces, apoyados hay bastones, botas, esquís y crampones.
El piano tiene un acabado mate. No imaginen un piano satinado brillante, no piensen en el cursi del Richard Clayderman. Este piano del garaje es un piano que se sabe viejo.
Las arañas se pasean por sus teclas de marfil. Desdeñan los crampones, vulgares imitaciones de sí mismas. Las arañas se cuelan por la caja del piano y acarician sus cuerdas como si tocaran el arpa.
El piano perteneció a un joven tenor alemán. Lo tenía en Barcelona mientras vivió ahí. Lo necesitaba para ensayar. Luego se fue.
Dos días antes de dejar Barcelona, en una fiesta de unos vecinos peruanos, ya de paso una fiesta de despedida, el tenor conoció a una chica.
La chica era estudiante universitaria. Había ido a la fiesta con Gladys, que se encargaba de la limpieza en la residencia donde vivía la estudiante. Gladys y ella se habían hecho amigas. Aquel día, en la fiesta, hubo ceviche, cerveza y música, no de ópera, música latina. El tenor y la estudiante no bailaban. No habrían sabido cómo. Hablaron. La estudiante no sabía bailar cumbia pero sabía tocar el piano, y un poco de alemán.
El tenor le dijo a la estudiante que se volvía a Alemania. Quiso regalarle el piano.
Dos días después, en la estación de autobuses de Sants, la estudiante fue a recoger la llave del piso donde estaba el piano. Pensó más que sintió que tenía que darle un beso de despedida al tenor.
Él tenía barba.
Nunca he vuelto a besar a un hombre con barba.
Con lo fácil que parece ahora.
Hay un piano en el garaje. Y nadie lo toca.
Esto que acaban de leer es el texto que corresponde a la séptima de las 10 cosas que aprendí bajo tierra, que es "Que lo que no se usa, no sirve, pero existe". Si quieren leer las otras nueve cosas que aprendí en el garaje del Parque Roma, pueden leerlas en el último número de la revista Rolde, que habla de Buñuel, de Viola, de un maestro freinetiano en Las Hurdes a comienzos de los años 30, de Fernando Sancho... En realidad, mis textos no son más que el acompañamiento a las impresionantes fotografías de Fernando Sancho, del que es un honor seguir siendo pareja artística.
Dice Víctor Juan, que es el que nos lio en todo esto y el responsable de que haya quedado tan bonito, que mi texto es muy divertido. Y a mí que este punto en particular, el 7, me parece profundamente triste... Ríanse de mi existencia si quieren. Se darán con el callo de mi adolescencia. Además, a quién quiero engañar, me encanta que mis letras les hagan reír. O lo que sea.
Ahora que lo pienso, diez cosas ya forman una lista, ¿no?
jueves, 4 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
El tío Lorenzo
El de la izquierda, el de la patilla, el tupé (ay) y la mano en el bolsillo, es Lorenzo Oro, mi tío Lorenzo. Mi tío fue árbitro de Segunda Regional y de más de un pueblo salió perseguido a pedradas, pero mi tío sobre todo fue, ha sido y será maestro. Para mí de niña era algo confuso tener un tío Lorenzo que diera clases en un colegio llamado "Tío Jorge" al que todos llamaban "don Lorenzo" en vacaciones, en Boltaña. Pero así fue. Porque mi tío ha sido director del colegio Tío Jorge, en el barrio del Arrabal (Zaragoza), durante 25 años y desde 1973
organiza en verano las colonias escolares de Boltaña (Huesca). ¿Vacaciones de maestro? Ja.
Por ley se tenía que haber jubilado hace dos años, pero hubo una movilización vecinal para impedirlo. Con eso les digo todo. Todos queremos a Lorenzo.
Este año ya se jubila, todo lo que puede jubilarse un hombre como él, y, con esa excusa, hoy mi querido Víctor Juan –maestro de maestros, maestro de museo– le dedica una preciosa entrevista en el Heraldo Escolar en la que mi tío acaba confesando que ya se ha acogido al programa de ‘voluntariado’ de educación. "Al fin y al cabo esta es mi vida y ni sé ni quiero vivirla de otra manera", dice Lorenzo.
A Lorenzo dediqué hace años una columna en el Heraldo Domingo que, por pudor, no colgué aquí. Pero me dijo Víctor Juan que la colgara con la excusa de su entrevista y yo a Víctor Juan le hago caso. Allá va:
LA APUESTA
“Llorará seguro, mamá”. Me lo dijo con la seguridad de quien certifica la muerte de una lagartija despanzurrada en la carretera. Se refería a su tío abuelo. “¿Qué te apuestas?”, añadió mi hijo envalentonado.
El tío había sido elegido pregonero de las fiestas. Dos folios de letra apretujada habían acabado convertidos en folio y medio en el ordenador. Letra grande. “Sácame tres copias, sobrina”, me pidió.
Ya solo de leer en voz baja sus propias palabras había llorado. No digamos en el ensayo. En representación de un pueblo entero: mi madre, mi hijo y yo. En la primera lectura, el tío logró contener las lágrimas durante la frase “Amigos y amigas”. No pasó de ahí. La segunda lectura alcanzó hasta “Amigos y amigas, ¿qué he hecho yo pa…”. En la tercera lectura aguantó el tipo hasta la tercera frase, que decía: “A este balcón me han traído los niños, los caballos y los rebaños, aunque no en este orden.” Es cierto que le tembló un poco la voz en “niños”, pero llorar llorar, lo que se dice llorar, no lo hizo hasta el “orden”. Mi hijo miraba ojiplático.
“Vamos, Lorenzo”, le susurraba yo dándole ánimos cada vez que se le aflautaba la voz y prorrumpía en sollozos. “¿Y lo bonito que es ver a un hombretón emocionarse así?”. “Sí sí…”, me respondía con escasa convicción mientras se sonaba ruidosamente la nariz.
“Ahora dime qué camisa me pongo”. Entre la de cuadros y la blanca de hilo, elegimos la blanca. “La compré para una boda ibicenca”, me contó. A mí me costó imaginar a mi tío, que es recio y más de cachirulo, en una fiesta así.
Llegamos al pueblo con un calor sofocante e iniciamos la ascensión. El pueblo es de esos que forjan alpinistas. Por suerte, cada dos pasos alguien nos daba la excusa para pararnos en mitad de la calle empedrada y jadear. “Hemos venido solo para escucharte”, decían a mi tío. “¡Enhorabuena! Ahora vamos a verte.” Yo le veía sudar bajo su camisa ibicenca. En la plaza del ayuntamiento, se pidió dos botellines de agua.
La plaza se fue llenando. Cuando ya no cabía ni un alma ni un cuerpo más, subió al balcón. Bailaron el palotiau, salió el alcalde y… “Amigos y amigas”. Y mi tío habló de los niños, y las colonias, y los curas, el herrero, el carpintero, la acampada en Jánovas, el campus con Juan Señor, el pavo, los veranos de la infancia en un pueblo cercano que ya no existe, el viaje a caballo…
Cuando las palabras se le quedaron aprisionadas en el pecho, el pueblo tapó sus sollozos con aplausos. Quizá por eso, cuando acabó el pregón, mi hijo aún preguntó cándidamente: “Pero entonces ¿he ganado la apuesta?”. Ustedes se lo imaginarán. Quienes estuvieron bajo el balcón del ayuntamiento de Boltaña lo saben.
Cosa tan bonita no se ve ni en los atardeceres ibicencos.
Por ley se tenía que haber jubilado hace dos años, pero hubo una movilización vecinal para impedirlo. Con eso les digo todo. Todos queremos a Lorenzo.
Este año ya se jubila, todo lo que puede jubilarse un hombre como él, y, con esa excusa, hoy mi querido Víctor Juan –maestro de maestros, maestro de museo– le dedica una preciosa entrevista en el Heraldo Escolar en la que mi tío acaba confesando que ya se ha acogido al programa de ‘voluntariado’ de educación. "Al fin y al cabo esta es mi vida y ni sé ni quiero vivirla de otra manera", dice Lorenzo.
A Lorenzo dediqué hace años una columna en el Heraldo Domingo que, por pudor, no colgué aquí. Pero me dijo Víctor Juan que la colgara con la excusa de su entrevista y yo a Víctor Juan le hago caso. Allá va:
LA APUESTA
“Llorará seguro, mamá”. Me lo dijo con la seguridad de quien certifica la muerte de una lagartija despanzurrada en la carretera. Se refería a su tío abuelo. “¿Qué te apuestas?”, añadió mi hijo envalentonado.
El tío había sido elegido pregonero de las fiestas. Dos folios de letra apretujada habían acabado convertidos en folio y medio en el ordenador. Letra grande. “Sácame tres copias, sobrina”, me pidió.
Ya solo de leer en voz baja sus propias palabras había llorado. No digamos en el ensayo. En representación de un pueblo entero: mi madre, mi hijo y yo. En la primera lectura, el tío logró contener las lágrimas durante la frase “Amigos y amigas”. No pasó de ahí. La segunda lectura alcanzó hasta “Amigos y amigas, ¿qué he hecho yo pa…”. En la tercera lectura aguantó el tipo hasta la tercera frase, que decía: “A este balcón me han traído los niños, los caballos y los rebaños, aunque no en este orden.” Es cierto que le tembló un poco la voz en “niños”, pero llorar llorar, lo que se dice llorar, no lo hizo hasta el “orden”. Mi hijo miraba ojiplático.
“Vamos, Lorenzo”, le susurraba yo dándole ánimos cada vez que se le aflautaba la voz y prorrumpía en sollozos. “¿Y lo bonito que es ver a un hombretón emocionarse así?”. “Sí sí…”, me respondía con escasa convicción mientras se sonaba ruidosamente la nariz.
“Ahora dime qué camisa me pongo”. Entre la de cuadros y la blanca de hilo, elegimos la blanca. “La compré para una boda ibicenca”, me contó. A mí me costó imaginar a mi tío, que es recio y más de cachirulo, en una fiesta así.
Llegamos al pueblo con un calor sofocante e iniciamos la ascensión. El pueblo es de esos que forjan alpinistas. Por suerte, cada dos pasos alguien nos daba la excusa para pararnos en mitad de la calle empedrada y jadear. “Hemos venido solo para escucharte”, decían a mi tío. “¡Enhorabuena! Ahora vamos a verte.” Yo le veía sudar bajo su camisa ibicenca. En la plaza del ayuntamiento, se pidió dos botellines de agua.
La plaza se fue llenando. Cuando ya no cabía ni un alma ni un cuerpo más, subió al balcón. Bailaron el palotiau, salió el alcalde y… “Amigos y amigas”. Y mi tío habló de los niños, y las colonias, y los curas, el herrero, el carpintero, la acampada en Jánovas, el campus con Juan Señor, el pavo, los veranos de la infancia en un pueblo cercano que ya no existe, el viaje a caballo…
Cuando las palabras se le quedaron aprisionadas en el pecho, el pueblo tapó sus sollozos con aplausos. Quizá por eso, cuando acabó el pregón, mi hijo aún preguntó cándidamente: “Pero entonces ¿he ganado la apuesta?”. Ustedes se lo imaginarán. Quienes estuvieron bajo el balcón del ayuntamiento de Boltaña lo saben.
Cosa tan bonita no se ve ni en los atardeceres ibicencos.
martes, 2 de junio de 2015
Leer en el museo
En el retrato del cartel, aparece un fragmento de un cuadro. En el cuadro, hay un rey, Alfonso V de Aragón, y una mesita. Sobre la mesita que no se ve en el cartel, hay un libro abierto, una corona y un yelmo. En la corona y en el yelmo también hay, grabados, libros; libros para gobernarse y gobernar, libros para protegerse. El rey empuña una espada y en el pomo de la espada también hay grabado un libro; libros para atacar y defenderse.
El cuadro está en el Museo de Zaragoza, en la plaza de Los Sitios, y sirve ahora para anunciar la presentación-yincana más bonita que se ha programado en esta ciudad, ideada por Pepe Trívez. La presentación será en el propio museo y lo de "marco incomparable" se le queda corto.
Los que presentaremos, los que leeremos en el museo somos Andrés Chueca, David Guirao, Sandra Andrés, David Lozano, María Frisa, Pepe Serrano y yo, los siete. Ninguno se presenta ni se lee a sí mismo. Quienes esperamos que vengan, los invitados de lujo: chicos y chicas a partir de diez-once años. Seremos felices si vienen muchos adolescentes.
Sí, preadolescentes y adolescentes, al museo, de sala en sala, para que siete escritores, convenientemente agrupados en dúos cómicos, dúos terroríficos o tríos loquísimos, les presentemos nuestras obras, les hagamos reír, pensar, sentir. Una tarde de junio, la del miércoles 3, a las 17:30. Sí, repito, adolescentes, museos, lectura, junio. Impossible is Nothing.
Vente, Nicolás. Tráete a tus amigos. Yo voy a dar consejos para sobrevivir a los exámenes. Te garantizo que no os vais a aburrir.
sábado, 30 de mayo de 2015
Elsa
Habíamos presentado un libro, Mis (primeros) 400 libros, de Jordi Sierra i Fabra. Mi vecino había hecho una serie de fotos preciosas de aquel día. Las mandé.
"Y a mí que me gusta esa foto borrosa en la que tú, Elsa, dejas a Jordi cariacontecido a las puertas del hotel, negándole tu compañía en la suite, esa foto donde un hilo invisible une vuestras miradas (oh), esa foto que es casi como un fotograma de una película neorrealista italiana... :-)", le escribía yo en un correo.
Elsa, Elsa Aguiar, respondía: "Ya, toda yo tengo algo de película neorrealista italiana. Me pasa desde siempre :)"
La primera persona a la que vi utilizar un emoticono, la persona de la que aprendí qué demonios era eso, fue Elsa. Elsa fue la primera en muchas cosas. De su boca oí por primera vez, hace ya siglos, aquello de "nativo digital". Creo que el primero en decirlo fue Marc Prensky. Pero la segunda fue Elsa. No se limitaba a estar por delante. Andaba desesperada, yendo a buscar a los autores y empujándonos, como esas madres que dan varios pasos atrás para coger de la mano al hijo que se queda rezagado. ¿Quieren una lista de temas para actualizar la literatura infantil y juvenil? Ella la escribió. ¿Un curso de geolocalización para escritores, no para llegar a las presentaciones sin perdernos sino para pincharnos y que escribamos una novela geolocalizada? Ella lo hizo.
Claro que luego no le bastaba con cualquier novela por muy geolocalizada que estuviera. Elsa, como los neorrealistas italianos, quería una revolución ética y estética. En su imprescindible blog Editar en voz alta se lee con su voz:
Hoy nos has dejado a todos tristes, pero hay hilos invisibles, y no tan invisibles, que nos siguen uniendo a esa tu exigente, brillante y hermosa mirada.
Fotografía de Fernando Sancho. Aquí hay otra foto preciosa de ese mismo día donde aparece Elsa antes de despedirse, a mi lado, sonriendo, rodeada de buena gente. Me gusta recordarla así.
"Y a mí que me gusta esa foto borrosa en la que tú, Elsa, dejas a Jordi cariacontecido a las puertas del hotel, negándole tu compañía en la suite, esa foto donde un hilo invisible une vuestras miradas (oh), esa foto que es casi como un fotograma de una película neorrealista italiana... :-)", le escribía yo en un correo.
Elsa, Elsa Aguiar, respondía: "Ya, toda yo tengo algo de película neorrealista italiana. Me pasa desde siempre :)"
La primera persona a la que vi utilizar un emoticono, la persona de la que aprendí qué demonios era eso, fue Elsa. Elsa fue la primera en muchas cosas. De su boca oí por primera vez, hace ya siglos, aquello de "nativo digital". Creo que el primero en decirlo fue Marc Prensky. Pero la segunda fue Elsa. No se limitaba a estar por delante. Andaba desesperada, yendo a buscar a los autores y empujándonos, como esas madres que dan varios pasos atrás para coger de la mano al hijo que se queda rezagado. ¿Quieren una lista de temas para actualizar la literatura infantil y juvenil? Ella la escribió. ¿Un curso de geolocalización para escritores, no para llegar a las presentaciones sin perdernos sino para pincharnos y que escribamos una novela geolocalizada? Ella lo hizo.
Claro que luego no le bastaba con cualquier novela por muy geolocalizada que estuviera. Elsa, como los neorrealistas italianos, quería una revolución ética y estética. En su imprescindible blog Editar en voz alta se lee con su voz:
"Basta de decir que la realidad es así. La realidad es amplia y compleja, y cada uno decide con qué partes de ella construye sus modelos. Lo demás es escurrir el bulto."Elsa no escurría el bulto. Elsa era una lianta. Tenía que serlo. Lo decía aquí:
"Quizá para los tiempos que vienen, el editor, además de ser una esponja, debería tener una marcada dimensión “conseguidora”. Y para conseguir cosas, el editor, además de muy educado, tiene que ser un poco “liante”: alguien capaz de embarcarse y embarcar a todo el que haga falta en proyectos ilusionantes y prometedores, incluso algunos de resultado incierto. Por ahí va mi definición de la esencia del editor: un editor que, además de todo lo demás, sea alguien que hace que pasen cosas en el terreno de lo literario."Elsa fue todo eso y más. Gracias, Elsa, por no escurrir el bulto, por hacer que pasaran tantas cosas, por hacer que nos diéramos cuenta.
Hoy nos has dejado a todos tristes, pero hay hilos invisibles, y no tan invisibles, que nos siguen uniendo a esa tu exigente, brillante y hermosa mirada.
Fotografía de Fernando Sancho. Aquí hay otra foto preciosa de ese mismo día donde aparece Elsa antes de despedirse, a mi lado, sonriendo, rodeada de buena gente. Me gusta recordarla así.
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miércoles, 27 de mayo de 2015
Cosas mías
Soy morena y no me parezco a la del cartel de la Feria del Libro, que era La Idea. (No hay nada peor que ir a la peluquería con una idea; yo de cría me corté el pelo después de ver el vídeo de Freedom con La Idea de parecerme a Linda Evangelista y cuando llegué al colegio me llamaron Angela Channing.)
Soy morena y parezco una bruja, parezco mi abuela, mi abuela María.
Soy morena y voy a un colegio que han llenado de fotos de una escritora pelirroja y subo las escaleras con el temor de que los niños que me esperan no refrenen –porque los niños son así: no frenan, van a refrenar– un mohín de decepción. Menos mal que los niños, a cambio de amor, siempre dan amor.
Soy morena y me digo que espero que esto tenga sentido en Irlanda, porque lo que es aquí, NO.
Soy morena y no me hallo.
Hállenme ustedes. Estaré en la feria del libro. En Zaragoza, este sábado, 30 mayo, de 18:30-21h, en la caseta Librería Central. Y en Madrid, el sábado 6 junio, coincidiendo –qué suerte la mía– con la BLC2015, de 11:30-14h en la caseta SM y de 18-21h en la caseta de Kirikú y la Bruja. Busquen a una pelirroja de corazón, morena de bote, esa que se parece a Linda Evangelista como un huevo a una castaña.
En la imagen, de Steven Meisel, la Evangelista de morena.
domingo, 24 de mayo de 2015
Sorry not sorry, Edurne
Mira, yo en este vídeo ya salgo haciéndolo (hacia el minuto 1:30), y delante de Javier Cercas, Almu... Espera. No, en rigor, detrás de Javier Cercas, Almudena Grandes, Espido Freire, Antonio Orejudo, Fernando Savater, Rosa Montero, Alberto Manguel, Gustavo Martín Garzo (que no sé cómo no se sonroja, tan Martín Garzo que es él), Rosa Huertas, mi amigo Pérez Reverte, Eduardo Mendoza... Y delante de Kiko Amat, César Mallorquí, Care Santos, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Juan Bonilla, Alfredo Gómez Cerdá, Manuel Rivas, David Fernández Sifres, Elvira Lindo... y un largo etcétera.
Todos estos nombres te los cito para darme pisto, que es una de las especialidades de este blog. Pero en realidad, mi desnudo fue ante cientos de jóvenes lectores, que es lo importante en este asunto.
Porque, claro, está el asunto, lo que defiendes, que en tu caso, perdona que te lo diga, era un mojón de canción. Pero el asunto de mi desnudo era otro, eran los premios Hache y Mandarache, unos premios que ponen en pie de lectura a toda una ciudad, Cartagena; una iniciativa emocionante, "disfrutona" y eficaz como pocas. ¡Y glamurosa, Edurne! Como muy bien explica aquí Roberto Soto, son "la alfombra roja de la lectura". Que te lo digan Javier Ruescas, Francesc Miralles y Fernando León de Aranoa, que lo acaban de ganar este año. De hecho, León de Aranoa no pudo acudir a la entrega porque estaba en Cannes presentando su nueva película, pero porque lo echó a cara y cruz y le salió la alfombra roja de Cannes, que si no, se planta en la de Cartagena por las mismas.
¿Has visto, Edurne? ¿Has visto qué fiestón? Ahí sí que gritan. No exactamente EEEEeEEEeO. Ahí los lectores rugen. Los oí cuando gané. Uy, perdón, Edurne, se me ha escapado. Yo no quería...
Pero, mujer, si lo de Eurovisión es como lo de estos premios, seguro que lo bonito, si no lo importante, es participar.
¡Hablando de participar! ¡Ya sé cómo se te puede pasar el disgusto! Los del premio Mandarache se han inventado una cosa bien chula, es una acción de lectura colectiva ¡y te puedes apuntar! Será el 3 de junio, de 12 a 12:15. La idea es [te copio y pego porque ellos lo explican muy bien] "que miles de lectores se pongan a leer en espacios públicos el mismo día y a la misma hora en una acción simultánea que manifieste el poder de los lectores y sirva de celebración de la lectura como un maravilloso acto de comunicación. El #MANDARACHEBOOKMOB pretende ser un encuentro entre lectores, una oportunidad para compartir, comentar y celebrar la lectura en público como un acto de participación social y un ejercicio simbólico de ciudadanía activa". Edurne, si conoces a un profesor, librero, bibliotecario, educador, maestro, club de fútbol o de lectura o a cualquier otro grupo que quiera participar como colectivo, pásales este enlace. Y para ti, si no sabes qué leer, te recomiendo este libro.
Hablando de participación social, me voy a votar. Supongo que tú lo habrás hecho por correo antes de irte a Viena.
Un besito. Y no te des mal, que también esto pasará.
La Oro
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jueves, 21 de mayo de 2015
Estoy comprometida
De repente, me llega una mención. Es la joven lectora y bloguera @abygimeno9, que dice:
–¿Para cuándo un libro a cuatro manos entre @DavidlozanoG y @granduquesa?
(@granduquesa soy yo.) Y @jcuarteronoesta se anima y dice:
–Torturas y croquetas. La espero ansiosamente.
Me gustan estos compañeros de baile. Entro a la pista y respondo:
–Sí, hombre, y ver cómo @DavidlozanoG mata a mis personajes lentamente. Con lo que los quiero yo.
–Sí, hombre, y ver cómo @granduquesa convierte a mis personajes en ositos amorosos. Con lo que los quiero yo –se pica David.
–Pero crearíais la novela perfecta porque [granduquesa] lograría contener a @DavidlozanoG para que no mate ya en la página 5 ;) –insiste Aby.
–Y yo –dice David– contendría a @granduquesa para que los personajes no se besen en la página 4. ;-)
–Con lo bonito que es el amor. Creo recordar –digo yo.
Y todo es juju, jiji, jaja, hasta que la cosa se desmadra y ocurre esto:
[Lo de RT, mamá, es retuit, o sea, darle a un botoncico y que ese mismo mensaje, llegue a todos tus seguidores, tus compañeros de conversación. Como el correveidile de toda la vida, vaya.] Por mí les contaría los pormenores de la emocionantísima recaudación de retuits hasta llegar al ansiado 100. Pero sé que estas cosas, como las fiestas, es mejor vivirlas que contarlas. Solo les diré que me fui al dentista con el niño y cuando salí, casi me da un patatús porque en menos de 45 minutos, ya había 60 retuits. Menos mal que el cómputo de caries era menor. Por resumir: hora y media después de que Aby colgara su tuit, había más de 100 personas, que se dice pronto, que habían retuiteado su mensaje, una biblioteca de Zaragoza que se ofrecía para hacer la presentación, una bibliotecaria en Huesca pegando botes ante la mirada atónita de los niños de la sala, un lector y bloguero que nos prometía la gloria, otro lector que prometía comprar 10 libros, ideas sobre el argumento, propuestas para los agradecimientos, debates sobre si asesinar a los tuiteros antes o después de escribir la novela, por aquello de documentarnos sin perder lectores... emoción, mucha emoción y un hype de campeonato (ay, mamá, lo del hype te lo explico otro día).
Cuando me recupere, llamo a Lozano. Tenemos que hacer algo, y algo bueno. Nos lo han pedido. De momento, dejen que me recupere. Hemos conseguido los cien retuits, pero yo me he quedado así:
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