Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Estaba ciega

Me despierto –cosa rara– antes de que suene el despertador a las 7:07 (es mi única superstición, creo). Al momento me acuerdo: las elecciones. Cojo el móvil. Mi cronología de tuiter está llena de lamentos. Es unánime. Yo no doy crédito. ¿De verdad ha ganado Trump? No puede ser. No conozco a nadie que lo apoye. Cuando he hablado aquí y allí, en Irlanda y en España, sobre Trump, lo he hecho sobre el acuerdo tácito de que mi interlocutor no lo apoya, y todo sin pies de plomo.
Pero ha habido millones de personas que lo han votado, más personas que a Clinton. ¿Dónde están? En Texas, incluso en Florida. Desde luego no a mi alrededor, mucho menos en la parcelita de internet que visito.
Me acuerdo entonces de la entrevista a Zygmunt Bauman que leí ayer. Decía Bauman, entre tos y tos:
"Esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. [¿Por qué?] Para protegerte a ti mismo de las posibilidades multiformes que te ofrece la vida. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales."
Y me acuerdo entonces de mi pueblo postizo, donde hay 17 personas censadas, y cada una vota  a alguien distinto, y aunque el voto es secreto, los oriundos saben quién vota a quién. Y todos se hablan.
¿Debería empezar a seguir a seguidores de Trump para escuchar, para no estar tan ciega, para –si es posible– dialogar? Recuerdo entonces otro fragmento de la entrevista a Bauman:
"El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad."
No tengo nada que añadir. Me duelen los ojos. Me voy a educar.

Fotografía de Paul Strand.

sábado, 30 de julio de 2016

Escribir con miedo

María Frisa escribió una serie de libros. Yo me reí al leerlos. Mi hijo se rio al leerlos, como se rio leyendo los de Pablo Diablo, a Roald Dahl... (cómo nos gustan los personajes subversivos –Guillermo el Travieso, Pablo Diablo, Pippi, los libros de Walliams, los de Roald Dahl...– cuando los ilustra Tony Ross, cuando los ilustra Quentin Blake).
No somos un par de abusones mi hijo y yo, más bien diría que al contrario. Ni machistas. Aunque mi hijo se sonrojó ante el librero cuando fui con él a pagar Todos deberíamos ser feministas. Igual ha leído demasiada Frisa.
En fin.
Un youtuber leyó un fragmento de un libro de María Frisa y no se rio. Igual se pensó que iban en serio, como los de After. Se lo tomó tan en serio que no le bastó con cerrar el libro y dejar de leerlo, o recomendar su no lectura o una lectura crítica, no. Él quiso prevenir al mundo de que si leían esos libros, los niños –esos pequeños moralistas, esos seres que conocen la ironía y el sarcasmo desde los 6 años (aunque parece que luego no todos lo recuerdan)– se volverían unos acosadores y unos machistas. Bueno, él asumió ¿machistamente? que estos libros solo los leían las niñas. El caso es que inició una campaña en las redes y mucha gente –gente que pude ser yo, como tan bien explica Lea Vélez– se subió "a los carros justicieros" sin haber leído el libro, sin saber muy bien dónde puñetas iban. Aunque este carro sí parecía tener bastante bien marcado el destino a la hoguera. Por el camino –qué ironía– acosaron a la autora.
Leo y escribo para niños; yo aún escribo para niños. Me encanta hacerlo. Siento en cada falange la enorme responsabilidad que conlleva. Me pienso cada palabra que les doy. Lo he contado más de una vez, a veces en torno a circunstancias que acabaron en la retirada de libros.
Hace más de medio año la que me retiré fui yo. Me retiré voluntariamente de las redes sociales. Entre otras cosas, porque me perturbaban tanto ruido y ese ambiente propicio para el linchamiento. Y así no se puede escribir. No se puede escribir con miedo. Acabaríamos escribiendo sobre niños a los que les huele el pis a vainilla, dibujando pajaritos, agradeciendo y no quejándonos cuando los benditos editores intentan anticiparse a la censura de los meapilas, comprando por kilos papel de fumar.
Me tomo el humor, la literatura infantil y a los niños muy en serio. Por eso he salido de mi cueva a decir esto. Por eso vuelvo a mi cueva. Porque quiero escribir responsable y libre, desde el silencio y sin más autocensura que la que me impongan mi coquetería y mi deseo de no hacer daño a la gente que quiero; como Iñaki Uriarte, pero para niños.

Por eso, porque vuelvo a la cueva, –lo siento– no responderé a los comentarios. Pero ustedes comenten y debatan lo que quieran, que esta es mi casa, pero mientras siga abierta, están todos invitados a opinar como les plazca, a favor o en contra. Faltaría más. 

Recupero esta imagen donde aparecemos María Frisa (medio tapada por mi garra) y servidora muy bien rodeadas. Ese día –qué cosas– salíamos de una mesa redonda sobre si había libros para niños y libros para niñas. Debatimos, pensamos, nos hicieron pensar, nos reímos... esas cosas tan bonitas que a veces –sí, lo sé– también suceden en las redes.

jueves, 21 de mayo de 2015

Estoy comprometida

No, si ya decía yo que tuiter era una fiesta. Y las fiestas, ya se sabe, pueden acabar de cualquier manera. Yo una vez fui a una fiesta y luego me casé. Hoy me ha pasado algo parecido. En tuiter.
De repente, me llega una mención. Es la joven lectora y bloguera @abygimeno9, que dice:
–¿Para cuándo un libro a cuatro manos entre @DavidlozanoG y @granduquesa?
(@granduquesa soy yo.) Y @jcuarteronoesta se anima y dice:  
–Torturas y croquetas. La espero ansiosamente.
Me gustan estos compañeros de baile. Entro a la pista y respondo:
–Sí, hombre, y ver cómo @DavidlozanoG mata a mis personajes lentamente. Con lo que los quiero yo.
–Sí, hombre, y ver cómo @granduquesa convierte a mis personajes en ositos amorosos. Con lo que los quiero yo –se pica David.
–Pero crearíais la novela perfecta porque [granduquesa] lograría contener a @DavidlozanoG para que no mate ya en la página 5 ;) –insiste Aby.
–Y yo –dice David– contendría a @granduquesa para que los personajes no se besen en la página 4. ;-)
–Con lo bonito que es el amor. Creo recordar –digo yo.
Y  todo es juju, jiji, jaja, hasta que la cosa se desmadra y ocurre esto:

[Lo de RT, mamá, es retuit, o sea, darle a un botoncico y que ese mismo mensaje, llegue a todos tus seguidores, tus compañeros de conversación. Como el correveidile de toda la vida, vaya.] Por mí les contaría los pormenores de la emocionantísima recaudación de retuits hasta llegar al ansiado 100. Pero sé que estas cosas, como las fiestas, es mejor vivirlas que contarlas. Solo les diré que me fui al dentista con el niño y cuando salí, casi me da un patatús porque en menos de 45 minutos, ya había 60 retuits. Menos mal que el cómputo de caries era menor. Por resumir: hora y media después de que Aby colgara su tuit, había más de 100 personas, que se dice pronto, que habían retuiteado su mensaje, una biblioteca de Zaragoza que se ofrecía para hacer la presentación,  una bibliotecaria en Huesca pegando botes ante la mirada atónita de los niños de la sala, un lector y bloguero que nos prometía la gloria, otro lector que prometía comprar 10 libros, ideas sobre el argumento, propuestas para los agradecimientos, debates sobre si asesinar a los tuiteros antes o después de escribir la novela, por aquello de documentarnos sin perder lectores... emoción, mucha emoción y un hype de campeonato (ay, mamá, lo del hype te lo explico otro día).
Cuando me recupere, llamo a Lozano. Tenemos que hacer algo, y algo bueno. Nos lo han pedido. De momento, dejen que me recupere. Hemos conseguido los cien retuits, pero yo me he quedado así:
En las fotografías, de John Florea, David Lozano y yo, hoy en tuiter.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Hace falta valor

Hoy iba a hacerme booktuber. Sí, ya saben, de esos que graban reseñas de libros en vídeo y las cuelgan en internet. Pero es que resulta que acababa de lavarme la cabeza y no es plan. A ver si va a parecer que cuido mi imagen y luego me critican. Mejor me espero unos días a tener el pelo grasiento, no vaya a dar la impresión de que además me interesa la belleza, la moda o cualquier otra cosa; que no, que no, que no, que a mí SOLO me interesan los libros. Sí, mejor me espero porque además lo último que he leído ha sido Ciudades de papel, de John, quiero decir, John Green y claro, va a parecer que leo lo mismo que todo el mundo. No, mejor me esperaré a terminarme El ciclista de Chernóbil, ahora que lo han reeditado, o haré una reseña sobre el libro de Vinyoli. Aunque no sé, porque Vinyoli está muerto, y pensaba hablar bien de él, y claro, luego si alguien escribe un artículo criticándome solo podrá salir en mi defensa a través de una ouija y no tengo yo paciencia para eso, que soy muy de lo rápido.

Miren, no. Mejor lo dejo. No me siento cómoda. Esto iba a ser una respuesta al Retrato del reseñista adolescente, el artículo sobre booktubers de Ana Garralón publicado en Letras Libres. En un principio pensé hacerlo en el mismo tono irónico que emplea ella. “Irónico pero inofensivo, creo”, dice. Y en ese “creo” lleva la misma duda que me surge a mí. La ironía es un tobogán que desliza fácilmente hacia, sí, la condescendencia o la ofensa. De hecho, ¿no sonaba ya esa parrafada mía anterior bastante impertinente y marisabidilla?
Ana Garralón sabe latín de literatura infantil y juvenil, sobre todo de infantil. Admiro enormemente su labor. Suelo aprender mucho de sus artículos y a menudo estoy de acuerdo con sus opiniones, pero no puedo estar de acuerdo con su Retrato del reseñista adolescente.
Dice Ana Garralón que “muchos booktubers confiesan haber sido poco lectores cuando comenzaron”. Si eso es así, si la actividad en YouTube de un joven le ha llevado a hacerse más lector de lo que era, a mí no me parecería reprochable sino maravilloso.
Dice también, y suena a reproche, que “no tienen ningún pudor en mezclar en sus canales de YouTube vídeos de recomendaciones de libros con consejos de belleza, moda y salud”. ¿Y? ¿No es fantástico? ¿No es maravilloso que los libros se integren con el resto de sus intereses? ¿Solo deberían interesarse por los libros? ¿Y deberían hacerlo en secreto, en silencio, sin hacer "vida social"?
Dice, y suena a queja, que “no son pocos los comentadores que cuidan su propia imagen y en muchos casos uno puede observar cambios en relación a su vestuario, peluquería y maquillaje.” De nuevo, ¿y? Qué quieren que les diga, yo lo encuentro muy de agradecer. ¿Deberían aparecer feos, sucios, cochambrosos? Algo parecido opino sobre su trabajo de edición. “Su gran desenvoltura frente a la cámara y el trabajo invertido en la edición de sus vídeos contrastan con la poca labor de edición de sus reflexiones.” Dejando aparte un momento el tema de las reflexiones, me parece muy loable que se preocupen de los aspectos formales del vídeo y que inviertan tiempo en ello.
Y vuelvo ahora a lo de la “edición de sus reflexiones”. Dedica Ana Garralón parte de su artículo a comentar la poca variedad de los libros reseñados por los booktubers y la escasa profundidad de sus críticas. Pero esto, que en algún caso puede ser cierto, dicho así, en general, es una falacia como la de que todos los libros que se venden bien son malos y viceversa. Booktubers hay muchos, y los hay más y menos leídos, más y menos formados, sólidos, eclécticos...Y quiero creer que su "radio de entendimiento", ese que Ana Garralón presupone tan corto, crece día a día, lectura a lectura.
“Lo que antes se escuchaba tímidamente en los corrillos de los círculos de lectura, ahora está para siempre en la red. Multitudinarias visitas a vídeos lo confirman, comentarios que alcanzan la cifra de setecientos, canales con más de veinte mil suscriptores, editoriales corriendo detrás de ellos. No importa si el arte de la retórica está ausente”, parece lamentar Ana Garralón. Yo, en fin, lo celebro. No la ausencia del arte de la retórica, que sería discutible, sino todo lo anterior, lo de las visitas, los comentarios, los suscriptores, las editoriales...
En fin, esto me está quedando larguísimo y como bien dice Ana Garralón, “internet es el reino de lo rápido, lo corto y lo emocional”, así que terminaré. Emocionalmente, claro.
A mí me gustan más los blogs de reseñas que esto de booktube. Por una razón muy tonta. En un blog, en cualquier texto escrito, puedo hacer una lectura en diagonal, darle al ratoncico para abajo y valorar si me resulta interesante o no el texto antes de dedicarle una lectura atenta o distraída o no dedicarle ni un segundo; en un vídeo no puedo hacer eso. No me gusta no tener ese control. Entonces, ¿para qué me meto a defender esta historia? Por lo que defiendo a los booktubers, que muchas veces fueron o son también bloggers, no es porque a menudo hayan hablado muy bien de mis novelas, sino porque les debo pequeños momentos de felicidad. Y no me refiero solo a cuando hacen una crítica buena de mi libro, no. Es que a veces me he reído un montón viéndolos, y la risa está cara. Además, sé que no soy la única. Sé que los booktubers hacen lectores, y lo hacen sin darse importancia, haciendo risas. Es una forma distinta a la de los críticos.
Tuiteaba Ana Garralón el artículo diciendo: "Booktubers, ¿nuevos críticos? Tenemos algunas dudas". Pero es que los booktubers no pretenden ser algo distinto de lo que son, no pretenden ser sesudos críticos literarios, no pretenden ocupar el lugar de The New York Review of Books, no aspiran a crear un canon literario. No creo que los booktubers se consideren críticos. Creo que los booktubers, y que me corrijan si me equivoco, lo que pretenden es algo tan sano, tan poco pretencioso, tan generoso como compartir sus lecturas, contagiar sus entusiasmos, pasarlo bien, hacer que los demás lo pasen bien… Ratitos de felicidad, vaya, que se dice pronto. Quizá tampoco desdeñen cierta notoriedad, sí, cierto reconocimiento. ¡Qué menos! Lo hacen gratis. Su único pago son las manitas arriba, los comentarios, las suscripciones...  Esos pequeños reconocimientos son una forma de amor, y a ver quién es el guapo que renuncia a ser querido. Hace falta mucho valor para eso, para renunciar a ser querido. Y ese es el valor que le concedo al artículo de Ana Garralón: el valor de la renuncia a ser querida. Al menos por los booktubers.

En la imagen, de Richard Avedon, jovencita youtuber poniéndose toda guapa antes de grabar. 

miércoles, 29 de enero de 2014

PUTA

“PUTA", me llama A. O igual es un acrónimo. De Persona Utópica Textual y Apasionada, quizá.
Compréndanlo, le han obligado a leer mi libro. Él no quería. No lo habría elegido en la vida. Posiblemente yo tampoco lo habría elegido a él como lector. Posiblemente ninguna de las canciones que él escucha está en mi lista de reproducción, y viceversa. No nos merecemos el uno al otro, pero esa es la gran perversión de la lectura escolar: la falta de libertad.
Aun así, no reniego de esta práctica. De toda lectura obligatoria, surge un descubrimiento. A veces el descubrimiento tira por tierra un prejuicio (“vaya, contra todo pronóstico, me gustó el libro”); otras lo apuntala, y por el camino, cada libro, hasta los que no nos gustan, nos deja cosas.
Seguramente veré a A. y a C. Seguramente tendré un encuentro programado con ellos y sus compañeros de clase. Esta otra práctica, la de los encuentros con los lectores en el ámbito escolar, también está pervertida por la falta de libertad. No tiene nada que ver un encuentro de autor en un club de lectura donde van personas que han elegido acudir allí en lugar de darse un paseo en bici, con un encuentro concertado en el centro escolar, un secuestro en toda regla. Los alumnos no han elegido estar ahí, y el autor... Sobre el autor, decía Elvira Lindo a santo de esto de los encuentros: “a mí es que los niños me gustan de uno en uno, y no todos”. Sería un primoroso ejercicio de hipocresía quitarle la razón.
Así que tengo una hora, una hora para explicarle a A. que lo más duro de mi infancia, ya ven ustedes, fue ser la mediana y que mi hermana pequeña naciera solo quince meses después de mí, lo que me lleva a hacer todo tipo de tonterías en busca de afecto, incluso escribir. Tengo una hora para responder a C., que preguntaba “¿es que no sabe escribir normal la tía o qué?”, que claro que sé escribir normal, y que lo hago cuando elaboro la lista de la compra, pero que cuando escribo novelas, o cuentos, cuando intento hacer literatura no escribo normal; escribo bien. Tengo una hora para que A. y C. me escuchen y para intentar hacerles pensar. No les voy a hacer cambiar de idea. Mi libro les ha parecido un asco y tienen todo el derecho del mundo a opinar así. Pero me gustaría que al final de la sesión pensaran que igual hay algún libro, otro, que puede gustarles, y alguna cosa más. Y estoy dispuesta a dejarme la voz para hacerme oír, y a hacer el payaso, porque me gustan los canales de comunicación que abre la risa, y a hacer el ridículo, porque es una manera de que A. y C. vean que no hace falta estar arriba para sentirse a gusto, y estoy dispuesta a hablarles sin quitarme el corazón. Y acabaré agotada, como siempre. Pero es que solo tengo una hora, y además de A. y C., hay entre los ciento y pico chavales que me escuchan alguno al que le brillan los ojos, alguno que quiere ser escritor, alguna que, de ese mismo libro, dijo en tuiter:
La banda sonora de mis encuentros, esta, dice: “recibes lo que das”, y yo lo quiero todo. En ocasiones, lo he recibido todo, y por eso hay encuentros que están entre las cosas más bonitas que me han pasado en la vida, aunque yo también prefiera a los niños, a los jóvenes "de uno en uno".
Hasta pronto, A.
Hasta pronto, C.
Hasta pronto, M.

En las imágenes: intercambio de tuits entre A. y C y tuit de M. La única manipulación que he llevado a cabo ha sido ocultar sus nombres. Sus tuits son públicos y podría no haberlo hecho pero no quiero que A. y C. se ganen un castigo a costa de este cotilleo.
Y una cosita, A. y C., por si me leéis (permitidme que os tutee): no se anda llamando “puta” a las mujeres que hacen cosas que no os gustan. Es poco preciso, nada elegante y puede resultar ofensivo. Yo me río con esto, pero es que ya tengo unos años y me he hecho con una piel de elefante. Que a mí no me afecte, no significa que se pueda hacer. Ya sé que no me lo habéis dicho a mí, que no sabíais que lo leería. Aun así. De verdad, no llaméis puta a nadie. Ni gorda. Y, por favor, no dejéis de pinchar en el enlace de “gorda”.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Back to basics

Vuelvo de mi primera semana de gira de la Croquetas World Tour. Regreso con la espalda rota pero feliz de mi paso por salones de actos almerienses, bibliotecas de institutos granadinos, aulas multiusos malagueñas y voy directa al espectacular auditorio de eTopia (léase i-topia, con la i de todas las cosas modernas: e-book, e-learning, e-lusión porque "la originalidad es solo una ilusión de nuestra vanidad"), en Zaragoza.
En muchos de los centros escolares que visito, los micrófonos, si los hay, no funcionan. Por eso, y porque tengo una voz por la que un cazasubastas no daría ni un centavo, llevo mi propio cutremicrófono portátil. En eTopia no. En eTopia un técnico te coloca un micrófono de diadema y no hace falta ni soplar ni dar golpes ni decir "probando probando". ETopia es el nuevo Centro de Arte y Tecnología de Zaragoza. ETopia se presenta diciendo "Hola, soy Mañana". En eTopia nos juntamos tres premios Gran Angular —David Lozano que-esta-semana-presenta-nueva-novela-no-se-la-pierdan, Fernando Marías y servidora— para hablar de literatura juvenil transmedia. Si no quieres etiqueta, etiqueta y media.
Igual porque estamos en un sitio tan tecnológico, parte del auditorio parece asumir que transmedia es añadir cositas en internet a tu novela o publicar tu novela en formato electrónico. Quienes lo asumen no son además los más jóvenes. Lo más jóvenes del público toman notas con papel y boli, dieron mil ideas en un taller previo sobre "Nueva cocina narrativa" y no sienten que haya dos bandos.
Me acuerdo entonces de ese salón con aire de matadero chungo de un colegio malagueño, y de la calidez que se creó al colgar decenas de murales de cartulina con collages hechos a partir de la lectura de Croquetas y wasaps, y pienso que el transmedia no siempre está en la tecnología. A veces está en la pretecnología. Y otras veces está en algo tan primitivo como la palabra. Porque transmedia es asumir que para contar una historia tienes mucho más que un formato Word.
De todas las tonterías que digo y hago en esta nueva gira, lo que más me gusta, lo que aún me asombra, es lo que sucede cuando, si se tercia, leo un texto. A veces saco un papel, otras un libro, otras lo leo desde la pantalla de mi teléfono, o desde el iPad. Se crea entonces un silencio majestuoso, un silencio casi mágico. Y no es el iPad, ni el teléfono, porque sucede igual cuando leo desde un folio. Es ese soporte primitivo, el soporte cutre de mi voz, en conjunto con los dos soportes de pendientes y cera que adornan los laterales de los adolescentes que me escuchan; son esas dos cosas tan humanas, tan escasamente tecnológicas -orejas y voz- las que obran el milagro. Tendrían que verlo. En ese momento, no sé si transmediático, hacemos literatura, o algo, no sé cómo llamarlo. Solo sé que en ese momento nos alejamos un poco más del gibón, del orangután, del gorila.
La semana que viene voy a Miami a dar charlas. Me han prometido que tendré siempre cañón, portátil y conexión a internet. Me han pedido que prepare un PowerPoint, que haga algo muy visual. Yo lo he hecho. Soy muy obediente. Pero me juego una oreja a que no será absolutamente necesario. A la vuelta les cuento.

La imagen es de William Klein. Les contaré que en la zona exterior del modernísimo edificio de eTopia, hay un columpio bastante pretecnológico. El asiento es de madera desbastada. Cuelga de unas cadenas de hierro. A la salida del Salón de Literatura Transmedia, el sábado, mi hijo y yo nos estuvimos columpiando. La silla del columpio es un asiento corrido. Te puedes columpiar tumbado. Hacía sol. Se estaba bien. "No des tan fuerte", decía mi hijo. Cuando nos fuimos, nos olvidamos el iPad. Cuando llegamos a casa, nos dimos cuenta y volvimos corriendo a por él. Ahí nos esperaba. Nos esperaban los dos: el columpio y el iPad.

martes, 22 de octubre de 2013

Volvamos a poner el ego sobre la mesa

Escribí varios artículos de los que me siento particularmente orgullosa para El Tiramilla. La revista, pena, desapareció. Los recupero ahora aquí. Como innecesaria prueba de vanidad, empiezo por reproducir hoy...

Pongamos el ego sobre la mesa
Estudié diez años en un colegio de monjas que presumían de su humildad (nótese el oxímoron). Entre muchas otras cosas, las josefinas me enseñaron eso, a ocultar mi vanidad y hacerla pasar por otra cosa.
Pero soy un pavo real.
Como me siento tan culpable de serlo (malditas josefinas), a veces me consuelo diciendo: “¿Y quién no?”. El otro día mi hermano alivió definitivamente mi conciencia:
–Todos somos egoístas e inteligentes –dijo. (Creo que todo había empezado por un “esa tostada era para mí”, o algo así.) Y luego añadió–: Y no es nada malo.
Es verdad. Es necesario que alguien se ocupe de uno, y quién mejor que uno mismo (esto acabará hablando de literatura y de peleas, no desesperen).
 –¿Y las madres? –le dije como prueba de que no siempre somos egoístas.
Ahí mi hermano estuvo dispuesto a hacer una concesión, pero en el fondo sé que esa es otra coartada del egoísmo.
Ya llego: me busco en Google. Tengo activada una alerta sobre mi nombre y sobre Pomelo y limón [añado ahora lo mismo sobre Croquetas y wasaps] que me hace llegar lo que se escribe sobre mí y no pocas noticias sobre cócteles, dietas de adelgazamiento y noticias del sector de los cítricos. Además, donde no llega mi paranoia, llega mi padre, que es como la madre de la Pantoja pero con conocimientos informáticos y cada cierto tiempo me envía, sin añadir un solo comentario, un enlace a algo que ha encontrado sobre mí en la red.
Podría decir que mis libros son como mis hijos y que cuando me busco en Google, lo hago porque quiero saber qué es de ellos. Pero sería parcialmente falso. Lo que busco es lo mismo que el pavo real cuando vuelve la cabeza: ver el brillo de sus hermosas plumas a la luz del sol.
Pero ¿qué sucede cuando lo que encuentra uno no son unas hermosas plumas brillantes? ¿Qué ocurre cuando la luz -esa luz que emite otra conciencia que no es la tuya sino la que ahora es propietaria de tu libro, de tu hijo, la luz del lector- muestra que tus plumas no son tan brillantes ni tan hermosas como pensabas?
Por fortuna, apenas lo sé. Las críticas a Pomelo y limón [¡y las de Croquetas y wasaps!] han sido excelentes. Salvo dos.
Ante esas críticas, las negativas, uno tiene básicamente dos opciones: pensar que le han iluminado mal, que no han sabido ver el brillo de sus plumas, o bien, hacer el esfuerzo de ver sus plumas bajo esa luz. Y quizás aprender.
Recientemente, en el Reino Unido, comentaristas en redes sociales, blogueros y autores se han enzarzado en críticas, réplicas y contrarréplicas y han llegado virtualmente a las manos. La escritora Danielle Weiller escribía a raíz de una crítica negativa en Goodreads, la famosa red social de libros: “Me pregunto si los lectores se dan cuenta de que a veces los autores los leen y de que pueden sentirse heridos por según qué tonos y comentarios.”
Yo pediría a los lectores precisamente lo contrario, que se olvidaran de que los leemos. No quiero llegar a un blog y leer una reseña “dedicada a la autora que me estará escuchando”. De hecho, cuando leo reseñas de mi libro, me siento un poco mal, una infiltrada, porque esas reseñas no están hechas para mí. Y está bien que sea así. Esas reseñas están hechas para orientar a otros lectores, no para dar masajes en la espalda a los autores, que para eso ya tenemos familia y amigos.
Leigh Fallon, otra autora envuelta en la polémica tras hacerse pública su solicitud dirigida a familia y amigos de que le ayudaran a relegar una reseña negativa sobre su libro a los últimos puestos en Goodreads, se vio obligada a disculparse ante la autora de esa reseña negativa (la misma a la que en su solicitud privada llamó “vaca estúpida”). En su carta le dice: “Tu reseña me dolió. Ya sé que no era un ataque personal, pero hay días en que tengo la piel fina”.
Al final, de eso se trata, del grosor de la piel. Hace tiempo que lo aprendí, y fue un aprendizaje largo y doloroso. Te lo lego, querido lector, autor, bloguero… ser egoísta e inteligente que eres, con el sincero deseo de ahorrarte inútiles sufrimientos: si quieres sobrevivir como pavo real, hazte con una piel de elefante. Y sobre todo, sigue a rajatabla los consejos de Julie Bertagna en el artículo de The Guardian que glosa la reciente polémica: “Porque al final, ¿a quién pertenece un libro? Lo más difícil que debe asumir un escritor una vez que ha publicado su libro es que ya no es suyo... aunque ponga tu nombre en la cubierta y viva dentro de ti. Lo único que te queda por hacer es armarte de valor mientras el libro se abre paso al mundo, ser cortés [stay gracious, dice, con ese bonito matiz de serenidad y elegancia] y ponerte manos a la obra con el siguiente libro. Y si no puedes soportar el acaloramiento de la blogosfera, no te busques en Google”. Amén.
Firmado: Gracious Oro
Ah, y si alguien quiere dejar un crítica positiva o negativa de Pomelo y limón, le agradecería muchísimo que lo hiciera aquí. Creé esta página para dar cabida a críticas feroces y a reales parabienes, y estoy deseando y temiendo que se llenen. Ambas.

En la imagen, de Richard Avedon, yo preguntando a ese espejo llamado Internet: "espejito, espejito, ¿quién escribe más bonito?".
Este artículo fue publicado en el, snif, desaparecido El Tiramilla el 8 de febrero de 2012.

domingo, 3 de junio de 2012

De colas, blogs y brisa

[Aviso: va a parecer que esto trata de penes, cotilleos, blogueros, firmas… pero en realidad va de algunos clásicos de la poesía en lengua inglesa, y de Internet. Ya saben cómo me las gasto. ¡A lo sesudo por la baladí! Ah, y lo mejor está al final, por si van con prisa.]

Resulta que Freud va a tener razón. Todas deseamos tener cola. O esa es la sensación que tuve cuando, en la Feria del Libro de Madrid, vinieron dos guardias de seguridad de amarillo y pusieron unas vallas para [modo novelero on] controlar a la multitud que se agolpaba ante mí peleándose por una firma y una foto conmigo [modo novelero off]. Yo tenía cola, y era feliz. Además, no era una cola de meros lectores. Casi todos eran blogueros, lo que viene a ser un poco escritores, un poco lectores, un poco críticos (y algunos un mucho). Qué felicidad. Y la primera fue Mara Oliver, que luchó contra la agorafobia para venir y traerme un bolsa donde se lee el poema de Robert Frost que se cita en Rebeldes, de Susan E. Hinton. (Reproduzco el poema en la traducción de Miguel Martínez-Lage que aparece en Rebeldes. En los comentarios pongo, para puristas y políglotas, el original inglés.)
De la naturaleza el primer verde es oro,
un matiz más difícil de asir.
Su más temprana hoja es flor
pero por una hora tan solo.
Luego la hoja es hoja queda.
Así se abate el Edén de tristeza.
Así se sume en el día el amanecer.
Nada dorado puede permanecer.
 
Tras el poema, en letras doradas, Mara escribió lo que decía el personaje de Rebeldes: "STAY GOLD", permanece dorada, resiste dorada, sigue siendo de oro. No podría haberme regalado nada mejor, un mantra de escritora de literatura infantil y juvenil al que estaba predestinada.

La firma tuvo lugar al día siguiente de la charla-coloquio sobre la que ya les di la tabarra. En la charla, Jorge Gómez Soto, que es la anti-Ana Obregón de la LIJ porque siendo horriblemente joven afirma "tener una edad", contó cómo nosotros, los autores, no habíamos tenido la suerte de vivir el fenómeno bloguero, y yo pensé en todos esos blogueros de corazón que no pudieron serlo porque entonces no existía Internet, y también pensé en todos esos blogueros de carne y hueso que estaban ahí delante, so gold, y a los que había leído alguna vez y en cómo, sin ellos saberlo, me habían dado una palabra, o una idea, o habían tachado de mi lista de la compra un libro, y pensé, en definitiva, en el poema 404 de Emily Dickinson (traducción de Enrique Goicolea. En los comentarios pongo el original inglés. Esta traducción aparece en la bellísima y reciente edición de Nórdica. Cotilleen en cualquier librería el primer poema y miren la ilustración de Kike de la Rubia, e intenten no llorar de pura belleza. Ahora va el 404):
¡Cuántas flores mueren en el bosque
o se marchitan en la colina
sin el privilegio de saber
que son hermosas!

¡Cuántas entregan su anónima semilla
a una brisa cualquiera,
ignorantes del cargamento escarlata
que a otros ojos lleva!

A qué ojos llegarán estas palabras, me pregunto.
Dónde llegan las palabras de un bloguero, uno nunca sabe. Dónde llegan mis palabras, dónde llegan las tuyas, qué rojo florece de ellas...
No culpe a Internet, don Mario. Internet es solo eso, una brisa cualquiera, viento que esparce cargamento escarlata, semillas de girasoles, tiernos dientes de león...  o el aroma pestilente de una granja de cerdos. Y de eso, el viento no tiene la culpa.

[En las imágenes: mi cola.]