No, no me arrepiento de haber leído todo tipo de libros. Todos los libros que he leído –buenos, malos, regulares, malos que me parecieron buenos, buenos que me parecieron aburridos, densos, livianos, infantiles, juveniles, adúlteros...– me han dejado algo. En el peor de los casos, un subidón de autoestima como escritora. Todos esos libros, y alguna cosilla más, me han hecho quien soy.
Animaba Aidan Chambers –creo recordar que en El ambiente de la lectura (ay, cómo echo de menos mi biblioteca)– a llevar un diario de lecturas, un registro de lo que vamos leyendo al que volver para reconocernos, como quien mira un álbum de fotos. De hecho, es posible que ese registro nos dé más pistas sobre nosotros que esas fotos tan intercambiables de cumpleaños ante tartas y Navidades ante belenes. Uno vuelve a los libros que leyó y los libros le traen recuerdos de quien fue.
Hace poco me deshice de cientos de cosas, libros, papeles... Pero hubo algo que resistió mi afán tirador: las fichas de lectura que escribí de pequeña. Ahí estaba mi ficha de Ut y las estrellas, de El polizón del Ulises, de Los Hollister en Suiza, de Aparecen los Blok, de Veva, de Momo... Ahí estaba yo.
No me arrepiento de haber leído, y menos aún de haberlo registrado.
Se habla mucho de los booktubers, esos jóvenes que, entre otras cosas, registran sus lecturas en vídeo y las comparten; se elogia o se menosprecia su valor como difusores de la lectura. Es probable que ellos estén más cerca de la fórmula para hacer lectores que muchos bienintencionados mediadores. Sin embargo, en la última tontería que he visto al respecto se dice que los booktubers se arrepentirán de sus vídeos, que "cuando crezcan, se darán vergüenza". Me da por pensar entonces en la vejez de estos ahora jóvenes booktubers. Pienso en cómo se verán en un futuro. Y me respondo con envidia: ¡Se verán! Sus canales son ese combo perfecto de fichas de lectura y álbum de fotos.
Daría lo que fuera por poder escucharme y verme hablar de libros con aquellas hombreras y esa permanente de mi adolescencia. Desgraciadamente ya no puedo atesorar esa memoria lectora de mi juventud en formato multimedia. Solo tengo mis fichitas de niña... Pero, ¡ey!, puedo intentar que mi hijo se haga booktuber. Me sentiría tan orgullosa... Al fin y al cabo, para eso están los hijos, ¿no? Para cumplir los sueños frustrados de sus padres. ¿Por qué se creen que toco el piano?
En la imagen, la Piaf, otra que tampoco se arrepiente de nada.