miércoles, 11 de marzo de 2015

No es lo que parece (+18)

Tengo que escribir esto para salvar mi honor. Lamento si al principio les parece algo prolijo o el relato de algunos detalles les resulta arbitrario. Ya verán que no. Todo acaba cobrando sentido. Desgraciadamente.

Ayer me tocaba ir a Cariñena como parte del ciclo de Escritoras Españolas que organiza la DPZ. Fue un día complicado y acabé arreglándome a todo correr. Menos mal que llevaba el pelo medio bien. Desde que leí Cabaret Biarritz (léanlo), he encontrado una coartada estética para mis ondas y mi pelo corto. Ahora me arreglo como una flapper. Me bastó con ponerme un poco de crema definidora de rizos, una horquilla y a correr. Cogí la bici y fui hasta El Periódico de Aragón, donde había quedado con Juan Bolea.
-Me lleva don Juan en coche hasta Cariñena -le advertí a mi madre cuando le dejé al niño.
Al final, como siempre, llegué con tanta antelación que hasta me dio tiempo a pintarme las uñas en el banco corrido que hay frente a El Periódico.
-Tú no has leído El Periódico hoy, ¿verdad? -me dijo Juan poco después de entrar en su coche.
Y la verdad era que no. De haberlo hecho, igual le habría llevado un jamón, porque Juan me había dedicado una columna elogiosísima, esta.
En Cariñena tuvimos que abrir tres veces mi ventanilla para preguntar dónde quedaba la biblioteca. Todos los hombres a los que preguntamos nos miraron a Juan y a mí muy sonrientes y se esforzaron en dar explicaciones. Qué amables son en Cariñena.
Y por fin llegamos. Ahí estaba esperándonos, toda sonriente también, Társila, la técnico de cultura.
Juan pidió ir un momento al baño antes de empezar, y yo me sumé a la petición.
-Ya sabes lo que dijo Churchill cuando le preguntaron qué hacía falta para ser un buen orador -dijo Juan, aunque no estoy segura de que el citado fuera Churchill. Me hago un lío con los nombres-: ir antes al baño.
Hice el Churchill (o quien sea) y salí a todo correr, sin apenas mirarme al espejo, porque Juan ya se me había adelantado y estaban todos esperando: un grupo de mujeres maravillosas, la mayoría en torno a los sesenta años, e Isidoro, el único hombre que se atrevió a venir.
Yo me mostré desenvuelta, me temo que algo procaz. Juan, a mi derecha, se mostró algo escandalizado. Hablamos de Miami, de libros, nos reímos... Sobre todo, nos reímos mucho.
A la vuelta, Juan me dejó al lado de casa de mis padres. Nada más entrar, les enseñé el ejemplar de El Periódico que me había dado Juan. Mi hijo empezó a leer la columna; mi madre, coleccionista de recortes, se ofreció a guardarla; mientras, yo comía croquetas. Cuando llegó mi padre, la leyó complacido.
-Qué bien te ha tratado, ¿no? Está muy bien, muy trabajada -dijo.
Yo asentí.
-Muy trabajada.
Solo cuando salí de casa de mis padres y me miré en el espejo de su ascensor la vi.
Era una mancha blanca. La tenía en el pelo, en el lado derecho, el que ve un viandante cuando le preguntas desde un coche, el que ve tu presentador cuando se pone a tu derecha, el que ve aquella lectora desde arriba mientras le dedicas el libro, el que ve tu madre cuando, sentada a tu lado, te mira comiendo croquetas al levantar la vista de la reseña que te ha dedicado el hombre que te llevó en coche. Una mancha blanca como la famosa mancha blanca de la famosa Chica de la Mancha en el pelo. Una mancha como aquella de la que hablaba Carmen Pacheco cuando inauguró con aquella maravillosa crónica del Premio SM el género del noeslefismo al que pertenece esta entrada.
A La Chica de la Mancha, los agentes que la detuvieron en un control de alcoholemia tuvieron el bonito detalle de comentarle que tenía "algo" en el pelo. A Carmen Pacheco se lo dijo Jorge Gómez Soto. A mí nadie me lo dijo. Y eso que tenía una buena respuesta que dar: un grumo blanco y pastoso de crema definidora para cabello rizado u ondulado Stylius (Línea Profesional).
Que justo ese día Juan Bolea escribiera aquella columna tan elogiosa sobre mi ¡Buenas noches, Miami! fue pura coincidencia. Lo juro.

En la imagen, yo, en mi próxima charla, con los rizos a lo loco, sin definir, y con una cinta en el pelo, por si acaso.

sábado, 7 de marzo de 2015

Cita con niños, libros y ardilla

Estos dos últimos años he estado trabajando como una loca en un proyecto del que no puedo enorgullecerme en primera persona del singular. Detrás de él estoy yo pero también están el ilustrador Dani Montero y un enorme equipo de personas como las editoras Aída, Araceli, Arantxa, Carmen, Cristina, María Pilar, Mónica, Nuria, Paloma, Pilar... (y seguro que me dejo gente). ¿Echan algo de menos en esta enumeración? ¿Hombres? ¡Bah! ¿Quién los necesita?
¿Cómo dice? ¿Que los necesitan los chicos, los niños, porque con tanta bibliotecaria, tanta editora, tanta lectora profesional, tanta xx, no estamos atendiendo al gusto de los xy? Bueno, es una opinión a tener en cuenta. Aunque ¿acaso hay libros para chicos y libros para chicas? Es otra opinión a tener en cuenta. Pero a lo que voy:
Fruto de ese trabajo colectivo nació la pandilla de la ardilla. La pandilla de la ardilla acompaña en clase a los niños y niñas de 1º y, a partir del curso que viene, de 2º de Primaria. Aparece en los libros de texto de las distintas áreas del proyecto Savia (SM), en libros de El Barco de Vapor, en el libro de Lecturas (que es preciosísimo; salen los mejores autores con ilustraciones de Tomás Hijo; tienen que verlo)... "Educar es hacer crecer", dice el proyecto Savia. Estoy segura de que estos libros harán crecer lectores de esos que dentro de unos años se dirán nostálgicos: "¿Te acuerdas del libro de los 13 colores?" "No, eran 12." "¿Seguro?" "¿Y de los niños de la pandilla? El que mejor me caía era Ismael." "¿Qué dices? La mejor era Nora." Lectores, en fin, que harán suya la pandilla.
Ya la han hecho. La pandilla de la ardilla ya no es nuestra, ya no es mía. Esto se dice a menudo de los libros, lo de que pasan a ser de los lectores, pero es que en este caso es tan real que dan ganas de chillar. Al menos a mí me dieron, y no las reprimí. El primer día que me crucé con una niña que llevaba a Rasi bajo el brazo, grité. La niña me miró asustada hasta que le expliqué, toda orgullosa, sin plurales ni leches, que YO era LA MADRE de Rasi. La niña me contó que aquel muñeco de peluche que agarraba con fuerza, temerosa, con razón, de que yo se lo arrancara en cualquier momento, era la mascota de su clase y que cada fin de semana se lo llevaba un niño. He visto fotos de MI ardilla Rasi en la nieve, abrazada a un niño en un campo de fútbol...; he sabido de obras de teatro donde niños de carne y hueso interpretaban a los miembros de la pandilla; cientos de niños me han cantado la canción de la pandilla de la ardilla; en algún colegio me han recibido como si, más que la madre de Rasi, fuera Violetta...
Ahora intento controlarme. Procuro no gritar de emoción. Pero cada vez que veo a un niño, o niña, con Rasi bajo el brazo, me siento como debía de sentirse Garrett Augustus Morgan cada vez que se paraba junto a otro peatón en un semáforo, secretamente orgulloso de una autoría que resultaría impensable para quien estaba a su lado.
¿Conocen a Garrett? ¿Sabían que quien inventó los semáforos automáticos, allá por 1923, era negro, el séptimo de once hermanos, hijo de dos esclavos estadounidenses? Para que luego diga Nicholas Wade. Garrett inventó también la máscara de gas, el cigarrillo autoextinguible y un líquido para alisar el pelo. Él se lo ponía para hacerse pasar por indio de la reserva Walpole, porque para reservas, las que tenían sus compatriotas con él por ser negro. Garrett luego luchó por los derechos de los afroamericanos pero al principio disimulaba su negritud como un Michael Jackson cualquiera. Cómo reprochárselo. Si andamos exigiendo el martirio a cada quisque, acabaremos dejando sin sentido la palabra "héroe". Vuelvo, que ahora sí que me he ido pero bien. A lo que iba:
Todo este rollo para contarles que el sábado 14 de marzo a las cinco de la tarde voy a Alcalá de Henares, a la librería Diógenes, a presentar los libros de la pandilla de la ardilla. ¿Vienen?

Si ya tienen una edad y les queda más cerca Cariñena que Alcalá de Henares, el martes 10 de marzo a las 19h estaré, dentro del ciclo literario Escritoras españolas, en la Biblioteca Municipal de Cariñena hablando de ¡Buenas noches, Miami! y de lo que ustedes quieran. Insisto: ¿vienen?

jueves, 5 de marzo de 2015

Tengo trabajo

Cuando mi hijo empezó a hablar, lo hacía exclusivamente en segunda persona.
"Tienes sueño", decía para decir: "tengo sueño". "Tienes hambre", decía cuando quería decir: "tengo hambre". "Te has caído", informaba, en vez de: "me he caído".
Pronto comprendí que a la pobre criatura, centro del universo familiar, le faltaban modelos de uso de la primera persona. Ahórrense los presagios sobre mi pequeño Kim Jong-un. Lo sé. El caso es que, suspendida la vida propia por una vivencia de la maternidad tan volcada como abrumada, a mi hijo no le hablaba de mí. Tampoco los demás pronunciaban el "yo".
Había una única frase que mi hijo conjugaba en primera persona. Al parecer, era la única que me oía decir. Me recuerdo diciéndola una y otra vez con desesperación a aquel bebé que solo quería jugar, y esa frase, la única frase que mi hijo me oía decir en primera persona, la única que él decía en primera persona, cuando jugaba a sentarse ante un ordenador imaginario, era:
"Tengo trabajo."
Esta, que es una historia real, es también una historia de terror. Posiblemente, la más terrorífica de nuestros tiempos. Bueno, la segunda más terrorífica. La primera es una que empieza exactamente igual pero que acaba con otra frase, una frase que repiten con desesperación muchas madres, una frase que no pueden dejar de pronunciar porque ocupa tanto espacio mental que impide disfrutar de la vida, y más de un bebé, que es una vida anexa concentrada en unos pocos gramos, y esa frase es:
"No tengo trabajo."
El domingo, en fin, es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
¿Felicidades?

La imagen del más-difícil-todavía desgraciadamente no sé de quién es, ni quién la hizo. La saqué de aquí.

domingo, 22 de febrero de 2015

Cuando Jürg Schubiger era joven todavía

Jürg Schubiger, antes de ser escritor, fue jardinero, leñador, cortador de cartones, tallador de madera… Al final, cuando le dio por estudiar, estudió tanto que hizo tres carreras: Filología Alemana, Psicología y Filosofía. Y se nota. Se nota que le gustaba pensar y hacer pensar, y se nota que sabía cortar (flores, árboles, cartones, maderas, palabras...). Porque para ser un buen escritor hay que saber cortar, sobre todo cortar el rollo: no poner más palabras de las necesarias, no soltar sermones…
Jürg Schubiger sabía hablar de lo importante sin soltar sermones. Hace solo quince días que la Muerte vino a casa de Jürg (Cuando la Muerte vino a nuestra casa es uno de sus libros), pero cuesta creerlo porque su obra sigue viva y en ella todo parece nuevo, fresco, recién inventado. Fíjate en algunos de sus títulos: Cuando el mundo era joven todavía, Así empezó todo, Dos que se quieren. Sus cuentos hacen pensar a niños y niñas desde los 8 hasta los 108 años. Pero mejor lo compruebas con uno de ellos, incluido en Así empezó todo, un cuento que, con la sencillez de una mina de lápiz, te deja una lección y una sonrisa en la boca. Y que conste que eso —repartir lecciones y sonrisas al tiempo— no es tan fácil como Jürg hace parecer.

DOS LAPICEROS
Un lápiz y un lapicero de color estaban discutiendo cuál de los dos era más importante. Para demostrar lo que sabía hacer, el lápiz dibujó una barca de remos, un velero, una balsa, una canoa y un transatlántico. El lapicero, que era de color azul, pintó el mar debajo de ellos.
Cuando los dos ya estaban cansados, sedientos y casi sin punta, el lapicero de color dijo:
—Querido lápiz, dibújame un vaso para que pueda pintar agua dentro.
Y el lápiz contestó:
—¿Te importa si dibujo dos vasos?
 En la imagen, ilustración de Routraut Susanne Berner para Cuando el mundo era joven todavía.

Este texto apareció publicado en Heraldo escolar el 1 de octubre de 2014, poco después de que falleciera Jürg Schubiger, pero me da mucha más alegría publicarlo ahora aquí para celebrar que revive un poco con la reedición por parte de Anaya de Cuando el mundo era joven todavía.

domingo, 15 de febrero de 2015

Vida social de una escritora (outsider) de provincias

Cuando no estoy atroncada por la fiebre, leo Blitz, de David Trueba. Es un libro que me habla a mí, y eso que no soy paisajista treintañero ni intérprete alemana de más de sesenta años. Me siento incapaz de trabajar con este dolor así que cuando termino de leer Blitz, me dedico a buscar mi opinión en otras opiniones y topo con una entrevista donde David Trueba dice:
"No estoy enamorado y lo siento: es el mejor estado del ser humano."
Yo estoy igual.
Fantaseo con la idea de ir a la presentación de Blitz en mi ciudad, el viernes, en Los Portadores de Sueños. Podríamos conocernos y podríamos enamorarnos, David Trueba y yo. Parece un hombre bueno. Le regalaré un ejemplar de mi ¡Buenas noches, Miami!, meteré mi tarjeta dentro. Busco en Google "David Trueba Miami". Sí, él también estuvo en Miami. Pondré en la dedicatoria: "Para David, esta otra historia, nada japonesa, sobre el paso del tiempo". Podría meter el libro en un sobre, para que nadie lo viera. Me daría vergüenza. Me dará vergüenza seguro. No creo que lo haga en realidad. A la presentación irá toda la casta literaria aragonesa. Lo presenta Ismael Grasa; es David Trueba. Yo no pertenezco a ese mundo, o no me siento parte de él. Yo escribo literatura infantil y juvenil. Los escritores de literatura infantil y juvenil formamos nuestra propia casta.
A ellos, a esos otros escritores zaragozanos, los veo en las pocas presentaciones a las que puedo escaparme mientras dejo al niño colocado una o dos horas. Siempre salgo corriendo. Desde hace un tiempo, veo que me saludan levemente con la cabeza. Igual me conocen porque durante un tiempo heredé la columna de Félix Romeo en el Heraldo de Aragón. Ellos son sus huérfanos, los huérfanos de Félix Romeo. Al grupo se han ido sumando algunos jóvenes escritores. No todos publican en pequeñas editoriales.
Creo que los mayores no me recuerdan. Yo sí, y eso que he olvidado la mitad de mi vida. Yo apenas tenía dieciocho años entonces, pocos menos que mi amiga M.. M. intentaba que la medicación contra la locura no se le llevara de paso su genialidad, y yo me fingía loca, creyendo que así me acercaba a la genialidad. M. era descendiente de Luis Buñuel; ese fue nuestro pase de entrada al alegre grupo de Félix Romeo. Nos recuerdo como pequeñas mascotas, bailando (M. era bailarina) y admirándolos. La primera vez que fuimos tras ellos, estaba precisamente Ariadna Gil. Creo que entonces todavía no era mujer ni exmujer de David Trueba. No recuerdo para qué había ido a Zaragoza. Recuerdo que dijo lo mucho que le gustaban los cuentos de Ignacio Martínez de Pisón.
Aquella noche, en el Bambalinas -estábamos muy locas- M. y yo cogimos la agenda telefónica de Luis Alegre sin que él se diera cuenta y fuimos al baño con aquel grial. Ahí estaba todo, estaban todos: Penélope Cruz, Trueba (que entonces, para nosotras, solo era Fernando), Jorge Sanz cuando nadie se preguntaba ¿Qué fue de Jorge Sanz?... Salimos del baño y volvimos a dejar la agenda en el bolsillo de la chaqueta de Luis Alegre. Creo que M. memorizó el número de teléfono de alguien.
Una noche, otra, Luis Alegre y Félix Romeo nos hicieron ese chiste-apuesta tonto al que, con mi insultante candidez, no encontré maldita la gracia. "Me apuesto cien pesetas a que te toco las tetas sin mover las manos" (o algo así), y luego nos tocó las tetas, con las manos, y nos dio cien pesetas. Yo me sentí una fulanilla. Además, llevaba una peluca lisa, rubia y con flequillo. La había comprado en la sección de Oportunidades de El Corte Inglés. Quería fingirme extravagante. Me salía con bastante naturalidad, la extravagancia, digo.
Luego me fui a estudiar fuera, a Barcelona, y acabé trabajando en Madrid. Cuando volví a Zaragoza, lo hice como cantaban Sergio y Estíbaliz, "vestida de olvido". 
Ahora tengo buenos amigos escritores e ilustradores, del mundo de la literatura infantil y juvenil, sobre todo. Ahora hay letraheridos que se me acercan en la feria del libro y me traen sus libros autoeditados con la esperanza de que los lea. Hay escritoras jóvenes que dicen que han cumplido en este mundo porque las he mencionado en mi blog. Al tío que en tuiter me ofrece su servicio de publicaciones para autores noveles, le suelto una chulería digna de Esperanza Aguirre. Pero ya ven, yo, que a veces soy presentada como "una escritora de éxito", sigo exactamente en el mismo lugar de aquellos que se me acercan con palabras entrecortadas, aquellos a los que me he jurado mirar siempre con interés.
Solo soy una chica que quiere que David Trueba la lea.
¿Y ahora qué?

En la imagen, de Larry Fink: yo, en mi tierna juventud, trastabillando por el Bambalinas con mis primeros tacones en pos de los prohombres y las promujeres (¿las había, o solo había musas?) del mundo cultural zaragozano de finales del siglo XX.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mi semana beso a beso

Llego sola la noche del domingo al mismo hotel de Málaga donde hace tiempo alguien me besó. La habitación huele a tabaco y duermo mal.
A las siete de la mañana, dejo de intentar dormir y me pongo en pie. Me llevan a un colegio en Marbella y se produce el bailecito habitual. El jefe de estudios adelanta la mano para saludarme y yo me acerco para darle un beso, entonces él se acerca a mí pero yo ya me he echado hacia atrás y he extendido la mano. Al final, entre risas, hacemos las dos cosas: nos damos la mano y dos besos. De allí vamos a otro colegio a Estepona, y de Estepona a Granada.
La habitación del hotel de Granada también huele a tabaco. No quiero pasar otra noche sin dormir y bajo a recepción a pedir que me la cambien. La 225 también apesta a tabaco, pero me digo que no, que será que estoy obsesionada. Horas después, cuando sigo sin dormir, abro la ventana y veo, en el tejadillo que hay debajo, decenas de colillas. Si son cigarrillos de después, quien ha ocupado la habitación antes de mí era Strauss-Kahn. Además del olor a tabaco, de alguna manera han conseguido dejar flotando una densa tristitia. Así no hay quien duerma.
Siete sesiones ante niños o jóvenes, casi de cien en cien me esperan al día siguiente. Me esfuerzo en recordar que, para cada niño, para cada joven, es la primera. En una de ellas, al final del encuentro, la profesora me acerca a un niño en silla de ruedas. No sé qué le pasa, quizá algo parecido a Stephen Hawking. La profesora dice al niño: "Ya le puedes contar a tu madre que has estado muy cerca de una escritora". Yo le aprieto el brazo. "Ya le puedes contar que te ha cogido el brazo", dice entonces la profesora. El niño sonríe, con una sonrisa de bebé grande. Yo le doy un beso, dos. El segundo beso, el que doy en la mejilla que tenía inclinada, me llena de babas la cara. No me quiero limpiar, pero en ese momento se me acerca otro profesor para darme dos besos. Le doy un segundo beso falso, como si Naty Abascal besara a Carmen Lomana. Cuando salgo al pasillo, me paso la mano por la mejilla.
Ya en el hotel, leo correos de editoras educadas que acaban con "un beso" sus mensajes. Yo sé que en el fondo querrían despedirse con "un latigazo" porque tengo que entregar ya esos cómics de entrada de trimestre para los libros de Lengua. Pero no puedo con mi alma.
Por lo menos, sé que hoy dormiré. Por la mañana, en un colegio de Almanjáyar, Marina, una alumna de 1º de la ESO, me cantó una nana (pueden ver eso  y mi cara de sueño aquí, en el minuto 16:50). Y al llegar al hotel, le dije al hombre de recepción que lamentaba actuar como la princesa del guisante pero que necesitaba cambiar de nuevo de habitación.
Al día siguiente, en el instituto de Motril, nada más bajar del coche, oímos a los adolescentes rugir mi nombre. Son inteligentes, inquietos, me hacen preguntas con doble sentido antes de averiguar que no me asusto de nada. Les digo que todos necesitamos a alguien que nos quiera y el grupito de malotes del fondo hace "uuuh". Especialmente ellos. ¿No es su actitud un desesperado intento de reclamar atención? Cuando acaba la charla, quieren que les firme los libros. Se ponen todos en fila. Los que no tienen libro, quieren que les firme un papel. El primero al que le firmo, se agacha para que le dé dos besos. Se los doy. El grupito grita: "uuuuh". Pero a partir de ahí, todos repiten el ritual: firma y besos, firma y besos, firma y besos. No me había pasado nunca. Yo espero a que sean ellos los que se inclinen. No quiero que nadie se sienta obligado a que nos besemos. Hay solo tres o cuatro que no se agachan, y me quedo con la sensación de que no lo hacen por timidez. Tiene razón Fernando J. López, "lo mejor de escribir, sin duda, es esto".
A Juan Carlos, que me lleva hasta el aeropuerto en coche, ni lo beso porque si no, se me escapa el avión y por nada del mundo quisiera perderme el beso que quiero dar a mi hijo cuando llegue a casa. Aún tengo que coger además un tren para eso.
Cuando por fin llego a casa, debería abrir el ordenador porque a los cómics se han sumado una traducción que debo revisar y un índice, pero me encuentro mal y solo soy capaz de tomarme un mañocao delante de la tele. En Quién quiere casarse con mi hijo, el niño rico de Marbella está besando, o siendo besado, por una pretendienta.
El jueves conduzco hasta Huesca y estoy con más niños, y niñas, y profes, y ardillas, y de ahí a la asociación, y de la asociación a la reunión del cole, y de la reunión al médico con el niño, y del médico a la cama.  
Hoy beso el termómetro y compruebo que tengo fiebre. Releo el libro de poemas que presentaré mañana, sábado, en Los portadores de sueños, a las 13:30. Hay muchos besos en La chica del verano, de Enrique Cebrián.
“Los jueves asaltábamos farmacias / a punta de navaja. / Podíamos haberlo hecho cualquier día, / pero ambos acordamos que los jueves / eran maravillosos / para asaltar farmacias y veleros / —y también heladerías— / y besarnos despacio / bajo tantas palmeras”, leo en La chica del verano. Sonrío porque algo sé de besos, y farmacias, y heladerías, y palmeras. De veleros, no.
Y me tomo otro ibuprofeno.

En la imagen: yo, besando, por fin, tras unos días fuera, a mi queridísimo hijo.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Nivelón, nivelón

Le escribo a G. para ver si se anima al Wine & Books, la cata literaria esa a la que no pueden faltar. Me responde:
"No sé si será demasiado nivel literario para mí."
A ver, G., nivel sí habrá. De hecho, ahora estoy montando la presentación para el Wine & Books y acabo de meter esto:


Y ese es el nivel (que level es "nivel" en inglés; te lo digo, G., porque me conozco el tuyo de inglés). Bueno, ese y más. Mira, te pongo otra foto que también he incluido en la presentación:


¿Cómo te crees si no que he convencido a un autor del level de David Lozano para que me acompañe?
Habrá vinos de Viñas del Vero, migas, ibérico... Y más fotos de mi álbum privado.
Tú verás. Pero yo esto no te lo pienso enseñar luego por más que insistas.