Reconozco que, por un momento, todo este rollo de defender el producto literario nacional me recordó a los agricultores franceses volcando camiones de naranjas valencianas y melocotones fragatinos en la frontera, y también un poco al burrito de Shrek en modo "elígeme a mí". Pero bien mirada, si no la pervertimos, la iniciativa es muy chula. No consiste en quemar best-sellers estadounidenses sino en abandonar libros españoles, dejar una obra nuestra en un lugar secreto e ir dando pistas. (Ya se lo contaré mejor cuando se acerque la fecha, que es el 18 de abril). De hecho, me he apuntado, como tantos otros autores (¿por qué casi todos de juvenil o de género fantástico?). Y me he apuntado convencida, porque creo que sí tenemos grandes motivos para leer autores españoles, y no solo nuestra propia supervivencia como autores, que esa nos importará a nosotros pero a los demás, plin.
Yo leo autores españoles, claro. ¿Qué si no? Pero ¿por qué? Pues por encontrar cosas como ese "plin". Me temo que me faltan finura y conocimientos para explicar esto. Pediré refuerzos. ¡La caballería (andante) a mí!
Dice el Quijote:
"me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz."Y yo diría que la literatura en lengua española, más que la la literatura de autor español, es, para los hispanohablantes, nuestro tapiz del derecho. It's all about language. ¿Lo ven? Hay cosas que no hay forma de traducir. Y eso que hay fantásticos traductores, incluso de lenguas que no son el griego y el latín, que hacen que casi olvidemos que estamos viendo un tapiz del revés, pero, me parece a mí, que también traduzco, que hay palabras, estructuras y expresiones que salen en el Quijote que nunca, jamás, encontraremos en una traducción.
Vale que hay muchísimos libros escritos en lengua española donde tampoco encontramos mucho vocabulario cervantino. Pero incluso esos, incluso los libros con más historias que literatura, tienen un valor especial si están escritos por -ahora sí- autores españoles. Se lo intentaría explicar, pero no llegaría a hacerlo mejor de lo que ya lo hizo, mutatis mutandis, Chimamanda Adichie en El peligro de la historia única. Chimamanda creció en Nigeria leyendo historias de personajes blancos de ojos azules que bebían cerveza de jengibre y que se ponían locos de contento cuando salía el sol. Cuando aquella niña negra rodeada de personas negras hartas de ver días soleados, cuando la niña empezó a escribir, con siete años, también sus personajes (blancos) bebían cerveza de jengibre. Normal. ¿Cómo puedes llegar a explicarte a ti mismo, que es comprenderte a ti mismo, sin referentes próximos a tu realidad? Yo acabo de comprender el grupo de wasap de la clase de mi hijo, y las madres que lo habitamos, leyendo a María Frisa, y desternillándome de paso. Imposible que una Mary Freezer lo clavara así.
Y por todo esto, porque me gustan los tapices del derecho y el anís del mono, que es el mejor, la ciencia lo dijo y yo no miento, creo que hay que leer autores españoles.
Y autores mexicanos, y autores argentinos, y cubanos, y peruanos, y residentes en Miami.
Y hay que leer autores sudafricanos, portugueses, japoneses, estadounidenses. Hay que leer escritoras húngaras, poetas polacas, periodistas argentinas, dramaturgos canadienses nacidos en el Líbano.
Hay que leer a Tahar Ben Jelloun. Hay que leer, mucho, a David Grossman. Para no matar a nadie.
Leer, como nos recordaba Julia, de la librería Antígona, a Foster Wallace -qué cosas- para "llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza".
En la imagen (tan española), de la serie España Oculta de la fotógrafa (española) Cristina García-Rodero: autores españoles cargando con nuestra cruz.




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