jueves, 22 de septiembre de 2011

Leña al fuego

Estoy muy ocupada pensando qué me pondré para la mesa redonda y para la boda que tengo al día siguiente. Pero al mismo tiempo no quiero dejar pasar la ocasión de echar más leña al fuego para que arda la mesa sobre "Libros que funcionan bien". Así que voy a reciclar. Ya me lo decía mi querido profesor José María Micó (¡hola, profesor Micó!): "Usted, Oro, vive de las rentas". Así es.
Ahora mismo, voy a coger un artículo que escribí para otro sitio  y que se titulaba "Ajo, cebolla y pimientos de padrón. La dieta literaria de los niños y de los autores de literatura infantil" (¡toma capacidad de síntesis!) y voy a plantar aquí un pequeño trozo, el trozo del pan, en concreto. Allá va:

Pepe, el panadero, da colines a Rocío. Una vez leyó en la prensa que comer pan hace más inteligentes a los niños. Pero además, o sobre todo, o sobre algo, o vaya usted a saber en qué orden de importancia, Pepe quiere que Rocío se haga panívora.
Y al pan pan, y al vino vino. Pues claro que los editores quieren vender libros a los niños. Cuantos más, mejor. Y resulta ridículo y, no por ridículo, menos recurrente, escuchar a los autores de literatura infantil quejarse de ello.  Porque, claro, vende = malo; no vende = bueno, sobre todo si lo he escrito yo.
¿No queremos que los niños lean? ¿No podemos considerar, en algún momento, que vender más libros es una vía más de hacer lectores? ¿Qué hay de malo en emplear herramientas de marketing para hacer llegar lo que consideramos bueno? ¿Qué especie de ridícula pureza queremos mantener?
Y usted dirá: “Con todo lo mala que es, mira que es ingenua esta mujer. O puta.” Pues será, pero yo creo que editores y autores, marketing y literatura, se pueden, y se deben, conciliar. Que unos y otros nos necesitamos y que deberíamos insultarnos mucho menos en público y discutir mucho más en privado, como los buenos matrimonios.
He dicho. Bueno, dije. Si quieren leer casi lo contrario, háganlo aquí. Y algo en cierto modo complementario, aquí.
Con su permiso, voy a seguir probándome modelitos.

Sobre la imagen: En la fotografía, de Joan Colom, se ve claramente a una autora de LIJ en el momento de iniciar una reunión con su editor.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Mesa redonda de ricas y famosas

Uf, cuánta gente empeñada en hacerme pensar últimamente.
Ahora llega Jorge Gonzalvo con sus jornadas de literatura infantil y juvenil.
Jorge me lía regalándome los oídos. Es fácil. Yo soy toda oídos y él es un profesional del regalo. De hecho, ha llamado a las jornadas "Envuelto para relato" y escribió una historia que sé que te va a gustar titulada Te regalo un cuento (léelo aquí y luego cómpralo así para regalar).
Total, que Jorge me lía para moderar en Zaragoza una mesa redonda que se titula "Libros que funcionan bien". Dicen los organizadores:
Esta mesa redonda tiene como objetivo pensar en qué libros funcionan bien y por qué. Por eso hemos querido reunir a editores y a libreros para que reflexionen en voz alta acerca de cuáles son esos libros. Tampoco tienen por qué ser los mismos libros para un editor y para un librero. Es más, incluso puede ser totalmente al revés. (...)
Modera: Begoña Oro. Participan: Arianna Squilloni (A buen paso), Isabel Martínez (Imaginarium), Eva Cosculluela (Librería Los portadores de sueños), Carolina Peláez (Librería El pequeño teatro de los libros).
He empezado a pensar en ello. Libros que funcionan... O sea, que cumplen con su función. ¿Y cuál es la función de los libros (la legítima, digo, no la espuria, que ahora me vendrán con lo de hacer que una mesa no cojee)? ¿Con qué función nacen?
Mmmh... Creo que ya sé por dónde enfocarlo.
¿Quieren venir a verlo?
Hablaremos de placer y de dinero (espero). Cosas de odaliscas, en definitiva.
Y de libros, claro.


Sobre la imagen: circula esta foto como si fuera de Ricas y famosas, de Daniela Rossell. Mentira. En realidad, somos mis compañeras de mesa redonda y yo, en pleno debate. La del turbante verde con la bandeja de bebidas es Jorge Gonzalvo disfrazado. Y al fondo aparecen también Ana Tortosa y Elisa Arguilé, que se han sumado. Aclaro para los cotillas que yo soy la que va de rosa palo, la que está justo detrás de la de amarillo, la más discretita, la más recatada de todas. Es que soy la moderadora.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cebo

A riesgo de ser pesada (mantras de mi vida: "a riesgo de ser pesada", "perdón" y "sin renunciar a la complejidad"), voy a insistir en que lean el artículo que he escrito para El Tiramilla. Háganlo aquí.
Un contrato ultramillonario de exclusividad me impide reproducirlo entero pero voy a copiar los primeros párrafos a modo de irresistible cebo, que dirían los pescadores; señuelo, que dirían los cetreros o teaser, que dirían los cursis. Allá va:
Mi vecino acaba de llegar de Estados Unidos de disparar a niños en Los Hamptons y en Nueva York.
Mi vecino ha fotografiado a Jaime Ostos en calzoncillos, a David Villa en pantalón corto, al obispo más joven de España en traje de noche y a Kate Winslet en sotana (o al revés; no sé, yo con los trajes largos negros me hago un lío). Pero ahora mi vecino hace sobre todo fotos de niños. (Sí, “disparar” en argot fotográfico es hacer fotos.)
–¿Qué tiene de especial fotografiar a niños? –le pregunto a mi vecino.
–Corres más –me responde él. Y me encanta la sencillez de su respuesta, y que no me haya soltado una perorata sobre la fotografía, y que si tan importante es fotografiar a niños como hacer fotografía documental o artística, y que si la fotografía es fotografía y que quienes son distintos son los fotografiados. Me encanta que simplemente haya asumido cierta especificidad y me la haya contado. Y aún añade–: Pero si estás dispuesto a correr, los niños te lo dan todo.
Yo pienso en qué tiene de especial escribir para niños y...
Y hasta aquí puedo leer. Después del cebo, ya saben, va el pez que se revuelve, esa estela fulgurante de plata luchando por su vida, en fin, la parte que merece la pena, y la parte que justifica la fotografía de Walter Miller, sobre una viga de acero, en plena obra, listo para disparar. Repito: aquí. (A riesgo de ser pesada.)

martes, 6 de septiembre de 2011

Salto de vallas


Como decíamos ayer... Se han puesto en contacto conmigo del diario El Tiramilla, que si quiero escribir un artículo. Yo, que soy fan del diario, encantada. El problema viene luego. Y no, el problema no está en el plazo. Comparado con los plazos de las editoriales, estos tiramillotes trabajan como en una empresa de criogenización: a muy largo plazo. El problema es el tema. El tema es... el que me dé la gana.
Les he insistido: "¡Dadme un tema!". Pero nada.
Y yo así, mal.
Llevo toda mi vida de escritora entre vallas. "Haz un cuento sobre el sistema solar para niños de 8 años para el libro de Conocimiento del Medio". "Escribe una entrada salada sobre operaciones con fracciones para la unidad 5 de Matemáticas." "Inventa un poema con cada letra del abecedario que trate sobre Aragón, ¡y no olvides incluir el tema gastronómico!" "Escribe un poema con las vocales y la l, la p, la m y la s ¡y ni una letra más! para la unidad 1 del libro de Lecturas de 1º, y que tenga que ver con la familia." Me han secuestrado el cerebro (y yo me he dejado gustosa, conste), y ahora tengo síndrome de Estocolmo.
No sé qué hacer con mi libertad creativa.
A veces me consuelo de tanta libertad recordándome que todos tenemos limitaciones, que nadie escribe lo que le da la gana sino bajo dictado (de nuestras propias ideas, de nuestras aspiraciones, de nuestra necesidad de complacencia...) y que lo mejor que podemos hacer es elegir bien nuestras ideas, nuestras aspiraciones y a quién queremos complacer (puede que a nosotros mismos, pero no necesariamente).
Bueno, confieso que también me da pena que no me hayan impuesto un tema porque me han negado la oportunidad de saltármelo a la torera. El salto de vallas es uno de mis deportes favoritos. Me lo recordaba mi querida profesora de Matemáticas (¡hola, señorita Allanegui!), al enterarse de que me habían dado el premio Gran Angular. Esto fue lo que me escribió:
"¡Enhorabuena! Me he alegrado mucho y seguro que la hermana Marín, más. A mí me reñía cuando no seleccionaba tus redacciones. ¿Y la de Begoña Oro?... No le conté que en la de Navidad hablabas de acelgas y en la de San José de Astérix. Un abrazo. Mª Pilar"
Así era. Literalmente.
Las vallas a menudo están para saltarlas.

PD: Al final, mi vecino de abajo, sin saberlo, me dio una idea para el artículo de El Tiramilla. Ya lo he escrito. En él aparecen Jaime Ostos, Kate Winslet, mi hijo, Taro Miura, el obispo de Solsona, mi vecino de abajo, David Villa (este no necesita enlace, ¿no?) y yo misma. Y se puede leer aquí.

La valla de la foto, esa que pide a gritos que la saltes, es obra de Paul Strand. Y gracias por la visita. Os echaba de menos.

sábado, 23 de julio de 2011

Algunos superpoderes


[Aviso: en esta entrada SuperOro vuelve a las andadas y se dedica a alardear, esta vez, de sus superpoderes.]
No crean que es verano y que me puede la desidia y el dolce far niente, que es como lo mismo que la desidia pero en Capri y con una copa de Martini en la mano. No es que no alimente este blog. Sí lo he hecho.
He escrito, entre esta entrada y la del irresoluble misterio del hombre del sombrero, otras dos. Lo que pasa es que eran entradas invisibles. Me quedaron bien, ¿eh? No es mérito mío. Nací con ese superpoder: el superpoder de decir cosas inaudibles y escribir cosas invisibles. Las escribo y las corrijo en mi cabeza, un montón de veces, y se quedan ahí, esperando superlectores que sean capaces de leerlas. Hay quien a esto lo llama "problemas de comunicación". No tienen ni idea. Es obvio que se trata de un superpoder. El superpoder de la comunicación invisible ultraliteral.

Bueno, vale. Estaba terminando la traducción del último libro de Clementina. Y en este libro, un compañero de Clementina cree tener superpoderes científicos: transmigración molecular, invisibilidad selectiva... Cosas de esas. Y sí, lo reconozco, a veces me dejo llevar por lo que escribo.
Bueno, vale, a veces también me dejo llevar por lo que leo.
Pero que conste que yo ya tenía mi arco antes de leer Los juegos del hambre, y tengo un carné de la Federación de Tiro con Arco que así lo prueba.
Y ahora debería concentrarme (el tiro con arco enseña mucho al respecto) y seguir escribiendo una novela no invisible, porque los editores no se impresionan fácilmente con la comunicación invisible ultraliteral. Quieren cosas tangibles, legibles, corregibles, critiquibles... Qué manía, oye. Pero entiendo que no se puede esperar que todo el mundo tenga superpoderes como yo.
Hala, a concentrarme.


[Si eres editor y tienes superpoderes complementarios a los míos (o sea, eres capaz de leer manuscritos invisibles), ponte en contacto conmigo. Te mandaré una novela invisible que causará sensación entre emperadores y súbditos.]

Imagen: Tirador con arco, de André Kertész. 1929.

viernes, 8 de julio de 2011

Agatha Christie que estás en los cielos o La dosis justa de misterio o La farmacia

Estoy terminando un encargo (esto lo digo por mis queridas persecutoras, digo, editoras que me estarán leyendo; sí, ya acabo, ya acabo), pero tengo la cabeza en mi nueva novela. Ahora mismo me preocupa cómo dosificaré la información.
Ya lo dijo Paracelso, ya lo dije yo: "Todo es veneno. Nada es sin veneno. Solo la dosis hace el veneno." Y la información, por exceso o por defecto, es altamente venenosa. Cuántas novelas mueren  por una dosis letal de revelaciones o de secretos.
A veces el autor, que es un listo, deja a ciegas al lector, y el lector, harto de tantear y dar brazadas al aire, deja caer la novela al suelo, acomplejado. "¡No entiendo nada! Soy tonto", se dice, cuando la mayoría de las veces el tonto es el autor, por pasarse de listo o por escribir para su ombligo.
Otras veces la información es excesiva y el lector cierra malhumorado el libro antes de acabar, con la autoestima bien alta ("¡Este libro ofende a mi inteligencia!"), seguro de saber ya quién es el asesino.
Otras veces da igual lo que te cuenten, que te cuenten demasiado o demasiado poco, porque te gusta tanto cómo te lo cuentan que es como si la novela contuviera su propio antídoto contra el veneno de la información.  
Encontrar la dosis justa de luz, la dosis justa de secreto, no es tarea fácil, y no solo en las novelas de misterio. Pero creo que he dado con la fórmula. Al menos en el plano teórico. Mi novela no va a ser "Supervivientes", ese lugar donde nadie sabe que Ortega Cano ha ocasionado la muerte de otro ser humano. Pero tampoco va a ser un confesionario, el hábitat natural del fluir de la conciencia, el paraíso de Molly Bloom, el lugar donde no hay lugar para el secreto. No. Mi novela tendrá que ser una farmacia, ese apasionante lugar donde se maneja la dosis suficiente de información (deme una caja de Diazepam; Antabus, por favor; ¿me da una prueba de embarazo?) y la dosis justa de incertidumbre (¿es para él o para ella?; ¡pero si no se le conoce varón!) como para pasárselo en grande especulando.
Hablando de especulación, hablando de misterio, y hablando de nuevo de sombreros, ¿quién se esconde debajo del de la foto?
Saludos a mis vecinas de la farmacia, que, me consta, leen este blog y que se lo pasan en grande especulando. Sigo con tos.

martes, 5 de julio de 2011

Mi tendencia al croquetismo

Érase una vez unos niños rebozándose en un arenero cual croquetas (una de pollo, tres de jamón, dos de bacalao).
Al verlos, una madre suspiró con más nostalgia anticipada que preocupación higiénica:
-¡Ay! ¿Cuándo dejará de gustarles jugar con la tierra?
Nunca, pensé yo. Solo aprenderán a disimular.
Demostración empírica: saca la mano de la toalla y húndela en la arena, mete los dedos en la fría y domesticada tierra de una maceta, escarba, come tierra.
Tierra...
Si pienso en la palabra "tierra", no puedo evitar acordarme de Jacques Brel cantando "Ne me quitte pas", masticando esas palabras crujientes como Chocokrispies que dicen "je creuserai la terre jusqu'après ma mort" . E inmediatamente no puedo dejar de pensar en Serrat cantando a Miguel Hernández y diciendo aquello de "quiero escarbar la tierra con los dientes (....) / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera".
Y sin embargo, o por eso mismo, pocas cosas me hacen sentir más viva que ese rebozarme las manos en tierra.

Y toda esta entrada más o menos sesuda sobre croquetas, macetas, muertos, vivos y poetas, sobre la tierra en definitiva, porque después de hablar sobre algo accesorio me quedé con ganas de hablar sobre algo esencial, y porque varios visitantes han llegado a este blog buscando en google "cómo encontrar oro" y quisiera darles una respuesta: si queréis encontrar oro, escarbad la tierra.

[La imagen pertenece a I Like to Eat Right on the Dirt, un precioso libro con texto y fotografías de Danny Lyon, un viaje a la infancia desde la infancia donde, como no podía ser de otro modo, aparecen niños jugando en la arena, niños desenterrando patatas y niños comiendo sobre la tierra.]