Mostrando entradas con la etiqueta encuentros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta encuentros. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de julio de 2017

Gilipollas en el Celsius

Avilés era una fiesta. Normal, si había festival. El Festival Celsius 232 de terror, fantasía y ciencia ficción. «El Celsius», para los amigos.
El Celsius tiene una sección de literatura infantil y juvenil coordinada por Ana Campoy y Javier Ruescas respectivamente. Allí fui, invitada por RBA y el Celsius, a presentar mis Misterios a domicilio. Era mi primera vez, y no todos los festivales literarios son tan festivos. Además yo llegaba triste de mudanza y cansada de hacer y deshacer maletas. Pero llega Mr. Scrooge al Celsius y acaba cantando villancicos en un karaoke. La primera noche.
¿Cómo contarles el ambiente? Banderitas al aire, mesas al fresco, una plaza de cuento, cabañas regentadas por libreros y risueños voluntarios, cine en la calle, esgrima, niños diseñando máquinas de robar tiempo como las de El ladrón de minutos, una guitarra que se escucha desde la calle, libros, lectores, autores de fiesta... Se nos notaba en esa manera loca de sonreír todo el rato las ganas de pasarlo bien, ese estar a gusto sin esfuerzo. Es que es eso el Celsius, una fiesta. Como debería ser la lectura.
A un libro hay que entrar como a una fiesta, con ganas de pasarlo bien. Ir obligado a una fiesta, a un libro, no tiene ni la mitad de gracia. Pero por otro lado, que le prohíban la entrada a uno por motivos arbitrarios a una fiesta, a un libro, debería estar recogido por la ONU como delito contra la humanidad. Sobran porteros y faltan fiestas para hacer lectores.
Luego ya en una fiesta, en un libro, puede pasar de todo: que uno se aburra, que se divierta, que aguante fingiendo pasarlo bien en espera de que la cosa mejore, que le presenten a más gente de la que es capaz de recordar, pero también que encuentre a la persona que le cambie la vida, que se ría, que llore, que se vuelva adicto, que –no se sabe cómo– haya salido el sol y ahí siga, con sonrisa bobalicona, con los ojos vidriosos, más allá que acá, feliz. 
A las fiestas, a los libros, es mejor entrar acompañado. Hay que tener mucho carácter para entrar a una fiesta solo. Hay que tener mucho carácter para ser un lector solo. Ya lo decía Ana Campoy mientras comíamos: cuando uno se encuentra entre gente que comparte su pasión, se pregunta «¿dónde estabais todos vosotros («cabrones», creo recordar que añadió Ana) cuando yo estaba en el instituto?». Por suerte ahora se encuentran en las redes, y en el Celsius, esa fiesta sin portero petardo donde uno entra, sale, come, come más, descubre, aprende, lee lo que le da la gana, se disfraza si le da la gana, se toma una sidra al lado de su escritor favorito o al lado de aquel al que hasta entonces solo admiraba en tuiter, conoce por fin a esos que quiso haber conocido en el instituto. Todo es cuestión de tiempo.
En otra comida (¿o era la misma?), acabamos hablando –qué raro– de todo lo que aporta la lectura y de lo estupendos que nos vuelve. Dijo entonces Pablo: «Por ejemplo, a ver, ¿vosotros habéis conocido a algún gilipollas en el Celsius?». Se hizo un segundo de silencio y luego todos nos echamos a reír a carcajadas. Y, a ver, yo he conocido a varios lectores gilipollas perdidos y a personas no lectoras que son maravillosas, pero puedo apuntalar la tesis de Pablo afirmando tajantemente que no, en el Celsius no conocí a ningún gilipollas.
Dicen que hay que irse de las fiestas antes de que acaben. Yo cumplí esa norma no escrita. Aquí sigo, con mi mudanza, mientras en Avilés Javier Ruescas está presentando Y luego ganas tú, Jorge Iván Argiz presenta el último libro de Víctor Conde, Sofía Rhei imparte un taller infantil de bestias y Samarituka, Manlima y Sayuri le dan al cosplay. El año que viene, si me invitan, igual pongo a prueba esa norma. Me da a mí que me fui demasiado pronto.

En la imagen, de Philippe Halsman: dos escritores nada más recibir la noticia de que han sido invitados al Celsius. Este, claro, es un post pelota –sentido pero pelota– para que me inviten el año que viene. Pero ¿acaso no es ese deseo de repetir la mejor prueba de que no exagero ni una miaja?

miércoles, 15 de febrero de 2017

El asalto de la poeta inadvertida

El niño tiene catarro y, a falta de nuestra farmacia del Parque Roma, nos vamos al Boots más cercano a por respuestos de Nurofen, y para que el niño se despeje un poco.
Nada más salir de casa, de frente, vemos acercarse a una señora con perrito. La señora es normal y el perrito es medio feo pero es un perrito y ya lo estamos mirando y diciendo "uy uy uy" cuando la señora se para a nuestro lado y me dice:
–¿Es usted la madre de este niño?
Y yo pienso:
1. A ver qué ha hecho.
2. Qué bien. Esta señora me ha confundido con una jovenzuela au-pair.
–Sí, sí, soy yo.
Y ella, que viste de rojo, nos dice:
–Soy una poeta.
Ya, ya. Y mi abuela, motorista.
Aquí en Irlanda se creen que los versos crecen en los árboles.
La poeta del perrito me pide permiso para recitar un poema a mi hijo y –permiso concedido– le pregunta a él cuántos años tiene. A partir de ahí se pone a recitar un poema sobre un niño que tiene su edad.
¡El poema es buenísimo!
La poeta es una poeta.
–Pues ya sabes –le dice a mi hijo cuando termina de recitar su largo poema sobre la condescendencia de los adultos con los niños–. Cuando vuelvas a verme, me dices: "Hola, Siobhán. Recítame un poema" o "No, Siobhán, ya estoy harto de tus poemas". 
Y antes de que yo pueda cerrar la boca, que lleva cinco minutos abierta, la poeta desaparece con su perro, como por arte de magia.
Ni tiempo he tenido de preguntarle por su apellido.
He puesto en google "Siobhán poet" y "Siobhán poet Dublin". Hay cientos. ¿No les digo que aquí salen poetas como setas? Pero ninguna de las poetas de google es la nuestra. Mejor.
Esperaremos a que nos vuelva a asaltar.

Imagen de Ruth Jacobi.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Bookfever

Ahora mismo no estoy para nadie. Pero estaré para todos ustedes, accesible como una candidata cualquiera, en unos días. ¿Dónde? Donde me ven. Y no, no es el Consejo de Administración de Telefónica, Endesa o el Banco Santander. Esa puerta giratoria no es otra que la del Caixaforum de Zaragoza. Dentro les esperan David Lozano, Gemma Lluch, Nerea Marco, Sebas G Mouret, Javier Ruescas... y más gente a la que ya sabrán que merece la pena escuchar (y si no, ya lo verán). Vienen a zurrarse unos a otros porque ahí, en el Caixaforum Zaragoza, es donde celebraremos (este plural le incluye a usted, claro) las jornadas Bookfever los días 18 y 19 de diciembre, un punto de encuentro entre lectores, autores, docentes, mediadores de todo pelaje y gentes, en fin, interesadas por lo que leen los jóvenes (que pueden ser jóvenes o no). Y digo que vienen a zurrarse porque este año las jornadas se centran en el conflicto y al formato lo llamamos "mesa redonda" y no "ring", que sería más preciso, por miedo a que La Caixa nos retirara su generoso apoyo no fuéramos a ponerle el auditorio perdido de sangre.
¿Que voy un poco fresca para esa época del año? Eso lo dicen porque no han visto los libros que te suben la temperatura.
Lo tienen todo bien explicadito—lo de los libros que te suben la temperatura, lo de cómo no quedarse sin entradas, lo de cómo ganar una tablet, lo de cómo carcajearte con las lecturas obligatorias (no se pierdan a Martín Piñol), la pelea tan prometedora sobre crítica literaria, lo de quiénes lo organizamos, lo de cómo hacer lectores (sí, se puede, y hay gente que sabe cómo, y la traemos, y si usted también sabe cómo o si es lector, queremos que nos lo cuente, que aquí el público también se zurra participa)...—, todo eso bien explicado, digo, aquí.
De momento, da gusto ver que ya hay más de cien jóvenes recomendándonos libros a través de los concursos ligados a las jornadas. A mí me sube la temperatura solo de pensarlo. Y falta que hace.

Imagen de George Hurrell.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Pídeme una ballena azul

Que levante la mano quien no haya escrito una carta a los Reyes Magos, quien no haya dejado un diente al ratoncito Pérez. Cuesta creerlo de algunos (piensen en Montoro) pero no hay persona en el mundo que no se haya entregado locamente a una ficción al menos una vez en su vida. Estamos todos abocados al cuentismo. Nos creemos las historias a pies juntillas, las incoporamos a nuestra vida, las hacemos crecer. A lo que algunos llaman entrega lectora de los niños, lo llamo yo fe. Esa fe procede en parte del desconocimiento de unas cuantas leyes de la física. Bendita ignorancia.
Pero luego, aun sabiendo distinguir lo que es real de lo que solo lo parece, podemos seguir entregados a las historias, ya no por ignorancia sino por puro amor a la ficción, y por bondad, porque para mí que es bondad creer en mentiras que sabemos que lo son (sobre todo si nos las cuenta un ser querido) y por eso cuesta imaginarse a Hitler leyendo novelas.
Los niños, que son buenos, claro, se lo creen todo y todo lo engrandecen. Y de qué manera.
Lo contaba Mac Barnett, entre otras cosas interesantísimas que pueden oír en esta charla TED (¡háganlo!), en la CBI Conference (sí, la charla TED la dio en California y yo lo he escuchado en directo un año después en Dublín, pero digamos que, si comparas una y otra charla, se te quita todo complejo de culpa por "reciclar" contenidos):
"Escribe a esta dirección y te mandamos una ballena", era el irresistible reclamo que aparecía semiescondido en un álbum de Barnett y Rex. Algunos niños escribieron. Uno, Eliot, incluso se apostó 10 pavos a que no le mandaban la ballena prometida.
Eliot y todos los demás niños que se molestaron en escribir recibieron en respuesta una sesuda carta de unos abogados noruegos explicando que sí, que tenían su ballena –cada uno la suya, con un nombre distinto–, pero debido a cierta modificación en la normativa aduanera blablablá, su ballena no podía abandonar de momento el bonito fiordo donde se hallaba. Y después de muchas explicaciones de esas que solo los abogados saben inventar –otros cuentistas de cuidado–, se acababa facilitando un número de teléfono gratuito donde los niños podrían dejar un mensaje a su ballena mientras se resolvía el embrollo legal. Y lo hicieron. Los niños llamaban y hablaban con su ballena. Fue delicioso escuchar la vocecita de Nico hablando con su ballena Randolph, una y otra y otra vez. Mac Barnett además contó algo que no aparece en la charla TED, algo que debió de suceder después. Contó que un día, después de que Nico llamara muuuchas veces a su ballena, él mismo, Mac Barnett, llamó a la madre de Nico. Antes de que pudiera evitarlo, la madre de Nico dijo emocionada: "¡Oh! ¡Eres el autor del libro de la ballena! ¡Espera! ¡Nico está aquí! Te lo paso". Nico se puso al teléfono y dijo con el tono con que se recibe al cartero comercial: "Ah, eres tú". Tres palabras para condensar La Gran Decepción.
Claro, Nico no quería saber nada de Mac Barnett. Nico con quien quería hablar era con Randolph, su ballena.
¡Ah! ¡Cómo lo entendí! Yo misma he sido La Gran Decepción para algunos pequeños lectores de La pandilla de la ardilla. ¿Se creen que cuando iba a sus aulas me preguntaban por el proceso de creación de los personajes? ¿Por la elección de la voz narrativa? No, los niños querían saber cuándo era el cumpleaños de Rasi, cuántos años tenía, si era chico o chica (¡oh!, y no saben qué chasco causaba a algunos (a la mitad) mi respuesta)... ¡Y hablo de niños de 6 años! Pero los autores que protagonizaron la interesantísima mesa redonda sobre novela juvenil en la CBI Conference se quejaban de lo mismo (aquí tienen un excelente resumen, y –de paso– qué envidia el espacio que se dedica en la prensa irlandesa a estas cositas). Louise O'Neill y James Dawson especialmente se quejaban de que se les preguntaba por la historia o por "el tema" de sus libros más que por sus libros como creación artística.
Pero cómo reprochárselo. Quién quiere hablar de estructuras narrativas pudiendo hablar de la vida. Quién quiere conocer a Begoña Oro pudiendo conocer a Rasi la ardilla. Suerte que ahora que ando lejos, no puedo hacer encuentros. Suerte que, coincidiendo con la salida del nuevo título ¡Socorro, una alcantarilla!, a quien van a poder conocer ¡en persona!, o en ardilla, es a la mismísima Rasi, esa a la que llevan de paseo, a la que cuentan cosas, a la que abrazan. 
Decía Mac Barnett que Nico es el mejor lector con el que podría soñar. Pero es que Nico era más que eso, Nico era coautor de esa ficción, como lo son todos estos niños con Rasi. Claro, a lectores así, cómo no darles todo, hasta una ballena azul si te la piden.
Todo menos la verdad.

En la imagen, de Édouard Boubat, Rémi, entregado a la ficción de estar escuchando el mar. "No hay espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee", dijo Günter Grass, pero convendrán conmigo que este del niño que cree tampoco está nada mal. Los magos, los actores, los narradores, los maestros... lo saben.

jueves, 11 de junio de 2015

La Feria del Libro en vivo e indirecto

¿Tiene nombre esta mujer, la del cartel de Fernando Vicente? Deberíamos dárselo, como a la Marianne. Dicen que a Marianne le pusieron Marianne por ser un nombre muy común en el XVIII, un nombre "del pueblo". Según eso y el INE, la del cartel tendría que llamarse Maricarmen. Aunque no sé yo.
Se llame Maricarmen, Emma o Leocadia, era difícil resistirse a recrearla en vivo. Al fin y al cabo, me teñí de morena solo para parecerme a ella.
Ahí me tienen. Así de feliz vuelvo de encontrarme con mis lectores en la Feria del Libro de Madrid. Así de feliz... y de enferma. Si abro un poco más la boca, la fotografía serviría para enseñar a estudiantes de Medicina las placas de una amigdalitis de libro. El año pasado la fiebre post-feria me duró dos semanas. A ver este. Será que voy sin defensas para las emociones emocionantes de sentimientos sentimentales que decía aquel. Tampoco sé si quiero inmunizarme.
No, no quiero inmunizarme. 
Dice el lema de la feria de este año: "El amor está en lo que tendemos / puentes, palabras". Visto lo visto, creo que las firmas también son tendibles, aunque a veces sean inentendibles. Ustedes ya me entienden. Gracias por tanto amor a ambos lados del mostrador. Chis pom.
(Perdonen. La fiebre...)

Fotografía: Fernando Sancho, porque ya puestos a hacer la gansada, se hace en plan profesional y Fernando lo mismo retrata a Christine Lagarde, a John Waters, a un puñado de adolescentes o a mí .
Atrezzo, peluquería y maquillaje: yomismaconmigomisma. Por cierto, ¿alguien sabe un producto milagroso que ayude a quitar la pintura negra de las cejas? Es que, por más que froto y froto, a mi lado Cara Delevingne parece Tilda Swinton.  

jueves, 19 de marzo de 2015

Aspiraciones de una diva (10 exigencias para mis encuentros)

Si vas a tener el privilegio de que visite a tus alumnos (sí, siempre debería considerarse un privilegio recibir a un autor en un colegio), no voy a exigirte una botella de Veuve Clicquot, ni Bling H2O, ni velas aromáticas de mandarina Jo Malone. Pero hay diez cositas que sí te voy a pedir, y, por increíble que parezca, si las pido es porque alguna vez me han faltado: 
1. Antes de que yo llegue, dedícame por lo menos una frase. Di a tus alumnos: "ahora iremos a la biblioteca a hablar con la escritora Begoña Oro". O no. Si quieres, guarda la sorpresa. Pero dímelo. Si los niños llegan hasta donde yo estoy sin saber si vienen a que les pongan una vacuna, a una exposición de sellos, a probar un almuerzo saludable o a aprender un baile, necesito saberlo. Al menos para presentarme.
2. Si no sabes quién soy ni a qué me dedico, disimula. En realidad, soy solo una persona que escribe; no soy más importante que tú, que educas. Pero como parte de la formación literaria de tus alumnos, vamos a hacer como que un escritor es alguien importantísimo, más importante que El Rubius, más importante que Shawn Mendes, más importante que Christine Lagarde.
3. Si tienes una estrategia, compártela conmigo. ¿Tus alumnos y tú habéis estado trabajando como hormigas y queréis que dediquemos un tiempo a que me enseñéis el resultado? ¿Queréis que empiece respondiendo a unas preguntas? Estoy abierta a todo. ¡A mí también me encantan las sorpresas! Únicamente me vendrá bien saber de cuánto tiempo dispongo para que no nos quedemos sin minutos para lo más importante: que nos comuniquemos. Si es necesario, ponte en contacto conmigo antes y cuéntame qué esperas de mí.
4. Ayúdame a poner orden. A ver, no necesito un silencio sepulcral. Me gusta crear un ambiente participativo. Pero no hace falta que te diga lo difícil que es llegar a los alumnos cuando estás pendiente de dos o tres alumnos que dificultan seriamente el desarrollo de la sesión. No he ido hasta tu colegio para reñir o castigar a nadie. ¿Lo puedes hacer tú, si es necesario?
5. Dicho lo  anterior, danos una oportunidad, a ellos de portarse bien, a mí de contactar con ellos. Si, en tu afán de poner orden (gracias por preocuparte), has pensado que sería buena idea que X o Z no entraran en la charla, replantéatelo. Vamos a intentarlo. Quizá X me termine haciendo esa pregunta que nadie me ha formulado antes. Quizá Z quiera acabarse el libro después de conocerme.
6. Si te quedas, escúchame, por favor. O, por lo menos, no hables en voz alta con otro profe. Es difícil que tus alumnos crean que vale la pena escucharme si tú no lo haces. Es difícil que yo me concentre si te veo hablar (no lo olvides; soy una diva). Si no vas a escucharme, disimula o vete, por favor. Y si te quedas y te gusta lo que oyes, sonríe. Es fácil, y me hace sentir bien (soy una diva llena de inseguridades), y cuando me siento bien, hago las cosas mejor. Seguro que ya lo sabes porque a tus alumnos, y a ti, os pasa exactamente lo mismo.
7. No saques el monedero y me preguntes si vendo mis libros o alguno de los libros que he enseñado (sí, me ha pasado, más de una vez). Vender libros es una profesión importante, pero no es la mía. No directamente.
8. ¡Dame agua! Del grifo me sirve, salvo si vives en Tarragona o Almería (ya ves, en realidad soy una diva de andar por casa, más de bata de boatiné que de seda).
9. Deja que los niños se acerquen a mí (¿me estoy endiosando?). No me importa en absoluto que me abracen. Al contrario.
10. Sé que estás muy ocupado, que tienes que conducir a los niños de vuelta a clase, pero cuando acabe, por favor, no me dejes sola en el salón. Pregúntame si sé salir de ahí, porque mi sentido de la orientación es pésimo y seguramente me siento como en el fondo de un laberinto o en la sección de baños de Ikea. Si me dejas ahí, te arriesgas a que mi espíritu acabe vagando por tu colegio eternamente. Indícame la salida y dime "adiós", por favor.

IMPORTANTE: Si estás leyendo esto y he pasado por tu colegio, no te sientas aludido, que mira que somos todos dados a las figuraciones autoflagelantes. Es imposible que esté hablando de ti. Es imposible que el tipo de profe al que he podido aludir en esta entrada la lea. Ese profe entra y sale del aula o salón de actos sin llegar a saber cómo me llamo. Como para encontar mi blog. De hecho, si escribo esta entrada es porque he tenido últimamente encuentros tan buenos, preparados con tanto mimo, encuentros tan "encontrados", que estoy desarrollando una escasa tolerancia a los des-encuentros y, en paralelo, una gratitud aún más inmensa por quienes hacen buenos los buenos encuentros. A estos, a los profesores y profesoras que habéis hecho, hacéis y haréis de los encuentros una experiencia a la altura estratosférica de la diva que pretendo ser, GRACIAS.

Escrito un día después de rebanarme un dedo (el corazón de nuevo, ¡ay!) cortando cebolla. Igual por eso hoy tengo la piel más fina.

En la imagen, de Everett: la Oro, tratando de recuperarse tras una extenuante jornada de encuentros. El cigarro es de mentira. No fumen.

jueves, 22 de enero de 2015

A quienes tendría que ver y no veré (de momento)


A los niños que leyeron los libros de La pandilla de la ardilla o Las sonrisas perdidas:

Queridos niños:
Sé que teníamos una cita. Vosotros esperabais conocerme y yo esperaba veros. Me gusta ver esos ojos con los que me leéis, que son también los ojos con los que miráis los helados, los ojos con los que abrís los regalos y los ojos que se iluminan cuando os ponéis esa chistera.
A veces los ojos se iluminan y otras veces se apagan un poco. Cuando os ponéis enfermos, por ejemplo. "Mira qué carucha tiene", dicen entonces las abuelas. Menos mal que en ese momento, cuando estáis malitos, siempre hay alguien cerca que os cuida. Y os curáis.
Yo tengo un hijo, un niño, un poco mayor que vosotros. Ahora mismo tengo que estar con él. Por eso no puedo estar con vosotros.
Sigo teniendo ganas de veros. Y espero que podamos conocernos pronto.
Un beso (para cada uno),
Begoña

A los adolescentes que leyeron Pomelo y limón o Croquetas y wasaps:

Queridos:
¿Habéis leído la carta anterior, la dirigida a los niños? Leedla. Y ahora... ¿a quién queréis engañar? Los padres son (somos) unos pesados, sí, pero hasta vosotros, que ya no sois unos niños, necesitáis un pesado al lado que os cuide cuando estáis enfermos. Igual la enfermedad es una reclamación del cuerpo para que a uno le sigan tratando/cuidando como a un niño. Pero si hasta yo que tengo... tengo... tengo tantos años que no los quiero ni decir, necesito que me cuiden cuando estoy mal. La enfermedad es el paraíso de la soledad y la soledad, el infierno del enfermo. Pero me lío.
En fin, que espero que lo entendáis. Miradlo por el lado bueno, ¡tenéis más tiempo para preparar preguntas! e incluso, ejem, para terminar de leer el libro. Cuando por fin nos veamos, no vais a tener excusa.
Abrazos,
Begoña

A los docentes y a los delegados que prepararon todo para esos días que no podrán ser:

Estimados currantes, porque mira que lleva curro todo esto:
Siento mucho las molestias. Es evidente que preferiría no tener que posponer esas visitas.
Muchas gracias por la comprensión.
Espero que hasta pronto,
Begoña

Imagen de W. Eugene Smith 

domingo, 11 de enero de 2015

Resumen de "Croquetas y wasaps"

Esta es una entrada trampa, similar a la página trampa que creé en mi web. Allí, si alguien pincha en el enlace "¿Necesitas un resumen?", llega a este texto:

Lo que quiero ahora es que quienes busquen en internet un resumen de Croquetas y wasaps, seguramente porque se lo ha mandado redactar su profe de Lengua y Literatura, encuentren esto:

¿Que qué es esto? Véanlo, disfrútenlo, en este enlace. Es el "trabajo colaborativo cocinado por alumnos geniales del instituto José Manuel Blecua", en el barrio de La Paz, en Zaragoza.
Ellos, y sus profesores (mi rendida admiración, Ana Moliné y Elena Arrazola), han trabajado una barbaridad, pero lo mejor es que se nota que han disfrutado dos barbaridades. Si ellos han disfrutado, imaginen lo que he disfrutado yo al ver crecer así mi novela, ¡qué digo mi novela! Este trabajo es la prueba de que por fortuna esa novela ya no es mía; los lectores la han hecho suya, y grande, y libre (pero no "una", desde luego).


Les sugiero que empiecen picoteando las croquetas pix-heladas. No querrán parar.

Y tú, que has llegado aquí porque tienes que entregar un resumen o hacer un examen de Croquetas y wasaps, ese libro mío que ahora se espera que sea tuyo, haz a tu profe una oferta que no podrá rechazar: cambia ese soso resumen o aquel examen por un trabajo diferente, un trabajo en el que vas a demostrar que has leído el libro (porque lo vas a leer, ¿sí?), pero además vas a mostrar que el libro no ha pasado por ti de lado a lado, de oreja a oreja, "por un oído me entra y por otro me sale", sino que te ha cruzado de arriba a abajo, que ha recorrido tus tripas, que las ha removido, que quizá te ha dado acidez, o gases, o diarrea, o que lo has asimilado en forma de grasas, de proteínas, de vitaminas...  Por supuesto que es una currada, monumental, pero es que las cosas buenas, como las croquetas buenas, llevan siempre trabajo. Seguro que a estas alturas ya lo sabes. Es algo que uno aprende de pequeño, pieza a pieza de Lego.

domingo, 18 de mayo de 2014

Hoy quiero confesar...

El Atlético ha ganado la liga y en casa estamos contentos.
No es que yo sea particularmente futbolera pero si hay que ser de alguien, soy, por filiación inversa, del equipo de mi hijo.
El otro día me explicaba cómo funcionaba eso de que  cuando se juega fuera de casa, los goles valen más que cuando se marcan en casa: "Es que, mamá, no es lo mismo cuando está todo el mundo animándote y diciéndote: "venga, qué bien lo haces" que cuando están casi todos en contra", me contaba cual coacher. A este paso, todo lo que sabrá de moral, lo habrá aprendido en el fútbol. No me digan que esta forma de puntuar no es de un sentimentalismo enternecedor. A ver en qué otro sector se ha regulado con tanta consideración y exactitud la influencia del estado de ánimo sobre el desempeño.
Ya me gustaría a mí en lo mío. Lo digo porque se acaba la liga y se acaba también, dentro de poco, mi temporada de encuentros con lectores, una temporada, la de Croquetas World Tour, excepcionalmente buena, pero una temporada en la que, en principio, casi siempre tocaba jugar fuera de casa. Entiéndanme: el "fuera de casa" no es necesariamente fuera de Zaragoza. Fuera de casa juega el escritor que va a hablar con lectores que han leído su libro obligados y que han sido pastoreados hasta el salón de actos, o la biblioteca, o la sala multiusos para vérselas con quien escribió aquella lectura obligatoria. Un escritor solo juega "en casa" cuando las personas con quien se las ve acudieron al lugar del encuentro por su propio pie.
Los autores de literatura infantil y juvenil casi siempre jugamos fuera de casa. Y es duro, casi tan duro como dar clase, porque de entrada tenemos muchas cosas en contra, cosas que se resumen en una: lectores que no han elegido ser tus lectores. A veces además tenemos un espacio con columnas, o con una acústica imposible, o un examen en la hora siguiente, o la lluvia, o la primavera y ese deseo de estar en cualquier otro lugar, o 6, o 16 años, y unas ganas incontenibles de vivir y hablar y moverse, sobre todo cuando se está junto a 150 compañeros más... Pero tú llegas con tu maleta y te dices que, aunque lleves mil kilómetros encima y te hayas visto en la misma situación tres veces esa misma mañana, vas a salir al campo como por primera vez, que vas a correr como si no estuvieras cansada, que vas a pasar el balón porque lo bonito es cuando ellos lo tienen, que aunque aquel lleve un buen rato hablando como si el partido no fuera con él y allí nadie pite falta, vas a seguir dando juego porque los demás sí quieren jugar, o aún puedas lograr que quieran jugar... y así hasta acabar lesionada.
Y acabas lesionada.
Hoy quiero confesar que estoy algo cansada de llevar esa maleta que pesa tanto. Los encuentros, ya lo he contado alguna vez, cuando salen bien, son una de las fuentes de felicidad, emoción y crecimiento (mío, no se vayan a pensar) más grande que conozco. Es así, aunque suene tan cursi como lo de la Pantoja. Pero también suponen un coste personal que necesito rebajar. El curso que viene no haré tantos (me lo escribo aquí para cumplirlo, porque luego soy una blanda que digo a todo que sí). Tomo esta decisión por mí, claro, por ese individuo que me explica lo de los puntos y los goles, pero también, en gran parte, por los destinatarios de esos encuentros. No quiero hacer ni un solo encuentro activando el piloto automático, no quiero decir ni una gracia de la que yo misma no sea capaz de reírme. Por decirlo Pantoja style: yo ya no puedo, quiero llenarme... para poder seguir dando. Y además, quizá sobre todo, QUIERO ESCRIBIR. Y escribir lleva tiempo.
Dicho esto: GRACIAS GRACIAS GRACIAS a todos aquellos, profesores, profesoras (fueron muchas), delegados comerciales, que me llevaron la maleta, conectaron el micrófono, me pusieron ese agua que no llegué a beber, me invitaron a un café...; gracias a quienes se molestaron en buscar la banda sonora de mi novela e hicieron sonar a Jacques Brel, que decía "il faut oublier" y yo me olvidé al instante de que estaba fuera de casa; gracias a esas profesoras que no cribaron a los alumnos pero los colocaron estratégicamente o les sacaron tarjeta o, mejor aún, lograron que disfrutaran de algo que no pensaban disfrutar; gracias a quienes me regalaron flores, aceite, portalápices, membrillo, chocolate...; gracias, muchas gracias a esos docentes que hicieron trabajar a sus alumnos casi más que a mí, gracias a quienes me hicieron una presentación, croquetas, bailes, Power Points, magdalenas que luego cambié por preguntas, preguntas que cambié por respuestas...; gracias a quienes sonreían mientras yo balbuceaba... porque hicisteis que sintiera que estaba jugando en casa, y que no jugaba sola.

En la imagen, de Frank Horvart: yo, cansada, me aferro a Simeone y le susurro: "no puedo más", a lo que el Cholo me responde: "te vendrá bien descansar".

viernes, 16 de mayo de 2014

Puertas chinas (true story)

A mí Bujaraloz me sonaba a macarrones.
No sé si lo recuerdo bien porque era bastante niña. Fue un año que fuimos en coche hasta Inglaterra. Sucedió a la vuelta, después de un mes a base de patatas asadas, latas de sardinas y fish and chips. Mi padre, que contaba el número de camiones aparcados ante un restaurante como quien cuenta estrellas Michelin, decidió que en Bujaraloz pondríamos fin a nuestro ramadán británico. En el menú había macarrones. Pocas cosas me han sabido más ricas en la vida.
Hoy, bastantes años después, he tenido otra experiencia hostelera singular en Bujaraloz.
La experiencia en principio iba a ser un encuentro con lectores de Croquetas y de Pomelo en el instituto del pueblo, sección del instituto de Caspe. Pero llegué con tiempo. Un café con leche, me dije. Aparqué el coche y busqué una cafetería. Era día de mercado. Había cuatro puestos: uno de ropa, otro de fruta, otro de colchas y edredones, otro de ropa interior color carne. "¿Quieres algo, guapa?", me dijo la de la lencería nude. "No, gracias", dije.
Seguí andando en busca de una cafetería. No había nadie por la calle. Desde la acera, se oían las conversaciones dentro de las casas. "Qué bonita parece la vida en un pueblo cuando es primavera", me dije. Por fin, a lo lejos, lo vi. El sol hacía brillar doce sillas y tres mesas metálicas en la terraza vacía de un bar.
En el bar estaba Mariló, en la tele; dos hombres, uno a cada lado de la barra; y cuatro mujeres en una mesa. Una vez pasado el examen ocular de los parroquianos certificando mi foraneidad, pedí.
"Un café con leche, por favor. ¿Le importa que me lo tome fuera?"
Qué gusto el sol de la mañana calentándome la espalda, el silencio, el pueblo en primavera, Mariló encerrada en el bar.
Café terminado. Entro y dejo la taza vacía en la barra. Recorro un largo pasillo. Al fondo, muy al fondo, a la izquierda. Cierro la puerta. Corro el pestillo.

Descorro el pastillo. Abro la puerta. Abro la puerta. A-bro la mal-di-ta puer-ta.
¡¡¡¡Socorro, estoy encerrada!!!!! ¡¡¡¡Ábranme la puerta!!!!

Tranquila, Oro.
Triquitrí al picaporte. Forcejeo. Nada. Empujón y forcejeo. Nada. Tirar y forcejeo. Nada.
Bajo la tapa. Me siento en la taza. Busco en el bolso.
Saco la tarjeta de crédito y la paso por el cerrojo. Lo he visto en muchas películas. Nada. Saco el carné de identidad. Nada. Saco la tarjeta bizi. El carné de donante de órganos. El de la biblioteca. Nada.
Aporreo la puerta. Grito. Nada.
Espero. Nada.
Teléfono, Oro. Tienes el teléfono. Google: "bar Bujaraloz". Mil habitantes y mira si hay bares en Bujaraloz. Este, yo creo que es este. Me suena que se llamaba "Avenida". Llamar. Nadie coge. Nada.
Llamaré al instituto. Me están esperando. Voy a llegar tarde. Me rescatarán. Google: "instituto Bujaraloz". Llamar. "El número marcado no existe".
Sofía. Voy a llamar a Sofía, de SM. Fue la editorial la que concertó la visita. De hecho, si no estuvieran tan liados con la dichosa campaña de texto, ahora Sofía estaría conmigo y hace un buen rato que habría venido a comprobar si me había descompuesto, o muerto, o algo. Sí, Sofía llamará al instituto y conseguirá que me rescaten.
Sofía está ocupada o fuerta de cobertura.
¡¡¡¡Socorro!!!! ¡¡¡¡Ábranme la puerta!!!!
Oro, tranquila. Si tienes que pasar un rato, llevas un libro.
Ay, madre, que lo que llevas es Zeta, que lo mínimo que te puede pasar si sigues leyendo ese libro encerrada en un baño es que la escobilla empiece a hablarte.
¡¡¡¡SOCORROOOOO!!!!
Triquitrí al picaporte. Nada.
Me siento en la taza. Google de nuevo: "instituto Bujaraloz". Otro teléfono. "¿Cómo dice? ¡No se oye nada bien!" "¡Que si está CRISBEL!" "No trabaja aquí." "¿¡Que no trabaja ahí!?" "Es que este es el instituto de Caspe. No la oigo bien. Crisbel está en Maella. Es una sección..." "Mire, soy Begoña Oro, soy escritora. Me están esperando en el instituto de Bujaraloz. Estoy encerrada en el cuarto de baño de un bar del pueblo. Necesito que vengan a sacarme." "Oh. Ah. Uh. Sí, ¡ahora mismo llamo!"
Qué limpio está este baño. Se nota que está recién reformado. Aún he tenido suerte.
Triquitrí al picaporte. Nada.
¿Para qué está la familia? Wasap: "Estoy encerrada blablablá". Hermano: "Llamo al 112?" Mamá: "Dale un patadón con mucha fuerza". Yo: "No quiero destrozarla". Mamá: "Te digo que funciona". Yo, patadita. Yo, patada. Yo, patadón. Yo, wasap: "Pues aquí no". Mamá: "Al menos te oirán, da con fuerza." Hermana: "Desmonta la cerradura". Mamá: "Tu hermana no va como nosotras con el destornillador en el bolso".
Suena el teléfono. "¿Sí!" "Hola, Begoña. Soy Sofía. ¿Me has llamado?" "¡¡Sí!!, es que estoy encerrada en el baño de un bar de Bujaraloz y no puedo salir." "Jajajajajajajajaja". "¿Sofía?" "Jajajajajajajaja." "He llamado al instituto, al de Caspe, porque no encontraba el teléfono del de Bujaraloz." "Tranquila quejajajajajaja ahorajajajaja llamo."
Forcejeo y empujón. Picaporte y tarjeta. Patadón y aporreo. ¡¡¡¡¡Ábranme la puerta!!!!!
¿Pero no les extrañará en el bar que lleve aquí tanto tiempo?
¡Oigo ruido! ¡Alguien se acerca! "¡¡¡¡¡SOCORROOOOO!!!!!"

Un hombre abre la puerta.
Diría que es san Pedro, pero debe de ser el dueño del bar porque me dice:
-¿Se había quedado encerrada? Vaya, es que estas puertas... Me pasa también con esta de aquí. ¿Lo ve? [Triquitrí al picaporte.] Es que las hemos cambiado todas. Son puertas chinas. De los chinos. O los japoneses. No sé.

domingo, 30 de marzo de 2014

El fin del mundo y cómo evitarlo

-Elige un tema sobre el que escribir -le digo a F., un adolescente al que acabo de sacar de entre el público en un encuentro con lectores.
-El fin del mundo -dice enseguida.
Me quedo parada y no me atrevo a confesar el motivo real de mi estupor: ayer mismo otro chico eligió precisamente el fin del mundo. Nunca me había pasado, y me acaba de suceder dos veces seguidas. Me da la impresión de que en la elección de F. hay un interés más cercano a la curiosidad que al miedo. Y seguimos con el encuentro.
Un rato después, F. me pregunta si no es mi novela Pomelo y limón más para chicas que para chicos. Y yo me sonrío, pero eso es porque aún no he leído el artículo de Jordi Soler.
El artículo lo leo hoy. En él el señor Soler analiza con escalofriante lucidez varios datos de esta época nuestra de instagram, tabletas y virtualidades varias. Uno de los datos es la cantidad de japoneses que pasa olímpicamente de tener pareja o incluso sexo, o al revés, como prefieran verlo. Se entiende que los japoneses son como una avanzadilla humana y que todo eso nos llegará como nos llegaron el sushi, Inazuma Eleven o esa manía de fotografiarlo todo. Igual llegará un momento en que no nos interese o no nos compense relacionarnos sentimental o sexualmente con nuestros semejantes. Y entonces... Ahora me doy cuenta, y entonces quien tiene miedo soy yo. ¡Entonces sí será el fin del mundo! O por lo menos el fin de la especie humana, porque estoy segura de que los pájaros, las abejas, las pulgas amaestradas, las gacelas, los leones, las mantis... en fin, todas las demás especies, seguirán entregándose con pasión a la función reproductora.
El fin de la especie se acerca. ¡Qué digo! ¡Igual ya ha llegado! Igual F. no tiene el menor interés en el amor, que es de lo que trata Pomelo y limón, no porque sea chico como intentaba hacer ver sino porque es medio japonés. Igual esa generación que encontrará demasiado engorroso, sucio, expuesto o complicado ese trámite para tener descendencia es la que lee mis novelas juveniles, la que me pregunta en los salones de actos. Igual por eso piensan en el fin del mundo.
A F. le hice repetir conmigo: "yo también tengo sentimientos". Me dio la impresión de que, en ese momento, dos  chicas lo miraron con cara de "contigo perpetuaría la especie humana". Me dio la impresión de que esas chicas serían capaces de convencer a F. de que el amor compensa. Yo seguiré intentándolo en algún libro.

La fotografía es de Sally Mann. El fotografiado es su marido, Larry, enfermo de distrofia muscular y padre de sus tres hijos. Le pueden preguntar a Sally si le compensa. Por la forma en que acaricia a Larry en cada foto de este trabajo, Proud Flesh, yo diría que sí.  Esta foto decidió titularla Was ever love, como el sintagma del himno "was ever pain, was ever love like thine". Pues eso, que no descarten que vayan juntos dolor y amor. Aun así... ¡jóvenes, japoneses, no descarten el amor!

miércoles, 12 de febrero de 2014

Demasiada felicidad

[Esta entrada no la lean. Es de mí para mí. En realidad, es poco más que una excusa para poner un enlace donde encontrar un texto que leer cuando esté de bajón.]
-Oro, Oro, Oro... Y pensar que lo último que escribiste aquí fue aquello de PUTA sobre los encuentros... ¿Y ahora qué me dices?
-Nada.
-¿Nada?
-Es que son cosas... No sé. Me parece algo impúdico hablar de ello. Además, ya dije que hay encuentros que se cuentan entre las cosas más bonitas que me han pasado en la vida, y sigue siendo así. Puede que cada vez más. Pero es algo que prefiero guardarme. Tampoco voy por ahí contando mi vida.
-Ejem.
-No, en serio: ¿para qué hablar de los encuentros? Es tan fácil que parezca peloteo o autobombo... Hay algo obsceno en hacerlo público. Y yo no soy Dominguín. No necesito contarlo. Podría acostarme con Ava Gardner y no decir ni pío. Además, para qué, si ya he sido maldecida con una gestualidad que habla por sí sola.
-Sí, pero es que si no hablas de ello, se te olvida, y luego te pones a rezongar mientras haces la maleta.
-Bueno, es que esta vez el niño lloraba y gritaba "No te vayas, mamááá" que parecía Marco.
-Pero reconoce que mereció la pena.
-Tú dirás. Lee esto.
-¡Oro! ¡Es precioso! Me cuesta creer que seas responsable de esa felicidad.
-Y a mí. La gran responsable es Sonia. Pero, oye, me he dado cuenta de que yo también pongo mi parte. Justo en el viaje leía un relato de la Munro, uno que está en Demasiada felicidad y... Bueno, es muy difícil de resumir. Leételo, se llama "Ficción". El caso es que una mujer, Joyce, está leyendo un relato de una tal Christie. De repente descubre que el relato es autobiográfico y que ella, Joyce, aparece en él porque la Christie esa, la autora, es la hija de la mujer con la que se largó su exmarido (ya te dije que era muy difícil de resumir), y el caso es que Christie no habla de lo que Joyce espera, que es todo ese trajín entre la madre, el ex y la propia Joyce, sino que habla de ella como profesora de música. Porque, sí, Christie fue alumna de Joyce y...
"Todo gira alrededor del amor de la niña por la profesora.
El jueves, el día de la clase de música, es el día memorable de la semana; su felicidad o desdicha depende del éxito o el fracaso de la interpretación de la niña y de la atención que la profesora preste a la interpretación. Ambas cosas son casi insoportables. Aunque la voz de la profesora fuera controlada, bondadosa y bromista para disimular su desánimo y su decepción. La niña se siente fatal. O la profesora de repente parece contenta y de buen humor.
-Muy bien. Muy bien. Hoy sí que has dado la talla.
Y la niña se siente tan feliz que tiene retortijones en las tripas."
Y Joyce alucina porque apenas recordaba a Christie como alumna. No tenía ni idea de que supusiera tanto para ella. ¿Lo ves? Así vamos pasando por la vida de los demás, sin tomar conciencia de que tenemos la oportunidad de hacerles felices o desgraciados, de la misma forma en que los demás nos regalan a nosotros, así, a lo loco, con un comentario, con una mirada, inmensas alegrías o inconsolables desdichas.
-Pero Sonia, al escribir ese post, te ha regalado esa consciencia.
-¿Y ahora por qué pones "consciencia" con ese?
-Porque es como más, ¿no? Más que "conciencia". La "consciencia" carga en esa letra de más el peso de la responsabilidad que conlleva.
-Hija, cuando te pones intensa...
-Deberías darle las gracias.
-¿A quién? ¿A Sonia?
-Y a Paula. Escríbeles.
-Ahora mismo: "Gracias, Sonia. Gracias, Paula. Me habéis hecho muy feliz".

En la imagen, de Annie Leibovitz: yo, muy contenta, de vuelta de la charla "No queremos que los niños lean", donde también estuve rodeada de gente que me hizo feliz.
-No, si al final dejarás de ser una solitaria recalcitrante...
-No te equivoques, Oro. Eso jamás.

miércoles, 29 de enero de 2014

PUTA

“PUTA", me llama A. O igual es un acrónimo. De Persona Utópica Textual y Apasionada, quizá.
Compréndanlo, le han obligado a leer mi libro. Él no quería. No lo habría elegido en la vida. Posiblemente yo tampoco lo habría elegido a él como lector. Posiblemente ninguna de las canciones que él escucha está en mi lista de reproducción, y viceversa. No nos merecemos el uno al otro, pero esa es la gran perversión de la lectura escolar: la falta de libertad.
Aun así, no reniego de esta práctica. De toda lectura obligatoria, surge un descubrimiento. A veces el descubrimiento tira por tierra un prejuicio (“vaya, contra todo pronóstico, me gustó el libro”); otras lo apuntala, y por el camino, cada libro, hasta los que no nos gustan, nos deja cosas.
Seguramente veré a A. y a C. Seguramente tendré un encuentro programado con ellos y sus compañeros de clase. Esta otra práctica, la de los encuentros con los lectores en el ámbito escolar, también está pervertida por la falta de libertad. No tiene nada que ver un encuentro de autor en un club de lectura donde van personas que han elegido acudir allí en lugar de darse un paseo en bici, con un encuentro concertado en el centro escolar, un secuestro en toda regla. Los alumnos no han elegido estar ahí, y el autor... Sobre el autor, decía Elvira Lindo a santo de esto de los encuentros: “a mí es que los niños me gustan de uno en uno, y no todos”. Sería un primoroso ejercicio de hipocresía quitarle la razón.
Así que tengo una hora, una hora para explicarle a A. que lo más duro de mi infancia, ya ven ustedes, fue ser la mediana y que mi hermana pequeña naciera solo quince meses después de mí, lo que me lleva a hacer todo tipo de tonterías en busca de afecto, incluso escribir. Tengo una hora para responder a C., que preguntaba “¿es que no sabe escribir normal la tía o qué?”, que claro que sé escribir normal, y que lo hago cuando elaboro la lista de la compra, pero que cuando escribo novelas, o cuentos, cuando intento hacer literatura no escribo normal; escribo bien. Tengo una hora para que A. y C. me escuchen y para intentar hacerles pensar. No les voy a hacer cambiar de idea. Mi libro les ha parecido un asco y tienen todo el derecho del mundo a opinar así. Pero me gustaría que al final de la sesión pensaran que igual hay algún libro, otro, que puede gustarles, y alguna cosa más. Y estoy dispuesta a dejarme la voz para hacerme oír, y a hacer el payaso, porque me gustan los canales de comunicación que abre la risa, y a hacer el ridículo, porque es una manera de que A. y C. vean que no hace falta estar arriba para sentirse a gusto, y estoy dispuesta a hablarles sin quitarme el corazón. Y acabaré agotada, como siempre. Pero es que solo tengo una hora, y además de A. y C., hay entre los ciento y pico chavales que me escuchan alguno al que le brillan los ojos, alguno que quiere ser escritor, alguna que, de ese mismo libro, dijo en tuiter:
La banda sonora de mis encuentros, esta, dice: “recibes lo que das”, y yo lo quiero todo. En ocasiones, lo he recibido todo, y por eso hay encuentros que están entre las cosas más bonitas que me han pasado en la vida, aunque yo también prefiera a los niños, a los jóvenes "de uno en uno".
Hasta pronto, A.
Hasta pronto, C.
Hasta pronto, M.

En las imágenes: intercambio de tuits entre A. y C y tuit de M. La única manipulación que he llevado a cabo ha sido ocultar sus nombres. Sus tuits son públicos y podría no haberlo hecho pero no quiero que A. y C. se ganen un castigo a costa de este cotilleo.
Y una cosita, A. y C., por si me leéis (permitidme que os tutee): no se anda llamando “puta” a las mujeres que hacen cosas que no os gustan. Es poco preciso, nada elegante y puede resultar ofensivo. Yo me río con esto, pero es que ya tengo unos años y me he hecho con una piel de elefante. Que a mí no me afecte, no significa que se pueda hacer. Ya sé que no me lo habéis dicho a mí, que no sabíais que lo leería. Aun así. De verdad, no llaméis puta a nadie. Ni gorda. Y, por favor, no dejéis de pinchar en el enlace de “gorda”.

domingo, 15 de diciembre de 2013

"¡Oh, es ella!" "Oui, c'est moi" (Regalos de cumpleaños)

Nunca me habían mirado así. Estoy segura de que Pitita Ridruejo no abrió tanto los ojos ante su primera aparición mariana como los abrió Álvaro al descubrirme como la autora de Ensalada de letras
"¡¿Lo has escrito tú?! ¡¿Has escrito tú ese libro?!", gritó incrédulo.
Yo estaba en Miami, en el colegio Coral Way K-8 aunque a mí no me sacaron en el Hola por ello como a otras. Mostraba a alumnos de doce años una presentación y en una diapositiva apareció la imagen de Ensalada de letras, un libro de texto de lecturas. Utilizaba ese libro para explicar cómo a veces escribo siguiendo ciertas reglas. Pero no pude seguir.
La charla se interrumpió con el grito de Álvaro. Yo balbuceé un "sí, sí, lo he escrito yo".
"No me lo puedo creer. No me lo puedo creer", decía Álvaro.
Álvaro es español pero desde hace un tiempo vive en Miami. Cuando aprendió a leer, a los seis años, Álvaro devoró la Ensalada de letras. "¡Me lo leí más de cinco veces!", me aseguraba. Y empezó a recitarme los nombres de todos los personajes que desfilan por el libro, que si doña Despistes, que si Superleo, que si el mago Chas... y me habló de cuentos que yo había escrito de los que yo misma no recordaba los detalles. "¿No es irónico encontrarnos ahora aquí?", decía Álvaro, y seguía exclamando y recordando y pellizcándose.
Le habría corregido. Le habría dicho que no era irónico, que era maravilloso. Era maravilloso descubrir que mi obra formaba parte de su vida. Le habría dicho que solo por ese encuentro había merecido la pena preparar el dichoso Power Point y hacer el viaje. Le habría dicho que es por eso por lo que escribo para niños, porque solo ellos abren los ojos así en lugar de entornarlos con esos párpados de adulto que los años van cargando de desconfianza y de cinismo y de "qué me vas a contar tú a mí", esas losas que pesan más que la grasa, el sueño y el cansancio. Pero no le dije nada. Solo pude sonreír.

Mis farmacéuticas favoritas me regalaron por mi cumpleaños -ni que fuera tan vieja- el libro Yo fui a EGB. En él hay un apartado dedicado a los libros de Senda, por cierto, escritos -pocos la saben- por Fernando Alonso, este, no el otro. Se dice en Yo fui a EGB:
De toda la cantidad de libros que pasaron por nuestras manos durante los ocho años de EGB hay unos pocos que nos marcaron para siempre por ser nuestras primeras lecturas con las que aprendimos a leer. Por muchos años que hayan pasado nos seguimos acordando perfectamente de sus personajes.
Como para no esforzarse en hacer bien esos libros. Como para subestimarlos.
Una vez un escritor, al contarle que estaba preparando un libro de texto de lecturas, me dijo: "ya, pero ¿cuándo vas a escribir un libro de verdad?". ¿Se refería a un libro por el que cobrar derechos de autor una vez al año (más quisiera yo)? ¿Un libro cuya cubierta señalar orgulloso porque tu nombre aparece ahí (tampoco estaría mal)? ¿Qué es un libro de verdad? Me gustaría que a esa pregunta le respondiera Álvaro.
Y ahora les dejo. Estoy haciendo un precioso libro de texto de lecturas. Cuando sea vieja, me haré una camiseta con la cubierta del libro y el letrero "LO ESCRIBÍ YO", y me echaré a la calle esperando a que alguien me regale una mirada como la que me regaló Álvaro ese 21 de noviembre, día de mi cumpleaños, en Coral Way K-8.

Imagen de Alfred Eisenstaedt. El de la izquierda luce la mismita mirada de Álvaro.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Croquetas World Tour

Parece que Lou Reed no saldrá de gira este año. Pero yo sí.
Tras dos años poniendo en pie la Golden World Tour, me estreno con la Croquetas World Tour, más World que nunca porque esta gira me llevará hasta -enumero en orden cronológico- Andalucía, Miami, Aragón en casi toda su extensión, Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid. Cuando digo Miami, quiero decir Miami (Florida), no Miami (Tarragona).
Si eres uno de esos lectores o lectoras a los que voy a poner ojos, orejas y demás partes del cuerpo, te ruego que leas estas cuatro cosas que escribí al respecto. Y repito: estoy deseando conocerte.

Pocos trabajos hay tan domésticos como este de escribir. Frente a eso, estas giras mías son un auténtico paseo por el lado más salvaje de la vida. Y, bueno, no quiero adelantar nada, pero creo que esta Croquetas World Tour nos va a deparar grandes momentos. Tu, turú, turú, tu turú...

En la imagen, de Michael Ochs Archives/Getty Images, Lou Reed.

domingo, 29 de enero de 2012

Golden World Tour SM '12

Me voy de gira. Oh, yeah.
Tres meses dando tumbos por toda España de colegio en instituto.
Si tú y yo vamos a vernos uno de estos días, quiero que sepas cuatro cosas:
1. Que no voy a darte una charla, no. Lo que vamos a tener es un encuentro, que es muy distinto. En una charla, yo estaría arriba y tú estarías abajo, pero en un encuentro, tan importante es que tú me conozcas a mí como que yo te conozca a ti. Estoy deseando verte porque escribí ese libro para ti. Es difícil que te hagas una idea de lo emocionante que es para mí conocer a quienes me han leído.
2. Que voy a repetir más o menos lo mismo decenas de veces, pero tú eres quien hace especial el encuentro, o quien hace esa pregunta que me hace pensar y me arranca una respuesta que nunca he dado. Esto es como los músicos: en cada concierto cantan las mismas canciones, pero siempre hay un sitio donde suenan de forma especial.
3. Que estamos empate: tú tienes sueño, cansancio o hambre, te preocupa el examen de después o te has enfadado con tus padres y yo... tengo sueño, estoy cansada, me rugen las tripas, tengo encargos pendientes y una novela a medio terminar que me reclama, me he enterado de que mi hijo se ha portado mal con su abuela y me he enfadado con él y sobre todo conmigo misma por no estar ahí... Y si a ti te da vergüenza hacerme una pregunta, ni te cuento lo tímida que soy yo. Pero vamos a olvidarnos de todo esto, y vamos a hacer que este encuentro sea memorable para ti y para mí, vamos a hacer que lo recordemos con una sonrisa por mucho tiempo.
4. Que desde donde estoy, lo veo todo. Veo cuando bostezas, cuando asientes, cuando hablas con el de al lado, cuando pones cara de pensar... Y según lo que hagas, yo me siento como el músico ante unos mecheros encendidos (se crece) o ante unos abucheos (se hunde). Si el encuentro es un desastre, será en parte por tu culpa. Si es extraordinario, será gracias a ti y seguramente a tu profe, que hizo todo lo posible para que fuera un éxito. Pero quiero que sepas que pondré todo de mi parte para que salga bien, que me dejo la piel, casi literalmente, en cada encuentro y que cuando llego al hotel me tienen que recoger con pala, casi literalmente también. Tengo un lema en gerundio, y es: "dándolo todo".
Ah, y una última cosa: sí, soy escritora, pero el género que peor se me da es el de la dedicatoria. Disculpa si solo te escribo "con cariño".

A los que no veré durante la gira, disculpen si no escribo muy a menudo. Estaré muy ocupada en el Mundo Real (TM).

En la imagen: yo lanzándome al encuentro de un grupo bastante receptivo de lectores.


viernes, 16 de diciembre de 2011

Lo real


[Aviso: esta entrada también parece una película de Frank Capra. Si son más bien Mr. Scrooge o si necesitan una palangana virtual cada vez que leen una terneza, no sigan leyendo. O vayan a por la palangana.]
Ayer vi "Kiseki" en el FICC. "Kiseki" significa milagro en japonés. La película habla de deseos que se cumplen aun cuando no se cumplen, aun cuando no hay milagro. Es como un cuento de hadas sin hadas. Te deja ese poso de satisfacción, íntima alegría y orden que da un cuento (los cuentos fantásticos están para ordenar el mundo), pero todo todo sucede sin arte de magia, por arte de realidad y fuerza de la alegría, la bondad, la voluntad y la esperanza de las personas.
(Palangana.)
"Kiseki" fue el colofón perfecto para un día Kiseki. Un día milagro. De esos días, y no son tantos en la vida (yo recuerdo seis), en los que bailas entre la sensación de irrealidad y la poderosa consciencia de estar viviendo algo absolutamente excepcional. Ayer participé en los encuentros del Premio Hache en Cartagena, como finalista. Los premios los suele dar un jurado, y este también. Pero, frente a la aristocracia de los jurados literarios, este es un premio democrático. El jurado lo componen los lectores, miles de lectores. "Tú lees, tú decides". Como debería ser.
No abulto mucho. Y ya, en un imponente Paraninfo y ante 600 adolescentes, no se hacen idea de lo pequeña que resulto. Pero hay cosas que te ensanchan. Como que una chica marroquí te dé las gracias porque -me dijo-: "aunque no entiendo bien tu idioma, este libro sí lo he entendido". O que un chico, un tiarrón guapo de unos catorce años, te diga: "Me ha encantado tu libro porque he estado enamorado y es como lo que cuentas". O que una chica te diga... No te diga apenas, porque se echa a llorar, y te pide un abrazo. Y se lo das pensando: ¿pero quién soy yo?
(Pañuelo.)
Este blog empezó hablando de premios y princesas. Durante un tiempo estuvo centrado en la realeza. Hoy este blog se muda a la casa de al lado, al lugar donde quiero vivir: los premios, claro, y lo real, solo que este "real" no tiene que ver con la realeza sino con la realidad, y con los milagros que se hacen por arte de la alegría, la bondad, el saber hacer y la esperanza de personas como Alberto Soler, Patricio Hernández o Miguel Villora.
Me regalaron una camiseta del premio Mandarache, el hermano mayor del premio Hache. En la camiseta dice: "La verdad está en los números pero el secreto en las palabras"*. Yo soy muy de secretos, pero esto he querido contarlo porque no debería serlo. Debería ser un secreto a voces. Debería ocupar quince minutos de Informe Semanal, para que todo el mundo sepa que en Cartagena hay gladiadores que pelean a muerte por defender la candidatura de un libro, hay miles de jóvenes que leen y que reciben a los escritores como si fueran lady Gaga y hay cuentos de hadas sin hadas ni princesas que empiezan leyendo y acaban entre abrazos y lágrimas de emoción diciendo: "Y fueron felices y comieron caldero".
Un último secreto, que ya vale por hoy. En Cartagena compré el número que va a salir premiado con el Gordo. Es el 07413. Luego no digan que no avisé. De todas maneras, la felicidad es casi gratis. Ayer vi "Kiseki" gratis, me dieron abrazos gratis, me reí gratis, repartí y recibí cariño gratis...

En la imagen (y retomando nuestro lema "a lo sesudo por lo baladí"): una lectora y Alberto Soler me besan, y yo, en el centro, ya me siento ganadora. (A Alberto ayer unos jóvenes lectores, unos jóvenes jurados, le dijeron que era igualito a Jorge Javier Vázquez, pero en guapo. Él hoy también flota en una nube de felicidad.)

*Esta frase -debe saberse, y querrán saberlo- es del poeta Alberto Soler.