viernes, 2 de diciembre de 2016

Mucha mierda indeed

Cuando vine a Dublín, me dio por hacer teatro. En el instituto Cervantes. Me dije que era para aprender a contar mejor cuentos, pero qué va. Lo hice por socializar y por sentirme lista hablando en mi lengua materna, para variar. Lo que pasa es que en teatro me encontré con gente como Mary, gente más lista que una misma, que eso siempre da gusto, incluso en una lengua que no es la suya, que eso ya da hasta rabia. Y además estaba nuestra directora, Sandra.
Sandra trabajó en Broadway y estaría en Hollywood si no fuera porque su físico la encasilla como puta o limpiadora (eso dice ella, lo del físico de puta o limpiadora; yo, la verdad, le veo un corte de mandíbula de marquesa).
Sandra, que es bien chistosa, dio en juntarme el año pasado con Plata (Oro-Plata, ¿lo pillan?), un venezolano que tira de espaldas, para hacer una obra en la que él al principio solo me pegaba, pero al final me besaba apasionadamente (o igual fue al revés). Y estuvo bien.
Este año Sandra podría haberme juntado con alguna irlandesa, una rumana, un brasileño, una ucraniana o incluso una gallega, pero no. Anda que no hay gente en Dublín y me junta con una moza de un pueblo de Teruel que hasta sabía dónde estaba el Parque Roma. Y esta vez me pone a hacer seis personajes diferentes en quince minutos con una máscara que me aprieta la nariz y hace que se me caigan los mocos. Solo por eso he descubierto que jamás robaré un banco.
Pero ha estado muy bien.
Digo "ha estado" porque estrenamos la obra, o lo que fuera ("bosquejos brechtianos" lo llamaba Sandra), ayer. Y eso que la cosa no pudo empezar peor para mí.
Castigo divino por mendigar amor en tuiter.
Yo dije por la mañana: "Deséenme mucha mierda." Y @eslosiguiente dijo: "Pártase ambos meniscos, señora", que es lo que se estila en inglés, el break a leg. Y Jorge Gómez Soto (@lij_jg) dijo: "Te deseo toda la mierda que te mereces, jajaja".
Pues bien. Mi hijo tenía que volver de Herbert Park, del entrenamiento de fútbol, antes de que yo saliera corriendo para el estreno. Y no llegaba. Y ya era la hora de salir, y seguía sin llegar. Y yo pensando: "A que se ha roto la pierna de verdad".
Y cuando llega... Mierda. Pero mierda literal. Ja ja ja.
Deja caer al suelo la bolsa de fútbol y la chaqueta, que huelen como recién salidas de una cochiquera. Las había dejado en el suelo, en el parque, durante el entrenamiento, y un perro se había cagado encima. A juzgar por el tamaño y textura de la mierda, yo diría que fue el san bernardo que solemos ver los domingos en el mercado. Y que iba suelto. Castigo divino por tanto hablar de zurullos, zurretas y cagarros de perro en mi último libro.
Y yo, ya vestida con la ropa que debía llevar en la obra, recogiendo las prendas cagadas y trasladándolas con sumo cuidado (nunca he tenido los brazos tan largos) a la lavadora, porque no tenía tiempo ni de frotar primero a mano ni leches, poniendo el programa eterno a mil grados y rezando para que aquello desapareciera. Y el niño lavándose las manos con toneladas de jabón y "mamá, sigue oliendo a mierda" y le miro, y el pantalón también lleno de caca de perro, del roce de la bolsa por el camino. Y se quita el pantalón, y lo llevo como si fuera material radioactivo a la lavadora, que ya estaba en marcha, y espero los siglos que tarda en decidir que sí, que ya la he apagado, porque "eternidad" es el tiempo que tarda una lavadora en darte permiso para abrir la portezuela.
Y salgo corriendo al instituto Cervantes, con mucha mierda.
Todo para que, al empezar la función, Sandra nos diga al oído (estábamos de espaldas al público): "Cucha, solo hay tres personas".
Bueno, al final fueron unas pocas más.
Igual el resto estaban poniendo lavadoras.
¿Que qué hicimos en la obra?
Bah, no les aburro con eso, que ya bastante me he extendido. Además, lo que pasa en el teatro no se puede contar. Eso hay que verlo. Y si no se lo creen, acudan a cualquier obra de Wajdi Mouawad y luego prueben a explicarlo. Vayan al teatro, vayan.

En la imagen: yo, en mi desesperación, esperando que se abra la puerta de la lavadora.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Libros en televisión

Estrenó la Milá Convénzeme, un programa de televisión sobre libros donde quienes tienen la palabra son los lectores porque, según dice la Milá, bastante se ha oído ya a editores, escritores y críticos.
He visto el programa, claro. Me interesa, sí. Me interesa el fomento de la lectura; un programa así en principio podría servir para eso. En este programa, la lectura no parece tan alejada de la vida y las historias de los libros se entrelazan con las de los lectores (la hermana lesbiana, la enferma en el hospital, la mudanza...). Aún no sé si es ese es su mayor defecto o su mayor virtud. Lo que tengo claro es que me interesa y que seguiré viéndolo. Por eso me deja de piedra lo que leo en este artículo sobre el programa:
"a juzgar por la breve pesquisa, al menos en lo que al sector editorial y del periodismo cultural respecta, nadie se ha dignado a verlo. "No soy muy de esa señora", han dicho algunos. Al menos una docena de los consultados –escritores, editores y periodistas- dijo ni haberse planteado tal cosa como ver el programa."
Dice el artículo: "Entre el esnobismo que Milá atribuye a los que se dedican profesionalmente a escribir, editar y analizar libros y la ñoñez, previsibilidad y pobreza de su propuesta queda entremedias, una vez más, la ocasión perdida." ¿Ocasión perdida? Ocasión perdida es salir a ver la superluna y que esté nublado, que es lo que me acaba de pasar.
Que sí, que desde luego que el programa podría ser mejor, pero el artículo me parece en sí mismo una prueba más de ese esnobismo que parece intentar negar porque ¿cómo puede ser uno escritor o editor y no interesarse por la opinión de los lectores?
Vale, sí, muchas de las opiniones están escasamente argumentadas. De acuerdo, la mayoría de los lectores que opinan en Convénzeme no tienen un gran bagaje de lecturas. Pero es que se trata precisamente de eso, y basta con oírlos esos minutos para que el espectador sepa si, estando ante la monja, la estafada por el libro de autoayuda, el de Guerra y paz o la propia Milá, les invitaría a tomar un café o se pondría los cascos; si se dejaría convencer o, por el contrario, daría por bueno el libro que ellos dan por malo y viceversa. No son críticos ni lo pretenden. Pero son lectores. Se supone que escribimos para ellos, editamos para ellos.
Qué quieren que les diga, como autora me parece un lujazo tener una ventana desde la que poder ver a los lectores así, sin apenas filtro, como sucede con los booktubers o con plataformas como goodreads. Ya veré yo luego si les hago caso o no.
A mayor abundamiento, me encantaba la ventana que abría sobre la literatura infantil Página 2 con su sección protagonizada por niños. Por ahí discurrían también títulos "sin ningún orden ni criterio", desde best-sellers hasta libros descatalogados, elegidos por los propios niños, que hablaban como les daba la gana sobre ellos. En esta última temporada, Página 2, que por lo demás me parece un programa ejemplar, dedica menos espacio a la literatura infantil y en él supuestos niños recomiendan novedades, solo que ahora da la impresión de estar completamente guionizado y por alguien no demasiado familiarizado con el lenguaje infantil, por cierto.
En fin, que me gusta que exista Convénzeme, que me gustaba el caos de aquellos niños en Página 2.
Bah, igual es solo que me gusta cotillear. O que me merezco que me lea cualquiera.

Edito y añado estas palabras de Lorca que acabo de releer en este fantástico artículo y que vienen tan a propósito:
“Y ¡lectores!, ¡muchos lectores! Yo sé que todos no tienen igual inteligencia, como no tienen la misma cara; que hay inteligencias magníficas y que hay inteligencias pobrísimas, como hay caras feas y caras bellas, pero cada uno sacará del libro lo que pueda, que siempre le será provechoso”.
Pues eso, ¡lectores!, ¡muchos lectores!, ¡en televisión, en el vecindario, en Andalucía y en Nueva York!

En la imagen, de Annie Leibovitz, escritora preguntándose: "¿Qué? ¿Ya ha terminado la cosa esa de Convénzeme?"


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Estaba ciega

Me despierto –cosa rara– antes de que suene el despertador a las 7:07 (es mi única superstición, creo). Al momento me acuerdo: las elecciones. Cojo el móvil. Mi cronología de tuiter está llena de lamentos. Es unánime. Yo no doy crédito. ¿De verdad ha ganado Trump? No puede ser. No conozco a nadie que lo apoye. Cuando he hablado aquí y allí, en Irlanda y en España, sobre Trump, lo he hecho sobre el acuerdo tácito de que mi interlocutor no lo apoya, y todo sin pies de plomo.
Pero ha habido millones de personas que lo han votado, más personas que a Clinton. ¿Dónde están? En Texas, incluso en Florida. Desde luego no a mi alrededor, mucho menos en la parcelita de internet que visito.
Me acuerdo entonces de la entrevista a Zygmunt Bauman que leí ayer. Decía Bauman, entre tos y tos:
"Esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. [¿Por qué?] Para protegerte a ti mismo de las posibilidades multiformes que te ofrece la vida. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales."
Y me acuerdo entonces de mi pueblo postizo, donde hay 17 personas censadas, y cada una vota  a alguien distinto, y aunque el voto es secreto, los oriundos saben quién vota a quién. Y todos se hablan.
¿Debería empezar a seguir a seguidores de Trump para escuchar, para no estar tan ciega, para –si es posible– dialogar? Recuerdo entonces otro fragmento de la entrevista a Bauman:
"El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad."
No tengo nada que añadir. Me duelen los ojos. Me voy a educar.

Fotografía de Paul Strand.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El día que me abandonó el desodorante

Sudo. Soy humana, como Chenoa.
Mi familia, no. Mi familia, que es un poco inhumana, lleva muy a gala que ellos no sudan. Yo sí, aunque solo cuando me pongo nerviosa. Y el otro día, el día de la presentación de Pistas apestosas, me puse nerviosa, muy nerviosa.
Primero -ya verán qué fruslería– porque me veía fatal. Yo, que voy por ahí escribiendo artículos sobre cómo vestirse para un evento literario, como si fuera una bloguera de moda cualquiera, no sabía qué ponerme para mi propia presentación. O sí, pero cuando me lo puse y me vio mi madre, me miró con tal cara de pena (o así me pareció) que acabé buscando otra cosa. Y yo que creía que estaba curada de esta necesidad de aprobación materna... Pero es que me veía fatal con todo y echaba de menos lo que Dublín hace por mi pelo y por mi piel. ¿No les pasa que hay ciudades, lugares, que les sientan bien y otros que no?
Me equivoqué también al dejarme en Dublín mi desodorante antes-expiras-que-transpiras. Y hasta mi colonia. Yo normalmente huelo a limpio y a Cristalle, o a limpio y Happy. Pero ese día...
Porque me equivoqué también al optar por una blusa de tejido sintético. Pero yo solo sabía que quería llevar el collar que me hizo mi hijo en aquellos campamentos y necesitaba algo que pegara con el collar. En fin.
Después de un día loco de radio-comida-tranvía-radio-tranvía, llegué a la presentación apestando como un runner enfundado en poliéster.
Y se acercaba la hora y llovía y no llegaba nadie, y yo venga a sudar.
Y de repente, tres minutos antes, empiezan a llegar a la Casa del Libro hordas de niños, padres, familiares, amigos, vecinos, exvecinos, lectores..., y yo venga a sudar de calor humano.
Y empieza la presentación, y Pepe Trívez, al que nunca podré agradecer lo suficiente lo que hizo junto al equipo de BBLTK, reparte juego entre los niños. Y lo primero que sale en el juego son unas cartas con el dibujo de una caca apestosa.
Y yo, con los brazos bien pegados al cuerpo, como sujetando un termómetro a cada lado, que si ven las fotos de la presentación podrán comprobarlo. No crean que estaba encogida de frío; estaba intentando inútilmente impedir la expansión de mi propio hedor.
Y David Lozano, pegado a mi izquierda, aguantando estoicamente, claro que él prefiere ir a la morgue que a un McDonald's.
Y mi hijo, a mi derecha.
Y luego hablamos nosotros.
Y luego la gente se acerca a las firmas. Y yo, poniendo las preciosas flores que me habían regalado entre la gente y yo, y rezando por que mis lectores pensaran, al acercarse a mí, que esa peste que les llegaba era un efecto del libro, como esos de Stilton que rascas y huele, que habría estado bien traído dado que el libro se titula Pistas apestosas.
Y se acerca la delicada y siempre bienoliente Ana Alcolea y nos hacemos una foto con David Guirao, David Lozano, Nerea Marco, Pepe Trívez y Susana. Y yo le digo mentalmente a Ana: "Ana, que yo te he traído cremas de Estée Lauder; que tú sabes que no soy así".
Y aún se acerca por detrás, sin el parapeto de las flores ni la mesa, Blanca, una lectora, que luego me regala una entrada en su blog que enlazo aquí para recordarla cuando ya no recuerde casi nada. Y ella habla de mi cercanía con los lectores como una cualidad, como si realmente fuera mejor estar cerca que lejos de mí (que ya les digo yo que no).
Y están Mar, y Luisa, y Júlia, de RBA, que me dicen que no se quedan a tomar algo porque temen perder el tren y yo digo que las entiendo porque soy igual con eso, pero también pienso: "Idos, idos, que yo también me iría, si pudiera, de este apestoso cuerpo mío".
Pero antes de irse, mi querida editora Mar Peris me dice: "Está claro que la gente te quiere". Y estaría claro, pero yo no lo sabía, o no lo sabía tanto, y por eso no podía parar de sonreír y me sentía como un cruce entre Pepe Le Pew, Popeye y Wonder Woman y al día siguiente descubrí por qué.
Al día siguiente de la presentación, tuve el privilegio de ejercer de presentadora en el Congreso contra el cáncer y pude escuchar otra vez al doctor Marcos Gómez, que nos enseñó –ahí es nada– a morir en paz y dejar morir en paz. En su presentación incluyó una cita de JW Goethe que decía: "Saberse querido te hace más fuerte que saberte fuerte". Pero yo te digo, Johann Wolfgang, que saberse apestoso y aun así querido, te hace fuerte no, lo siguiente, que habrá que preguntar a @eslosiguiente, esa genialidad de tuiter, qué demonios es. Quizá sea invencible.
Y todo esto les cuento, esto tan poco elegante que quizá no debería contar. Pero si no es para esto –para contar lo que no se cuenta pero está ahí, persistente–, ya me dirán para qué estamos los escritores.

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Bueno, yo con Misterios a Domicilio, la colección que se inicia con Pistas apestosas, me he impuesto una misión extraordinaria: estoy para hacer reír en alto a un niño mientras pasa las páginas de un libro que no puede soltar. Y estoy feliz no, lo siguiente (¿pletórica?), porque lo he conseguido. Tengo pruebas.

En la imagen, lector esperando a que termine de firmarle su ejemplar de Pistas apestosas.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

A rastras

Arrastrar a un niño de diez, de once, de doce años a la presentación de un libro. Qué me van a contar a mí.
Porque sabemos que, sí, que está requetedemostrado, que hasta santa PISA lo dice: que someter (sí, la palabra es "someter") a un niño a eventos culturales, llevarlo a exposiciones, a ver películas, al teatro, a la biblioteca, a la librería... lo llevará derechito a Harvard, o a donde él quiera, por no mencionar la felicidad, la experiencia, la sabiduría que se llevará puesta por el camino. Pero de momento él no quiere ir a la presentación porque:
  • "va a ser un rollo" (dice, antes), 
  • "me aburro" (con suerte susurra, durante),
  • "te lo dije" (reprocha, después).
Claro que por suerte la cosa no siempre acaba así. A veces el niño sale encantado del teatro o de la librería, y no hay "me aburro". Hay incendios en los ojos, o risas, o cosas que pasan, muy privadas ellas, por dentro; cosas que no dan ni ganas de compartir después. No hay "te lo dije" ni tampoco "gracias", no nos pasemos, sino esa versión del agradecimiento que se da de hijos a padres: difusa, infusa, semifusa, o sea, inadmisible, secreta, fugaz.
Olvídense de Harvard. Ya solo por eso, por correr el riesgo de que pase algo secreto, ya merece la pena hacerlo. Porque hay que hacerlo. Hay que llevarlos, aunque sea a rastras. Y hacerse un escudo con los "Te lo dije". (Yo tengo uno precioso.)
Quiero que este viernes traigan a sus hijos, a sus nietas, a sus sobrinos y sobrinas a la Casa del Libro de Zaragoza, a la presentación de Misterios a domicilio, mi nuevo libro. Sí, a esos que tienen entre 9 y 12 años. Sé que muchos llegarán a rastras. Pero les ofrezco una carta de descargo. Me comprometo a recibir personalmente sus "te lo dije", que me lo digan a mí si es que tienen algo que reprochar a la salida de la presentación. Ya verán cómo no. Cómo van a aburrirse con la que está montando Pepe Trívez.

En la imagen: niños esperando ya que empiece la presentación. ¿Que qué presentación? ¡Esta!




sábado, 22 de octubre de 2016

Asunto: Vecina

Recibo un mensaje. "Asunto: Vecina", dice.
La última vez que recibí un mensaje parecido acabé enamorándome del remitente.
Lo abro con cuidado.
El mensaje es un viaje al pasado.
"Hola Begoña, soy L. C., la vecina de V., ¿te acuerdas de mí? Estaba en una de las pocas librerías del barrio y he visto un libro tuyo y me he acordado de la biblioteca 9 y 3/4 con mucha ilusión."
Y entonces la recuerdo yo también, aquella biblioteca que monté en casa.
Hará más de quince años de aquello. Ya tenía la casa abarrotada de libros infantiles. Vivía en Madrid, en una urbanización llena de niños, L.C. y su hermana entre ellos. L. tendría entonces unos siete años.
Decidí abrir mi casa una vez a la semana para que los niños y niñas de la urbanización vinieran y se llevaran los libros en préstamo. Ese día poníamos la alfombra de los cuentos, leíamos, hacíamos tonterías... Elegimos el nombre de la biblioteca por votación popular. Hicimos carnés de socios. Qué bonito fue aquello, sí. Los mayores tomaban cervezas en el banco de la urbanización. Los niños trasteaban con los cuentos en el pequeño salón de casa. A veces dos niños querían coger el mismo libro y discutían. A menudo nos reíamos a carcajadas. Si hacía bueno, salíamos al jardín. No era nada silenciosa aquella biblioteca.
Seguramente el libro que L. ha visto es el primero de Misterios a domicilio, que es la historia de un vecindario, el de La Pera 24. Cómo me alegro de que los vecinos de La Pera 24 me hayan traído de vuelta a esta otra vecina de quien prefiero no calcular la edad actual. Para mí será siempre esa niña pizpireta de pelo largo a la que su padre tenía que llamar cien veces para que saliera de la piscina.
Dentro de poco, me iré a cenar con G., que vive al otro lado de la pared.
El mundo será ancho y ajeno, pero la vida de cada cual es un vecindario.
Gracias, L.C.