viernes, 3 de mayo de 2013

Ay, madre

Por diversos y en algunos casos muy enjundiosos motivos, no he publicado aquí todas las columnas que han aparecido en el Heraldo. La que cuelgo hoy, que va sobre mi madre, se publicó el 31 de marzo de 2013, en medio de una lluviosa Semana Santa. Si no la puse aquí fue porque me pareció floja. Pero luego, María Frisa, que tiene más gracia que todas las cosas (y si tienen la desgracia de no poder comprobarlo personalmente, tienen la suerte de poder comprobarlo en sus libros), me felicitó por la columna. Y si María Frisa la da por buena... Igual lo que sucede es que para mi madre, dedicado a mi madre, todo me parece poco y malo. (Para mi madre, en opinión de mi madre, todo está "muy bien, hija".) Sea floja, buena, mala o regular, allá va, por si haciendo un corta y pega, les sirve para felicitar a sus madres este domingo, por si ellas también juegan a ser adivinas. En ese caso, les felicito y compadezco a partes iguales.

Si pudiera predecir qué es lo que quisieran leer hoy… Me paso la vida intentando hacerlo. Voy para adivina. No soy la única.
El otro día iba a ir al club de lectura de la ONCE y, como me pareció tan buen plan, invité a mi hijo a acompañarme. “Verás cómo leen en braille”, le dije. “Y además, ellos no te verán”. Era el argumento imbatible para vencer su timidez. Y me dijo que sí. Pero cuando se acercaba el momento, supe sin necesidad de que me lo dijera (soy adivina) que prefería quedarse en casa.
Prefería quedarse pero no quería dejar de ir conmigo y andaba hecho un lío, partido entre la voluntad de hacer mi voluntad y cumplir con la suya propia. “Es que si tú prefieres que yo vaya, entonces voy. Pero si no… Pero lo que tú quieras, mamá”, acabó diciendo (aún es un adivino bastante transparente).
“Mecachis”, me dije (y no pongo “mierda” porque adivino que mi padre preferiría que no lo hiciera). Han bastado unos pocos años para crear otro adivino de pacotilla con problemas para identificar su voluntad. Eso me alarmó, porque tenemos unos antecedentes familiares muy peligrosos. Como uno se despiste, acaba como mi madre.
Mi madre se desvive literalmente por hacer lo que adivina que esperan de ella los demás. No es como yo. Yo, si no hago lo que adivino que se espera de mí, siento que estoy decepcionando a alguien; pero si lo hago… ah, si lo hago, entonces también me siento mal por haber arrumbado mi santa voluntad, que yo sí tengo de eso, que aún no soy como mi madre… Ya, que esto es una columna tumbada y no un diván. Pero dejen que les cuente lo de mi madre, que igual se parece a la suya o a usted: le pregunté dónde querría que tiráramos sus cenizas (dentro de cien años, claro) y ¿saben qué respondió?: “Ay, hija, donde os sea más cómodo.” ¿Pero qué voluntad de “mecachis” es esa?
La he llamado y le he preguntado si me daba permiso para contar esta anécdota y ya se figurarán lo que ha contestado. “Lo que quieras, hija”.
¿Lo que quiera? Lo que quiero es que seas como la lluvia, que hace lo que le da la gana, que no tiene en cuenta lo que quieren de ella los demás, que le da por caer en Semana Santa. Que se hace esperar, que se hace desear; que tiene su origen en la evaporación de lo que está en la tierra, pero que vive un poco en las nubes; que a veces es chirimiri y otras, chuzos; que se presenta cuando menos se la espera y que a veces no aparece cuando hace falta; que lo mismo se la echa de menos, lo mismo, que se la echa de más; que limpia, que cala, que hace crecer… Bien pensado, mamá, ya eres un poco lluvia tú.
Sean lluvia: hagan lo que quieran. Yo escribiré lo que me dé la gana. Es la única forma de no acabar hasta el gorro. Si, total, nunca llueve a gusto de todos.


Sally Mann, la autora de la foto que he elegido para acompañar esta columna, tuvo, como mi madre, tres hijos muy seguidos: un chico y dos chicas. Creo que ahí acaba el parecido entre mi madre y ella. Pero el parecido de sus hijos en esa foto con mis hermanos y yo es asombroso. Ahí está, a la izquierda, el mayor, subido a unos zancos. (Mi hermano, que por lo demás es un hombre cabal, pidió hace dos años a los Reyes estos zancos y ahora se lo pueden cruzar cualquier fin de semana paseando con ellos.) A la derecha, de espaldas y con esa suficiencia del estar en jarras, está la pequeña, tan comestible, seguramente esperando su turno para montarse en los zancos. De frente, desafiante, está la mediana. Su cigarro es de chocolate pero ella mira a su madre, que es quien hace la foto, como si estuviera ingiriendo toda la nicotina del planeta, fingiendo ser más peligrosa, más osada, más rebelde de lo que en realidad es. Así era yo, me temo, que me plantaba delante de mis padres a leer libros de Escohotado.
Pero basta por hoy, que al final tendré que pagarles en concepto de terapia por leer mis líneas.
Feliz Día de la Madre. Y si lo prefieren, regalen flores.

2 comentarios:

Mara Oliver dijo...

Seamos lluvia *-* ¡pero qué lindoooo!
Ahora me muero de ganas de abrazar a mi mamá (y eso que la veo todos los días y la llamo varias veces, jejeje, soy una hija cronofóbica y plastaaaplastaaa).
un abrazote!

Begoña R. dijo...

"[Lluvia] que limpia, que cala, que hace crecer… Bien pensado, mamá, ya eres un poco lluvia tú." Precioso, Begoña...

Ser lluvia...: tentador...

Un fuerte abrazo.