Y ahora dice el hermano que ella lo barruntaba. Que le dijo que no fuera a casa a verla, y claro, que eso era que “ella tenía la mosca detrás de la oreja”, seguro, pero que decírselo, no se lo dijo, como tampoco se lo dijo a los primeros que la atendieron, y eso también le extraña, al hermano. “Me extraña mucho, muchísimo”, si ella ya se lo barruntaba.
Pero de qué otra forma podría ser. ¿Tan difícil es de entender?
Tener una mosca detrás de la oreja es tener una cabeza llena de palabras que no dejan dormir, palabras oscuras que forman un lodo apestoso donde uno se hunde, palabras que se estancan y que hieden, y pese a todo, pese al insomnio y la pestilencia, es mejor así: palabras estancadas, apestosas, pudriéndose —pudriéndonos— encerradas. Y seguir fingiendo, fingiendo ante nosotros mismos que no pasa nada, que esta opresión en el pecho no es el miedo a la muerte. Y poner ahí delante, sobre el pecho, un escudo hecho de silencio.
Porque, de lo contrario…
Como ese muro de contención, esa presa tan frágil que es la lengua, ay, como se abra esa compuerta no con el fragor de una cascada sino con el sonido quedo y temeroso de un regato —“podría tener ébola”—, entonces la realidad se tornará insoportable.
Porque sobre el temor más pantanoso siempre puede sobrevolar una libélula de esperanza, pero las libélulas vuelan peor sobre las certidumbres, sobre todo cuando están en aislamiento.
Imagen de Josef Koudelka.
(No sé por qué escribo esto en este blog, que no es un blog de actualidad. Quizá porque es un blog sobre palabras.)
viernes, 10 de octubre de 2014
jueves, 9 de octubre de 2014
Maurice Sendak, ese monstruo
¿TODAVÍA NO LEES? ESO ES QUE NO CONOCES A...
MAURICE SENDAK
Maurice Sendak es un monstruo de la literatura infantil. Dice el diccionario de la RAE que un monstruo es una “persona de extraordinarias cualidades para desempeñar una actividad determinada”, y Sendak tenía unas extraordinarias cualidades para ilustrar, para contar historias, para vivir y para ponerse del lado de los niños, pero no de los niñitos bobitos por los que os toman algunos adultitos. No, Sendak sabía que un niño era mucho más que eso. Dijo: “la infancia es profunda, rica, misteriosa, honda”. También dijo que los adultos se asustarían si supieran todo lo que saben los niños. ¿Tú qué crees?
Pero además Sendak fue un monstruo en otro sentido, el de “producción contra el orden regular de la naturaleza”. Decía el orden regular de cierta literatura infantil que no había que asustar a los niños y que los niños de los cuentos tenían que portarse de maravilla, pero Maurice Sendak dibujó unos monstruos que daban mucho miedo y, lo más monstruoso de todo, coronó a un niño travieso, un niño que está castigado sin cenar, como rey de los monstruos. (Reconoce que a veces, cuando te enfadas, tú también das miedo.) Todo eso lo hizo en un álbum titulado Donde viven los monstruos. Ningún niño debería llegar a adulto sin que alguien le hubiera leído este libro hasta el final, hasta ese momento en que se ordena el mundo y la cena aún está caliente.
Es una pena que Sendak ya haya muerto y no pueda regalarnos más historias. Pero es una alegría saber que este año Kalandraka va a volver a publicar no solo Donde viven los monstruos sino también La cocina de la noche y la preciosa Mini-biblioteca, una cajita que contiene cuatro libros muy pequeños de formato y muy grandes de contenido.
Este texto apareció publicado en Heraldo escolar allá por febrero de 2014, creo recordar.
En la imagen, Maurice Sendak, adivinado, en el anuario de Lafayette High School (Brooklyn, NY), 1946.
No sé ustedes, pero yo no me canso de escucharle en esta entrevista que pueden encontrar transcrita aquí. "I wish you all good things. Live your life, live your life, live your life."
MAURICE SENDAK
Maurice Sendak es un monstruo de la literatura infantil. Dice el diccionario de la RAE que un monstruo es una “persona de extraordinarias cualidades para desempeñar una actividad determinada”, y Sendak tenía unas extraordinarias cualidades para ilustrar, para contar historias, para vivir y para ponerse del lado de los niños, pero no de los niñitos bobitos por los que os toman algunos adultitos. No, Sendak sabía que un niño era mucho más que eso. Dijo: “la infancia es profunda, rica, misteriosa, honda”. También dijo que los adultos se asustarían si supieran todo lo que saben los niños. ¿Tú qué crees?
Pero además Sendak fue un monstruo en otro sentido, el de “producción contra el orden regular de la naturaleza”. Decía el orden regular de cierta literatura infantil que no había que asustar a los niños y que los niños de los cuentos tenían que portarse de maravilla, pero Maurice Sendak dibujó unos monstruos que daban mucho miedo y, lo más monstruoso de todo, coronó a un niño travieso, un niño que está castigado sin cenar, como rey de los monstruos. (Reconoce que a veces, cuando te enfadas, tú también das miedo.) Todo eso lo hizo en un álbum titulado Donde viven los monstruos. Ningún niño debería llegar a adulto sin que alguien le hubiera leído este libro hasta el final, hasta ese momento en que se ordena el mundo y la cena aún está caliente.
Es una pena que Sendak ya haya muerto y no pueda regalarnos más historias. Pero es una alegría saber que este año Kalandraka va a volver a publicar no solo Donde viven los monstruos sino también La cocina de la noche y la preciosa Mini-biblioteca, una cajita que contiene cuatro libros muy pequeños de formato y muy grandes de contenido.
Este texto apareció publicado en Heraldo escolar allá por febrero de 2014, creo recordar.
En la imagen, Maurice Sendak, adivinado, en el anuario de Lafayette High School (Brooklyn, NY), 1946.
No sé ustedes, pero yo no me canso de escucharle en esta entrevista que pueden encontrar transcrita aquí. "I wish you all good things. Live your life, live your life, live your life."
viernes, 3 de octubre de 2014
¿Qué puede querer hacer un tigre con una cebra?
Espero que este post les sirva a ustedes de algo porque lo que es a mí, lo más seguro es que me sirva para perder mi trabajo. En fin, allá voy. ¿Quién dijo miedo?
"¿Qué puede querer hacer un tigre con una cebra?"
Piénsenlo cinco segundos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Ya.
Bueno, lo he hecho mal. Les pongo en contexto. Lean primero este brevísimo texto, que no es mío, que es del gran Antonio Rubio:
La pregunta la planteaba yo como autora de un texto didáctico. El objetivo de la pregunta, por si hace falta explicitarlo, era que los niños (de 7 años) volvieran sobre las dos últimas líneas y no se perdieran ese subtexto, eso que no está escrito, solo insinuado por los puntos suspensivos, pero que es la clave del chiste. Para que detectaran el mecanismo del humor empleado, vaya, que es el de la sustitución. En fin, yo, que al parecer soy más inocente que un cubo, les juro que solo había pensado en una posible respuesta: "comérsela".
Pero no. Ahora ya tengo claro que la pregunta: "¿qué otra cosa podría querer hacer el tigre con la cebra?" tiene tres posibles respuestas:
a) comérsela
b) practicar sexo (salvaje, claro)
c) ninguna de las anteriores.
Si ustedes pensaron en la b), ya están preparados para ser editores de libros de texto.
¿Que exagero?
Vean. Son comentarios hechos por una editora a la dichosa pregunta "¿Qué otra cosa podría querer hacer el tigre con la cebra?". (Lean primero el comentario de abajo, el morado, que es el de la editora.)
La verdad es que pensé que el comentario en cuestión era una broma, así que le hice el mismo caso que le hago a mi hijo cuando me dice que quiere tener televisión en su cuarto.
Pero en la siguiente revisión del documento (ya la quinta versión), me encontré este comentario a la pregunta de marras:
Y a ver, que si hago un esfuerzo, creo que puedo entenderlo, porque hay gente pa' tó y entre unos y otros, personas suficientes para mosquearse por absolutamente todo, y no hay más que pasar cinco minutos en tuiter o en la barra de un bar para comprobarlo. Y esa gente, casi toda esa gente, tiene hijos, y esos hijos, muchos de esos hijos, llevan libros de texto. Y en los archivos de las editoriales escolares debe de haber cartas de queja de padres, profes y directores que, puestas una encima de otra, superan la altura de la Torre Bankia o los gastos sin justificar de sus directivos. Y por eso la mejor recriminación que le puedes hacer a un editor de libros de texto es que es "políticamente correcto", porque es la única que no acaba en demanda, o en carta al director, o en veto comercial, porque heroísmos, los justos, que está muy malita la cosa. (Oro, ya podrías aplicarte tú esa copla.) Y supongo que por eso, los editores están obligados a ver más allá de la opción a) e imaginarse mentes calenturientas y tener la mirada más sucia que todos los machos de Los Serrano juntos porque, venga, hombre, cabras haciéndose autofelaciones se han visto, topos apareándose con recién nacidos, elefantes violando rinocerontes... Pero ¿qué animal en su sano instinto querría fornicar con su comida? (Es una pregunta retórica. Por favor, editores y David Lozano, absténgase de contestarla.)
Y eso te cuento, Arturo.
En la imagen, de Richard Avedon, editora con su mascota Mofi, llamando para decirme que hay algo en la unidad 6 que le huele mal, lo que, esta vez sí, me lleva a hacerme cierta pregunta, y como esto no es un libro de texto la formularé tal y como tiene que ser formulada:
"¿Qué puede querer hacer un tigre con una cebra?"
Piénsenlo cinco segundos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Ya.
Bueno, lo he hecho mal. Les pongo en contexto. Lean primero este brevísimo texto, que no es mío, que es del gran Antonio Rubio:
Había una vez un tigre que se encontró con una cebra y quiso leer sus rayas. Pero como no sabía, le preguntó:Y ahora: ¿qué otra cosa podría querer hacer el tigre con la cebra?
—¿Cómo se leen tus rayas, Cebra?
Y la Cebra le dijo:
—De arriba abajo,
como cae la lluvia en mayo.
—¿Y las tuyas, Tigre? —le preguntó la cebra.
Y el tigre contestó:
—De izquierda a derecha,
como hace punto la vieja.
El tigre se quedó mirando a la cebra, como si quisiera… ¡Leerla!
Pero la cebra salió corriendo para… ¡No ser leída!
La pregunta la planteaba yo como autora de un texto didáctico. El objetivo de la pregunta, por si hace falta explicitarlo, era que los niños (de 7 años) volvieran sobre las dos últimas líneas y no se perdieran ese subtexto, eso que no está escrito, solo insinuado por los puntos suspensivos, pero que es la clave del chiste. Para que detectaran el mecanismo del humor empleado, vaya, que es el de la sustitución. En fin, yo, que al parecer soy más inocente que un cubo, les juro que solo había pensado en una posible respuesta: "comérsela".
Pero no. Ahora ya tengo claro que la pregunta: "¿qué otra cosa podría querer hacer el tigre con la cebra?" tiene tres posibles respuestas:
a) comérsela
b) practicar sexo (salvaje, claro)
c) ninguna de las anteriores.
Si ustedes pensaron en la b), ya están preparados para ser editores de libros de texto.
¿Que exagero?
Vean. Son comentarios hechos por una editora a la dichosa pregunta "¿Qué otra cosa podría querer hacer el tigre con la cebra?". (Lean primero el comentario de abajo, el morado, que es el de la editora.)
La verdad es que pensé que el comentario en cuestión era una broma, así que le hice el mismo caso que le hago a mi hijo cuando me dice que quiere tener televisión en su cuarto.
Pero en la siguiente revisión del documento (ya la quinta versión), me encontré este comentario a la pregunta de marras:
En la imagen, de Richard Avedon, editora con su mascota Mofi, llamando para decirme que hay algo en la unidad 6 que le huele mal, lo que, esta vez sí, me lleva a hacerme cierta pregunta, y como esto no es un libro de texto la formularé tal y como tiene que ser formulada:
¿qué coño hace una editora con una mofeta en la cama?
jueves, 2 de octubre de 2014
Manual de instrucciones para tratar con escritores
1. Si cree que un escritor prefiere que no le hable de su libro, se equivoca. Mientras usted habla de trompetas amarillas, del Tribunal Constitucional, de Alberto Isla, de lo último de Kundera o del cambio de armario, una sola cosa ocupa la mente del escritor: "a ver cuándo me dice algo de mi libro".
2. Si cree que un escritor quiere que usted le hable de su libro, se equivoca también, y la prueba es que en cuanto usted intente iniciar una conversación con él sobre su obra, el autor, si, pongamos, está en Zaragoza, señalará hacia la otra acera y dirá: "¡Mira, un urbano multando a un ciclista!", o: "¿Qué es eso que han abierto ahí? ¿El Rincón? ¿Un Martín Martín? ¡Ah, no! Es otro Bakery". O cualquier cosa similar. No es que el autor no desee conocer su opinión (nada desea más); es que le aterra la perspectiva de escuchar lo que usted pueda decir y no decir (v. punto 3).
3. Si usted lograra iniciar una conversación sobre un libro con su autor —enhorabuena—, sepa que el escritor oirá tanto lo que dice como lo que no dice. Si, por ejemplo, usted afirma sobre su libro: "Me ha gustado", el escritor verá junto a esa frase el hueco refulgente, como iluminado con luces de neón, de la palabra no pronunciada "mucho".
4. Ante un silencio pertinaz como una sequía, el escritor tendrá la certeza absoluta de que usted ha leído su libro y lo ha considerado el peor de toda su carrera; no, el peor escrito en su lengua; no, el peor libro de la Historia... pero que no se lo dice por delicadeza.
5. No se moleste en mentir ni en exagerar un entusiasmo que no siente. El escritor lee la verdad en su cara como impresa en Arial 48. Puede que en otros aspectos se haya caído del nido, pero en esto, ¡ah, en esto! Al escritor le cuesta pillar una mentira piadosa sobre su libro lo mismo que a un halcón avistar una vaca de Milka paciendo en una pradera.
5. Hay listillos que creen haber dado con la solución ideal: no leen el libro para así no tener que emitir un veredicto que pudiera ser negativo (eso, o mentir). No se engañen: los escritores conocen este truco. Es más, un escritor nunca achacará la no lectura de su libro a la falta de tiempo, la ruina caracolera, la narcolepsia, el robo del libro por parte de una banda de albanokosovares, el puro desinterés o la prioridad de la crianza, el running, el Minecraft o la vida social. Si usted dice no haber leído el libro, el autor dará por hecho que está usted escudándose en esa ignominiosa estrategia, indigna hasta para un avestruz.
Supongo que es innecesario rematar esta lista de instrucciones con un consejo que cae por su propio peso: si usted conoce a un escritor que acaba de publicar un libro, solo le queda una opción... ¡huya! (O lea el libro y luego, si le ha gustado de verdad porque CÓMO NO LE VA A GUSTAR, escríbale un mensaje como el que me escribió a mí Marta, o tuits como los de Víctor Juan o un post como el de Antonia, o el de Vicente. [Edito 7/11/2014: O los dos posts (uno y dos) de Pepe.)
En la imagen, de Inge Morath con máscaras de Saul Steinberg: un grupito de amigos que se me presentó de esta guisa a la cena que organicé después de haberles regalado a cada uno un ejemplar de ¡Buenas noches, Miami! En realidad, había invitado a veintinueve personas. No sé por qué, veintidós no aparecieron. Les mando wasaps pero no me responden. Sin embargo, he visto que han estado conectados recientemente. A mí no me engañan. Sé que evitan hablarme de mi libro.
2. Si cree que un escritor quiere que usted le hable de su libro, se equivoca también, y la prueba es que en cuanto usted intente iniciar una conversación con él sobre su obra, el autor, si, pongamos, está en Zaragoza, señalará hacia la otra acera y dirá: "¡Mira, un urbano multando a un ciclista!", o: "¿Qué es eso que han abierto ahí? ¿El Rincón? ¿Un Martín Martín? ¡Ah, no! Es otro Bakery". O cualquier cosa similar. No es que el autor no desee conocer su opinión (nada desea más); es que le aterra la perspectiva de escuchar lo que usted pueda decir y no decir (v. punto 3).
3. Si usted lograra iniciar una conversación sobre un libro con su autor —enhorabuena—, sepa que el escritor oirá tanto lo que dice como lo que no dice. Si, por ejemplo, usted afirma sobre su libro: "Me ha gustado", el escritor verá junto a esa frase el hueco refulgente, como iluminado con luces de neón, de la palabra no pronunciada "mucho".
4. Ante un silencio pertinaz como una sequía, el escritor tendrá la certeza absoluta de que usted ha leído su libro y lo ha considerado el peor de toda su carrera; no, el peor escrito en su lengua; no, el peor libro de la Historia... pero que no se lo dice por delicadeza.
5. No se moleste en mentir ni en exagerar un entusiasmo que no siente. El escritor lee la verdad en su cara como impresa en Arial 48. Puede que en otros aspectos se haya caído del nido, pero en esto, ¡ah, en esto! Al escritor le cuesta pillar una mentira piadosa sobre su libro lo mismo que a un halcón avistar una vaca de Milka paciendo en una pradera.
5. Hay listillos que creen haber dado con la solución ideal: no leen el libro para así no tener que emitir un veredicto que pudiera ser negativo (eso, o mentir). No se engañen: los escritores conocen este truco. Es más, un escritor nunca achacará la no lectura de su libro a la falta de tiempo, la ruina caracolera, la narcolepsia, el robo del libro por parte de una banda de albanokosovares, el puro desinterés o la prioridad de la crianza, el running, el Minecraft o la vida social. Si usted dice no haber leído el libro, el autor dará por hecho que está usted escudándose en esa ignominiosa estrategia, indigna hasta para un avestruz.
Supongo que es innecesario rematar esta lista de instrucciones con un consejo que cae por su propio peso: si usted conoce a un escritor que acaba de publicar un libro, solo le queda una opción... ¡huya! (O lea el libro y luego, si le ha gustado de verdad porque CÓMO NO LE VA A GUSTAR, escríbale un mensaje como el que me escribió a mí Marta, o tuits como los de Víctor Juan o un post como el de Antonia, o el de Vicente. [Edito 7/11/2014: O los dos posts (uno y dos) de Pepe.)
En la imagen, de Inge Morath con máscaras de Saul Steinberg: un grupito de amigos que se me presentó de esta guisa a la cena que organicé después de haberles regalado a cada uno un ejemplar de ¡Buenas noches, Miami! En realidad, había invitado a veintinueve personas. No sé por qué, veintidós no aparecieron. Les mando wasaps pero no me responden. Sin embargo, he visto que han estado conectados recientemente. A mí no me engañan. Sé que evitan hablarme de mi libro.
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martes, 30 de septiembre de 2014
Mi Pepe
Se emociona hablando de libros, con título y nombre de autor, y hay que quitarle la palabra porque si no, no la suelta. Se emociona igual o más hablando de alumnos, con nombre y apellido, y en todos, absolutamente todos, deposita alguna expectativa. Se emociona hablando de Su Biblioteca, que es la biblioteca del centro pero que es mejor desde que él la hizo suya, y ahora mismo proyecta ampliarla al exterior. "Un chill out, ¿os imagináis? Los alumnos leyendo en hamacas cuando haga buen tiempo". Despotrica, porque también despotrica, contra la tontería y el esnobismo tanto como contra la falta de rigor, pero sabe a quién hay que pedírselo, y, ya puestos, pide también entusiasmo. Disfruta de forma genuina leyendo literatura infantil y juvenil, y le sorprende que alguien no lo haga. Sabe lo que es bueno pero nunca le he visto enarcar una ceja. Soporta a sus amigos escritores y les alienta a crear su obra. Lee y escribe, no solo en su blog, y anima a leer y a escribir, y hay hasta quienes recibieron sus cartas y han acabado montado una librería infantil. Nadie en un radio de 2 kilómetros se librará de su influjo lector. Si alguien pasa a su lado y Pepe no saca de él un lector, ningún otro lo hará.
Escribo esto mientras de fondo mi hijo canturrea una canción que acaba de inventar contra una de sus profesoras. (No es Carmen. Carmen, te queremos.) Lo escribo y sé que, aun después de hacerlo, faltan palabras para hablar de los buenos profesores, profesores como nuestra Carmen, como mi Juan, como nuestro Diego, como Pepa, como Toni, como mi Pepe, y sobran para hablar, o cantar, de los no tan buenos.
Este del que yo les hablaba, el bueno, es Pepe, mi Pepe, pero seguro que ustedes tienen su Pepe, un Pepe digno de un tag de booktubers (#MiPepe). Igual incluso son ustedes un Pepe cualquiera. En ese caso, gracias. (Y no crean que Pepe me ha invitado a comer, que ha sido más bien al revés, y tengo testigos.)
En la imagen, mi Pepe leyendo a sus alumnos.
PD: Me pide mi hijo que le lea lo que he escrito. Cuando acabo me dice: "Pero di algo más de Carmen y de Diego, que se lo merecen". ¿Lo ven? Faltan palabras para hablar de los buenos profesores.
Escribo esto mientras de fondo mi hijo canturrea una canción que acaba de inventar contra una de sus profesoras. (No es Carmen. Carmen, te queremos.) Lo escribo y sé que, aun después de hacerlo, faltan palabras para hablar de los buenos profesores, profesores como nuestra Carmen, como mi Juan, como nuestro Diego, como Pepa, como Toni, como mi Pepe, y sobran para hablar, o cantar, de los no tan buenos.
Este del que yo les hablaba, el bueno, es Pepe, mi Pepe, pero seguro que ustedes tienen su Pepe, un Pepe digno de un tag de booktubers (#MiPepe). Igual incluso son ustedes un Pepe cualquiera. En ese caso, gracias. (Y no crean que Pepe me ha invitado a comer, que ha sido más bien al revés, y tengo testigos.)
En la imagen, mi Pepe leyendo a sus alumnos.
PD: Me pide mi hijo que le lea lo que he escrito. Cuando acabo me dice: "Pero di algo más de Carmen y de Diego, que se lo merecen". ¿Lo ven? Faltan palabras para hablar de los buenos profesores.
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lunes, 29 de septiembre de 2014
Roald Dahl, que estás en el cielo
No sé por qué apenas he colgado en este blog las colaboraciones que escribo para el Heraldo Escolar, una sección sobre literatura infantil y juvenil titulada "¿Todavía no lees? Eso es que no conoces a..." (pueden cotillearlas pinchando en la etiqueta Heraldo escolar). No sé por qué he pensado ahora en hacerlo. Las iré subiendo con una periodicidad estrictamente arbitraria, o sea, cuando me dé por ahí. No sé si sabré datar la fecha de su publicación. No guardo los recortes de Heraldo. Empiezo con la primera que escribí, dedicada, cómo no, a la Rocío Jurado de la LIJ: Roald Dahl, el más grande.
Durante algunas entradas, esto va a parecer un blog sobre LIJ con un doble destinatario: alumnos, en primera instancia, y profes. Pero no se fíen de las apariencias; este es el blog de la Oro, un blog ultrapersonal sin aspiraciones críticas ni catedráticas donde seguiré hablando de lo que me dé la realísima gana. Pero hoy, con todos ustedes...
¿TODAVÍA NO LEES? ESO ES QUE NO CONOCES A...
ROALD DAHL, EL NIÑO QUE PROBABA CHOCOLATE
¿Sabías que…?
-De pequeño, Roald Dahl vivía cerca de una fábrica de chocolate. A veces, desde la fábrica, enviaban al colegio de Roald nuevos chocolates para que los niños los probaran. Años más tarde, Roald escribió Charlie y la fábrica de chocolate, que luego, como muchos de sus libros, se llevó al cine.
-Al principio, la vida de Roald Dahl se pareció más a la de un personaje de libro que a la de un escritor. Fue piloto de aviones y tuvo un accidente en el desierto, ¡igual que un personaje de El principito!
-El primer libro que escribió Roald Dahl se lo encargó Walt Disney y fue Los Gremlins (pregunta a tus padres o tu profe por ellos).
-Piensa en el peor adulto que conozcas, el más horrible… pues Roald Dahl se imaginó a uno aún peor. En sus historias siempre hay un personaje mayor malo malísimo. ¡Pero nunca gana!
-En Matilda, uno de los libros de Roald, una profesora pregunta a una niña: “¿Crees que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos?” y ella responde: “Sí. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse.” Todos los libros de Roald Dahl tienen pasajes cómicos. Así que si un día te sientes algo chof, ¡coge un libro de Roald Dahl! Comprúebalo.
En los escasos 1.700 caracteres con que cuento en esta sección, no me cupo decir que el fragmento citado es una fantástica traducción / versión de Miguel Azaola. Lo digo ahora.
¡Ah! Y no se pierdan la página oficial de Roald.
En la imagen, de sus años mozos, Roald Dahl, mostrando a futuras generaciones de escritores cómo taparse la escasa o nula espesura capilar con una gorra, en el caso de Roald, con la gorra de plato del uniforme de la Royal Air Force.
Durante algunas entradas, esto va a parecer un blog sobre LIJ con un doble destinatario: alumnos, en primera instancia, y profes. Pero no se fíen de las apariencias; este es el blog de la Oro, un blog ultrapersonal sin aspiraciones críticas ni catedráticas donde seguiré hablando de lo que me dé la realísima gana. Pero hoy, con todos ustedes...
¿TODAVÍA NO LEES? ESO ES QUE NO CONOCES A...
ROALD DAHL, EL NIÑO QUE PROBABA CHOCOLATE
¿Sabías que…?
-De pequeño, Roald Dahl vivía cerca de una fábrica de chocolate. A veces, desde la fábrica, enviaban al colegio de Roald nuevos chocolates para que los niños los probaran. Años más tarde, Roald escribió Charlie y la fábrica de chocolate, que luego, como muchos de sus libros, se llevó al cine.
-Al principio, la vida de Roald Dahl se pareció más a la de un personaje de libro que a la de un escritor. Fue piloto de aviones y tuvo un accidente en el desierto, ¡igual que un personaje de El principito!
-El primer libro que escribió Roald Dahl se lo encargó Walt Disney y fue Los Gremlins (pregunta a tus padres o tu profe por ellos).
-Piensa en el peor adulto que conozcas, el más horrible… pues Roald Dahl se imaginó a uno aún peor. En sus historias siempre hay un personaje mayor malo malísimo. ¡Pero nunca gana!
-En Matilda, uno de los libros de Roald, una profesora pregunta a una niña: “¿Crees que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos?” y ella responde: “Sí. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse.” Todos los libros de Roald Dahl tienen pasajes cómicos. Así que si un día te sientes algo chof, ¡coge un libro de Roald Dahl! Comprúebalo.
Estando una mañana haciendo el boboEste es el principio de uno de los Cuentos en verso para niños perversos. ¿Adivinas cuál?
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
“¿Puedo pasar, Señora?”, preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando “¡Este me come de un bocado!”.
Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
“Sigo teniendo un hambre aterradora...
¡Tendré que merendarme otra señora!”
En los escasos 1.700 caracteres con que cuento en esta sección, no me cupo decir que el fragmento citado es una fantástica traducción / versión de Miguel Azaola. Lo digo ahora.
¡Ah! Y no se pierdan la página oficial de Roald.
En la imagen, de sus años mozos, Roald Dahl, mostrando a futuras generaciones de escritores cómo taparse la escasa o nula espesura capilar con una gorra, en el caso de Roald, con la gorra de plato del uniforme de la Royal Air Force.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Las cosas de Ana María Matute
Este post es solo un breve pasillo que lleva a las cosas de Ana María Matute. Lo escribo porque me daría pena que se las perdieran. No es que haya estado en su casa y se las haya birlado. Mucho mejor que eso: estuvieron mi vecino y su cámara, preparando un reportaje -este- que apareció en XL Semanal, haciendo fotos y escuchando a aquel "niño de los sabaditos" de la Matute. En el reportaje aparecen unas pocas fotos hechas en casa de la escritora pero, al final de este pasillo, les esperan seis más. Se hicieron al día siguiente, en otra localización.
Podría alargar este pasillo y comunicarlo con el de la casa de mi abuela, aquel por donde se enseñoreaba un gato, para hablar de esa retórica de la ausencia, de esa mirada cariñosa del fotógrafo que comunica las dos casas como una moqueta verde, pero mejor enrollo la alfombra. Al fin y al cabo, ya bastantes puertas a otras estancias les he abierto con tanto enlace cuando lo que deberíamos estar leyendo ahora son esos Demonios familiares.
Pasen, pasen. Por aquí.
En la imagen, de Fernando Sancho: La sirenita de Ana María Matute, uno de sus personajes favoritos, lo que dice mucho a favor de la tristeza, el silencio y las piernas.
Podría alargar este pasillo y comunicarlo con el de la casa de mi abuela, aquel por donde se enseñoreaba un gato, para hablar de esa retórica de la ausencia, de esa mirada cariñosa del fotógrafo que comunica las dos casas como una moqueta verde, pero mejor enrollo la alfombra. Al fin y al cabo, ya bastantes puertas a otras estancias les he abierto con tanto enlace cuando lo que deberíamos estar leyendo ahora son esos Demonios familiares.
Pasen, pasen. Por aquí.
En la imagen, de Fernando Sancho: La sirenita de Ana María Matute, uno de sus personajes favoritos, lo que dice mucho a favor de la tristeza, el silencio y las piernas.
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