miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ser finalista

A la izquierda, Llanos Campos Martínez. A la derecha, La Oro.

Me lo habían comentado varios amigos escritores, que eso de ser finalista era peor que nada. Yo lo dudaba. Ahora lo sé. Sé si es peor o no. Y disiento de mis amigos. A mí no me lo parece. Me encanta ser finalista. Porque resulta que lo soy. Mejor dicho, lo fui. Finalista del Premio El Barco de Vapor. No este año, no. El año pasado, que se dice pronto y pasa lento.
Hoy, casi dos años después, sale aquel libro que casi-ganó en la serie naranja de El Barco de Vapor, El niño del carrito, con un sello en la cubierta donde pone "Finalista Premio El Barco de Vapor". No se imaginan lo orgullosa que estoy.
Lo cuento ahora por si le sirve a alguien, igual que en su día conté que había perdido. ¿Que qué se puede aprender de esto? Pues que para escribir y presentarse a un concurso hacen falta por lo menos cinco virtudes, a saber:
1. Esperanza. Porque si no, ¿para qué presentarse? Y porque, como decía mi admirado Emili Teixidor, "la esperanza es una piedra mágica que nos proporciona fuerza e ingenio para trabajar duro (...). Por eso es necesario guardarla bien y alimentarla con deseos altos e ilusiones, y procurar que no se nos escape nunca, porque sin esperanza no podríamos vivir".
2. Paciencia. Paciencia para escribir, paciencia para acabar, paciencia para releer, para corregir, para hacer la cola en Correos, para esperar el veredicto del jurado, para –manteniendo la esperanza– esperar a ver si uno es finalista, para que el libro encuentre un hueco en la programación editorial, si es que finalmente se publica...
3. Saber ganar. Si uno lo piensa bien, hay tanto factores, además del propio mérito, que determinan la decisión de un jurado... y ganar es tan improbable estadísticamente... Si uno gana, debe celebrarlo genuinamente y no apearse del asombro.
4. Saber perder. Si uno lo piensa... Por lo mismo de antes, es tan normal perder, a menudo tan justo, que uno no debería disgustarse, no más de cinco minutos.
5. Discreción. Si uno gana, o incluso si es finalista, tiene que mantenerlo en secreto durante meses. Me pasó con el premio Gran Angular y con el Premio Eurostars de Narrativa de Viajes. No se lo podía decir ni a mi madre (sobre todo, a mi madre). No se puede conceder un premio a un desbocarrado.
Ay, pero ahora que ya puedo hablar de ello, les aviso que voy a dar la tabarra con mi niño del carrito. ¿Saben las ganas que tenía yo de hablarles de este libro? Dejen de visitar este blog unos días si no quieren ni oír hablar de él. Advertidos quedan.

Imagen sacada de aquí.

8 comentarios:

Rusta dijo...

Puestos a no ganar, mejor ser finalista que no serlo, ¿no? Sobre todo si te publican la novela. Que tengas mucha suerte con el niño del carrito :).

La Oro dijo...

¡Exacto! Eso mismo pienso yo. ¡Gracias!

Mara Oliver dijo...

¡¡¡felicidadeees!!! es un notición y estoy deseando poner mis manitas en la nueva historia :D el título es enigmático, me gusta :)
Además, no pasa nada por ser finalista un año y ganar años después ¿no? No estoy segura si las bases te excluyen del Gran Angular por haberlo ganado ya, pero sí que sé que será solo cuestión de tiempo que te lleves el Barco de Vapor, imaginación y perseverancia te sobran y no hay dos sin tres ;)
un abrazo :)

La Oro dijo...

¡Muchas gracias, Mara! Respecto al título, creo que es la primera vez que me ha salido a la primera. ¡No puede tener otro! Un abrazo y feliz comienzo de curso.

Javier Hernandez Muñoz dijo...

felicidades espero que el El niño del carrito tenga este humor irónico que muestras en tu blog y que me encanta.Un saludo y a disfrutar

La Oro dijo...

¡Ay, ay, ay! ¡Javier Hernández Muñoz! Un magnífico ilustrador aragonés que no aparece en "No es normal". ¿Me perdonarás?

Sam Fisher dijo...


Dijo Arquíloco de Paros en uno se sus poemas:

"ni, al vencer, demasiado te ufanes,
ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime sin excesos."

Trad. de Carlos García Gual.

Un beso muy fuerte para los dos.

La Oro dijo...

Lo dicho pero bien dicho. Ya echaba de menos a mi erudito de guardia. Y las paellas, ay.
Besos a los cuatro. A los dieciséis.