Mostrando entradas con la etiqueta pedos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pedos. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de enero de 2015

Coherencia (con pedos)

Miren que hace frío del que hablar, pero mi hijo ayer decidió renovar el género de la conversación de ascensor. Y tenía que hacerlo precisamente con uno de los hombres más interesantes con el que hemos coincidido. Llevaba un libro de arte bajo el brazo.
Al entrar en el ascensor, mi hijo preguntó al desconocido:
-¿A qué piso va usted?
Así, con el "usted" incluido. Mi corazón de madre se esponjó.
El hombre iba al mismo piso que nosotros. Mi corazón de mujer dio un brinco.
Hubo un silencio. Y luego un:
-¿Te has tirado un cuesco?
La frase la pronunció mi hijo. Se la decía al hombre del libro de arte.
El hombre dijo que a lo que olía era a cable quemado, y era cierto.
-Sería un pedo de robot -argüí yo.
Llegamos a nuestra planta y el hombre llamó al piso del misterioso vecino nuevo.
Cuando entramos en casa, mi hijo, que ya sabe, sin que nadie se lo diga, cuándo tiene que empezar a tramar justificaciones, dijo:
-¡Mamá, era por romper el hielo!
Claro, si es que hace un frío...

No crean que no le reñí, no crean que encima le río las gracias al niño. Ya le reconvine, ya:
-¡Pero hombre! ¡Tendrías que haber dicho: "¿se ha tirado usted un cuesco?"!

martes, 18 de junio de 2013

Pan con pedos

"No puede uno fiarse de nadie, moñaca, ni de uno mismo. Yo una vez me tiré un pedo y me cagué."
Es una frase de Croquetas y wasaps. Pero ahora mismo -y esa es una de las cosas por las que me gusta tanto escribir- se ha escapado de mi novela y ha pasado a formar parte del acervo cultural (¿se puede llamar "acervo cultural" a algo que incluya la palabra "pedo"?) de muchos lectores. La frase ha hecho arquear la ceja a mi padre, que es muy fisno; ha hecho reír a mi hijo; ha sido el perfecto colofón de esta incendiada reseña croquetil que me tiene loca de contento...
Pero esa frase no es mía. Esa frase me la subí un día de la panadería junto a una barra mediterránea. Eva, mi panadera, solo me cobró la barra. No sabía que me llevaba de ella algo con más miga: esa frase que dijo que decía su tío, y que soltó junto a una carcajada integral y ronca de esas suyas y un "perdón" de circunstancias.
Son muchas las frases que he robado a otros para construir a ese abuelo de mi novela que también es mi personaje favorito. Pero eso igual lo cuento otro día, porque son batallitas de montañera, y son largas. De momento, vaya mi agradecimiento público a Eva, mi panadera. Dentro de un par de horas, irá el privado, y unas magdalenas de Caspe y una barra mediterránea.

A veces tengo la sensación de que la literatura no es más que una empresa de mudanza cargando palabras de un lado a otro, colocándolas de una nueva forma en un lugar diferente, tirando al contenedor las que no sirven... una esforzada empresa donde a veces no hay ascensores ni elevadores que valgan, rodeada de pesados pianos, recuerdos embalados y cajas donde pone FRÁGIL.

En la imagen, de Willy Ronis: yo, memoria de pez, corriendo a todo correr para llegar a casa y apuntar la frase que he oído a Eva antes de que se me olvide.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Alta sofisticación

No es que yo sea una salvaje. Me tengo más bien por una mujer sofisticada. Pero todo tiene un límite.
Empecé a sospecharlo el otro día, cuando nos juntamos varios amigos para subir una montaña.
Al llegar al punto de encuentro, consultamos en un termómetro la temperatura y en un altímetro la altitud. Vestidos con nuestras ropas técnicas decatlónicas echamos a andar.
Poco antes de alcanzar un bosque, mi hijo vio un conejo y salió corriendo tras él gritando: “¡Soy Alicia!”. Reconozco que me costó entenderlo. Eso de ver en un macizo pirenaico a un personaje literario de la campiña inglesa, es de una sofisticación cultural muy superior a la mía. Y seguimos andando.
Paramos a mitad de camino para hacer fotos panorámicas con las cámaras fotográficas de nuestros iPhones y tomar nuestras barritas energéticas ultravitamínicas.
Y seguimos subiendo. Encontramos un buitre muerto. Mi hermana se lanzó a desplumarlo. “¡Qué plumas! ¡Son fantásticas para un tocado!”. Un amigo la detuvo: “¡Quieta! Hay que llamar al 112”. Y llamó: “Hemos encontrado un buitre muerto. Probablemente envenenado”. Mi hijo lee Alicia en el país de las maravillas pero este chico ve CSI. O Se ha escrito un crimen.
Tras una cuestarrón que solo admitía como música de fondo el clinc de nuestros bastones contra las rocas, llegamos a un camino más suave que hacía posible la conversación. ¿El tema? Las infinitas combinaciones de tónica y ginebra. Inspiración on the rocks.
Cuando llegamos a la cima, ya me temía lo peor. Estaba esperando a que sacaran de una bolsa térmica una bandeja de sushi y sashimi cuando sucedió el milagro. Uno sacó una navajita suiza, otro una bota de vino, y otro pan y longaniza. Otro se tiró un pedo.
Estamos salvados.
Sí, el salvajismo conduce al caos. Pero la sofisticación, que nos libra de la barbarie, nos lleva derechitos a la tontería. Y tonterías, las justas.
Es domingo. No se duchen. Rujan. Hagan algo salvaje. Déjense de esdrújulas por hoy.
(Me dice mi padre que si es necesario lo del pedo. Sí, papá, absolutamente. Me dice que si no pongo algo poético, algo sobre “las soberbias vistas”. Papá, eso no es poético; es de folleto turístico. Pero te diré que allá arriba, en la montaña, me siento atravesada por lo salvaje. Gracias por descubrírmela.)
(Me dice la jefa que no vale mandar recados en las columnas, que es tan ridículo como “aprovecho para saludar a mi tía que me estará escuchando”. Pues quito las gracias a mi padre y termino diciendo:) Déjense atravesar por lo salvaje. Suban una montaña.
Esto apareció ayer en el Heraldo. Hoy es lunes (o martes, o jueves, o cuando me lean). Dúchense. Pero hagan una auténtica salvajada. Denle morcilla a la gran esdrújula domadora: desconecten el teléfono. Si tienen lo que hay que tener.

La imagen es una fotito que me hizo David Lachapelle en medio del bosque, así, sin peinar, a lo salvaje.