miércoles, 9 de noviembre de 2016

Estaba ciega

Me despierto –cosa rara– antes de que suene el despertador a las 7:07 (es mi única superstición, creo). Al momento me acuerdo: las elecciones. Cojo el móvil. Mi cronología de tuiter está llena de lamentos. Es unánime. Yo no doy crédito. ¿De verdad ha ganado Trump? No puede ser. No conozco a nadie que lo apoye. Cuando he hablado aquí y allí, en Irlanda y en España, sobre Trump, lo he hecho sobre el acuerdo tácito de que mi interlocutor no lo apoya, y todo sin pies de plomo.
Pero ha habido millones de personas que lo han votado, más personas que a Clinton. ¿Dónde están? En Texas, incluso en Florida. Desde luego no a mi alrededor, mucho menos en la parcelita de internet que visito.
Me acuerdo entonces de la entrevista a Zygmunt Bauman que leí ayer. Decía Bauman, entre tos y tos:
"Esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. [¿Por qué?] Para protegerte a ti mismo de las posibilidades multiformes que te ofrece la vida. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales."
Y me acuerdo entonces de mi pueblo postizo, donde hay 17 personas censadas, y cada una vota  a alguien distinto, y aunque el voto es secreto, los oriundos saben quién vota a quién. Y todos se hablan.
¿Debería empezar a seguir a seguidores de Trump para escuchar, para no estar tan ciega, para –si es posible– dialogar? Recuerdo entonces otro fragmento de la entrevista a Bauman:
"El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad."
No tengo nada que añadir. Me duelen los ojos. Me voy a educar.

Fotografía de Paul Strand.