martes, 7 de enero de 2014

El discurso del rey (mago)

Los escuché en directo, los discursos que dieron los Reyes Magos en Zaragoza y luego en Madrid, rodeada de tijeras, celo, lazos y papel de envolver. Si me llego a cortar con la tijera, no sangro.
Luego he buscado otros. La prensa no ha dedicado tanto espacio a estos discursos como al del otro rey, pero he podido saber de los discursos regios orientales en Salamanca, en Guadix, en Denia... y... En fin, yo que ustedes no me molestaba en pinchar en los enlaces; los pongo solo para dar una pátina de rigor periodísitico a esta entrada. Además, se lo advierto, todos los discursos son un plomo. Y eso me lleva a la primera pregunta:
1. ¿Por qué tienen que ser tan aburridos los discursos? ¿Es una característica intrínseca de ese molde textual?
Pero tengo más preguntas:
2. ¿Qué se proponen los Reyes Magos con esos discursos (además de aburrrir)? ¿Hacer la pelota al alcalde del turno? ¿Hacer propaganda a la ciudad de turno? ¿Se proponían algo cuando empezaron a emborronar esa hoja que empezaba con "queridos niños"? Espero que no se propusieran emocionar ni divertir, porque en ese caso son ellos los que merecen carbón.
3. ¿Es absolutamente necesario incluir las palabras "ilusión", "esperanza", "amor" y "sonrisas"? ¿No pueden ir junto a otro verbo que no sea "sembrar"? ¿Cómo resuenan en los oídos de los niños esas combinaciones "sembrar ilusión", "sembrar amor"...? ¿Les suenan tan hueco como a mí?
4. ¿Es necesario y pertinente lanzar en ese momento una monserga sobre lo importante que es comer de todo, lavarse los dientes, portarse bien (así, en general) y leer? Miren, Sus Majestades Magas, pocas personas puede haber más pesadas que yo con esto de la lectura, pero ¿es ese el momento?
5. ¿No pueden encargar el discurso a alguien profesional, quizás alguien relacionado con el teatro infantil, o sencillamente alguien que ame y conozca a los niños, alguien que sepa que hablar con un niño no es plagar el texto de diminutivos ("un mundo un poquito mejor"), ni tampoco es hablar más alto, como se hace con los extranjeros, ni con voz más aguda... que todas estas cosas son como el pellizcar de mofletes de una tía abuela, un intento fastidioso y vano de comunicación adulto-niño? ¿No puede hacer ese discurso alguien que sepa que para hablar con un niño no hace falta agacharse, pero que tampoco se puede emitir desde esa altura desde la que es imposible que nuestra mirada se cruce con la suya; que para hablar con un niño quizá lo mejor es sentarse, subir al niño a un taburete y a partir de ahí, mirarse a los ojos? ¿No puede hacer ese discurso alguien que sepa que a los niños les encanta reír; alguien que sepa, ya de paso, que arrancar una carcajada infantil colectiva está más cerca de la magia que cualquier cosa que pueda hacer Dynamo? ¿¿No son ustedes Reyes Magos??

Quiero unos Reyes Magos a los que admirar y, la verdad, Sus Majestades, los admiraba más cuando no abrían la boca. Si tienen algo que decir -primero pregúntense si tienen algo que decir-, que esté a la altura de su terciopelo y su armiño, y a la altura -enorme- de los niños.

En la imagen, de César Lucadamo, otra reflexión sobre la escala.