jueves, 26 de junio de 2014

Hay una cosa que no puedo decir

Y es importante, al menos para mí.
No puedo decirla porque no me dejan hasta esta noche. A mí no me cuesta. Soy buena guardando secretos. No como otras.
-No, lo siento -me dice la chica de recepción del hotel donde estoy ahora mismo-. Aún tiene que esperar un poco a que le suban la maleta. Es por el evento que no podemos... ¡uy! Bueno, es que... Hay algo... Por circunstancias especiales, tenemos que esperar a que lo registre la policía canina.
Al hombre trajeado con pinganillo con el que subo en el ascensor se le ve más suelto en esto del secretismo.
-¿Qué pasa aquí, que está lleno de policía por todas partes? -pregunto yo, metida a investigadora-. Si se puede saber -añado fingiendo discreción.
-Hay un evento privado en la octava planta. Va a haber personas... bastante VIP. No se puede saber.
Y yo pensándome ya que sería mi princesa, ahora reina.
Pero no, porque allí no hacen más que hablar en inglés.
Voy a mi habitación y dejo... no dejo nada porque mi maleta está secuestrada en espera de la policía canina. Miro el directorio del hotel. ¡Ja! Octava planta: cafetería. Ya tengo la excusa perfecta para subir.
Pero... Mira que hay hombres trajeados con pinganillo en el hotel, habrá más de cien. Pues tengo la mala pata de encontrarme nada más salir del ascensor al mismo que subió conmigo, el único de todo el hotel que sabe que sé que no debo subir a la octava planta.
Finjo esa candidez tan mía y le digo: "Es que quería ir a la cafetería. ¿Está cerrada?"
Y él, muy sonriente, me pide perdón por las molestias y me dice que no.
Detrás de él, en la terraza, veo varios policías con perros.
-¿Podría decirle a ese perro que bajara a husmear mi maleta? Es que me la tienen secuestrada en espera de la policía canina.
A lo que el hombre del pinganillo me dice sonriente:
-¿Cuál es su número de habitación?
Pero no es para detenerme, ni para mandarme unas flores. Es para que me baje de una vez por todas al bar de la primera planta, el que está abierto, para tomarme "lo que quiera a cargo nuestro". "Por las molestias."
Si creían que era tan fácil librarse de mí, van listos. En vez de bajar al primero, voy a la planta baja con la excusa de preguntar de nuevo por mi maleta. La planta baja es ahora un hervidero de corbatas, identificaciones y pinganillos.
-Pase por el control -me pide uno.
-No, ya ha pasado -dice otro, lo que demuestra lo fichada que me tienen a estas alturas.
Entre personal de seguridad, hombres trajeados y alguna mujer (pocas), veo un carro con banderitas. Arriba están la española y la del Reino Unido.
Subo a la primera planta. Me asomo a una barandilla. Hay una vista privilegiada del hall. Espiaré desde ahí. Qué buena soy.
-Ejem ejem.
Me vuelvo. Qué sonriente este otro hombre del pinganillo.
Y esta Mata-Hari frustrada se mete en el bar de la primera planta y se aprieta una tapa de huevo con mongetes y un martini agitado pero no revuelto, sentada entre una familia francesa, una modelo rusa y dos señores trajeados que llevan una identificación donde pone G-6.

Con lo buena que soy yo guardando secretos... Que no hayan querido decirme nada... ¿Qué tipo de amenaza soy comparada con el yihadismo y el narcotráfico? Bueno, sí, soy Escorpio. Y una mujer que guarda un secreto que caduca esta noche.

En la imagen, de Goldfinger: la Oro intentando camelar a un agente secreto, aunque parezca que es al revés.