domingo, 6 de abril de 2014

Castigo divino

Les escribo sin el corazón.
Castigo divino por ponerme intensa y decir que no se puede, y no se debe, vivir escribir sin él.
Pues ya ven. Se puede. Se puede escribir perfectamente sin el corazón. De hecho, ahora mismo, el dedo corazón de mi mano izquierda, o lo que queda de él después de un pequeño accidente, se estira como si tomara el té con la reina de Inglaterra. Y escribo.
Lo contrario, lo de la imprescindibilidad del corazón, lo digo aquí, en la cadena de preguntas entre escritores engranada por Jorge Gómez Soto en su también imprescindible blog. La pregunta me llega de la mano del escritor, psicópata y sin embargo amigo David Lozano, y es: "¿Es imprescindible el ingrediente sentimental en la literatura juvenil?". 

Responder la pregunta ha sido interesante, pero lo que de verdad estoy esperando es leer la respuesta del próximo interpelado a la pregunta que le lanzo yo. ¿Que qué interpelado? Aquí. ¿Que qué pregunta? Insisto: aquí.

Edito (20/7/2014): la imperdible respuesta de Daniel Monedero a mi pregunta ya está disponible aquí.  
En la imagen, de Richard Avedon, yo, toda feliciana, con mi Orga-Dior y mis patines, poco antes de inmolarme contra un banco de la Gran Vía. Porque, sí, es mucho lo que uno puede aprender de sus hijos (patinar, por ejemplo), pero hay cosas, como frenar, que uno debería aprender por sí mismo. Y antes.